CON MARÍA,
AMASANDO
LA PRIMERA EUCARISTÍA...
Se acerca, María Santísima, el Jueves Santo. Ese momento tan especial en que
Nuestro Señor Jesucristo, en su infinita misericordia y por una exquisita
delicadeza, decide quedarse con nosotros “hasta el fin del mundo”... quedarse
bajo las apariencias del pan y del vino, quedarse en la Eucaristía.
Mucho tiempo le llevó a mi alma comenzar, tan
siquiera comenzar, a comprender, apenitas nomás, tan altísimo misterio. Fue
sólo después de leer a Grignon de Montfort en “El amor de la Sabiduría Eterna”
que sentí como que se abrían todas las puertas de mi alma y una luz serena y
pura me inundaba....¡Ahora comenzaba a comprender!!!! Y este comenzar es sólo
descubrir un pequeño trozo, como un cubito de hielo en relación a un
gigantesco iceberg...
Quisiera irme con la imaginación a esa noche,
María, pero no me atrevo sola...
- Entonces ¿Qué esperas para pedirme que te
acompañe?
- Señora mía, es que a cada instante te pido
que me expliques esto o aquello... yo, temo ser molesta...
Me miras... me miras al alma y te ríes como mil
campanas....
-¡Querida mía! Si supieras cuanto me agrada ser “molestada” de esta manera.
Cómo quisiera mi corazón que las almas que
tuviesen dudas, soledades, angustias, se acercaran a “molestarme” como tú
dices... Hija, nada agrada más a una mamá que sentarse junto a sus hijos para
explicarles, mostrarles caminos, aliviar las penas del alma. Dime ahora, ¿Qué
quieres conocer de la última Cena?..
Bajo la mirada y callo.
- ¡Vaya! Pero ¿Qué tan complicado puede ser,
hija?.
- Yo... Señora, quisiera preguntarte si... si
el pan de la Primera Eucaristía lo amasaron tus manos.
Miro tu rostro grabado en mi alma... tu rostro,
que tiene una mirada especial y única para cada hijo... Tus ojos miran la
lejanía, mas allá del tiempo y del dolor... mas allá de mis preguntas.
- Cuando Jesús partió esa noche a descansar al
monte de los Olivos, se despidió de mí con un abrazo profundo, apretado,
silencioso... Muchos momentos en nuestra vida estaban más llenos de miradas y
de gestos que de palabras. Mi alma presentía el desenlace. Quise quedarme
cerca suyo pero sin interferir. Él necesitaba de mi amor la compañía, no las
preguntas.
A la mañana siguiente, cuando regresaba para enseñar en el Templo, vi que
Pedro y Juan se dirigían a una casa de dos plantas, siguiendo a un hombre que
cargaba sobre sus hombros un cántaro con agua. Decidí seguirlos. Cuando
entraron a la casa, la esposa del hombre me invitó a pasar:
- “Pase usted, por favor, a esta casa...
- Señora , yo no quisiera...
- Soy yo la que insiste. La madre debe estar
con el Hijo.”
Y entré a la casa. La mujer era muy sencilla y me permitió ayudarla con los
preparativos de la cena. Le pedí me dejara amasar el pan, a lo que ella
accedió gustosa.
Mientras mis manos formaban la masa,
lentamente, mi alma se iba llenando de recuerdos por lo que, sin comprender
muy bien lo que estaba sucediendo, comencé a meditar todas estas cosas en mi
corazón...
Mis manos amasaban... como cuando estaba en
Egipto y el pan tenía sabor de nostalgia de la tierra amada. Amasaba como
cuando vivía José... recuerdo que él decía que mi pan tenía sabor “especial”.
También recordé como se había amasado para las bodas de Caná, cuando Él me
había dicho que “aún no había llegado su Hora”. Pan... “el pan nuestro de cada
día” que Él nos había enseñado a pedir al Padre...
Mi corazón se deja llevar por tus palabras,
Maestra del alma, y me veo a tu lado, mientras amasas el pan sin levadura...
- El pan sin levadura, que nos recuerda la
salida apurada de Egipto, donde no hubo tiempo de fermentar la masa.
Cuando el sencillo alimento está listo, te
encargas de la cocción, con esmero y delicadeza, dándole ése toque personal
que cada hijo reconoce de su madre... por ello, el pan de cada mesa, aunque
repetido, es siempre único.
Jesús y los Apóstoles llegan a la casa y se disponen a cenar. El pan está
sobre la mesa. Con una parte se acompaña la cena. Después de ella, Jesús toma
uno de los panecillos. Este gesto, tan conocido por ti, María, te llega al
alma. El Maestro mira el sencillo alimento y te reconoce en él. Puedes ver su
mirada que, imperceptiblemente, te dice: “Gracias, madre, por no dejarme solo
en esta hora”.
-¿Qué sentiste en ese momento, Madre?
