NOTAS
SOBRE LA BENDICIÓN Y
PROCESIÓN DE RAMOS
1.
Al proclamar a su manera el evangelio, Lucas ha querido, más aún que los otros evangelistas, presentar a Jesús entrando en Jerusalén como para una entronización regia. La prueba está ya en el hecho de que el texto se inspira en dos entronizaciones célebres, contadas por el libro de los Reyes.
En primer lugar, la del rey Salomón. "Los allegados de David hicieron montar a Salomón sobre la mula del rey... todo el pueblo gritó: 'Viva el rey...'. Subió después todo el pueblo detrás de él; la gente tocaba las flautas y manifestaba tan gran alegría que la tierra se hendía con sus voces" (1 Re 1, 38-40). Y también la entronización de Jehú: "Los oficiales se apresuraron a tomar cada uno su manto que colocaron bajo él encima de las gradas; tocaron el cuerno y gritaron: 'Jehú es rey '" (2 Re 9,13).
Así Jesús, siguiendo el patrón de sus antepasados cuyo comportamiento diseña el suyo, se presenta como rey en Jerusalén.
Rey todopoderoso, dando órdenes con un tono soberano, previendo las dificultades con que chocará su realización, pero afirmando su cumplimiento seguro. "Id a la aldea, dice mostrándose capaz de una extremada precisión, encontraréis... Si alguien os pregunta... Encontraron... Les preguntaron...", etc.
Jesús, rey, quiere ser rey de paz; la semejanza con la coronación de Salomón, cuyo nombre significa "el pacífico", es pretendida, con el fin de apoyar el tema, como también el recuerdo del himno cantado por los ángeles la noche de Navidad.
Jesús, rey, es un rey de paz, que trae a Jerusalén, la ciudad cuyo nombre significa "ciudad de paz" (Sal 122, 6), la paz que su nombre reclama.
Esta paz se establece entre Dios y los hombres: "paz en el cielo" (el himno de Navidad decía: "Paz a los hombres", pero con el mismo significado); y va ligada a la manifestación de la "gloria" de Dios. Advirtamos que no se dice el medio de esta manifestación gloriosa; pero no carece de interés el hecho de que estas palabras se pronuncien en el momento de entrar Jesús en Jerusalén, la ciudad donde "conviene que muera un profeta" (13, 33), la ciudad en que Jesús ha de vivir un drama que evocan precisamente las palabras que siguen al suceso referido en nuestro texto. Es como si ya se hubiera entrevisto una cierta relación, que Juan precisará más, entre la glorificación de Dios y la pasión de Jesús. La entrada en Jerusalén de este rey pacífico interesa a cielos y tierra; él es "el que viene". Es fácilmente reconocible la fórmula mesiánica, ya utilizada en un momento solemne: "¿Eres tú el que viene o debemos esperar a otro?" (7, 19). ¡Sí!, Jesús es verdaderamente el Enviado de Dios; él viene "en Nombre del Señor".
El origen de este rey es tan evidente que la gente grita su entusiasmo; y si callara, precisa el mismo Jesús, "las propias piedras gritarían", para paliar las deficiencias de quienes se obstinan en el mutismo. En efecto, hay allí "algunos fariseos" (ese "algunos", matización singular, es digno de ser notado) que no entienden y que se niegan a sumarse a la alegría general, nacida de la certeza de que con Jesús, era el Mesías el que entraba en Jerusalén. De este modo, hay piedras que están más dispuestas a acoger a Jesús que "algunos fariseos" cuya incredulidad es tan tenaz que persiste aún, mientras que todos los que están en torno han comprendido, acogido, aceptado. Y estos incrédulos, de corazón más duro que la piedra, forman parte de esa élite espiritual que todo el mundo consideraba la más dispuesta a recibir al Enviado de Dios. ¿Se debe precisamente a esa reputación de la disponibilidad el que, en última instancia, estén... indisponibles?
LOUIS
MONLOUBOU
LEER Y PREDICAR EL EVANGELIO DE LUCAS
EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1982.Pág.
286
2.
El domingo de ramos es un resumen del misterio pascual: comienza diciéndonos que el final de la Pascua será la entrada en la Jerusalén celestial, pero que nadie resucita sin padecer; de ahí el misterio de la misa de pasión que sigue a la procesión.
