HOMILÍAS
PARA EL CICLO B
1-5
1.
Queridos amigos: los que habéis recorrido con fe estas jornadas litúrgicas; los que os habéis conmovido de dolor y de pena al oír, en la liturgia de estos días, el pregón de la Pasión; los que habéis asistido a los cultos de esta Semana Santa y habéis acompañado al Señor en sus dolores y habéis tomado parte en el fúnebre cortejo del entierro de Cristo, nuestra vida y nuestra luz; los que como Magdalena, arrepentidos de vuestras culpas, habéis regado con lágrimas de penitencia los pies del Salvador; los que fieles a Él venís, como ella, esta mañana a buscar al Señor, que quedó muerto el viernes santo, oíd el jubiloso mensaje que en el evangelio de hoy, un ángel vestido de blanco hizo a las piadosas mujeres que buscaban para embalsamarlo, el cadáver de Jesús: "No temáis. Ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron".
Y ese sepulcro vacío que el ángel señala a las mujeres es para nosotros la señal perentoria e irrecusable de la victoria definitiva de Cristo sobre todos sus enemigos. Hemos de cavar bien hondo para ver todo el alcance del triunfo pascual y del júbilo de la Iglesia a causa del Resucitado.
Mediante su resurrección Cristo consigue una formidable victoria sobre Satanás, el pecado y la muerte, que reinaban en el mundo desde la caída de nuestros primeros padres.
Acordaos de lo que ocurrió en el Paraíso. Satanás tienta al hombre al pecado y en el momento en que se consuma la desobediencia, la muerte es la herencia del hombre. El reinado del mal quedó establecido definitivamente el día de la caída bajo la triple tiranía de Satanás, del pecado y de la muerte.
Pus bien, la resurrección de Cristo es, en primer lugar, la victoria sobre la muerte. Jesús estuvo en el sepulcro, pero no se quedó allí. Cristo salió vencedor en el tremendo duelo entre la Muerte y la Vida.
"Lucharon vida y muerte - en singular batalla - y, muerto el que es Vida, - triunfante se levanta" (Secuencia).
Desde la resurrección de Cristo, la muerte -el terrible enemigo de la felicidad de los hombres- no es un estado permanente sino una condición pasajera. Una puerta de entrada a la Vida. La resurrección de Cristo significa que la muerte fue derrotada; más aún, que la muerte fue condenada a muerte. Leed el capítulo 15 de la primera carta de san Pablo a los corintios, donde el apóstol habla de la resurrección de los muertos como una consecuencia lógica de la resurrección de Cristo y termina con esta exclamación triunfal: "Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: 'La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?" (/1Co/15/54-55).
La resurrección de Cristo es también la victoria sobre aquel poder que precipitó en la muerte a la humanidad: el pecado. El pecado abrió las puertas a la muerte, y la muerte no es otra cosa sino el reflejo de lo que pasó en el interior del hombre cuando éste concedió el poder sobre su corazón al pecado: la muerte de la vida divina en su alma.
SOS-PASCUALES: Pues bien, este poder del pecado está quebrantado en lo más profundo gracias al poder de la vida divina de la gracia en el Resucitado. Como dice Santo Tomás: "Cristo nos ha libertado del pecado causalmente, en el sentido de haber instituido la causa de nuestra liberación, por la cual puede perdonarse cualquiera clase de pecado pasado, presente y futuro, como si un médico preparase una medicina para curar todo género de enfermedades, aun las futuras". Jesús ha dejado en su Iglesia los medios suficientes para que podamos liberarnos de la esclavitud del pecado. Son los Sacramentos. Bautismo, Penitencia y Eucaristía. Se llaman sacramentos pascuales porque nos libran de la muerte espiritual y nos alimentan con el pan de Vida eterna.: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (/Jn/06/54).
Y por último, la resurrección de Cristo es la victoria sobre aquél que trajo el pecado y la muerte a la humanidad: Satanás. El poder del demonio está quebrantado, y si el mal espíritu se muestra aún activo en el mundo, sus andanzas -como dice san Ignacio de Loyola- son las del caudillo de un ejército derrotado y en plena retirada.
