Obedecer

¿Qué es obedecer?

Jesús bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos.

Lucas 2,51

En nuestros días, quizá ningún verbo suene tan extraño como éste. Obedecer significa, para muchas personas, renunciar a pensar, renunciar a desear, renunciar a ser uno mismo.

Tal vez sucede así, porque en el fondo suponemos que de uno sólo vale lo que uno mismo decida, lo que uno mismo haga. Nos negamos a obedecer porque nos cuesta demasiado confiar, y porque estimamos que nada bueno puede esperarse ni aprenderse de los demás.

Pero la realidad es otra. No fue tu decisión ni tus méritos ni tus esfuerzos lo que te trajo a la vida. No comenzamos decidiendo, sino recibiendo. ¿Por qué será tan fácil olvidarnos de esto? ¡Y es algo tan sencillo! Tú no eres el principio de ti. Tu origen y tu razón de ser no te los das tú mismo, por consiguiente, hay que recibirlos, hay que acogerlos. Esta acogida, lúcida y voluntaria, es la esencia misma de la obediencia.

Para bien obedecer, pues, hay que tener los ojos abiertos, y hay que amar mucho la luz para la que hemos sido creados. Obedecer no es ser irracional, sino entender que la suprema razón de mi vida —aquello que es mi bien y mi mal— no es algo que yo me dé a mí mismo, sino que he de buscarlo, aceptarlo y hacerlo realidad. Obrar de otro modo es comer del árbol de la ciencia del bien y del mal (cf. Gén 2,9.17; 3,5-6).

Obedecer es dejarse formar, más aún, cooperar en la propia formación. La desobediencia pertinaz, en cambio, nos convierte en abortos espirituales; bocetos incorregibles; caricaturas de lo que acaso hubiéramos podidos ser.

Ahora bien, puesto que se trata de formar todo cuanto somos, quien obedece sin inteligencia obra mal, porque no obedece con todo su ser. Dios no quiere autómatas, sino personas. Ni obra bien el que obedece sin amor, porque dejará sin formar el amor.

La perfección de la obediencia, es la totalidad de la obediencia: todo el tiempo, a todas las personas, en todas las cosas, con todo el ser. De modo tal, sin embargo, que en todo sea servido el bien y con todo se busque la gloria de Dios.

Preguntas para el diálogo

1.    Para ti, ¿en qué consiste este verbo?

2.    ¿A quién has obedecido?

3.    ¿Qué ventajas y frutos le ves a la obediencia?

4.    ¿Eres capaz de obedecerte a ti mismo?

5.    ¿Por qué crees que es necesario que los niños y jóvenes obedezcan?

6.    ¿Si eres adulto ( > 25 ) a quién (clase y género de persona) «profesarías» obediencia?

7.    ¿Para qué y por qué profesarías obediencia?

8.    ¿Tú piensas que la esposa debe obedecer al esposo? (en qué, por qué, etc).

9.    ¿Qué dificulta o hace pesada la obediencia para ti?

10.¿Por qué criterios o normas te regirías para mandar y exigir obediencia?

11.¿Consideras que la obediencia es una virtud o un «mal necesario»?

Oración

Salmo 119
Dichosos los que cumplen la voluntad del Señor.

 1         Dichosos los que siguen el camino perfecto
                        y cumplen la voluntad del Señor.
 2         Dichosos los que guardan sus leyes
                        y lo buscan de todo corazón;
 3         no cometen ningún crimen
                        sino que siguen la conducta que él ordena.
 4         Tú dictas tus normas
                        para que las guardemos fielmente.
 5         Ojalá me mantenga con firmeza
                        en el cumplimiento fiel de tus decretos.
 6         Entonces no sentiré vergüenza
                        al mirar todos tus mandatos.
 7         Te alabaré con corazón sincero,
                        cuando aprenda tus justos preceptos.
 8         Quiero guardar tus decretos:
                        no vayas jamás a abandonarme.
49         Recuerda la palabra que diste a tu siervo,
                        que alienta mi esperanza.
50         Esto me consuela en mi aflicción,
                        porque tu promesa me da vida.
51         Gente orgullosa me insulta a toda hora,
                        pero yo no me aparto de tu voluntad.
52         Recuerdo tus antiguos preceptos,
                        Señor, y me consuelo.
53         Siento viva indignación por los malvados
                        que no hacen caso de tu voluntad.
54         Tus decretos son motivo de mis cantos
                        mientras dura mi destierro.
55         De noche pienso en ti, Señor,
                        para cumplir tu voluntad.
56         Este es mi deber:
                        atenerme a tus normas.
57         Tú, Señor, eres todo lo que tengo:
                        prometo guardar tus palabras.
58         De todo corazón quiero agradarte,
                        concédeme tu gracia, según lo prometiste.
59         He examinado mi conducta,
                        para ajustar mis pasos a tus leyes.
60         Con premura, sin tardanza,
                        quiero guardar tus mandamientos.
61         Los malvados me envuelven con sus lazos,
                        pero no me olvido de hacer tu voluntad.
62         A media noche me levanto para darte gracias,
                        por tus justos preceptos.
63         Seré amigo de todos los que te respetan
                        y se atienen a tus normas.
64         Tu amor, Señor, llena la tierra,
                        enséñame tus decretos.
65         Fuiste bueno con tu siervo,
                        Señor, según tus palabras.
66         Enséñame a gustar y a comprender,
                        porque yo confío en tus mandatos.
67         Antes de sufrir, yo había perdido el rumbo,
                        pero ahora me atengo a tus consignas.
68         Tú eres bueno y generoso,
                        enséñame tus decretos.
69         Los insolentes han intentado calumniarme,
                        pero yo me atengo a tus normas de todo corazón;
70         ellos tienen la mente obtusa,
                        pero mi delicia es conocer tu voluntad.
71         Me hizo bien el sufrimiento,
                        me ayudó a aprender tus normas.
72         Prefiero conocer tu voluntad
                        a tener montones de oro y plata.

