Saludo y oración ante la Mariensäule (Columna de la Virgen) en la Marienplatz (9 de septiembre de 2006)

Señora Canciller y Señor Primer Ministro,
Mis hermanos Cardenales y Obispos,
Distinguidos damas y caballeros.
Queridos hermanos y hermanas!

Es muy conmovedor para mí estar una vez más en esta hermosa plaza al pie de la Mariensäule , en un lugar que fue testigo ya de otros dos momentos decisivos en mi vida. Aquí, hace casi 30 años, los fieles me dieron la bienvenida con alegría como a su nuevo Arzobispo: Y luego empecé mi ministerio con una oración a la Madre de Dios. Aquí también, cinco años después, luego de ser llamado a Roma por el Papa, me despedí de mi Diócesis y una vez más dirigí una oración a la Patrona Bavariae, confiándole “mi” ciudad y tierra natal a su protección. Hoy estoy de nuevo, esta vez como el Sucesor de Pedro.

Agradezco al Primer Ministro, Dr. Edmund Stoiber, por sus cordiales palabras de bienvenida en nombre del gobierno regional de Baviera. Asimismo agradezco a mi sucesor como Pastor de a Arquidiócesis de Munich y Freising, Cardenal Friedrich Wetter, por su caluroso recibimiento en nombre de los fieles de la Arquidiócesis. Saludo a la Canciller, Dra. Angela Merkel, y a todas las autoridades políticas, civiles y militares que participan en esta breve ceremonia de bienvenida y oración. Quisiera ofrecer un saludo especial a los sacerdotes, especialmente a aquellos con quienes trabajé en mi antigua Diócesis de Munich y Freising. Finalmente, saludo a todos ustedes con gran amor, mis queridos compatriotas y amigos, que se han congregado en esta plaza para demostrar su cariño! Les agradezco su calurosa bienvenida, y pienso particularmente en todos aquellos que han trabajado para preparar este encuentro y todo mi viaje.

Espero me permitan recordar en esta ocasión algunos pensamientos que puse por escrito en unas breves memorias respecto a mi designación como Arzobispo de Munich y Freising. Me convertí en el Sucesor de San Corbiniano. Desde mi niñez me tocó mucho la historia del oso que atacó y mató el caballo en el que el santo cabalgaba en un viaje a Roma. Según la leyenda, el santo castigó al oso colocando sobre sus espaldas la carga que el caballo había estado cargando. Así, el oso tenía que llevar esta carga a través de los Alpes todo el camino a Roma, y solo allí el santo lo dejó libre. En 1977, cuando tuve que enfrentar la difícil decisión de aceptar o no mi designación como Arzobispo de Munich y Freinsing, sabiendo que ello me alejaría de mi amado trabajo en la universidad, este oso con su pesado fardo me hizo recordar la interpretación de San Agustín de los versículos 22 y 23 del Salmo 73. El salmista, preguntando por qué los amigos de Dios sufren, dice: “Yo fui un necio y no entendí, parado ante ti como un tonto animal. Sin embargo, estoy continuamente contigo”. Agustín, viendo en la palabra “animal” una referencia a las bestias de carga usadas por los campesinos para el trabajo agrícola, vio aquí una imagen de sí mismo, cargado por su ministerio episcopal, sarcina episcopalis . El había escogido la vida académica, y Dios lo había llamado a convertirse en una “bestia de carga”, un animal cargado, un buen buey arando en el campo de Dios, este mundo. Pero aquí el Salmo le da luz y consuelo: así como la bestia de carga es la que más cerca permanece al agricultor y, bajo su dirección, lleva el pesado trabajo confiado a ella, así el Obispo está muy cerca de Dios, porque lleva un importante servicio para su Reino.

Con estas palabras del Obispo de Hipona en mente, siempre he hallado en el oso de San Corbiniano constante valor para llevar adelante mi ministerio con confianza y alegría –hace treinta años, y nuevamente hoy en mi cargo– y para pronunciar mi "Sí" cotidiano a Dios: Me he hecho por ti una "bestia de carga", pero como tal, "estoy siempre contigo" (Sal 73,23). El oso de San Corbiniano fue liberado en Roma. En mi caso, el Señor decidió de otro modo. Y así me encuentro nuevamente al pie de la Mariensäule , implorando la intercesión y bendición de la Madre de Dios, esta vez no sólo para la ciudad de Munich y por Baviera, sino por la Iglesia Universal y por todas las personas de buena voluntad.

Texto original en alemán
Fuente: Sala de Prensa de la Santa Sede

 


Oración

¡Santa Madre del Señor!

Nuestros ancestros, en un tiempo de problemas, erigieron aquí tu estatua, en el mismo corazón de Munich, y confiaron la ciudad y el país a tu cuidado. Ellos quisieron encontrarse contigo una y otra vez a la largo de los caminos de su vida cotidiana, y para aprender de ti el recto camino para vivir, para encontrar a Dios y para vivir en armonía. Ellos te dieron una corona y un cetro, que en aquel tiempo fueron símbolos de dominio sobre el país, porque sabían que el poder y dominio están así en buenas manos, en las manos de una Madre.

Tu Hijo, justo antes de despedirse de su discípulos, les dijo: “Quien quiera ser grande entre ustedes debe ser su siervo, y quien quiera ser el primero entre ustedes debe esclavo de todos” ( Mc 10, 43-44). En esta hora decisiva de tu propia vida, tú dijiste: “He aquí la sierva del Señor” ( Lc 1,38). Viviste toda tu vida como servicio. Y continúas haciéndolo así a través de nuestra historia. En Caná, intercediste silencia y discretamente por los esposos, y así continúas haciéndolo. Tú tomas sobre ti las necesidades y preocupaciones de las personas y las conduces ante el Señor, ante tu Hijo. Tu poder es bondad. Tu poder es servicio.

Enséñanos –a grandes y pequeños– a asumir y llevar adelante nuestras responsabilidades de la misma manera. Ayúdanos a encontrar la fuerza para ofrecer reconciliación y perdón. Ayúdanos a hacernos pacientes y humildes, pero también libres y valientes, tal como lo fuiste a la hora de la Cruz. En tus brazos está también el Señor del mundo. Sosteniendo al Niño que nos bendice, tú misma te haces bendición. ¡Bendícenos, a esta ciudad y a este país! ¡Muéstranos a Jesús, el fruto bendito de tu vientre! Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén".

Texto original en alemán
Fuente: Sala de Prensa de la Santa Sede