PODER/SATANAS: Satanás todavía está lleno de un odio rabioso a Cristo Jesús, que lo derrotó en su muerte, y ahora hace la guerra a los cristianos, aun estando derrotado y en retirada. Pero no tiene el mínimo poder sobre los que son de Cristo y están libres de pecado. El poder del diablo sobre el hombre es únicamente el poder que el hombre mismo le concede. Está amarrado por la fuerza de Cristo resucitado y no muerde sino a quien se le acerca. Dice san Juan Crisóstomo: "Quam stultus est homo ille quem canis in catena positus mordet" (¡Qué idiota es el hombre a quien muerde un perro atado!).
Esta victoria de Cristo es la suprema gloria de la Iglesia; los cristianos somos vencedores solamente por la victoria de Cristo.
Yo pediría a muchos de vosotros, que por la gracia de Cristo resucitado, salgáis del sepulcro de vuestros pecados y resucitéis con Cristo a la vida de la gracia.
A muchos de vosotros os pediría también que dejéis el sepulcro de vuestra rutina y busquéis con más deseo, con más sinceridad a este Jesús, el Salvador, que mediante su resurrección, se ha hecho contemporáneo de todos nosotros.
Y quisiera que mis palabras llegaran a oídos de todos los hombres, para decirles con versos del poeta argentino Alfredo Buffano: PO/RS-BUFFANO
Pueblos, venid: alabemos al Creador de la tierra,
alabemos al que nos dio los árboles y las aguas,
al que hizo el ala y el canto de los pajarillos,
al que formó las hierbas y las montañas.
Pueblos, venid, y alabemos al que nos dio la alegría,
canto de alondra de nuestra eterna madrugada,
al que nos nutre con los dolores de la tierra
para que veamos cuán bella es la esperanza.
Pueblos, venid, y alabemos al triunfador de la muerte,
Cristo Jesús, fuente de las divinas palabras,
Señor del principio y del fin, y del amor, y de la luz,
y de la eternidad que nos aguarda.
2. GALILEA/FERVOR.
-"¿Quién nos correrá la piedra?" ¡Cuántas veces he deseado ver levantarse a Jesús en mí, con su luz y con su fuerza! ¡Cuántas veces he intentado quitar la piedra, pero en vano! El peso del pecado, el peso del hábito eran demasiado fuertes. Yo me decía casi sin esperanza: ¿Quién me quitará la piedra? Las mujeres, sin embargo, se ponen en camino hacia el sepulcro.
Su marcha es un puro acto de fe. Esta fe -esta locura- tendrá su recompensa. Yo también debo persistir en la loca esperanza de que la piedra será removida, quitada.
Pero las mujeres que van al sepulcro no llevan las manos vacías.
Ellas llevan los aromas comprados para embalsamar el cuerpo de Jesús. Si yo deseo que la piedra sea removida de mi alma, debo -al menos como un signo, como una prenda de mi buena voluntad- llevar alguna cosa. Tal vez sea muy poco, pero debe ser algo que me cueste, algo que tenga la esencia del sacrificio.
Y he aquí que las mujeres encontraron que la piedra de la entrada había sido removida. Y había sido removida de una forma que ellas no habían previsto. "Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y acercándose removió la piedra" (Mt). Para quitar la piedra, es necesario, cuando menos, un cataclismo.
No hubiera sido bastante un empujón, un reajuste parcial. Del mismo modo, la piedra que parece inmovilizar y paralizar a Jesús en mi alma no puede quitarse más que con un temblor de tierra, es decir, con una violenta catástrofe interior, con un cambio radical y total. Es preciso que una sacudida fulgurante me conmueva -Jesús no resucitará en mí más que si el que yo era deja de ser, haciendo sitio al hombre nuevo. No un retoque, un remiendo, sino una muerte y un nacimiento.