Referencias

De la Sagrada Escritura:

·       En la Sagrada Escritura, la obediencia, lejos de ser una sujeción que se soporta o una sumisión pasiva, es una libre adhesión al designio de Dios todavía encerrado en el misterio, pero propuesto por la palabra de la fe, que permite por tanto al hombre hacer de su vida un servicio de Dios y entrar en su gozo.

·       Dios domina como soberano en la creación: pone un garfio a Behemot (Job 40,24) y divide a Rahab (Sal 89,11); Cristo calma la tempestad y expulsa los demonios (Mt 8,27; Mc 1,27). “Los astros brillan… complacidos; él los llama y dicen: ‘henos aquí’ y brillan con gozo para el que los creó” (Bar 3,34s; cf. Sal 104,4; Sir 42,23; 43,13-26). Por todo ello la creación, de momento “encerrada en la desobediencia” (por el pecado del hombre, cf. Rom 11,32) evoca inconsciente y dolorosamente lo que habría debido ser su obediencia y por eso “aguarda la manifestación de los hijos de Dios” (Rom 8,19-22).

·       En los orígenes, Adán desobedece a Dios, arrastrando en su rebelión a sus descendientes (Rom 5,19) y sujetando la creación a la vanidad (Rom 8,20). Abraham, en cambio, es tipo del creyente que, por ello mismo, es obediente a la palabra: “Deja tu país” (Gén 12,1), “camina en mi presencia y sé perfecto” (Gén 17,1), “toma a tu hijo… ofrécelo en holocausto” (Gén 22,2). La alianza que corrige la desobediencia de Adán sigue el mismo proceso: “Todo lo que ha dicho Yahvé lo haremos y obedeceremos”, responde Israel adhiriéndose al pacto que Dios le propone (Éx 24,7), lo cual ciertamente no excluye sino que potencia y da su lugar propio a las obediencias humanas: a los padres (Dt 21,18-21), a los reyes, los profetas y los sacerdotes (Dt 17,14—18,22).

·       Sin embargo, Israel no es obediente. Es una “Casa Rebelde” (Ez 2,5), son “hijos rebelados” (Is 1,2), desobedientes como los mismos paganos (Rom 3,10; 11,32). Es que el hombre, esclavo del pecado (Rom 7,14) no puede obedecer a Dios. Para llegar a ello es preciso que la ley sea inscrita “en el fondo del corazón” (Jer 31,33).

·       Esto es lo que hizo Dios en Cristo: “Así como por la desobediencia de uno solo la multitud fue constituida pecadora, por la obediencia de uno solo será constituida justa” (Rom 5,19). La obediencia de Cristo, desde su entrada en este mundo (Heb 10,5) hasta su muerte en la cruz (Flp 2,8) es una total adhesión —un solo y perfecto amor— al Padre, pues vino “no para hacer [su] voluntad, sino la del que [lo] ha enviado” (Jn 6,38; Mt 26,39). En él se rompen las cadenas de la desobediencia y en él puede cumplirse la voluntad salvadora de Dios en nosotros (Hch 6,7; Rom 1,5; 10,3).

De diversos Pensadores:

·       Se habla mucho de los derechos de las personas, pero muy poco o casi nada de sus deberes. —Octavio Colmenares.

·       Repitiendo siempre “mañana” se pierde toda la vida. —Proverbio Medieval.

·       La vida no es una fórmula; es una realización. —Paula Hoesl.

·       A menudo, entendemos por deber aquello que esperamos que hagan los demás. —Oscar Wilde.

·       He aquí lo que tú eres, nos dirá Dios. He allí lo que yo quería que fueses. Compara. —P. Plus.

·       La más cobarde de todas las tentaciones es el desaliento. —San Francisco de Sales.

·       La mayoría de la gente desea servir a Dios… en calidad de consejeros. —Anónimo.

·       Simples gotitas de agua, nos preguntamos para qué necesita de nosotros el océano; el océano podría responder que no se compone sino de gotitas de agua. —Fray Enrique Lacordaire, O.P.

·       Obra de manera cada vez más precisa. —Vinet.

·       Cuando el sacrificio asciende, la gracia desciende. Siempre. —P. Baeteman.

·       Es preciso amar a Jesús con el sudor de nuestra frente y la fatiga de nuestros brazos. —San Vicente de Paul.

·       La más linda palabra que puede decirse a Dios es: “sí”. —Guy de Fontgalland.