TERTULIANO

 

La primitiva lengua del cristianismo, aun en el occidente romano, fue el griego. En la Galia romana, Ireneo de Lyón escribía en griego, y aun en la misma Roma, Hipólito utilizaba esta lengua a finales del siglo II. Sin embargo, a medida que el cristianismo iba arraigando en occidente, dejando de predominar entre sus filas los inmigrantes de origen oriental, empezó a sentirse la necesidad de expresarse en latín. Los textos latinos cristianos más antiguos hubieron de ser las traducciones bíblicas y los formularios litúrgicos, de los que quedan rastros dispersos. Pero ya a finales del siglo II aparecen obras literarias propiamente tales en latín: en esta lengua escribe, en los ambientes romanos, el apologista Minucio Félix; y en el Africa romana surge el genio incomparable de Tertuliano.

Tertuliano nació en Cartago antes del año 160, y se dedicó desde muy joven a la retórica y al derecho. Pasó a Roma, donde parece que ganó reputación como jurista, aunque esto no acabó de satisfacer su temperamento idealista y apasionado. Hacia el año 195 se convirtió al cristianismo, y desplegó una incansable actividad literaria en defensa y explicación de su nueva fe. Sin embargo, ni aun en ella encontraba fácilmente satisfacción aquel africano ardiente a quien toda perfección parecía poca: pronto se dejó atraer por las tendencias más espiritualistas y rigoristas dentro del cristianismo, y finalmente, hacia el año 207, se adhirió abiertamente a la secta herética de Montano, que pretendía ser un cristianismo más purificado por medio de una nueva encarnación del Espíritu de Dios en sus miembros.

Los escritos de Tertuliano reflejan todo el apasionamiento de su alma. La doctrina cristiana se expresa en ellos con una fuerza extraordinaria, pero también de una forma extremosa, desmesurada y, a veces, llena de contradicciones. Los escritos montanistas del último período de su vida manifiestan una actitud rigorista y espiritualista que contradice las posturas más moderadas de sus primeros años. Aun así, los escritos de Tertuliano ejercieron un influjo incalculable en la formación del pensamiento teológico.

Al revés que los alejandrinos, Tertuliano afecta repudiar totalmente la cultura pagana, lo cual no quiere decir que sus propios modos de pensar y de expresarse no estén profundamente influidos por la retórica y la filosofía de su tiempo. Antes de entregarse al espiritualismo montanista, Tertuliano está convencido de que la única verdad es la que se contiene en la tradición apostólica que se conserva en la iglesia. Ni siquiera la Escritura es por si misma garantía suficiente de verdad, puesto que todas las sectas apelan a ella: el verdadero sentido de la Escritura nos lo da la regla de fe de la Iglesia. Más adelante, cuando él mismo haya caído en la secta montanista, Tertuliano repudiará la regla de fe y de vida de la Iglesia, para buscar la verdad únicamente en la inspiración carismática de los que se sienten arrebatados por una extraña nueva efusión del Espiritu.

Contra el marcionismo, Tertuliano defenderá la unicidad del Dios creador y redentor, del Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento. La misma creación material es en sí buena, manifestando en su orden y belleza la bondad de Dios, que la hizo para bien del hombre. En el tratado contra Práxeas, hereje monarquianista, Tertuliano defiende la doctrina trinitaria con fórmulas que preludian el definitivo pensamiento agustiniano en esta materia: aunque se encuentra todavía con dificultades de expresión por falta de un lenguaje teológico preciso, Tertuliano expresa la verdadera unidad de naturaleza y de sustancia en Dios juntamente con la verdadera trinidad de personas, y al combatir el monarquianismo no cae, como los padres griegos, en expresiones de tendencia subordinacionista. En él se encuentra ya el germen de lo que será la explicación psicológica de la Trinidad que desarrollará san Agustín. El misterio de la Encarnación es explicado magistralmente por Tertuliano en el tratado De carne Christi, en el que combate las tendencias docetistas siempre amenazantes. La antropología de Tertuliano es original y vigorosa, y puede estudiarse particularmente en su tratado De Anima, el primer libro que un autor cristiano dedicara especialmente a esta cuestión. El alma es imagen de Dios, libre, e inmortal. Respecto al origen de las almas individuales, Tertuliano se inclina por lo que luego se llamó traducianismo, es decir, por la explicación según la cual el alma se transmitiría y se multiplicaría a través del semen paterno en el acto de la generación. A partir de la doctrina cristiana de la resurrección Tertuliano corrige el espiritualismo de la tradición platónica, y defiende la dignidad de la carne y del cuerpo humano, que ha de servir a Dios juntamente con el alma, y que con ella ha de recibir el premio de la vida bienaventurada. El pecado original es una corrupción inicial y culpable de la naturaleza que se transmite con la transmisión de las almas a los individuos.