La liturgia de hoy nos presenta una procesión y una pasión. Así es nuestra vida. (...) La fe descubre la realeza del Señor en su entrada triunfal; la fe percibe el amor en la humillación, los sufrimientos y la muerte de Jesús y debe hacernos adoptar en la vida "los sentimientos de Cristo".
La segunda lectura indica cómo el sufrimiento que contemplamos está en estrecha relación con el triunfo de la procesión: la obediencia en el dolor como fundamento de la exaltación.
El triunfalismo, la ostentación de poder y el afán de dominio temporal, no han cesado jamás de ser tentación para los cristianos y nos han expuesto siempre al riesgo de traicionar el mesianismo de Cristo, apoyado en el amor a través de la pobreza, la sencillez y el sufrimiento. (...).
-No se trata de una procesión más de Semana Santa sino de la primera y principal procesión. Las procesiones no litúrgicas tienen un valor puramente psicológico y sólo depende su eficacia de las disposiciones de quien en ellas participa. La procesión de ramos tiene una eficacia eclesial. Además, aporta el verdadero sentido que debe tener cualquier procesión: el de nuestra entrada con Cristo Rey en la gloria.
-En la comunión de hoy nos encontramos personalmente con el Mesías-pobre, el Rey-paciente. Participamos en esta comunión el espíritu de obediencia de Cristo, su paciencia en los sufrimientos, su amor al Padre y a los hombres en su muerte. Participamos su "cáliz" que nos dará fuerza para sufrir luego con paciencia y amor las mil cosas que tenemos que aguantar cada día.
3. La liturgia de este domingo de Ramos está llena de enseñanzas.
Permitidme unas breves explicaciones sobre el triple significado de la procesión de las palmas: es un recuerdo, una realidad presente y una profecía.
-Recuerdo. Ante todo es el recuerdo de un hecho de la vida de Jesús, que tuvo lugar en Jerusalén el domingo anterior a su muerte.
De todas partes, una multitud innumerable de peregrinos habían acudido a Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua. En todas partes no se hablaba aquel año más que de Lázaro, un muerto que Jesús había resucitado. De repente se supo que Jesús estaba en Betania. La muchedumbre se trasladó allí y espontáneamente se forma una comitiva. Jesús no se opone, antes manda buscar un asno que le ha de servir de cabalgadura según la profecía de Zacarías (9. 9-10): "Alégrate con alegría grande, hija de Sión. Salta de júbilo, hija de Jerusalén. Mira que viene a ti tu Rey, justo y victorioso, humilde, montado en un asno".
-Realidad actual. El domingo de ramos es para nosotros un día en que públicamente confesamos nuestra fe. La procesión que acabamos de hacer no es otra cosa que una gozosa manifestación de la fe que profesamos.
Pero si nosotros nos limitamos únicamente a asistir a esta liturgia, a cantar y llevar las palmos o ramos de olivo, no podemos decir que acompañemos de veras a Cristo. La religión, para muchos cristianos, es solamente esto: espectacularidad, y no influye para nada en sus vidas. Esta manifestación pública de fe en la realeza de Cristo que todos juntos acabamos de hacer ha de reflejarse también en la vida de cada uno de nosotros, como lo exige la liturgia que celebramos.
"... que quienes alzamos hoy los ramos en honor de Cristo victorioso, permanezcamos en él, dando frutos abundantes". El simbolismo de las palmas es un simbolismo de lucha y de victoria.
Podemos decir que en esta liturgia somos consagrados combatientes y mártires. Que es "nuestra promoción anual a la dignidad de caballeros y mártires" (·Pius-Parshs).
La palma, símbolo de martirio. Al llevarlas queremos manifestar a Cristo que estamos dispuestos a darle testimonio como los mártires, si no con el de nuestra vida, porque tal vez no lo quiera, sí al menos con el de nuestras buenas obras de cada día y el de nuestra lucha incesante contra los enemigos.
Y aquí puede haber un enorme contrasentido. La palma, símbolo de victoria. Con la palma en las manos queremos manifestar que hemos vencido a Satanás, y, sin embargo, desgraciadamente puede ser que, por dentro, interiormente, sea él nuestro vencedor. Para ser lógicos, coherentes con nuestra fe, es necesario que la realidad se ajuste al simbolismo, es necesario que lo que expresamos externamente lo poseamos interiormente.
