3 de Enero

A) Santa Genoveva, Patrona de París († ca.502).

B) Beato José María Tomasi – Caro, Cardenal y Confesor. († 1713)

 

Santa Genoveva
Patrona de París

(† ca.502).

Mezcla de tradición histórica o legendaria, la figura de esta santa destaca, poderosa, en medio del florecimiento cristiano primitivo, que venia a sustituir a los antiguos ídolos griegos, latinos o celtas.

Su nombre está asociado a la vida de los habitantes antigua Lutecia. La montaña donde Clovis había levantado una iglesia en honor de San Pedro y San Pablo se llamaría en lo sucesivo montaña de Santa Genoveva. Al lado del rey merovingio será enterrada y sucesivas vicisitudes llevarán sus cenizas hasta el lugar que hoy ocupa la iglesia de San Esteban del Monte (Saint – Etienne - du -Mont) rodeados de una hermosa reja de hierro forjado, entre cirios y exvotos de sus fieles agradecidos.

Lutecia era una ciudad sin importancia, inferior a Sens o a Lillebonne. Los textos antiguos parecen ignorarla. Cesar, en su Guerra de las Galias, hace mención escasa del oppidum de los parisii, cuando tuvo necesidad de cruzar por él en el año 53 antes de J. C. Lo cita como un territorio tranquilo en los imites de la 'Céltica y del país de los belgas, encerrado en una isla formada por 1os brazos del río Sena.

En la época romana, las grandes vías de comunicación trazadas por los vencedores van a dar importancia a la ciudad recién nacida, al paso de las tropas romanas, que llegarán hasta la península Ibérica, jalonando el territorio español de construcciones imperecederas.

Más adelante, de la isla, la pequeña ciudad irá subiendo hasta la montaña de Santa Genoveva. Los edificios que pudiéramos llamar oficiales la embellecían y, aunque sus habitantes siguen siendo escasos, ya se vislumbra a través de la vida pública que comienza, un auge incesante, que las dinastías reinantes se encargaran de acrecer.

Las invasiones de los francos y germanos dejarán la traza de su afán destructivo. Los tesoros desaparecen a su paso. Las tribus bárbaras tienen predilección por sembrar de hogueras su camino. Las ciudades romanas empiezan a fortificar sus reductos. Lutecia será un Castellum con lo que la vemos cercada de murallas y en las murallas las puertas que permiten su comunicación con exterior.

En el siglo IV la isla estaba rodeada de murallas y, si añadimos que su extensión no sobrepasaba las diez hectáreas, tendremos una idea aproximada del escenario en que se desarrolló la vida de la Santa de los parisinos, cuyos datos históricos nos ha proporcionado casi en exclusividad Gregorio de Tours.

Antes de la expansión del cristianismo, los dioses de los parisinos eran los de la Galia galorromana: Júpiter,

Marte, Apolo, Baco, Minerva, Venus, Diana. El culto de la diosa - madre y el de Isis eran igualmente populares. Pero fue Mercurio el más popular de todos y sus estatuas se prodigaban hasta por los últimos rincones del país. En Montmartre existió un Templo dedicado a esta divinidad y de ahí le vino el nombre que ostenta: Mons - Mercurii.

Ya en el siglo V la fe cristiana ha prendido en el alma de los parisinos. Los primeros mártires y los primeros santos van a dar testimonio de la verdad de la nueva doctrina en lucha abierta con el paganismo y, lo que es peor, con las herejías nacidas en su mismo seno. San Germán obispo de Auxerre y el bienaventurado Lobo, obispo Treves, a su paso por París para combatir a los herejes de Gran Bretaña, encontraron a una joven de extraordinaria virtud, de gran fuerza persuasiva, vehemente en su deseo de hacer el bien, dispuesta al sacrificio en favor de los pobres y necesitados. Una llama ardiendo en fe capaz de conmover a los más forzudos guerreros, de convencer al propio rey de los francos, incapaz de hacer frente a sus demandas de liberar a los prisioneros. Teodoredo, obispo de Tyro, asegura que cuando Simeón el estilita, desde lo alto de su columna, reconocía entre las multitudes que venían a consultarle, a algún mercader galo enseguida le encargaba que llevase sus saludos a Genoveva. Tal era la fama de sus virtudes, que traspasó las más lejanas fronteras.

Se sabe que Genoveva había nacido en Nanterre, cerca de París, en los primeros años del siglo V (409?, 422?) y que debió de morir a edad muy avanzada hacia el 502.

En Nanterre se puede encontrar el parque que lleva su nombre. Uno de sus biógrafos escribe: "En otro tiempo rodeada de murallas y adornada con un oratorio, este parque apenas es reconocible sí no es por unas excavaciones y por una sencilla cruz de madera clavada en la tierra por una mano piadosa". Una fuente lleva también su nombre, así como un recinto, en el monte Valero, donde la tradición asegura que la Santa cuidaba los rebaños de su padre. Hay un pozo y una gruta donde parece que se retiraba a orar, en aquella actitud en que se nos la describe con los brazos en cruz, la mirada fija en lo alto, pronta a las lágrimas para recibir las inspiraciones de Dios todopoderoso. Genoveva se hallaba dotada con los dones del Espíritu Santo.