- Cuando Él dijo “que será entregada por
vosotros y por todos...” mi alma de madre se estremeció, todo mi amor de madre
quiso salir corriendo a llorar tras los árboles... pero mi corazón de esclava
me detuvo. Si Él se entregaba, yo también. Mi entrega sería el silencio, mi
ofrenda sería estar tan cerca de Él como pudiera...
- ¿Tendrías fuerzas?
- Hija, ya no había tiempo para las preguntas,
ya ni siquiera había preguntas. Jesús estaba pidiendo “Tomad y comed todos de
Él”.... y eso hice... con mi corazón tomé un trozo de pan y lo comí...
Después, después solo pude caminar tras Él.
Al partir el pan se realizaba la primera
Eucaristía, la de la cena fraterna, la que celebró el sacerdote eterno. Y
estuvo amasada por tus purísimas manos, María ¿Quién más pudo haber sido digna
de ello? Solo tú, querida Madre, solo tú... desde ese día y por siempre te has
quedado junto a tu Hijo en cada altar, como madre atenta.
-¿Sabes hija? Cuando Él decía que este pan era
Su Cuerpo, y este vino era Su Sangre, yo recordé vivamente el momento de la
Encarnación, en aquel lejano día de Nazaret. Comprendí que tantísimo amor no
tiene límites en su entrega, y, por ser Quien es, puede multiplicarse
infinitamente sin perder su divina esencia.
- Nazaret..-murmuro con el alma inundada de
asombro y gratitud- ¿Entonces.. entonces cada vez que recibo la Eucaristía,
llega a mi alma Jesús como llegó a tu purísimo vientre?
- Pues, así es. Sé que te cuesta un poco
comprenderlo. Pero a medida que lo vayas descubriendo, y eso sólo será por una
especial gracia de Dios, más asombro y amor habrá en tu alma...
- Señora mía ¿Los Apóstoles supieron que tu
habías amasado el pan?
- Después lo supieron. Después. Pues volvía yo
a amasar para cuando se reunían a celebrar aquellas primeras misas....Recuerdo
que Pedro me pedía amasase cuantas veces pudiera. ¿Cómo negarme? Si amasar ese
pan era como preparar nuevamente la ropita de Jesús camino a Belén...
esperarlo, y aquella primera cuna de paja se tornaba ahora cuna de harina
tibia... pero cuna al fin. Solo que aquella cuna recibió al niño, pero siguió
siendo cuna... en cambio ésta, de pan, una vez que la habita el Hijo ya no es
pan, sino que, por la transubstanciación, se torna en Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Jesucristo...
- Señora ¡Qué gran honor el de las manos que
amasan tan delicado pan! Creo que nunca podré llegar yo a hacerlo, ni siquiera
una vez..
- Ay, hija querida, ¡Cómo ves todo a través de
las apariencias y te dejas engañar por ellas!... Amasar el pan para la
Eucaristía no es sólo tomar harina entre las manos. Hay muchas otras maneras,
muy necesarias todas, en que cada cristiano debe aprender a amasar ese pan..
- Explícame, por favor, Madre, que nada
entiendo..
- Mira, cada vez que aconsejas a alguien
recibir la Eucaristía, cada vez que instruyes a un niño acerca del inmenso
valor de la Santa Comunión, cada vez que te preocupas de que un moribundo la
reciba apropiadamente, estás amasando el pan.
- Señora, ¿Cuándo fue la última vez que
amasaste en esta tierra?
- Fue el día de mi partida hacia mi Hijo....
fue un día muy especial, pues casi todos mis queridos hijos vinieron a verme
en ese tiempo.... pero eso es otra parte de la historia. Ahora, sólo dime si
he respondido a tu pregunta
-Claro, Madrecita mía, claro, como siempre. Me dejas el alma llena de posibilidades, de caminos, de oportunidades para ayudar a tu Hijo en su obra de Redención. Aunque mi ayuda sea como un granito pequeño de arena, es ya demasiado para mí, que son tan inservible y poca cosa.
-Ve hija, ve a amasar el pan en el alma de los
que Jesús te va poniendo en el camino. En la señora que va con cara triste al
almacén y a la que tú puedes darle una palabra con perfume de eternidad. En tu
compañero, que hoy no puede sonreír porque está desilusionado de las promesas
del mundo. A él puedes hablarle de que hay promesas de eternidad que nadie
puede romper. A ese joven, que busca y busca entre el ruido y la prisa,
caminos que se le desdibujan. A él puedes hablarle de que hay una puerta,
estrecha sí, pero que conduce a praderas de eterna lozanía.
Amasar el pan. María querida, me has enseñado a amasar panes de eternidad.
Gracias, dulce maestra, madre amorosa, gracias.
A ti, que lees estas líneas, te invito a que
ayudes a María a seguir amasando panes que luego, por la infinita misericordia
de nuestro Dios, serán cuna de Eucaristía...
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NOTA de la autora:
"Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi
imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído.
Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o
visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos
y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación,
sin intervención sobrenatural alguna."
María Susana Ratero
susanaratero@hotmail.com