-Profecía. Veamos en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén el glorioso cortejo del Señor cuando vuelva, con poder y majestad, para llevar a los suyos a la Jerusalén del cielo. Salgámosle entonces al encuentro con palmas y ramos de olivo, con nuestras manos cargadas de buenas obras, con nuestra victoria sobre el pecado, sobre la carne y el mundo.
La cruz, y sólo ella, es quien franquea, lo mismo a Jesús que a nosotros, la entrada en la gloria del cielo. ¿A quién llamará para formar parte de la triunfal comitiva que ha de entrar en la Jerusalén celestial? A los que hayan reconocido a Cristo como Señor y hayan aceptado su señorío. "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos -en la verdadera Jerusalén, de la cual aquella Jerusalén terrena es tan sólo un símbolo-, sino el que cumple la voluntad de mi Padre".
4. /SAL/023/07-10.
La procesión de las palmas es el comienzo de la Semana Santa. No sólo cronológicamente, sino también y sobre todo "mistéricamente" o "sacramentalmente". La Iglesia va a vivir en estos días santos la Pascua del Señor. Nada hay tan importante en la vida de Cristo como aquel acontecimiento por el cual Jesús, a través de su pasión, muerte y resurrección, "pasó" -esto quiere decir "Pascua"=paso-, pasó de este mundo al Padre e hizo pasar con él al hombre y a la creación entera de la muerte a la vida, de lo viejo a lo nuevo, de las tinieblas a la luz, del dominio del pecado al de la gracia.
Esta Pascua del Señor, este paso de Jesús de este mundo al Padre mediante su muerte y resurrección está simbólicamente contenido en el rito de la Procesión. Pero este significado de la Semana Santa a través de la procesión de las palmas, sólo se logra si a este rito se le sabe dar su verdadero significado.
Se trata de "significar" la entrada de Cristo en la Jerusalén definitiva a través del triunfo de su muerte. La procesión no tiene, por tanto, como finalidad principal, imitar el hecho histórico que vivió Jesús el domingo anterior a su muerte. Hay que procurar evitar este peligro de limitarnos a un simple recuerdo histórico; es el triunfo de Jesús a través de la muerte; es la entrada de Jesús, a través del misterio pascual, en el Reino definitivo de Dios. El recorrido de la procesión de las palmas es el camino que lleva de la cruz a la gloria. Camino que también recorre la Iglesia y cada uno de nosotros.
-Salmo 023. 07-10: "¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas; va a entrar el Rey de la Gloria".
Palabras escritas para una procesión en que el Arca símbolo de la presencia de Dios, es introducida en el templo, acompañada de un pueblo que aclama a su Señor, se aplican perfectamente al nuevo pueblo de Dios que quiere asociarse a Cristo que entra en su misterio pascual, para introducir la verdadera Arca -su Cuerpo humano, en el que habita la plenitud de la divinidad- en el templo definitivo de la Gloria.
Al contemplar y asociarse a Cristo que se dirige a la muerte, a "pasar" con su cuerpo al templo definitivo de Dios, que está ya tocando sus dinteles que son la muerte, que abrirá estas puertas, el pueblo pide con insistencia: "¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas; va a entrar el Rey de la Gloria".
El salmo 23 es un expresivo canto en honor de la victoria de JC en el duro combate de la pasión contra sus enemigos: el pecado y la muerte. Si después de las campañas de David, el Arca de la Alianza pudo ser entronizada victoriosamente en Jerusalén, después del combate de la Pasión, el Cuerpo de Cristo es entronizado definitivamente en el templo de la Jerusalén del cielo. El Rey a quien aclamamos en la procesión del domingo de Ramos es el "Señor, héroe valeroso, el Señor, héroe de la guerra".
Cristo va delante de su pueblo, encabezando la procesión de la humanidad entera que, siguiendo a su Señor, pasa de este mundo al Reino, de la muerte a la vida, a través del parto doloroso de la pasión del Señor, de los sufrimientos de su Cuerpo, la Iglesia, pero con plena seguridad del triunfo final.