Podría considerarse a Tertuliano como el fundador de la teología sacramental. Su tratado De Baptismo—la primera obra cristiana dedicada expresamente al estudio de un sacramento—establece las bases teológicas de los sacramentos como signos de la gracia. Antes de entregarse al montanismo, Tertuliano admitía la posibilidad de una penitencia aun después del bautismo, y como exhortación a ella escribió su tratado De paenitentia, Con el montanismo adoptó en cambio un rigorismo extremo, lanzándose a furiosos ataques contra la jerarquía de la Iglesia a la que acusaba de laxismo en el perdón de los pecados. En Tertuliano se encuentran también las primeras referencias al rito del matrimonio cristiano.

En cuanto a la vida cristiana, Tertuliano subraya en ciertos momentos con intención apologética que los cristianos son en todo como los demás hombres, dedicándose a toda suerte de ocupaciones y orando por los emperadores. En cambio, en otros momentos, y sobre todo a consecuencia del rigorismo montanista, parece exigir una rigurosa ascética de apartamiento del mundo, negando que el cristiano pueda prestar servicio militar y ocuparse en cosas temporales. A pesar de sus expresiones, a menudo intolerantes, Tertuliano es uno de los primeros escritores cristianos que, por razones apologéticas, proclama los principios de la libertad religiosa, por los que ningún culto particular puede ser impuesto a nadie por la fuerza, y declara la absoluta igualdad de todos los hombres ante Dios.

Por lo que respecta a la escatología, Tertuliano acepta el milenarismo o reinado de los justos durante mil años sobre esta tierra al fin de los tiempos; en él se expresa ya la concepción, que luego se generalizó, por la cual el alma pasa a recibir el premio o el castigo de Dios ya inmediatamente después de su muerte, sin esperar a la resurrección final, así como la idea del purgatorio o purificación del alma después de la muerte. ·VIVES-JOSEP-4

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I. La verdad cristiana.

La pasión por la verdad. VERDAD/TERTULIANO

... Dejad que la verdad se abra paso hasta vuestros oídos, aunque sea por este camino privado de un escrito sin voz, La verdad no pide favor alguno para su causa, porque no se asombra de su condición: sabe que anda como extranjera en la tierra, y que, andando entre extranjeros, fácilmente se encuentra con enemigos: su linaje, su morada, su esperanza, su crédito, el reconocimiento de su valor están en los cielos. Mientras tanto, una sola cosa pide: que no se la condene sin ser conocida. ¿Qué daño les puede venir a las leyes, que son soberanas en su propia esfera, de que se la oiga? ¿Podrá su soberanía ser más gloriosa por el hecho de que condenen a la verdad sin haberla oído? Si la condenan sin oírla, además del reproche de injusticia, se atraerán la sospecha de un prejuicio por el cual no están dispuestos a oir aquello que saben que no podrían condenar una vez oído... 1

La verdad no tiene nada de qué avergonzarse, sino sólo de que no se la saque a luz 2,

El cristianismo y la filosofía. 

