Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo,
y yo voy a ti.
Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado,
para que sean uno como nosotros.
Juan 17,11
Cuidar es reconocer que la vida es precaria y que hay que obrar en consecuencia. Es un acto de sensatez y de amor por el que admitimos con serenidad que somos frágiles, y que todo lo bueno que hay en nosotros también es frágil: ¿no lo es acaso la paz? ¿No lo son la sabiduría, la pureza, la justicia, la humildad? ¡Casi nos parece que ese es el sello del bien: ser débil!
Y en efecto, si somos pobres en el bien no es porque nos hayan faltado bienes, sino porque los hemos perdido. Aprender a cuidar es entonces un acto de gratitud a Dios y a quienes nos hacen el bien. Es también una actitud de misericordia; es como la raíz del amor. Y de hecho, ¡cuánto amamos a quienes nos han cuidado!
Cuidar supone conocer y valorar lo que somos y tenemos, y entender que el torrente del bien no puede detenerse en nosotros. No es, pues, un justificación para el egoísmo, porque cuidar no es simplemente conservar. Más bien: cuidar es lograr que cada uno y cada cosa alcance su meta; que sea lo que puede ser, lo que está llamado a ser. Es obstinarse en dar la oportunidad al que tal vez la necesita y no la ha tenido.
¿Qué hemos de cuidar? Todo. El mundo, casa del hombre. Y al hombre, a cada hombre. Hay que cuidar el cuerpo y su salud; el alma y su virtud; la familia y su unidad; la sociedad y su justicia. Hemos de cuidar de cada uno, sabiendo que no lo volveremos a tener en esta tierra; y apreciar en su medida el tiempo que tenemos, los recursos que se nos han dado, las ocasiones que ya no vuelven, la hermosura del instante, la gracia del día presente.
Dios nos conceda participar de su providencia amorosa, sublime cuidado de su amor de Padre.
1. De 1 a 10, ¿cuán cuidadoso eres?
2. ¿Qué es lo que cuidas con más empeño?
3. ¿Cómo y cuánto cuidas de tu imagen?
4. ¿De quiénes has recibido cuidados? ¿y de qué índole?
5. ¿A quién(es) te has encargado de cuidar?
6. ¿Qué cuidarías (o, a quién) con tu propia vida?
7. ¿Tú cuidas de las plantas en tu casa?
8. ¿Cuidas de ser agradable o agradecido? ¿de qué manera?
9. ¿Cómo cuidas de las personas que amas?
10.¿Qué cuidaste poco y de lo que te hayas arrepentido?
1-2 Dichoso el que se fija en
el pobre e indigente;
cuando esté en peligro, lo salvará el Señor.
3 Dios lo protege y le da vida, lo hace feliz en la tierra;
no lo deja en manos de sus enemigos.
4 Le da fuerzas cuando cae en el dolor,
convierte en bien su enfermedad.
5 Por eso exclamo: Señor, ten compasión de mí;
sáname, porque he pecado contra ti.
6 Mis enemigos me desean la calamidad, dicen:
«¿Cuándo morirá, para que perezca su recuerdo?»
7 Vienen a verme y expresan propósitos perversos,
se llenan de malicia y la dicen al salir.
8 Cuchichean contra mí los que me odian,
traman hacerme algún perjuicio.
9 Dicen: «Tiene un mal sin remedio;
se acostó para no volver a levantarse.»
10 Hasta mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan, me paga con traición.
11 Tú, Señor, ten compasión de mí,
hazme levantar para pagarles como lo merecen.
12 En esto reconoceré que tú me aprecias:
si mis enemigos no cantan victoria sobre mí;
13 si me guardas incólume
y me mantienes siempre en tu presencia.
14 ¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
desde siempre y para siempre! Amén, amén.
· En la Sagrada Escritura, el cuidado es, en primer lugar, la solicitud que se pone en la realización de un trabajo o de una misión. La Biblia admira y recomienda esta presencia inteligible y activa del hombre en todos sus quehaceres. Primero en los más humildes, en el marco de la casa, por ejemplo (Prov 31,10-31), del oficio artesanal (Sir 38,24-34) o de las responsabilidades públicas (Sir 50,1-4).
· Más alto todavía coloca la Biblia el cuidado de los quehaceres espirituales: la búsqueda de la sabiduría (Sab 6,17; Sir 39,1-11) o del progreso moral (1Tim 4,15; cf. Tit 3,8), la solicitud del apóstol (2Cor 11,28; cf. 4,8s) o la del Pedro (Lc 22,32). El ejemplo por excelencia es aquí Jesús mismo, entregado sin reserva al cumplimiento de su misión (Lc 12,50; 22,32). Por lo demás, el cuidado de los “asuntos del Señor” es de un orden tan elevado que, por llamamiento de Cristo, puede inducir a renunciar a los cuidados de este mundo para ocuparse directa y totalmente de lo “único necesario” (1Cor 7,32ss; cf. Lc 10,41s).
· Así pues, en todos los terrenos la Biblia condena la pereza y la negligencia. Pero también sabe que el hombre está expuesto a dejarse absorber por los cuidados de este mundo con detrimento de los cuidados espirituales (Lc 8,14; 16,13; 21,34). Jesús denunció este peligro: llama a sus discípulos a ocuparse únicamente del Reino de Dios; la libertad de espíritu les vendrá no de la despreocupación —los cuidados de este mundo son un deber— sino de la confianza en el amor paterno de Dios (Mt 6,25-34; cf. 16,5-12).
· Nada debe descuidarse en nuestra vida. Todo nos sirve o nos perjudica. —Bossuet.
· Mejor es emplear nuestro espíritu en soportar los infortunios que nos sobrevienen, que en preocuparnos por los que no han llegado. —La Rochefoucauld.
· Ningún tiempo es tan grande para mí como este minuto que me viene precedido por innumerables siglos y milenios. —Walt Whitman.
· Cuando el Espíritu Santo quiere expresar el amor perfecto, emplea casi siempre las palabras de unión y unidad. —San Francisco de Sales.
· Debemos amar lo que hay de mejor en los demás con lo que hay de mejor en nosotros mismos. —Olle-Laprune.
· El honor dejémoslo a quien lo quiera, pero el esfuerzo reclamémoslo siempre. —P. de Foucault.
· Para ser feliz, vivid en guerra con vuestras pasiones y en paz con las pasiones de los demás. —Sócrates.
· Unos temen perder a Dios; otros temen encontrarlo. —Pascal.
· Señor, dame lo que me pides y pídeme lo que quieras. —San Agustín.