SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
1 Cor 6,13-19: ¿A quién desprecias en ti: a Cristo de quien eres miembro o al Espíritu, de quien eres templo?
En la lectura escuchamos cómo el Apóstol corregía y reprimía las pasiones humanas. Decía: ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Voy a tomar los miembros de Cristo, para hacerlos miembros de una meretriz? De ningún modo (1 Cor 6,15). Claramente ha dicho que nuestros cuerpos son miembros de Cristo, puesto que Cristo es nuestra Cabeza, en cuanto que se hizo hombre por nosotros. Él es la Cabeza de la que se dijo: El mismo es el Salvador de nuestro cuerpo (Ef 5,23). Su cuerpo es la Iglesia. Por tanto, si nuestro Señor Jesucristo solamente hubiese tomado el alma humana, sólo serían sus miembros nuestras almas; pero dado que tomó también el cuerpo, en virtud de lo cual es Cabeza para nosotros que constamos de alma y cuerpo, por eso mismo también nuestros cuerpos son miembros suyos.
En consecuencia, si alguien deseando fornicar se envilece y se desprecia a sí mismo en su propio cuerpo, al menos no desprecie en él a Cristo. No diga: «Voy a hacerlo, puesto que nada soy: Toda carne es heno» (Is 40,6). Es cierto, pero tu cuerpo es miembro de Cristo. ¿Adónde ibas? Date la vuelta. ¿Adónde deseabas precipitarte? Respeta en ti a Cristo; reconócelo en ti. ¿Voy a tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una meretriz? Meretriz es la que te sedujo al adulterio y hasta es posible que ella, si es cristiana, tome los miembros de Cristo y los haga miembros de un adúltero. Uno y otra despreciáis en vosotros a Cristo, no reconocéis a vuestro Dios, ni pensáis en cuál fue vuestro precio. ¿Qué decir de aquel Señor que hace hermanos suyos a sus siervos? Aún sería poco hacerlos hermanos suyos, si no los convirtiera en miembros propios. ¿Se envileció tan gran dignidad? ¿No se le va a tributar honor, porque se comportó con tanta benignidad? Si no hubiese sido tan condescendiente, se desearía que lo fuera; una vez que lo ha sido, ¿se le desprecia por ello?
De estos cuerpos nuestros dice el Apóstol que son miembros de Cristo, debido al cuerpo, idéntico al nuestro, que tomó Cristo; de estos mismos cuerpos dice también el Apóstol que son el templo del Espíritu Santo en nosotros, Espíritu que recibimos de Dios. Gracias a que Cristo tuvo un cuerpo, nosotros somos miembros suyos; gracias a que el Espíritu de Cristo habita en nosotros, nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo. ¿Cuál de las dos realidades desprecias en ti mismo? ¿A Cristo de quien eres miembro, o al Espíritu Santo de quien eres templo? Quizá no oses introducir en la alcoba donde tienes tu lecho conyugal a la meretriz que consiente contigo al mal, sino que buscas, en tu misma casa, un lugar retirado y deshonesto donde revolcarte en tus torpezas. ¿Respetas el honor de la alcoba de tu esposa y no respetas el del templo de tu Dios? ¿Evitas el introducir a la ramera al lecho en que duermes con tu esposa y corres tú mismo hacia ella, a pesar de ser templo de Dios? Me parece que es mejor cosa el templo de Dios que la alcoba de tu esposa.
A donde quiera que vayas, Jesús te ve; Jesús que te hizo, que te redimió cuando te hallabas extraviado y que murió por ti que estabas muerto. Tú no te reconoces, pero él no aparta sus ojos de ti, no para ayudarte a pecar, sino para castigarte por ello. Los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a las súplicas que le dirigen. Pero, a continuación, añadió algo terrorífico para quienes se tranquilizaban engañosamente diciéndose: «Lo haré, pues Dios se digna poner sus ojos en mí, aunque cometa tales torpezas». Escucha lo que sigue; considera entre quienes te cuentas, porque Jesús te ve a donde quiera que vayas: La mirada del Señor se posa sobre los que obran el mal, para borrar de la tierra su memoria (Sal 33,16-17). Pero ¿de qué tierra? De la que se dice: Tú eres mi esperanza, mi lote en la tierra de los vivientes (Sal 141,6).
Sermón 16.1,1-2
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