5. J/REY-MESIAS:
La entrada de Jesús a Jerusalén es un gesto simbólico, que quiere poner de manifiesto el carácter mesiánico de la persona y la obra de Jesucristo. Jesús es el Rey-Mesías anunciado por los profetas, y por esto entra solemnemente en la ciudad Santa y es aclamado por el pueblo como enviado de Dios. Pero las características externas de esta entrada "triunfal" no tienen nada de triunfalistas. Jesús no se presenta como un vencedor militar al frente de un ejército, sino como un rey pacífico de la "buena gente" del pueblo. Y esta entrada, de hecho, representó para Jesús el pórtico de su pasión, fue la primera estación de su caminar hacia la cruz.
Al conmemorar ritualmente este episodio de la vida de Cristo, nosotros deseamos proclamar que Jesús es nuestro rey. Pero su realeza no consiste en la posesión del dominio universal, sino que ha sido conquistada al precio del sacrificio de su propia vida. Ha llegado a la realeza pasando por la humillación (Cf. también en la segunda lectura de la misa). Ha llegado al dominio total gracias a la obediencia perfecta a la voluntad del Padre. Nuestro Rey es un Rey sufriente, el cual en la total posesión de su imperio conserva las cicatrices gloriosas de las plagas.
Penetrar el sentido de esta paradoja, que es el sentido del misterio de Pascua, es una gracia propia del domingo de Ramos.
J.
LLOPIS
MISA DOMINICAL 1973, 2
6. PALMAS.MARTIRIO Y VICTORIA.
"Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor". Son palmas que significan martirio y significan también victoria.
Porque hay un viernes sangriento: son clavos reales que atan a la cruz, y espinas que hieren nuestra cabeza pensadora y nublan la vista. Es la vida misma que se convierte en cruz que pesa y de la que se reniega: Señor, ¿por qué me has abandonado?, repiten cada día los padres del niño que nació subnormal, los del joven que murió en la autopista, los familiares que visitan el oncológico o el trabajador que perdió hasta el subsidio de paro. Son muchas espinas que dificultan la visión del Amor de Dios: deseosos de amar y tan difícil el amor a los hombres: el hijo que dejó los estudios "por la movida"; el esposo o la esposa que no parece lo mismo que cuando le conocí en la juventud; el aparente fracaso de tareas apostólicas; el malentendido que no puedo aclarar; el compañero, camarada o hermano con esa extraña forma de ser... Y hay un sábado de soledad y silencio que nadie lo simboliza mejor que la mujer que llora su abandono entre paredes silenciosas de su casa... Son palmas que significan martirio.
Pero ya hoy las palmas anuncian victoria y triunfo: "¡Viva! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega!". Porque hacia la Pascua caminamos, seguros de que tras la cruz estallará el ¡Aleluya! de un pueblo de resucitados.
¡Cristianos de este mundo secularizado! Salid hoy a la calle a gritar a todos los hermanos del Cristo doliente que hay salvación. Cantad el Hosanna, preanuncio del Aleluya final. Decidles que no hay mejor aval de la futura resurrección, que esa extraña "manía" de Jesús de manifestar su salvación a quienes han subido con El a la Cruz. No vaya a ser que, ausente Jesús, sea la cruz piedra de escándalo y piedra de tropezar, cuando El la quería piedra clave del cimiento.
MIGUEL FLAMARIQUE
VALERDI
ESCRUTAD LAS ESCRITURAS
REFLEXIONES SOBRE EL CICLO B
Desclee de Brouwer BILBAO 1990.Pág.
73
7. JESÚS ACEPTA, AUNQUE CONOZCA SUS TREMENDAS LIMITACIONES, LA SINCERA AUNQUE MEDIOCRE ESPONTANEIDAD DE LA MASA.
El burrillo juanramoniano "que se diría hecho de algodón". El de ojos prietos y brillantes y cálido espinazo. Y Dios cabalgando sobre él. Platero y Tú. Señor. (Al final, cuando se trata de los grandes momentos incomprensibles siempre tenemos que acudir a la poesía, que es una forma de fe). Curioso triunfador éste que entra victorioso sobre un borriquillo y es aclamado por el pueblo llano a grito pelado. Una procesión espectacular, populachera, que no gusta nada a los exquisitos.
Cristo "se deja querer" y defiende el grito del pueblo aunque sepa muy bien lo que de contagio pueda haber en el suceso. Pero también sabe que el pueblo llano suele tener olfato, analfabeta intuición no mediatizada por compromisos que no sean los de su propio sentimentalismo.