El ángel ordena que digan a los apóstoles que Jesús ha resucitado y les espera en Galilea. ¿Por qué este retorno a Galilea? Fue en Galilea donde los discípulos encontraron a Jesús. Fue allí donde oyeron las llamadas y comenzaron a seguir al Salvador. El recuerdo de esos días debía conservar en sus almas un frescor de primavera. Después de las infidelidades de la última semana, Jesús querría reavivar en sus discípulos este frescor y este fervor primero. Querría renovar en ellos la emoción del primer encuentro, la decisión también que ellos pusieron en el primer encuentro.
Hay una Galilea en la vida de cada uno de nosotros. Esta Galilea es el tiempo en que he sido consciente de que Jesús me miraba y me llamaba por mi nombre. Desde entonces han podido transcurrir muchos años. Estos años pueden estar cargados de muchos pecados. Puede parecer que yo he olvidado a JC. Sin embargo, quien ha encontrado una vez a Jesús, no le puede olvidar. Jesús me invita a volver a la Galilea de mi alma, a hacer revivir en mí la intimidad y el fervor de los primeros días. Allí le veré de nuevo.
3.
La homilía será breve, bien pensada, y con el objetivo primordial de expresar y compartir el gozo de la fe con los hermanos que hoy se han reunido alrededor de Jesucristo resucitado. Algunas ideas pueden ser:
- "Al principio creó Dios...". La Palabra que hemos escuchado nos ha llevado al comienzo de todo, al primer aliento del universo, al primer aliento de vida. Y a partir de ese primer aliento hemos contemplado la difícil peripecia de la humanidad, la difícil peripecia de un pueblo que se convierte en signo de todos nosotros. Con fidelidades e infidelidades, con esclavitudes y liberaciones, con esperanzas. Una historia -la de la humanidad, la de Israel, la nuestra- atravesada, sin embargo, por la constante promesa de un aliento nuevo, un aliento de amor definitivo. Y ahora, ante el sepulcro vacío, recordando la cruz que el viernes contemplábamos, nos damos cuenta de que esto se ha realizado ya: el amor es más fuerte que la muerte, Dios nos ama infinitamente, la humanidad -¡todo hombre!- ha quedado llena, ya por siempre, de Dios.
- "Esta es la noche". La noche es un símbolo fuerte, y la luz que aparece en medio de la oscuridad se convierte en signo comprensible, evidente. El pregón pascual, la alabanza del cirio, juega reiteradamente con este símbolo, y presente la noche como lugar donde acontecen las maravillas de Dios, donde continúan aconteciendo hoy, las maravillas de Dios, la acción revolucionaria de Dios en el Éxodo, la acción revolucionaria de Dios en la Pascua de Jesucristo. Dios hoy nos invita a sentir que en nuestra noche, él sigue siendo luz, y luz sin ocaso. Ahora, "la noche es clara como el día". Porque esta noche "une el cielo con la tierra", une al hombre con Dios. Esto lo notamos en toda la acción liberadora que los hombres realizamos, pequeña o grande. Y lo sentimos muy adentro de nosotros mismos, en el gozo de sabernos transformados por JC.
- "Y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían". Resulta extraño que el evangelio de la resurrección -según Marcos- termine así, y no con una explosión de alegría. El joven vestido de blanco dice a las mujeres: "No os asustéis". Y ellas se asustan. Es que la resurrección, la salvación, no es ninguna evidencia. Es una fe vivida en la incertidumbre. Nosotros no somos ilusos: sabemos que la vida sigue siendo dura, que el resucitado es aquél que el mundo crucificó. Y también tenemos miedo, Pero, como las mujeres, poco a poco vamos haciendo nuestra la llamada: "Ha resucitado... id a decir a sus discípulos y a Pedro... en Galilea -la región alejada, casi extranjera; pero que es su región, su propio mundo- lo veréis".
