SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Lc
1,57-66: ¿De qué otra cosa
puede hablarse, sino de gracia?
Hoy recibimos al santo Juan, precursor del Señor, el hijo de una estéril que anunciaba al hijo de una virgen, pero siempre siervo que anuncia al Señor. Puesto que Dios hecho hombre había de venir mediante una virgen, le precedió un hombre nacido de una mujer estéril para que aquél -refiriéndose al cual dice Juan que es indigno de desatar la correa de su calzado- fuera reconocido como Dios hombre. Admira a Juan cuanto te sea posible, pues lo que admiras aprovecha a Cristo. Aprovecha, repito, a Cristo, no porque tú le ofrezcas algo a él, sino para progresar tú en él. Admira, pues, a Juan cuanto te sea posible. Escuchaste qué has de admirar. Un ángel lo anuncia a su padre, que era sacerdote, y le priva de la voz porque no le dio crédito; permanece mudo esperando recobrar la lengua con el nacimiento del hijo. Concibe quien era estéril y anciana, infecunda por doble capítulo: por estéril y por su edad. El ángel ya anuncia quién va a ser, y se cumple en él lo anunciado. Cosa más maravillosa aún: aparece lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre. Luego, al llegar santa María, salta de gozo en el vientre y saluda con sus movimientos a quien no podía con la palabra. Al nacer devuelve la lengua a su padre y el padre, al hablar, impone el nombre al niño, y todos se maravillan de gracia tan excelsa. ¿De qué otra cosa puede hablarse sino de gracia? ¿De dónde había merecido este Juan a Dios? ¿Cómo mereció a Dios antes de existir para poder merecerlo? ¡Oh gracia, gratuitamente dada!
Todos se llenan de admiración y quedan estupefactos; en el fondo de su corazón dicen algo que quedó escrito para que nosotros lo leyéramos: ¿Qué piensas que será este niño? La mano del Señor está con él. ¿Qué piensas que será este niño? (Lc 1,66). Supera los límites de la naturaleza humana. Conocemos a los niños, pero ¿qué piensas que será éste? ¿Por qué dices: qué piensas que será este niño. La mano del Señor está con él? Que la mano del Señor está con él lo sabemos ya; pero desconocemos lo que será. Ciertamente será grande quien ya de pequeño lo es. ¿Qué será el que siendo aún tan chiquito, es ya tan grande? ¿Qué será? La flaqueza humana no lo vislumbra, tiemblan los corazones de todos los que piensan en ello. ¿Qué piensas que será este niño? Será grande; pero ¿qué tendrá que ser quien sea mayor que él? El será extraordinariamente grande; pero ¿qué habrá de ser el que sea mayor que él? Si el que comienza a existir ahora es grande, ¿cómo será el que ya existía?
Pero, ¿por qué acabo de decir «el que ya existía»? Existía antes de Juan y de Zacarías; más aún, existía antes de Juan, de Abrahán, de lsaac y de Jacob. Antes de Juan existían ciertamente el cielo y la tierra. ¿Cómo será el que existía desde el principio? Al principio, es decir, antes de Juan y antes de cualquier hombre, hizo Dios el cielo y la tierra (Gn 1,1) ¿Preguntas por medio de qué hizo esto? La Palabra no la hizo Dios al principio, sino que ya existía. En el principio existía la Palabra, y la Palabra no era cualquier cosa, sino la Palabra era Dios. Todo fue hecho por ella (Jn 1,1.3). En el final de los tiempos fue hecho también el que ya existía para que no pereciese lo que había hecho. ¿Qué piensas que será este niño? La mano del Señor está con él. Si el niño va a ser tan grande porque la mano del Señor está con él, ¿cómo será la misma mano del Señor? Cristo, en efecto, es la mano del Señor; el Hijo de Dios es la mano de Dios y la Palabra de Dios también es la mano de Dios. ¿Qué es, en efecto, la mano de Dios sino aquello mediante lo cual hizo todas las cosas? ¿Qué piensas que será este niño? La mano del Señor está con él. iOh debilidad humana! ¿Qué has de hacer frente a la persona del juez, si tales son tus dudas sobre la del heraldo? Pero ¿qué acabo de decir ahora? Vuelvo a centrarme en la consideración de la costumbre humana. ¿Qué dije? Hablé de un heraldo, hablé de un juez y un heraldo; un hombre simplemente y un hombre juez. Hablé de lo que se ve; ¿quién podrá hablar de lo que está oculto? La Palabra se hizo carne (Jn 1,14), pero sin convertirse en carne la Palabra misma. La Palabra se hizo carne recibiendo lo que no era, mas sin perder lo que era. He aquí que nos ha llenado de admiración el nacimiento de su heraldo... Mas veamos por quien tuvo lugar ese nacimiento.
Se acerca el ángel Gabriel a Zacarías, no a Isabel, su esposa, la madre de Juan; se acerca, repito, el ángel Gabriel a Zacarías, no a Isabel. ¿Por qué? Porque Juan iba a hallarse en el seno de Isabel por obra de Zacarías. Así, pues, cuando el ángel anuncia el próximo nacimiento de Juan, no fue al vientre receptor, sino al origen del semen. Anunció el hijo futuro de ambos, pero lo anunció al padre. Juan, en efecto, había de nacer de la unión del hombre y de la mujer. He aquí que, a la vez siguiente, el ángel Gabriel se allega a María, no a José; el ángel vino a la mujer que iba a dar origen y comienzo a aquella carne. ¿Cómo anunció el ángel el hijo al sacerdote Zacarías, padre del mismo? ¿No temas, Zacarías, le dijo, pues ha sido escuchada tu oración (Lc 1,13). ¿Cómo? ¿Había entrado, hermanos míos, aquel sacerdote en el Santo de los santos, para pedir hijos al Señor? De ningún modo. Dirá alguien «¿Cómo lo demuestras, puesto que Zacarías no dijo lo que había suplicado?». Sólo voy a decir una cosa muy breve: si él hubiese pedido un hijo, hubiese dado fe cuando se le anunció. Le comunica el ángel que le va a nacer un hijo, y ¿no lo cree? ¿Es cierto que había pedido eso? ¿Quién ora sin esperanza de obtener lo que pide? ¿O quién, si tiene esperanza, no cree? Si no tienes esperanza, ¿por qué pides? Si esperas, ¿por qué no crees? ¿Qué decir, pues? Ha sido escuchada, dijo, tu oración; he aquí que Isabel concebirá y dará a luz un hijo. ¿Cómo así? Porque ha sido escuchada tu oración. Supón que hubiera dicho Zacarías: «¿Cómo? ¿Acaso lo he pedido yo?». Ciertamente el ángel, ni estaría engañado ni engañaría él mismo cuando decía: Ha sido escuchada tu oración; he aquí que tu mujer dará a luz. Mas ¿por qué dijo eso? Porque Zacarías sacrificaba en nombre del pueblo; el sacerdote sacrificaba en bien del pueblo, pueblo que esperaba a Cristo. Juan anunciaba a Cristo.
Sermón
291,1-3
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