Con María, multiplicando migas
Es una tarde como tantas. Mientras
marco los precios de las prendas, en la tienda donde trabajo, mi corazón se pone
triste. Recuerdo que un amigo me ha pedido que escribiese una meditación acerca
de la multiplicación de los panes. ..
La idea es hermosa pero… no tengo tiempo. ¿En qué momento me podría a meditar
para escribir? … Y mi corazón te busca, Madre querida, para pedirte disculpas.
Mientras las prendas corren monótonas entre mis manos, mi corazón se acerca al
Tuyo sin hacer ruido, para que nadie lo note….
-Madre, perdón por fallarte, perdón por haber defraudado tus esperanzas. Quizás
tú querías esa meditación escrita y por ello mi amigo me la pidió… pero Madre,
tú ves mis tiempos, todo el día corriendo entre trabajo, familia, casa y
obligaciones….
Tu silencio hace mi pena aun más honda…
- Ay Madre, dime algo, por caridad…
Estiras tu mano, que se mezcla entre las ropas de la tienda, y me pides que te
siga sin preguntas, como debe seguirte un corazón devoto, para hallar más
respuestas de las que imagina.
Y allí voy, contigo, y el viento del atardecer, junto al lago, me trae perfumes
que no conozco….
Hay mucha gente en la orilla rodeando al Maestro. Muchos enfermos del cuerpo y
del alma que se acercan en busca del alivio, de la esperanza, del abrazo que
consuela y suaviza las asperezas más profundas…
Caminamos entre ellos, acercándonos a los discípulos, que a duras penas pueden
organizar la multitud de pedidos….
Cuando casi todos han sido atendidos, cuando la gente se queda en su lugar, como
esperando algo… escucho a los discípulos diciéndole al Maestro: Despide a la
gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer.
Conozco esta escena, la he leído muchas veces en las Escrituras. Me maravilla,
sí, pero no alcanzo a comprender qué puede significar en mi propia vida. Tú,
Madrecita, que conoces mis penas y mis ansias, me acercas aun más a Jesús y sus
discípulos. Y me hallo entre ellos cuando Jesús les replica: «No hace falta que
vayan. Denles ustedes de comer».
Pedro y los demás se miran entre sí, sin comprender. Se apresuran a hacer un
rápido inventario con lo que cada uno de los cercanos puede aportar. Pedro se
acerca a mí y me dice:
- ¡Ey tu! ¿Tienes algo para
compartir?
Asombradísima, solo atino a mirarte, María, sin saber que responder:
- ¡Madre, me está preguntando a mí!
- Pues sí, hija-respondes-
Contéstale.
- Pero, Madre, no tengo nada para darle…. Ese niño, con los cinco panes, es más
rico que yo….
Pedro sacude su cabeza y sigue preguntando a otros.
- ¿Has tenido panes alguna vez,
hija querida?-Me preguntas, Madre, sin rendirte…
Mi corazón vuelve a todos los momentos en que el Pan de Vida llegó a mí… desde
el día de mi Bautismo, mi Primera Comunión y las que le siguieron… Sólo atino a
responder entre lágrimas:
- Si, Señora mía, los he tenido, pero entre el dolor y la pena, entre la soledad
y las preguntas, no los encuentro… por más que busco en mi corazón, no puedo
hallarlos…
- ¿Cuántas veces pusiste un trozo
de pan en la mesa de tu casa?
- Muchas, Madre, pero ¿Qué tiene que ver eso, con los panes del alma?
- Mucho, hijita, mucho, porque
también puedes aprender verdades eternas en las pequeñas cosas cotidianas… dime
hija, cuando retiraste los panes de la mesa de tu casa, al terminar de comer
¿Quedaba totalmente limpio tu mantel?
- Pues, no, Madre, tu sabes, donde hubo panes, quedan migas….
- Entonces, querida mía, si tú me
dices que has tenido panes en tu alma y ya no los tienes ¿No te habrán quedado,
quizás, las migas?
Migas… migas de panes… las migas de mi tiempo, escaso para la oración, en tanto
trajín cotidiano… las migas de mis palabras, demasiado apurada muchas veces para
decir “te quiero” a los que amo…. Las migas de mis talentos, que por poquitos
que sean, debería utilizarlos más… Las migas del dolor que se torna en lágrimas
ante situaciones dolorosas que no puedo cambiar… Migas, Madrecita, si,
seguramente en mi alma hay demasiadas migas…
Y, sin más, las busco, y las tomo todas en mi mano….
- Aquí están Madre, pero ¿De qué sirven?
- Escucha, hija, escucha al
Maestro…
Y mi corazón escucha, entonces, la voz de los apóstoles respondiéndole a Jesús:
«No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados».
Y Jesús les responde con voz serena, cristalina, perfumada:
«Tráiganmelos».
Los Apóstoles, entonces, acercan a Jesús las canastas con el escasísimo
almuerzo.
Me dices, entonces, Madre:
- Ve hija, lleva también tus migas.