- La luz, la palabra, el agua, el pan, el vino. Hoy es un día para mirar y remirar los signos. Signos elementales, en los que nosotros encontramos, con la nitidez que no pueden tener los discursos ni las leyes, la presencia del resucitado. La Palabra y el pan y el vino de cada domingo nos irán repitiendo, semana tras semana, esta presencia, y mantendrán permanentemente fecunda el agua -el Espíritu-, por la cual fuimos incorporados a JC.
JOSÉ
LLIGADAS
MISA DOMINICAL 1978/06
4.
Las mujeres, que (según Mateo) habían permanecido fieles al pie de la cruz como representantes de la Iglesia que ama, siguen desempeñando este mismo papel en la mañana de Pascua. Es ciertamente sorprendente que las mujeres no se arredren ante los terribles acontecimientos que han tenido lugar, ni siquiera piensan en la imposibilidad de realizar su piadoso deseo («¿Quién nos correrá la piedra a la entrada del sepulcro?»), sino que persisten imperturbablemente en su propósito de embalsamar el cadáver de Jesús para protegerlo de la descomposición en la medida de lo posible. Esto tiene algo de esa ingenua piedad popular que con un instinto seguro sigue su camino contra todos los impedimentos externos y contra todas las reservas espirituales. Y esta piedad de las santas mujeres es recompensada por Dios, pues el mismo Dios elimina los obstáculos -la piedra estaba ya corrida- y cuando las mujeres, al final de su peregrinación sin circunstancias ni reflexiones, penetran en el santuario de la tumba vacía, les proporciona una explicación tranquilizadora ante el hecho maravilloso que se acaba de producir. Su susto es comprensible, es tradicional en la Escritura siempre que el hombre se encuentra ante una teofanía. El discurso del ángel es de una belleza sublime, sobrenatural: no se podría haber hablado de una manera más amable y al mismo tiempo más pertinente. La tranquilidad que se les transmite al principio, permite a las mujeres comprender lo que se les dice. Después el ángel pregunta, pues sabe lo que buscan: a un hombre concreto, «Jesús el Nazareno», que murió anteayer. Y a continuación se produce esta sencilla declaración, como si fuera evidente: «No está aquí»; como si se dijera a un visitante: la persona que buscas no está, ha salido.
Hay algo divino en esta sencilla declaración que suena a obviedad: pertenece a la lógica de la cruz el que ésta vaya seguida de la resurrección. «Mirad el sitio...», convenceos vosotras mismas de que el que buscáis no está aquí. Y finalmente se transmite la orden de comunicar la noticia a los discípulos, y como prueba de que lo que se dice es verdad, se recurre al testimonio del propio Jesús: «Allí lo veréis, como os dijo». «En Galilea», en vuestra tierra, donde os encontráis como en casa y donde todo comenzó para vosotros. Se trata de su patria, pero sobre todo también de la vuestra, y le encontraréis allí donde se desarrolla vuestra vida cotidiana.
HANS URS von
BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales
A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág.
151 s.
5.
Fuente: Catholic.net
Autor: P. Octavio Ortíz
Sagrada Escritura
Primera: Gen 1,1-31; 2,1-1
Segunda: Ex 14,15-15
Tercera: Is 54,5-14
Epístola: Rom 6,3-11
Evangelio: Mc 16, 1-8
Nexo entre las lecturas
¡Qué noche tan dichosa! Canta el pregón pascual que se proclama en esta solemne
vigilia. En esta noche toda la comunidad cristiana está invitada a velar con sus
lámparas encendidas porque Cristo triunfa de la muerte y del pecado mediante su
resurrección. El sentido profundo de las lecturas de esta noche se anuncia
claramente en la introducción que hace el celebrante principal al inicio de la
liturgia de la Palabra: “Recordemos las maravillas que Dios ha realizado para
salvar al primer Israel, y cómo en el avance continuo de la historia de la
salvación, al llegar los últimos tiempos, envió al mundo a su Hijo, para que con
su muerte y su resurrección, salvara a todos los hombres”. La vigilia de esta
noche se ilumina con la Palabra de Dios que nos narra la historia de la
salvación: la creación, el sacrificio de Abraham, el paso del mar rojo, la
promesa de una misericordia que nunca acaba, la purificación de los corazones...
el significado del bautismo. El evangelio de san Marcos pone de relieve que el
“crucificado” ha resucitado, no para volver a una nueva vida terrenal, sino que
ha sido elevado a una nueva dimensión: con la fe en la resurrección de Jesús
encuentra la comunidad primitiva su propia salvación, contempla así su futuro
definitivo.