Todo esto son doctrinas humanas y demoníacas, nacidas de la especulación de la sabiduría mundana, para agradar a los oídos. Pero el Señor las llamó necedad, y eligió lo necio según el mundo para confundir a la misma filosofía. Porque la filosofía es el objeto de la sabiduría mundana, intérprete temeraria del ser y de los designios de Dios. Todas las herejías en último término tienen su origen en la filosofía. De ella proceden los eones y no sé qué formas infinitas y la tríada humana de Valentín; es que había sido platónico. De ella viene el Dios de Marción, cuya superioridad está en que está inactivo; es que procedía del estoicismo. Hay quien dice que el alma es mortal. y ésta es doctrina de Epicuro. En cuanto a los que niegan la resurrección de la carne, se apoyan en la enseñanza de todos los filósofos sin excepción. Los que equiparan a Dios con la materia siguen las enseñanzas de Zenón. Los que pretenden un Dios ígneo aducen a Heráclito. Las mismas cuestiones tratan los filósofos y los herejes, y sus disquisiciones andan entremezcladas: ¿de dónde viene el mal?; ¿cuál es su causa?; ¿de dónde y cómo ha surgido el hombre? Y también lo que hace poco propuso Valentín: ¿de dónde viene Dios? Está claro de la Entimesis y del Ectroma. Es el miserable Aristóteles el que les ha instruido en la dialéctica, que es el arte de construir y destruir, de convicciones mudables, de conjeturas firmes, de argumentos duros, artífice de disputas, enojosa hasta a sí misma, siempre dispuesta a reexaminarlo todo, porque jamás admite que algo esté suficientemente examinado. De ella nacen las fábulas y las genealogías interminables. las disputas estériles, las palabras que se insinúan como un escorpión... Quédese para Atenas esta sabiduría humana manipuladora y adulteradora de la verdad, por donde anda la múltiple diversidad de sectas contradictorias entre sí con sus diversas herejías. Pero, ¿qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué relación hay entre la Academia y la Iglesia? ¿Qué tienen que ver los herejes y los cristianos? Nuestra escuela es la del pórtico de Salomón, que enseñó que había que buscar al Señor con simplicidad de corazón. Allá ellos los que han salido con un cristianismo estoico, platónico o dialéctico. No tenemos necesidad de curiosear, una vez que vino Jesucristo, ni hemos de investigar después del Evangelio. Creemos, y no deseamos nada más allá de la fe: porque lo primero que creemos es que no hay nada que debamos creer más allá del objeto de la fe... 3

La tradición apostólica, regla de fe. TRADICION/REGLA-FE

Jesucristo mientras vivía en la tierra declaraba lo que él era, lo que había sido, cuál era la voluntad del Padre que él ejecutaba, qué deberes prescribía al hombre; y todo esto, ya abiertamente al pueblo, ya a sus discípulos aparte, de entre los cuales había escogido a doce principales para tenerlos junto a sí, destinados a ser los maestros de las naciones. Y así, habiendo hecho defección uno de ellos, cuando después de su resurrección partía hacia el Padre mandó a los once restantes que partieran y enseñaran a las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y al punto los apóstoles -—palabra que significa Enviados»— ...recibieron la fuerza del Espíritu Santo que les había sido prometida para hacer milagros y para hablar. Y en primer lugar anunciaron por la Judea la fe en Jesucristo e instituyeron Iglesias, y luego marcharon por todo el orbe y predicaron la enseñanza de la misma fe a las naciones. Así fundaron Iglesias en cada una de las ciudades, y de éstas las demás Iglesias tomaron luego el retoño de la fe y la semilla de la doctrina, como lo siguen haciendo todos los días para ser constituidas como Iglesias. Por esta razón éstas se tenían también por Iglesias apostólicas, puesto que eran como retoños de las Iglesias apostólicas. A todo linaje se le atribuyen las características de su origen. Y así todas estas Iglesias, tan numerosas y tan importantes, se reducen a aquella primera Iglesia de los apóstoles, de la que todas provienen. Todas son primitivas; todas son apostólicas, puesto que todas son una. Prueba de esta unidad es la intercomunicación de la paz y del nombre de hermanos, así como de las garantías de la hospitalidad...

