Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan;
alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.
Lucas 10,20
Un día uno deja de darse disculpas y admite que le gustaría ganar. Ninguna explicación de “por qué perdimos” es comparable al sólo hecho de que “¡ganamos!”.
Pero quizá es cierto que hay personas que se acostumbran a ganar y personas que se habitúan a perder. Hay gente a la que parece perseguir el éxito, y gente que parece llevar al cuello el fracaso. También en este caso se buscan las justificaciones, reales o aparentes: el destino, la suerte, una maldición, la “sal”, incluso la voluntad de Dios…
Yendo un poco más allá, uno puede preguntarse si no existe una cultura del éxito, una cultura “diseñada” para ganar. En los campeonatos internacionales suelen repetirse los nombres de las mismas naciones; en los eventos deportivos el público suele advinar desde el principio quiénes llegarán a la final… Detrás de ellos, un grupo enorme de rezagados tienen muchas explicaciones de por qué esta vez tampoco se pudo…
¿Hay entonces un modo de prepararse para ganar? ¿Existe la “exitología”? ¿Puede uno romper largas cadenas de fracasos y empezar una etapa nueva de triunfos? Si así es, ¿qué lugar tienen Dios y la fe en Dios y la gracia de Dios en todo ello? ¿Es cristiano competir, es decir: es compatible con valores como la humildad, la mansedumbre, la fraternidad y la caridad?
Seguramente es conducente proseguir nuestra exposición simplemente respondiendo por orden a estos interrogantes.
1. Sí existen modos y métodos que aseguran con bastante probabilidad el éxito. Sus normas básicas pueden ser leídas en casi cualquier libro de superación personal, y pueden sintetizarse fácilmente:
a. Define muy claramente tu meta.
b. Visualiza en tu mente el resultado; míralo una y otra vez.
c. Recuerda que tú eres lo que sean tus pensamientos; piensa como perdedor y serás un perdedor; piensa como ganador y serás un ganador.
d. Ten presente desde el principio que tu resultado demandará esfuerzo; haz entonces acopio de tus energías, llámalas y ponlas a tu servicio.
e. No te detengas, ni por dificultades ni por éxitos parciales.
f. Eres hijo de tu ambiente. Crea entonces,en torno a ti, un ambiente positivo y constructivo. Habla en positivo de todos, presentes o ausentes. Y nunca toleres pensamientos de derrota, rencor o envidia cerca de ti.
g. Sé vigoroso en la lucha pero humilde en la victoria; ello te garantizará no un éxito, sino una serie de éxitos.
2. Por lo mismo, también es posible romper una cadena de fracasos. Aunque es cierto que la mala voluntad de otros puede hacernos (algún) daño; nada nos perjudica tanto como la mala voluntad de nosotros. Los ejemplos y las evidencias históricas podrían multiplicarse.
3. Hay dos modos de entender la competencia. Al competir “según el mundo” se trata ante todo de que los demás pierdan. Por el contrario, el cristiano, como san Pablo, lucha, ante todo, contra sí mismo (1Cor 9,26-27), quiere vencerse y entregar el trofeo a Cristo. Pero si no vence —si no se vence— tampoco tiene qué darle a Cristo. Hay otra diferencia aún con el tipo de competencia “mundana”: el cristiano sabe que habrá realmente ganado cuando todos ganen. Él mismo se ha sentido ganado por Cristo (Flp 3,12) y para Cristo quiere que sean ganados todos los pueblos y todas las vidas. Por eso sabe que las estrategias en este “ganar” cristiano no excluyen sino que incluso necesitan de la humildad y de la mansedumbre, pero sobre todo de la caridad.
1. Para ti, ¿qué significa ganar?
2. ¿Qué has ganado en tu vida?
3. ¿Cómo lo has ganado?
4. ¿Quién te preparó para ganarlo?
5. A tu juicio describe las características de un ganador.
6. ¿Consideras que ganar trae problemas? de qué tipo.
7. ¿Por qué crees que ganan, los que ganan?