Cuesta entender la triunfalista actitud de Jesús, tan poco amigo de triunfos. La clave puede estar en que, en realidad, Cristo es, en este momento, un hombre en agonía, un lúcido condenado a muerte.
Cristo está "en capilla", él lo sabe mejor que nadie. Y no es que quiera ir a la muerte después de haberse dado el gustazo de triunfar en toda línea por parte de quienes días más tarde van a callarse como muertos e incluso, muchos de ellos, van a gritar pidiendo su cabeza. Este triunfo tiene algo de honroso canto de cisne. Pero, sobre todo, tiene mucho de descubrimiento. Acaso es un intento de permitir al pueblo que descubra su propia identidad, antes de que el miedo le atenace la garganta. No hay que suponer a la gente tan tonta como para ser incapaz de recordar luego, en el peor momento de la cruz, sus anteriores voces de júbilo y alabanza. La verdad es que si Cristo no fuera Dios estaría uno tentado a descubrir en el triunfal alboroto del Domingo de Ramos una especie de cruel ironía voluntariamente desatada. Cuanto de desconcierto, cobardía y oportunismo hay en el corazón del hombre, queda aquí al descubierto. La pobre sinceridad humana siempre anda mediatizada por tantas cosas que no cabe otro remedio que tomársela con mucha comprensión y enorme ternura. Como se toman las caricias de un niño al que se le promete o acaba de dársele un caramelo. Dios es comprensivo, tierno, buen entendedor de sus hijos. Cuando dentro de poco le griten insultos en la cruz dirá: "¡Perdónales porque no saben lo que hacen!" ¿Es que "ahora" saben lo que hacen? Quizás no del todo. Por eso mismo Jesús llega montado en un borriquillo y no en un caballo de centurión romano, ni en un camello de poderoso oriental. Llega a ras del suelo, mansamente, con sonrisa, sin ningún sarcasmo. Sabe, entiende y ama. Exactamente lo que a nosotros nos falta.
Para apearnos a la realidad circundante: entramos en una semana de "triunfos" procesionales y religioso alboroto callejero.
¿Podemos seguir abominando de ciertas manifestaciones populares de una sospechosa religiosidad masiva? ¿Podemos seguir poniendo en cuestión el pretendidamente sacro folklore? Si estos triunfos del Jesús paseado a hombros son realmente populares, nacidos de la entraña de la gente llana, sin más condicionamiento que su propio sentimentalismo y su engañosa euforia... me atrevería a decir que sí, que, como Jesús, deberíamos dejar que así fuera.
¿Pero es así? ¿Sigue siendo, hoy, el pueblo quien grita y clama? ¿No se han metido por medio otra serie de factores de perturbación esencial? Vamos a imaginar que el triunfo del Domingo de Ramos no hubiera sido tan espontáneo, que hubiera estado organizado por los discípulos o por los comerciantes de la loa preparada. ¿Cristo lo habría aceptado? Seguro que no. Jesús acepta y respeta, aunque conozca sus tremendas limitaciones, la sincera aunque mediocre espontaneidad de la masa. No acepta, no resiste -ejemplos tenemos en abundancia- la farisaica actitud de quienes todo lo preparan y estudian para sacar tajada personal. Y en este horizonte debe ventilarse cualquier reflexión sobre las actuales formas de aparente triunfo de Jesús. Cuando lo que prima es la vanidad, el comercio o el aprovechamiento de cualquier tipo... ahí no existe "triunfo de Jesús". Hay que decir NO.
Cuando lo que convoca y dirige a la masa es su propia fuerza, su espontaneidad, con todas las mezclas más o menos bastardas que se quiera... ahí "puede" haber triunfo de Jesús. Y, a veces, habrá que decir SI, aunque a los exquisitos les siga haciendo cosquillas molestas. No podemos honradamente caer en la tentación del alambique. Ya sabemos también lo que da de sí cierto exquisitismo culturalista, como el de Nicodemo, por ejemplo, un aristócrata del Espíritu que no se atreverá jamás a dar la cara.
Muy difícil resulta el equilibrio que no es moderación virtuosa sino justicia. Al fin y al cabo siempre tendremos delante esta popular algarabía del Domingo de Ramos por entre la cual pasa sonriente y comprensivo Cristo, Dios cabalgando sobre "Platero".
BERNARDINO M. HERNANDO
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