Aquí fundamos nuestro argumento de prescripción: Si el Señor Jesús envió a los apóstoles a predicar, no hay que recibir otros predicadores fuera de los que Cristo determinó, puesto que «nadie conoce al Padre sino el Hijo, y a quien el Hijo lo revelare» (Mt 28, 19), ni parece que el Hijo lo revelase a otros fuera de los apóstoles, a quienes envió a predicar precisamente lo que les había revelado. ¿Qué es lo que predicaron, es decir, qué es lo que Cristo les reveló? Mi presupuesto de prescripción es que esto no se puede esclarecer si no es recurriendo a las mismas Iglesias que los apóstoles fundaron y en las que ellos predicaron «de viva voz», como se dice, lo mismo que más tarde escribieron por cartas. Si esto es así, es evidente que toda doctrina que esté de acuerdo con la de aquellas Iglesias apostólicas, madres y fuentes de la fe, debe ser considerada como verdadera, ya que claramente contiene lo que las Iglesias han recibido de los apóstoles, como éstos la recibieron de Cristo y Cristo de Dios. Al contrario, cualquier doctrina ha de ser juzgada a priori como proveniente de la falsedad, si contradice a la verdad de las Iglesias de los apóstoles, de Cristo y de Dios. Sólo nos queda, pues, demostrar que nuestra doctrina, cuya regla hemos formulado anteriormente, procede de la tradición de los apóstoles, mientras que por este mismo hecho las otras provienen de la falsedad. Nosotros estamos en comunión con las Iglesias apostólicas, ya que nuestra doctrina en nada difiere de la de aquéllos. Este es el criterio de la verdad.

...Suelen objetarnos que los apóstoles no tuvieron conocimiento de todo; luego, agitados por la misma locura con que todo lo vuelven al revés, dicen que efectivamente los apóstoles tuvieron conocimiento de todo, pero no lo enseñaron todo a todos. En uno y otro caso atacan al mismo Cristo, quien hubiera enviado a unos apóstoles o mal instruidos o poco sinceros. Porque, ¿quién estando en sus cabales puede creer que ignorasen algo aquellos a quienes el Señor puso como maestros, todos los cuales fueron sus compañeros, sus discípulos, sus íntimos? A ellos les explicaba por separado todas las cosas oscuras; a ellos les dijo que les estaba dado conocer los secretos que el vulgo no podia comprender. ¿Ignoró algo Pedro, a quien llamó Piedra sobre la que había de edificarse la Iglesia, quien obtuvo las llaves del reino de los cielos y el poder de atar y desatar en el cielo y en la tierra? ¿Ignoró algo Juan, el muy amado del Señor, el que descansó sobre su pecho, el único a quien el Señor descubrió que Judas sería el traidor, el que fue dado a María como hijo en su propio lugar? ¿Qué podia querer que ignorasen aquellos a quienes mostró hasta su propia gloria, con Moisés y Elías, y hasta la voz del Padre desde el cielo? Y con ello no hacía ofensa a los demás apóstoles, sino que atendía a que <<tada palabra ha de reposar sobre tres testigos» (Dt 9, 15). Seguramente fueron ignorantes aquellos a quienes aun después de la resurrección, mientras iban de camino, se dignó explicarles todas las Escrituras. En cierta ocasión había dicho claramente: «Os tengo que decir todavía muchas cosas, pero ahora no las podéis soportar» (Jn 16, 21). Sin embargo, añadió: «Cuando venga aquel Espíritu de verdad, os llevará a toda verdad.» Con lo cual mostró que no ignoraban nada aquellos a quienes prometía que «conseguirían toda verdad» por medio del Espiritu de verdad. Y ciertamente cumplió lo prometido con la venida del Espiritu Santo, atestiguada en los Actos de los apóstoles. Los que rechazan este libro ni siquiera pueden pertenecer al Espiritu Santo, ya que no pueden reconocer que el Espiritu Santo haya sido enviado a los discípulos; ni siquiera pueden admitir la iglesia, ya que no pueden probar cuándo ni en qué cuna fue constituido este cuerpo. Pero ellos se preocupan poco de no tener pruebas de aquello que defienden: y así tampoco han de considerar las refutaciones de sus embustes.

...Con una locura semejante, como dijimos, confiesan que efectivamente los apóstoles no ignoraban nada, ni predicaban cosas distintas unos de otros, pero no admiten que ellos revelasen a todos todas las cosas, sino que algunas las anunciaban en público y para todo el mundo, y otras en privado y para pocos. Aducen las palabras que dirigió Pablo a Timoteo (I Tim 6, 20): <<Guarda el depósito», y también: «Conserva el precioso depósito»...