8. ¿Crees que todos pueden ganar?
9. ¿Qué quisieras ganar pronto?
10.¿Qué no has logrado ganar y por qué crees que ha sido así?
1 Cuando Israel salió de
Egipto,
la familia de Jacob de tierra extraña,
2 el Señor escogió a Judá para su santuario,
a Israel para que fuera su dominio.
3 Al verlos el mar retrocedió,
el Jordán detuvo su curso;
4 los montes se sobresaltaron como cabras,
como corderos las colinas.
5 ¿Qué te pasa, mar, que retrocedes?
Jordán, ¿por qué detienes tu curso?
6 ¿Montes, por qué se sobresaltan como cabras;
por qué como corderos, colinas?
7 Tiembla, tierra, ante la llegada del Señor,
ante la llegada del Dios de Jacob.
8 Él convierte en lagunas las rocas,
en manantiales las piedras más duras.
· La Biblia conoce dos tipos bien distintos de orgullo. Se trata de dos actitudes: una, siempre noble, a la que los traductores griegos llaman parrhsi/a (parresía), tiene afinidad con la libertad. Es lo que los hebreos describen como el hecho de mantenerse derecho, tener el rostro levantado, expresarse abiertamente. De otro lado está la kau/xhsij (káujesis), esto es, el hecho de gloriarse o jactarse de algo, o también la actitud de apoyarse en algo para darse apoyo, para existir uno frente a sí mismo, frente a los otros, frente al mismo Dios. Esta gloria puede ser noble, cuando se apoya en Dios (Rom 5,11) o vana, si se fía sólo del hombre (Dt 8,14-17).
· Así por ejemplo, cuando Israel fue sacado de la esclavitud y hecho libre después de romper las barras de su yugo, entonces pudo «caminar con la cabeza levantad» (Lev 26,13), con parresía. Esta nobleza, orgullo que deriva de de una consagración que sella la victoria [de Dios], obliga al pueblo a andar en la santidad misma de su Salvador (Lev 19,2). Esta es la parte positiva del afán de separarse de los otros pueblos (Dt 7,1-6), afán cuya parte menos buena es que puede llevar a la jactancia o menosprecio de los demás (Sir 50,25).
· Vano es enorgullecerse de lo que no es verdadero triunfo, ni auténtica ganancia, como decir el poder humano, la belleza o la riqueza de las que se jactan las naciones (Is 23; 47; Ez 26—32); o como decir el templo o el culto que llegó a convertirse en fatua esperanza de Israel (Jer 7,4-11). Genuino orgullo es alegrarse de conocer al Señor y de servirle (Jer 9,22s), y gozarse en su santo temor, que desde luego no es miedo (Sir 1,11; 9,16).
· Jesús no obra como un perdedor, sino com un ganador, con parresía. Sólo busca la gloria del Padre (Jn 8,49s); habló «abiertamente» al mundo (Jn 18,20s) y reivindica en todas partes lo que significa ser Hijo del Padre (cf. Lc 2,49; Mt 21,12ss; Jn 2,16). A imagen suya, los creyentes saben que no han recibido espíritu de esclavitud para recaer en el temor (Rom 8,15; Gál 3,23-28) y que pueden gozarse en las primicias de la gloria que Cristo ganó para nosotros (Rom 5,2).
· Dios les concede el alimento a las aves, pero no se lo echa en el nido. —Gar-Mar.
· Salud, éxito y dicha se obtienen por la reeducación de sí mismo. —Dr. V. Pauchet.
· A un egoísta le pusieron este epitafio: “murió a los treinta años; fue enterrado a los sesenta”. —Anónimo.
· Con dos alas se levanta el hombre de las cosas terrenas: sencillez y pureza. —Kempis.
· El hombre magnánimo no busca el peligro, ni huye de él; es sobrio de palabras pero dice con libertad su pensamiento; no habla de sí ni de los otros, porque no quiere ser alabado ni que los otros sean vituperados. —Aristóteles.
· El más elevado tipo de hombre es el que obra antes de hablar. —Confucio.