12 de Diciembre
Santa Juana Francisca de Chantal, religiosa
(1572-1641)
Ella misma nos da sus datos primeros: "Me llamo Juana Francisca Fremyot,
natural de Dijón, capital del ducado de Borgoña. Soy hija del señor Fremyot,
presidente del Parlamento de Dijón y de la señora Margarita de Barbysey".
Llevó una niñez y juventud propia de la nobleza a la que pertenecía. Era muy
elegante, porte digno de cautivar a cualquiera: bondadosa, guapa, modesta,
buena conversadora, rica en conocimientos y en piedad. Era una joven de su
tiempo. Se enamoró locamente del barón Rabutín Chantal con el que se unió en
matrimonio y al que amó con toda su alma. El barón supo corresponder a este
amor. Cuando el barón estaba fuera de casa, parecía como si Francisca
estuviera de luto. Cuando el barón llegaba, se arreglaba con las mejores
galas, salía a recibirle y la alegría volvía a su rostro. Por ello cuando el
Señor le pida el sacrificio de la vida de su esposo, ella le rogará con
fuerzas: "Señor, pídeme lo que quieras, estoy dispuesta a los mayores
sacrificios con tal de que no te lo lleves". Y cuando murió lo lloró
desconsoladamente durante mucho tiempo. Sus familiares y amigos creían que
también ella iba a morir. Tanto fue lo que se desmejoró y enflaqueció que
quedó reducida a los huesos.
Francisca es una maravillosa ama de casa. Todos la quieren y la admiran.
Educa cristianamente a sus hijos a los que ama más que a sí misma. Los
criados depondrán en el proceso de su Beatificación: "La Señora sirvió a
Dios a quien mucho amaba y practicaba la virtud continuamente, pero sin
llamar la atención. A nadie molestaba con sus rezos. Era muy atenta y buena
con todos".
Las cruces no le faltarán nunca. Así no se apegará su corazón a las cosas de
este mundo. En vez de refugiarse con su padre que la idolatraba o de
quedarse en su palacio, decide marcharse al lado de su suegro que tiene un
carácter déspota y agrio, como si fuera hecho de vinagre y hiel. Siete años
a su lado, fueron cruces sin cuento las que hubo de sufrir la sensibilísima
Francisca.
No todo había de ser desconsuelo y mano dura de parte del Señor. El santo
Obispo de Ginebra -S. Francisco de Sales- pudo decir de ella: "Hallé en
Dijón -donde vivía Francisca- lo que Salomón no pudo encontrar en Jerusalén:
hallé a la mujer fuerte en la persona de la señora de Chantal".
El encuentro con San Francisco fue providencial. Iba un día montada a
caballo y cerca de un bosque vio a un sacerdote venerable que rezaba
fervorosamente su breviario. Poco después este mismo sacerdote vio en una
especie de visión a una mujer joven, viuda, modesta. Un impulso interior le
dijo que ésta sería el instrumento que el Señor le destinaba para la obra
que pensaba llevar a cabo.
Vino a predicar aquel sacerdote a Dijón. Éste era el obispo de Ginebra San
Francisco de Sales.
La santa empezó a dirigirse con él y él vio que la obra de Dios iba por buen
camino. De modo prodigioso y como si fueran Florecillas de San Francisco de
Sales empieza a extenderse y a echar sus cimientos esta obra de las
Religiosas de la Visitación. A las afueras de Annecy, en una modesta casita,
se reúne un grupo de mujeres que quieren seguir del todo a Jesucristo. Mucho
hubieron de sufrir los dos santos. No faltaron habladurías y burlas, pero
como era obra de Dios, la cosa siguió adelante. Un día la varonil Francisca
se verá obligada a pasar por encima del cuerpo de su hijo que le impide siga
la llamada de Dios. Mucho le amaba, pero era mayor el amor que sentía a su
Dios. Por fin, el 13 de diciembre de 1641, cargada de buenas obras, la
joven, la esposa, la viuda, la religiosa y la fundadora, partía a la
eternidad. Sus hijas siguen su ejemplo.