...Era natural que al confiarle a Timoteo la administración del Evangelio, añadiera que no lo hiciera de cualquier manera y sin prudencia, según la palabra del Señor de «no echar las piedras preciosas a los puercos, ni las cosas santas a los perros» (cf. Mt 7, 6). El Señor enseñó en público, sin ninguna alusión a secreto misterioso alguno. Él mismo les mandó que lo que hubieran oído de noche y en lo oculto, lo predicasen a pleno día y desde los tejados. Mediante una parábola les daba a entender que ni siquiera una mina, es decir, una de sus palabras, tenían que guardar en un escondite sin dar fruto alguno. Él mismo les enseñaba que no se solía ocultar una lámpara bajo un celemín, sino que se ponía sobre un candelabro, para que brille «para todos los que están en la casa» (Mt 5, 15). Todo esto, los apóstoles o lo habrían despreciado, o no lo habrían entendido, si no lo cumplieron, ocultando algo de la luz que es la palabra de Dios y el misterio de Cristo... 4

No basta la Escritura como garantía de verdad: se requiere la fe de la Iglesia que la interpreta. 

Es evidente que toda doctrina que esté de acuerdo con la de aquellas Iglesias apostólicas, madres y fuentes de la fe, debe ser considerada como verdadera, ya que claramente contiene lo que las Iglesias han recibido de los apóstoles, como éstos la recibieron de Cristo y Cristo de Dios. Al contrario, cualquier doctrina ha de ser juzgada a priori como proveniente de la falsedad, si contradice a la verdad de las Iglesias de los apóstoles, de Cristo y de Dios. Sólo nos queda, pues, demostrar que nuestra doctrina, cuya regla hemos formulado anteriormente, procede de la tradición de los apóstoles, mientras, que por este mismo hecho las otras provienen de la falsedad. Nosotros estamos en comunión con las Iglesias apostólicas, ya que nuestra doctrina en nada difiere de la de aquellas. Este es el criterio de la verdad 5.

La regla de la verdad es la tradición antigua.

Habrá que considerar como herejía lo que se ha introducido con posterioridad, y habrá que tener por verdad lo que ha sido transmitido desde el principio por la tradición. Pero otra obra asentará contra los herejes esta tesis, por la que, aun sin discutir sus doctrinas, habrá que convencerles de ser tales a causa de la «prescripción de novedad» 6.

La apelación no ha de ser a la Escritura; no hay que llevar la lucha a un terreno en el que la victoria sea ambigua, incierta o insegura. Aunque la confrontación de textos no tuviera por resultado poner en un mismo plano los dos partidos combatientes, todavía según requiere la naturaleza de las cosas, habría que proponerse antes la única cuestión que ahora pretendemos dilucidar, a saber, a quién hay que atribuir la fe misma, la fe a la que dicen relación las Escrituras. Por quién, mediante quién, cuándo y a quién ha sido dada la doctrina que nos ha hecho cristianos. Dondequiera que aparezca que reside la verdad de la enseñanza y de la fe cristiana, allí estarán las verdaderas Escrituras, las verdaderas interpretaciones de todas las que verdaderamente son tradiciones cristianas 7.

El Espíritu Santo, garantía de la tradición de la Iglesia.

Concedamos que todas las Iglesias hayan caído en el error; que el mismo Apóstol se haya equivocado al dar testimonio en favor de algunas. El Espíritu Santo no ha tenido cuidado de ninguna a fin de conducirla a la verdad, aunque para esto había sido enviado por Cristo, para esto había sido pedido al Padre, para que fuera doctor de la verdad. No ha cumplido su deber el mayordomo de Dios, el vicario de Cristo, sino que ha dejado que las Iglesias entiendan a veces otra cosa y crean otra cosa que lo que él mismo predicaba por medio de los apóstoles. ¿Es verosímil realmente que tantas y tan importantes Iglesias hayan andado por el camino del error para encontrarse finalmente en una misma fe? Muchos sucesos independientes no llevan a un resultado único. El error doctrinal de las Iglesias debiera haber llevado a la diversificación. Pero sea lo que fuere, cuando entre muchos se aprecia unanimidad, ésta no viene del error, sino de la tradición. ¿Quién tendrá la audacia de decir que se equivocaron los autores de esta tradición? 8

El criterio de antigüedad combinado con el de apostolicidad. 

