María, por su parte, guardaba todas estas cosas,
y las meditaba en su corazón.
Lucas 2,19
Uno de los errores que suele cometer nuestra inteligencia —y que se paga caro en términos de decisiones— es pensar las cosas una sola vez. Por lo mismo, uno de los grandes aciertos, cuando nos resolvemos a mejorar de vida, es comenzar a pensar de nuevo nuestras certezas, a completar la lista de nuestras dudas y a volver sobre nuestras preguntas y respuestas.
En efecto, no vivimos más rodeados de cosas que de teorías, ni tenemos más cerca nuestras sensaciones que nuestros sentimientos. De hecho, las cosas son más lo que son para nosotros que lo que son en sí mismas. No estamos, pues, sumergidos en las cosas, sino en su sentido. La verdad es que habitamos las creencias que hemos ido acumulando; pero sólo logramos sacarlas a luz cuando nos resolvemos a pensarlas, a meditar en ellas.
Por esto, quien no echa una mirada atenta, frecuente y amorosa a su propio inventario de ideas y creencias, se está perdiendo la mitad del mundo, por lo menos. Y si hay un lugar donde comience la libertad, debe estar cerca de la meditación.
Porque para alcanzar la salud hay que sanear nuestro modo de relacionarnos, comenzando desde luego por la relación que cada uno tiene consigo mismo. Hay personas que se portan como enemigas de sí mismas, y quizá no lo saben. Son hábiles para despreciar sus mismos proyectos y para echar a perder sus propios sueños. ¿Cómo serán felices? ¿Cómo harán felices a los demás?
La verdadera meditación no es la repetición de extrañas frases: repetir «mantras» es precisamente empezar por lo que uno no es. Tampoco es revivir en la imaginación los detalles placenteros o dolorosos de la vida: esto nos dejaría tan inermes ante ellos como cuando sucedieron. Meditar es flexionarse sobre sí; volver con una mirada nueva al tiempo antiguo; iluminar con una palabra la imagen; buscar el sentido de ese enigma que es vivir; captar las providencias que han marcado nuestros días; atender a la voz de los años sin dejarse perder en la vorágine de las horas; es la maravilla de hacer útil el pasado, sensato el presente y fecundo el futuro; es aprender las cadencias de la canción de la vida y adivinar al Cantor de tan bella melodía.
1. Describe lo que significa para ti meditar.
2. ¿En qué meditas?
3. ¿Necesitas lugares y momentos para hacerlo? (Comenta)
4. ¿Qué buscas al meditar?
5. ¿Compartes tus meditaciones con alguien?
6. ¿Confrontas lo meditado con algo o alguien? ¿de qué te sirve?
7. ¿Cada cuanto y por qué circunstancias tienes que meditar?
8. ¿Sobre qué es lo que con mayor frecuencia meditas?
9. ¿Crees que existen varias clases y grados de meditación?
10.¿A qué te ha llevado la meditación?
1-2 Señor y Soberano nuestro,
¡qué glorioso es tu nombre en todo el mundo!
¡En el cielo pusiste tu esplendor!
3 De labios de los niños más pequeños
sacaste el vigor de tu alabanza,
para humillar así a tus enemigos
y dejar callados a tus adversarios.
4 Cuando miro el cielo, que hiciste con tus manos,
la luna y las estrellas que creaste,
5 pienso: ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él?
¿qué es el ser humano, para que de él te ocupes?
6 Lo pusiste solo un poco por debajo de los ángeles,
lo coronaste de gloria y esplendor.
7 Le diste el dominio sobre las cosas que creaste,
todo lo pusiste a su servicio,
8 los rebaños todos y los hatos de ganado,
y hasta los animales más feroces,
9 los pájaros del cielo y también los peces
que se abren paso por los mares.
10 Señor y Soberano nuestro,
¡qué glorioso es tu nombre en todo el mundo!
· Para quienes la reciben, la Palabra de Dios es luz (Sal 119,105). Por eso, quienquiera que sea el que la transmita, hay que escucharla (Dt 6,3; Is 1,10; Jer 11,3.6) y “tenerla en el corazón” (Dt 6,6; 30,14) para poder ponerla en práctica (Sal 119,9.17.101) y para poder contar con ella y esperar en ella (Sal 119,42.74; 130,5).
· Dios obra al hablar y su palabra no es solamente un mensaje inteligible dirigido a los hombres. Es una realidad dinámica, un poder que opera infaliblemente los efectos pretendidos por Dios (Jos 21,45; 23,14; 1Re 8,56). Dios nos da su palabra como un mensajero vivo (Is 9,7; Sal 107,20) que corre (Sal 147,5) e incluso “se lanza” sobre los hombres (Zac 1,6). Dios vela por el cumplimiento de su Palabra (Jer 1,12) que invariablemente logrará su cometido (Núm 23,19; Is 55,10s).
· La gran oyente de esta palabra, y en realidad modelo de toda genuina meditación cristiana, es María. Ella es bienaventurada (Lc 1,45; cf. 1,45) por haber creído la palabra que acogió del ángel, y por acoger y meditar las palabras de Jesús (Lc 2,19.51; cf. 1,66)
· Las palabras que el Señor nos otorga en la Escritura no son simples discursos. Son predicaciones que exhortan a una animosa fidelidad (Dt 5,32) particularmente en las persecuciones (2Mac 7,5). Es una palabra capaz de hacernos sabios (cf. Sir 39,1-11), fieles (Dt 4,39-40), fuertes (Sal 119,23), cautos (Prov 14,15), responsables (Sir 3,22), prudentes (Sir 3,29), felices (Sir 14,20-21), nobles (Is 32,8), santos e íntegros (St 1,25).
· El aburrimiento es el origen de todos los desarreglos de la conducta. —Gregorio Marañón.
· Nunca está solo quien posee un buen libro para leer y buenas ideas para meditar. —Renato Kehl.
· En alguna parte, en el corazón de la experiencia, hay un orden, una coherencia que llegaríamos a sorprender si fuéramos inmensamente atentos, inmensamente amorosos, inmensamente pacientes. —Lawrence Durell.
· El valor de lo viviente es un secreto que se guarda a sí mismo. Por más que se busquen explicaciones, desde afuera no se halla la clave: sólo con la luz del alma se penetra su milagrosa esencia. —Michael Ende.
· Empieza a dirigir tus pensamientos poco a poco hacia lo que quieres ser. Prepárate para que los meses venideros hagan de ti una obra hermosa y solemne. —Hermann Hesse.
· Todo pensamiento viviente es un mundo en preparación; todo acto real es un pensamiento manifiesto. —Aurobindo.
· Haz que tu alegría sea fruto no de la superficialidad sino de la austeridad y de la hondura. —Hermann Hesse.
· Todo está concentrado por siglos de raíz dentro de este minuto. —Jorge Guillén.