Acoger

¿Qué es acoger?

«Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca

a uno de estos pequeños, por ser discípulo,

os aseguro que no perderá su recompensa.»

Mateo 10,42

Acoger es abrirle espacio a mi prójimo. Mejor dicho: reconocer que él tiene derecho a ese espacio. Por consiguiente, lo contrario de acoger no es exactamente rechazar, sino negarse a reconocer el espacio del otro en mí, esto es, creer que todo mi espacio es mío.

Dentro de las tradicionales obras de misericordia se nos habla de “dar posada al peregrino”. Muchos cristianos sienten —con razón, además— que la inseguridad y los abusos han dejado desueto este género de misericordia. En realidad la misericordia es eterna, aunque sus formas cambie. Ahora bien, la esencia de la misericordia es la acogida, ese radical saber que el mismo que quiso mi existencia quiso la de mi hermano, y por eso, sólo por eso, hay en mí un lugar para él.

Acoger, pues, supone siempre perder algo de mí para ganar algo de mi prójimo.

Pero hay que ir más allá: él empieza a ser prójimo cuando lo admito cerca, cuando le abro mi proximidad, cuando lo acojo. La consecuencia se sigue: tienes tantos hermanos como acogidos y tantas soledades como indiferencias.

Acoger suele causarnos temor, por tres motivos. Primero, porque le duele a nuestro egoísmo; segundo, porque desconfiamos de lo desconocido; tercero, porque después de que alguien llega a la vida, la vida nunca vuelve a ser la misma, y en general no nos gusta cambiar.

Estos temores connaturales explican por qué hay personas que son por naturaleza más acogedoras que otras. La curiosidad puede vencer a la desconfianza y el afán de novedades o el aburrimiento consigo mismo pueden abrirnos a que la vida cambie, de cualquier modo que sea. Así se da una especie de simpatía natural, muy típica, que hace que nos sintamos fácilmente a gusto con cierta clase de personas. Sin embargo, esta simpatía no es todavía una verdadera acogida. Se puede ser muy amable, cordial y encantador por pura diplomacía, por simple conveniencia o por sola práctica.

Es importante afirmar que acoger, acoger de veras, en el corazón, siempre es difícil al corazón humano herido por el pecado. No hay acogidas profundas en el amor puramente natural, que solamente sabe dar para recibir e invitar a los que “siempre se han portado bien”, y un día devolverán la invitación. Jesús dice claramente que esta manera de acoger “ya recibe su recompensa en esta tierra” (cf. Lc 14,12) y por lo mismo es inútil para el Reino de los Cielos.

Uno empieza a acoger cuando le empieza a doler: tal es la inequívoca señal de que al fin se ha tocado algo de uno. No hay, entonces, una escuela para la acogida —un “saber acoger”— que nos ahorre este dolor, que no es otra cosa que una pequeña pero verdadera pascua en lo cotidiano de nuestra vida.

Aprender a acoger empieza cuando nos sabemos acogidos todos por Dios en Cristo (Rom 14,3); aprender a acoger termina cuando admitimos a la mesa de nuestros afectos incluso al traidor y al enemigo. Lo demás son palabras de fariseo.

Preguntas para el diálogo

1.    ¿Dónde te has sentido acogido?

2.    ¿Como esperas o quisieras que te acogieran?

3.    ¿Cuál es tu manera de acoger tanto a conocidos como a desconocidos?

4.    ¿Crees que tu ciudad es una ciudad acogedora? Explica.

5.    En caso de que tu respuesta a la pregunta anterior sea negativa. ¿Qué harías o propondrías para que lo fuera?

6.    ¿Tu familia (padres, hermanos) son personas acogedoras en conjunto y/o individualmente?

7.    ¿Quién ha acogido tus ideas, tus propuestas o proyectos?

8.    Describe a una persona que no sea acogedora.

9.    ¿La palabra de Dios es acogedora para ti?

10.¿Y cómo es tu manera de acoger a la palabra de Dios?

11.Imagina o simplemente cuenta: ¿Cómo crees que Dios acoge?

12.¿Qué produce en ti el ser acogido?

13.¿Qué experimentas en un lugar acogedor? ¿Cómo es ese lugar?

Oración

Salmo 134
Bendigan al Señor, todos los que están a su servicio.

 1         Bendigan al Señor,
                        todos los que están a su servicio,
            los que pasan las noches
                        en la casa del Señor.
 2         Levanten las manos hacia el santuario
                        y bendigan al Señor.

 3         Desde Sión te bendiga el Señor
                        que hizo el cielo y la tierra.

Referencias

De la Sagrada Escritura:

·       El huésped que pasa y pide acogida (Pr 27,8; Sir 29,21s) recuerda a Israel su primera condición de extranjero esclavizado (Lev 19,33s; Hch 7,6) y también que sigue siendo peregrino (Sal 39,13; Heb 11,13; 13,14). Este huésped tiene necesidad de ser acogido y tratado con amor en nombre de Dios que lo ama (Dt 10,18s). No se rehuirán los mayores trabajos para defenderlo (Gén 19,8; Jue 19,23s); no se vacilará en molestar a los amigos si no se dispone de medios para satisfacer las necesidades de un huésped inesperado (Lc 11,5s).

·       Así lo vemos en Abrahán, que en esos extraños visitantes acogió a Dios (Gén 18,2-8). Hubo también quienes hospedaron ángeles, nos dice la Carta a los Hebreos (Heb 13,2). Job se gloría de haber sido hospitalario (Job 31,31s) y Cristo aprueba esta delicadeza (Lc 7,44ss) como un aspecto de la caridad fraterna que hace que el cristiano se sienta siempre en deuda para con todos (Rom 12,13; 13,8).

·       El acoger tiene su misterio: en el extraño y en el pobre (Lc 9,48) acogido o rechazado se acoge o rechaza a Cristo (Mt 25,35-43), pues el mismo Señor no fue acogido en su nacimiento (Lc 2,7), y “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,9ss). En cambio, quienes reciben a los enviados de Cristo, a él mismo reciben, y, en él, al Padre que lo ha enviado (Jn 13,20). De hecho la generosa caridad de Dios ha sido resumida por Cristo en aquella invitación a la esperanza: “en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones” (Jn 14,2)

De diversos Pensadores:

·       ¿Quién sabe cuántas almas serán capaces de abrirse bajo el influjo de un destello de bondad? —P. Faber.

·       Conserva la alegría; sólo ella conquista. —P. Bessieres.

·       Hay almas que se perderán por culpa de nuestra timidez. —M. gay.

·       El cristiano es un hombre a quien Jesucristo ha confiado otros hombres. —Fray Enrique Lacordaire, O.P.

·       Nunca he podido convencerme de que alguien se pueda salvar si nunca ha hecho nada por la salvación de sus hermanos. —San juan Crisóstomo.

·       Cuando alguien obra mal cerca de un cristiano, tal vez hay que culpar al cristiano que no le dio suficiente ejemplo. —P. de Foucauld.

·       Por más elocuente que sea vuestra palabra, nada lograréis si no está vuestra vida detrás. —Abate Esquerre.

·       Quiero amar con un amor especial a aquellos a quienes su nacimiento, su religión o sus ideas alejan de mí. —Elisabeth Leseur.

·       Soy hombre y nada de lo humano me resulta ajeno. —Terencio.

·       Debemos ser ángeles de paz y no jueces de paz. —Santa Teresa del Niño Jesús.