Así pues, si quieres ejercitar mejor tu curiosidad en lo que toca a tu salvación, recorre las Iglesias apostólicas en las que todavía en los mismos lugares tienen autoridad las mismas cátedras de los apóstoles. En ellas se leen todavía las cartas auténticas de ellos, y en ellas resuena su voz y se conserva el recuerdo de su figura. Si vives en las cercanías de Acaya, tienes Corinto. Si no estás lejos de Macedonia, tienes Filipos. Si puedes acercarte al Asia, tienes Efeso. Si estás en los confines de Italia, tienes Roma, cuya autoridad también a nosotros nos apoya. Cuán dichosa es esta Iglesia, en la que los apóstoles derramaron toda su doctrina juntamente con su sangre, donde Pedro sufrió una pasión semejante a la del Señor, donde Pablo fue coronado con un martirio semejante al de Juan (Bautista), donde el apóstol Juan fue sumergido en aceite ardiente sin sufrir daño alguno, para ser luego relegado a una isla. Veamos lo que esta Iglesia aprendió; veamos lo que enseñó. Y con ella las Iglesias de Africa que le están vinculadas (ecclesiis contesseratis). Ella reconoce a un solo Dios y Señor, creador de todo, y a Cristo Jesús, nacido de la virgen María, hijo del Dios creador; reconoce la resurrección de la carne, asocia la ley y los profetas con los escritos evangélicos y apostólicos: aquí es donde va a beber su fe: la fe que sella con el agua, que viste con el Espíritu Santo, que alimenta con la Eucaristía. Ella exhorta al martirio, y no admite a nadie contrario a esta doctrina. Tal es la doctrina, no digo que ya prenunciaba las herejías futuras, pero sí de la que nacieron las herejías. Estas no forman parte de ella, puesto que surgieron en oposición a ella. También de un hueso de oliva suave, rica y comestible, nace un acebuche. También de las pepitas de higos deliciosos y dulcísimos nace el vacío e inútil cabrahígo. Así las herejías han nacido de nuestro troncos pero no son de nuestra raza; han nacido de la semilla de la verdad, pero con la bastardía de la mentira.

Siendo así que la verdad ha de declararse a nuestro favor, a saber, de todos los que profesamos aquella regla que la Iglesia recibió de los apóstoles, éstos de Cristo, y Cristo de Dios, es evidente que nuestro intento es razonable cuarido proponemos que no se ha de permitir a los herejes que apelen a las Escrituras, ya que probamos sin recurrir a las Escrituras que ellos no tienen nada que ver con las Escrituras. Si son herejes, no pueden ser cristianos, ya que no han recibido de Cristo lo que ellos se han escogido por propia elección al admitir el nombre de herejes. No siendo cristianos, no tienen derecho alguno sobre los escritos cristianos. Con razón se les ha de decir: ¿Quiénes sois? ¿Cuándo llegasteis, y de dónde? ¿Qué hacéis en mi terreno, no siendo de los míos? ¿Con qué derecho, Marción, cortas leña en mi bosque? ¿Con qué permiso, Valentín, desvías el agua de mis fuentes? ¿Con qué poderes, Apeles, mueves mis mojones?... Esta posesión es mia; posesión antigua y anterior a vosotros. Tengo unos origenes firmes, desde los mismos fundadores de la doctrina... 9.

El criterio de antigüedad de la verdad.

Volvamos a nuestra discusión acerca del principio de que lo más originario es lo verdadero, y lo posterior es lo falso. Tenemos en su favor aquella parábola de la buena semilla que fue sembrada por el Señor primero, y a la que el diablo enemigo añadió después la mezcla impura de la cizaña que es hierba estéril. Adecuadamente representa la parábola la diversidad de las doctrinas: porque también en otros pasajes la semilla es imagen de la palabra de Dios, y así la misma sucesión temporal manifiesta que viene del Señor y es verdadero lo que ha sido depositado en primer lugar, mientras que lo que ha sido introducido después es extraño y falso. Este principio permanece válido contra cualesquiera herejías posteriores, las cuales no tienen conciencia alguna de su continuidad como argumento de su verdad.

