NOTAS

 

-CONTENIDO DOCTRINAL.

La imaginería de la Ascensión del Señor pone, en cierto modo, un elemento de dificultad y de equívoco en la presentación de este misterio. Hay que tenerlo presente para no fomentar esta imagen materializante, pero sin tampoco emprender un "ataque" de la misma (produciría más confusión que provecho).

La segunda lectura, y toda la eucología de la fiesta (especialmente los prefacios), son una explicación magnífica del contenido pascual de este misterio. Se trata de la exaltación de Jesús a la derecha del Padre, que confesamos en el Símbolo apostólico. Y, por tanto, de este aspecto del misterio pascual que completa, con la entrega del Espíritu Santo, el tránsito por la muerte hacia la vida nueva, celebrado especialmente en el triduo pascual. En realidad, la diversidad de celebraciones debe servir más para acentuar los diferentes aspectos del misterio que no para marcar un ritmo cronológico.

La ascensión de Jesús señala, en la narración de Lucas, la tensión en la que entra la comunidad de los discípulos desde aquel momento, una vez han terminado las apariciones del Resucitado: una tensión entre la ausencia del Señor y, al mismo tiempo, su presencia. San Lucas une íntimamente la ausencia del Resucitado con el Don del Espíritu Santo. La insistencia de que los discípulos "veían a" Jesús subiendo hacia el cielo es, seguramente, la alusión a las escenas de "la ascensión" de Elías, cuando Eliseo tuvo asegurado el espíritu de profecía del maestro, porque pudo "verle" cuando era arrebatado (/2R/02/10). Así, la comunidad de los discípulos queda configurada, en la ascensión de Jesús, como la comunidad profética que hereda el Espíritu de Jesús para continuar su misión. En definitiva, pues, entre el final del Evangelio y el comienzo de los hechos no hay diferencia del contenido. San Lucas explica, de este modo, lo mismo que explica Juan en la aparición del cenáculo.

Dentro de la predicación del ciclo C conviene seguramente que la fiesta de la Ascensión tenga un relieve doctrinal específico. Porque durante buena parte del tiempo ordinario los evangelios que leeremos pertenecerán a la subida de Jesús hacia Jerusalén, "cuando llegó el tiempo de su tránsito" (Lc 9,51).

-ACTUALIZACIÓN.

Tomando como punto de partida el contenido doctrinal, la homilía puede derivar hacia varias actualizaciones. Una primera podría ser la significación más directamente cristológica de la Ascensión: Aquel que se humilló es el que ha subido más arriba, para llenarlo todo. Con la Ascensión, en efecto, culmina el círculo de la encarnación, si podemos hablar así, y se abre la fase de la entrega del Espíritu vivificante.

Debe subrayarse que la glorificación de Cristo es la glorificación de la humanidad, como dice el embolismo de la plegaria eucarística I (que hoy se podría utilizar): "el día santo en que tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, habiendo tomado nuestra débil condición humana, la exaltó a la derecha de tu gloria". Nada más glorioso para el hombre que ver al Hombre exaltado a la derecha del Padre. Una referencia a la escena de la Pasión según san Juan "He aquí al Hombre" -(Jn 19,5) puede ser ilustrativa como contraste, evocador también del cántico de Flp 2,6-11.

Una segunda, consecuencia de la primera, es la significación eclesiológica y escatológica: la glorificación de la Cabeza es la esperanza del cuerpo. Lo acentúa sobre todo la colecta. Esta imagen es útil, sobre todo, para expresar esta dimensión de presencia y ausencia de Jesús en su Iglesia. La frase de Ef 4,15: "hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo", ayuda a explicar el sentido de esta fuerza de atracción que es la que hace crecer a la Iglesia. En efecto, la Iglesia no crece fundamentalmente porque los hombres la hagamos crecer, sino que crece por las energías que le vienen de Cristo: el don del Espíritu, la predicación de los Apóstoles, la acción sacramental, la gracia y la fidelidad en el corazón de los creyentes... Si es verdad que no va con una Cabeza coronada de espinas una atención refinada a los miembros, como decían los autores espirituales, también lo es que no va con una Cabeza glorificada un cuerpo sumergido en las preocupaciones terrenas como si fueran definitivas.