- ¿Cómo Madre? ¿Mis migas? ¿Esto, que no sirve para nada, más que para arrojar a
los pajarillos? Ay, Madre, perdóname, pero me da mucha vergüenza acercarme con
esto al Maestro…
- ¿Y si se las acerco en tu nombre?
Y estiras tu mano preciosa hacia la mía…. Y con mucha pena, por tener tan poco
que ofrecer, pongo mis migas en la palma de tu mano…. Entonces….¡Oh Dios mío!,
¡¡¡¡Es… imposible!!!!!!
El rejunte de migas que puse en manos de Maria, de pronto se torna en un puñado
de los más brillantes diamantes que jamás hayan existido… las piedras preciosas
más bellas que orfebre alguna haya trabajado….
No puedo emitir sonido…. Te sigo en silencio…
Te acercas a Jesús con tu mano extendida. Yo camino tras de ti, casi escondida
entre tu manto….
Jesús me mira y nada me reprocha… Sus ojos son la misericordia hecha mirada.
El Maestro junta la ofrenda de Maria, los panes y los peces… El milagro nace en
silencio…sólo los más cercanos lo advierten…. Los demás, solo lo disfrutan….
María agradece el gesto generoso de Jesús para conmigo… ¡Qué palabras, qué
miradas entre la Madre y el Hijo!
Yo jamás sabría expresar mi gratitud de esa manera… Oh Madre, desde ahora,
tantas veces mi corazón necesite dar las gracias, te pediré a ti que lo hagas
por mí, porque tus palabras llegan a Jesús infinitamente más puras que las
mías….
Vuelves a mí, Madrecita, con tantísimas piedras preciosas que no te alcanzan las
manos, por lo que debiste ponerlas en tu manto….
Y las vuelcas todas en mi corazón…. Yo, vuelvo a verlas como migas….
Notas mi mirada con pena por el cambio y me dices:
- Hija querida, has de saber que
los talentos, los dones, el esfuerzo, el trabajo, la paciencia, la tolerancia y
tantos regalos que Jesús hace a tu alma, no son “migas” que en mi mano parecen
diamantes, sino al revés, son diamantes eternos que tú ves bajo la apariencia de
migas…
Me quedo sin palabras…. Con los ojos llenos de lágrimas noto que es tiempo de
seguir marcando ropa en la tienda… Seco mis ojos como puedo.
Aún estás conmigo y me haces la última pregunta:
- ¿Qué harás ahora con ellas, hija?
Son demasiados diamantes para ti sola.
- Madre- pregunto con inmensa pena porque aún no he terminado de comprender el
milagro -¿Qué puedo hacer yo, tan pequeña, tan nada, tan sin tiempo?
No me respondes. Te quedas junto a mí. Una compañera se acerca y me cuenta en
dos palabras su tristeza…. Le hablo de panes del alma y de migas que nunca
faltan. Mi compañera me mira, asombrada y sonriente, ¡Gracias! me dice, y sigue
con su trabajo…
Te miro, Madre, sin comprender….
- ¿Ves hija? Eso puedes hacer. Ser
apóstol en donde estás. Tu compañera salió con el alma reconfortada. No le
solucionaste el problema, le diste fuerzas para seguir. El milagro de la
multiplicación lo puedes revivir infinitamente en tu alma, querida mía, y así,
harás que se reviva también en el alma de tus hermanos…
- Multiplicando migas…. Multiplicando migas-susurro-. Gracias, María, gracias
infinitas. Con alegría veo que ahora ya no sólo me cuentas secretos al alma
cuando estoy en la Misa, sino que te vienes conmigo a mi trabajo…. Gracias….
- Niña mía, no es que “ahora” vengo
a tu trabajo… siempre he estado, como estoy junto a cada hijo querido que me
susurra un Avemaría suplicante….Y a veces, cuando mis hijos tienen tanta pena en
el alma que ni fuerzas le quedan para un Avemaría, me basta con que me digan
“Socórreme, Madre” para apresurarme a llegar a su corazón y alcanzarle las
gracias que necesitan y las virtudes que le faltan….
- Si, Madre, tal como dices…. Cuando ni fuerzas he tenido para un Avemaría, mi
corazón solo atinaba a nombrarte…. y jamás me has desoído….
La tarde va cayendo y es tiempo ya de volver a casa. Me siento contenta por
haber vivido contigo este momento… Ahora debo ponerlo en papel, para enviarlo a
mis amigos, para contarles que su corazón está lleno de diamantes, aunque ellos,
por la pena, muchas veces, vean sólo migas…
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Amiga mía, amigo mío que compartes conmigo este relato. No sientas pena cuando
no halles en tu corazón panes, para ofrecer al Maestro, esperando la
multiplicación. Ten la plena seguridad de que en tu alma aun quedan migas…. Pon
tus migas en manos de Maria, Ella te mostrará que son diamantes
María Susana Ratero
susanaratero@yahoo.com.ar
NOTA de la autora: "Estos relatos
sobre María Santísima han nacido en mi corazón por el amor que siento por Ella.”