Por lo demás, si algunas tienen la audacia de remontarse hasta la edad apostólica, a fin de parecer transmitidas por los apóstoles por el hecho de haber existido en la época de los apóstoles, les podemos replicar: Que nos muestren los orígenes de sus Iglesias; que nos desarrollen las listas de sus obispos en el orden sucesorio desde los comienzas, de suerte que el primer obispo que presenten como su autor y padre sea alguno de los apóstoles o de los varones apostólicos que haya perseverado en unión con los apóstoles. En esta forma, solo las iglesias apostólicas pueden presentar sus listas, como la de Esmirna, que afirma que Policarpo fue instituido por Juan, y la de Roma, que afirma que Clemente fue ordenado por Pedro. De la misma manera las demás Iglesias muestran a aquellos a quienes los apóstoles constituyeron en el episcopado y son sus rebrotes de la semilla apostólica. Que los herejes inventen algo semejante, ya que nada les es ilícito, una vez que se han puesto a blasfemar. Pero aunque lo inventen, nada conseguirán, puesto que su misma doctrina, al ser comparada con la de los apóstoles, declarará por su contenido distinto y aun contrario que no tuvo como autor a ningún apóstol ni a ningún varón apostólico. Porque, así como los apóstoles no enseñaron cosas diversas entre sí, así los varones apostólicos no enseñaron cosas contrarias a las de los apóstoles; a no ser que se admita que una cosa aprendieron de los apóstoles, y otra predicaron. Con tal forma de argumento les atacarán aquellas Iglesias que, aunque no presentan como fundador suyo a ninguno de los apóstoles o de los varones apostólicos, puesto que son muy posteriores y aun todos los días siguen siendo fundadas, sin embargo, por la comunión con aquella misma fe se consideran como no menos apostólicas en virtud de la consanguinidad doctrinal. Así pues, que todas las herejías, llamadas a juicio por nuestras Iglesias bajo una u otra de estas formas, prueben que son apostólicas por alguna de ellas. Pero está claro que no lo son, y que no pueden probar ser lo que no son, y que no son admitidas a la paz y a la comunión con las Iglesias que de cualquier manera son apostólicas, ya que por la diversidad de sus misterios (ab diversitatem sacramenti) de ninguna manera son apostólicas 10

La regla de la antigüedad y la tradición, contra Marción.

Siendo cosa clara que es más verdadero lo que es más antiguo, y es más antiguo lo que viene de los comienzos, y viene de los comienzos lo que viene de los apóstoles, será igualmente claro que fue transmitido por los apóstoles lo que es tenido por sacrosanto en las Iglesias de los apóstoles. Veamos cuál es la leche que los corintios bebieron del apóstol Pablo, según qué principios fueron reprendidos los gálatas, qué se escribió a los filipenses, a los tesalonicenses, a los efesios, qué es lo que los romanos oyen directamente, a los que tanto Pedro como Pablo les dejaron el Evangelio sellado con su propia sangre. Tenemos también las Iglesias que se alimentaron de Juan: porque, aunque Marción rechaza su Apocalipsis, si recorremos la sucesión de los obispos hasta su origen terminaremos en Juan, su autor. De la misma manera se puede reconocer la autenticidad de las demás Iglesias. Me refiero ya no sólo a las directamente apostólicas, sino a todas aquellas que están unidas con ellas por la comunión del sacramento: en ellas se encuentran el evangelio de Lucas desde que fue publicado, mientras que la mayoría ni siquiera conocen el de Marción. ¿No queda condenado por el solo hecho de que nadie lo conoce? Ciertamente Marción tiene Iglesias: las suyas, tan posteriores como adúlteras, ya que si uno recorre su lista sucesoria, se encontrará más fácilmente con un apóstata que con un apóstol, esto es, descubrirá que su fundador es Marción u otro de los del enjambre de Marción. Las avispas hacen también panales, y así hacen Iglesias los marcionistas. Es esta autoridad de las Iglesias apostólicas la que garantiza los demás evangelios que nos han llegado a través de ellas y según la interpretación de ellas, a saber, el de Juan, el de Mateo, y el que publicó Marcos —aunque se dice que es de Pedro, de quien Marcos era intérprete—y el que compuso Lucas, cuyo contenido se atribuye a Pablo... 11.

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1. TERTULIANO, Apologeticus, I, 1, 1ss.
2. TERTUL., Adv. Val. 3.
3. TERTUL., De Praescriptione, 7, 1 ss.
4. Ibid. 20-26.
5. Ibid. 21, 4-7.
6. TERTUL., Adversus Marcionem, 1, 1.
7. De Praescr. 19, 1-3.
8. Ibid, 28, 1-4.
9. Ibid. 36-37.
10. Ibid. 31-32.
11. Adv. Marc. 5, 1.