Mensaje doctrinal
1. La resurrección del Señor el primer día de la semana. La Resurrección
de Cristo es el principio y fundamento de la fe cristiana, pues "si Cristo no
resucitó, vana es nuestra fe" ( 1 Cor 15, 16s). La Resurrección de Cristo es el
culmen de la Historia de la Salvación: Jesús ha vencido al pecado y a la muerte
y es el principio de nuestra justificación y de nuestra futura resurrección. Por
eso, esta noche celebramos la fiesta de las fiestas, aquella que da significado
a todo nuestro humano caminar.
Después de escuchar atentamente las lecturas del Antiguo Testamento y la
Epístola de san Pablo, llegamos al momento culminante de la proclamación del
evangelio. En el ciclo B se lee el evangelio de Marcos quien pone su acento en
que “el crucificado, es el mismo que ha resucitado”. La tres mujeres que habían
estado en la crucifixión: María de Magdala, María la de Santiago y Salomé se
reúnen, como era costumbre entre los judíos, para visitar la tumba de Jesús,
deseaban, además, ungirlo debidamente, pues la tarde del viernes todo había sido
muy precipitado. El reposo sabático no les había dado la oportunidad de hacerlo.
Ahora, al despuntar el día, se dirigen al sepulcro, no sin un profundo dolor y
una viva emoción. Se debe notar que san Marcos habla del “primer día de la
semana”. Hasta ahora, los anuncios de la resurrección hablaban del “tercer día”.
Cómputo que se hacía a partir del día de la crucifixión (Cfr. Mt 16,21; Lc
9,22). El tercer día en la biblia se reconocía como día de la teofanía. Al
tercer día desciende Yahveh sobre el Sinaí (Ex 19,16); al tercer día llega
Abraham al lugar del sacrificio con su hijo Issac (Gen 22,4). Por su parte los
santos Padres prefieren mencionar el “octavo día” poniendo de relieve la venida
del Señor al final de los tiempos.
Comenta el Card. Ratzinger al respecto: “De este modo, los tres simbolismos
(primer día de la semana, tercer día de la semana, octavo día de la semana,
respecto a la pascua ndr ) terminan por identificarse: el más importante de
ellos, sin embargo, es del “primer día de la semana”. En el mundo mediterráneo
en el que el cristianismo se ha formado, el primer día de la semana era visto
como el día del sol, .... El día de la celebración litúrgica de los cristianos
había sido elegido como memoria del obrar de Dios, a partir de la resurrección
de Cristo” Joseph Ratizinger Introduzione allo spirito della liturgia , San
Paolo Milano 2001, p. 92 (la traducción es nuestra). Es decir, el tiempo
encontraba su punto de referencia para los cristianos a partir de la
resurrección de Cristo, de aquí nace la importancia del domingo cristiano. A
esto se debe añadir que “el primer día” es el día de la creación. La nueva
creación re-toma la antigua. Así, el día de la resurrección es también fiesta de
la creación: la comunidad cristiana da gracias a Dios por el don de la creación.
Esto ha quedado de manifiesto en la primera lectura de esta vigila que narra
poéticamente la creación del mundo y del hombre. Dios no permite que la creación
se destruya, sino que la reconstituye después de las prevaricaciones del hombre.
En el término “primer día de la semana” está también contenida la idea paolina
según la cual la creación espera la manifestación de los hijos de Dios (Rm
8,19): como el pecado destruye la creación, así la creación se cura cuando los
“hijos de Dios” se hacen presentes (Cfr. Ratzinger ibidem).