Así se abre una tercera actualización, o consideración: la tensión hacia los bienes celestiales. De ello hablan mucho los textos de hoy. Y vale la pena acentuarlo, no de un modo demasiado romántico ("Y dejas, pastor santo tu grey en este valle hondo, oscuro...": magnífica poesía, que debe matizarse), sino toda la seriedad que supone el hecho de nuestra condición terrena.

Cuando, a veces, decimos sin más que "ya estamos en el cielo", o que "el cielo es la vida cristiana", estamos simplificando, lo que crea equívocos en el pueblo fiel. El lenguaje bíblico y litúrgico es el más adecuado para una catequesis correcta de este punto. Véase, por ejemplo, el texto de la poscomunión: "mientras vivimos aún en la tierra, nos das parte en los bienes del cielo"; o el de la oración sobre las ofrendas: "... que la participación en este misterio eleve nuestro espíritu a los bienes del cielo".

Estas frases se refieren básicamente a la Eucaristía. Ya que, ciertamente, es en la Eucaristía donde el cielo y la tierra hallan su punto de tangencia: la presencia de Cristo glorioso (cielo) mediante lo que parece pan y vino (tierra).

PERE TENA
MISA DOMINICAL 1989, 10


2.Comentario...

«Mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo»

La Ascensión no es un acontecimiento dramático para Jesús y sus discípulos; es como la despedida de un fundador, que deja a sus hijos la tarea de continuar su obra, pero sin abandonarlos a su suerte, ya que sigue paso a paso las vicisitudes de su fundación en el mundo mediante su Espíritu. Cristo puede irse tranquilo, porque se han cumplido las Escrituras sobre Él, y los discípulos comienzan a comprenderlo. Puede irse tranquilo, no porque sus hombres sean unos héroes, sino porque su Espíritu los acompañará siempre y por doquier en su tarea evangelizadora. -Puedes irte tranquilo, Jesús, porque tu Iglesia, en medio de las contradicciones de este mundo, y a pesar de las debilidades y miserias de sus hijos, te será siempre fiel, hasta que vuelvas.

Todo hombre siente en su interior, a la vista de la muerte, el deseo de quedarse en el mundo y dejar en él algo de sí mismo, de marcharse quedándose. Dejar unos hijos que prolonguen y recuerden su memoria, dejar una casa construida, un árbol plantado, una obra de carácter científico, literario o artístico... Jesucristo, en su condición de hombre y Dios, es el único que puede satisfacer plenamente este ansia. Él se va, como todo ser histórico. Pero también se queda, y no sólo en el recuerdo, no sólo en una obra, sino realmente. Él vive glorioso en el cielo, y permanece misterioso en la tierra. Vive por la gracia en el interior de cada cristiano, y la Eucaristía prolonga su presencia real y redentora. Vive y se ha quedado con nosotros en su Palabra, que resuena en los labios de los predicadores y en el interior de las conciencias. Se ha quedado y se hace presente en sus ministros, que lo representan ante los hombres y lo prolongan con sus labios y sus manos. Cristo es nuestro compañero, siempre está a nuestro lado, ¿pensamos de vez en cuando en esta magnífica presencia de Cristo amigo y Redentor?

Con la Ascensión, los cristianos asumimos la misma tarea del Salvador: consagrar el mundo a Dios en el altar de la historia. Para el cristiano cada día es una liturgia de alabanza y bendición de Dios. No hay ninguna actividad de la vida diaria de los hombres que no pueda convertirse en una ofrenda santa y agradable a Dios. Por el bautismo estamos llamados a confesar ante los hombres la fe que recibimos de Dios por medio de la Iglesia. Como discípulo de Cristo confieso mi fe en la familia, en las reuniones de amigos o de trabajo; pongo mi fe por encima de todo, y hago de ella la medida de mi decisión y comportamiento. ¿Es ya mi vida una liturgia santa y agradable a Dios? ¿Es éste mi deseo más íntimo y mi más firme propósito?