2. Id a decir a sus discípulos y a Pedro. Las mujeres reciben el encargo
de decir a Pedro y a sus discípulos que “el crucificado ha resucitado”. Aquellas
mujeres que habían conocido a Jesús, que habían visto sus milagros, que habían
oído su predicación, que habían sido objeto de su misericordia y que lo habían
visto materialmente destrozado en la cruz, reciben un mensaje inesperado y
desconcertante para ellas: “el crucificado ha resucitado”. Aquel que ellas tanto
amaban y por el que habían arriesgado su vida siguiéndole hasta la cruz, ha
resucitado. No simplemente ha vuelto a la vida, sino que ya no muere más. Así
las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los
propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9_10). Jesús se apareció en seguida a ellos,
primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar
en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31_32), ve por tanto al Resucitado antes que
los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: "¡Es
verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Lc 24, 34). Se debe
notar, sin embargo, que las primeras en anunciar la resurrección del Señor
fueron las mujeres.
El catecismo de la Iglesia católica nos dice: “La Resurrección de Jesús es la
verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera
comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la
Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como
parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:
Cristo resucitó de entre los muertos.
Con su muerte venció a la muerte.
A los muertos ha dado la vida.
(Liturgia bizantina, Tropario de Pascua)
Catecismo de la Iglesia católica 638.
Esto es lo que hoy también estamos invitados a anunciar.
Sugerencias pastorales
1. La meditación sobre la resurrección. La piedad cristiana se ha
detenido siempre mucho en los misterios de la pasión y muerte, y con razón, pues
de ellos depende nuestra salvación. Sin embargo, no siempre ha dado la
importancia que merece al misterio de la resurrección, es decir, no siempre ha
considerado el misterio pascual de Cristo de forma integral. Creo que sea muy
útil introducir a nuestros fieles en la meditación del misterio de la
resurrección del Señor como victoria sobre la muerte y el pecado. En un mundo
transido de violencia y terror, es precisamente la resurrección del Señor la que
debe alentar e impulsar llena de esperanza la vida de los cristianos. Ellos
deben seguir siendo en la sociedad como el alma para el cuerpo, porque ellos
tienen el deber de anunciar que el amor de Dios en Cristo ha vencido por encima
de la mentira, del pecado, de la calumnia y, sobre todo, de la muerte. Aquello
que el catecismo aplica a Pedro y a los apóstoles, podemos aplicarlo a nosotros
creyentes de este nuevo milenio: “Todo lo que sucedió en estas jornadas
pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles _ y a Pedro en particular _ en
la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua”. Lo que
sucede en esta Vigilia Pascual, en este domingo de resurrección nos compromete a
todos en la construcción de un nuevo mundo, en la construcción de la
civilización del amor.
2. Valorar el propio bautismo. La vigilia pascual con su liturgia
bautismal nos invita a considerar el valor del propio bautismo. Por medio de él,
nos dice san Pablo, hemos sido injertados en Cristo, hemos sido incorporados al
cuerpo de Cristo, liberados del pecado y hechos hijos de Dios. ¡Oh cuántas cosas
grandes ha obrado Dios en favor nuestro! Sucede, sin embargo, que a veces
vivimos distraídos de las verdades fundamentales que sostienen nuestras vidas.
Nos dejamos arrebatar por el miedo, el cansancio, el sueño, porque no nos damos
cuenta de las riquezas que llevamos en el alma: “Despierta tú que duermes y el
Señor te alumbrará”. Que cada uno valore hoy la dignidad de su ser cristiano
(Reconoce Oh Cristiano, tu dignidad decía san León Magno), que cada uno sienta
en toda su belleza la alegría de ser hijo de Dios -porque en verdad lo somos-,
de ser coheredero con Cristo, de ser partícipe de la misión de Cristo. Si, así
lo hacemos, nuestra vida dará un vuelco y seremos “más cristianos” , alejaremos
de nuestra vida la tentación de vivir de forma pagana como si Dios no existiese
y como si Cristo no hubiese muerto y resucitado por nosotros.
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