Su padre se llamaba Severo y Geroncia su madre, nombres ambos latinos así como el suyo era típicamente galo. Si sus padres fueron o no personas de buena posición nada se opone a que la joven cuidase sus ganados en la pradera y para todos será la Santa aquella pastorcita de Nanterre, predestinada por Dios para realizar actos maravillosos y extraordinarios. Sus hagiógrafos cuentan de éstos y no acaban. Cuando San Germán hablaba con ella, arrebatado por el fuego de aquella alma que deseaba consagrarse a Dios, dicen que cayó del cielo una medalla que el santo obispo se apresuró a colocar en el cuello de la Santa. El imprudente que se atrevió a insultarla quedará muerto en el acto. Su propia madre, en cierta ocasión, arrebatada por la ira, llegó a ponerle la mano en el rostro y quedó cegada. Genoveva consiguió su curación. Es muy difícil controlar la verdad histórica de todos estos acontecimientos.

Pero no serán estos hechos. con ser abundantes, los que arranquen la devoción de los parisinos, sino los importantes de haber salvado la ciudad de calamidades espantosas.

Atila, el "azote de Dios", se dirige a marchas forzadas, hacia la Galia. No hay barbarie que aquel poder ejercito no se atreva a cometer. Metz, Reims, Camb Besançon, Langres, Auxerre, se han convertido en un montón de ruinas, ¿por qué no habría de sufrir París, es decir, Lutecia, idéntica suerte? Las hordas amarillas se complacen en sembrar el terror. Una gran multitud de gente empavorecida llega hasta Santa Genoveva, que ya ha adquirido fama de santa entre sus conciudadanos. Ella aconseja que vuelvan a sus moradas, que no se abandonen a la desesperación, porque seria inútil. De píe, sobre una eminencia del terreno, la tradición la recuerda dirigiendo al pueblo una arenga: "Gente de París, amigos míos, hermanos míos, os engañan. Los que se pretenden vuestros defensores empuñando las armas no deben asustaros. Atila avanza, es cierto, pero no atacará vuestra ciudad. Os lo aseguro en nombre de Dios". La profecía cumple, con lo que Genoveva gana en prestigio ante la opinión de los parisinos. Atila ha torcido su camino y se dirige hacia Orleáns. París respira, aliviada. La salvación se atribuye a las oraciones de la doncella.

Otro hecho aún más famoso vive en la memoria de todos. Childerico acaba de morir y Clovis, su hijo, pretende sucederle. A ello se opone Syagrio hijo de Egidio el antecesor de Childerico. Clovis, al frente de un pequeño ejercito de francos, pone sitio a la ciudad de París, reducida, por aquel entonces, a una isla. El hambre comienza a diezmar sus habitantes, sin salvación posible. Las puertas están vigiladas, y sólo un milagro explica Genoveva, ya de edad muy avanzada, pueda salir sin vista por el enemigo. Ha prometido que habrá víveres todos. Encendida de patriotismo, se lanza al río en barca de pescadores. A su paso, se suceden hechos extraordinarios: desaparecen obstáculos infranqueables, los graneros se abren para volcarse sobre su barca; otras barcas se unen a la suya, en un total de once regresan a la ciudad entre las aclamaciones de la multitud.

Murió Genoveva con más de ochenta años, hacia la primera década del siglo VI. Fue enterrada junto a Clovis, como ya se ha dicho, en la iglesia de San Pedro y San Pablo, sobre la montaña que lleva el nombre de Santa Genoveva.

Las cenizas de la Santa siguieron atrayendo la devoción de los parisinos y no había solemnidad ni temida catástrofe que no se recurriese a la urna que contenía los restos, enriquecida con donaciones de monarcas y príncipes, siendo de gran fama el manojo de diamantes ofrecido por María de Médicis. Más adelante, verdad o mentira se aseguró que los diamantes eran falsos.

La revolución, con sus bandadas de cretinos, no respeto estas cenizas, acusadas de ser un símbolo más del obscurantismo del antiguo régimen. Lo que pudo recogerse tras la turbonada, junto con la tumba, hallada en la abadía merovingia, fue trasladado a la iglesia de Saint - Etíenne – du – Mont donde aún acuden sus fieles devotos en demanda de favores.

 

Beato José María Tomasi – Caro,
Cardenal y Confesor

(† 1713)

Don Julio Tomasi –Caro y La Restia casó el 11 de noviembre de 1640 con doña Resalía Traina y Drago, dama de gran virtud perteneciente a la nobleza siciliana. Era sobrina del obispo de Agrigento y heredaba de su tío don Fabricio las baronías de Falconeri, La Torretta y Montecolombrino. La bendición del Señor descendió copiosa sobre el hogar de los nuevos duques de Palma, que se vio alegrado con el nacimiento de tres hijas. Francisca, Isabel y Antonia. Mas, deseando ellos un hijo varón, elevaron súplicas al cielo por mediación de San José. Al obtener la gracia suspirada. impusieron a su hijito el nombre José María, en agradecimiento a la Virgen Santísima y al glorioso Patriarca. Más tarde nacieron Fernando y Alipia Cayetana.

Licata, pequeño puerto de la ribera meridional de Sicilia, situada en la ondulación de unas colinas costeras al amparo de la mole roquera de Sant' Angelo, el Ecnomos de los antiguos, había sido comprada al rey de España por el obispo de Agrigento, el cual designó a su sobrino el duque de Palma para que en su nombre gobernara la ciudad. En ella nació José María el 12 de septiembre de 1649 siendo bautizado el día siguiente por el arcipreste de la misma, doctor Roque Fraynito, protonotario apostólico.

La infancia y la juventud de José María se deslizaron plácidamente en las rientes campiñas de Monteclaro bajo la amorosa vigilancia de sus cristianísimos progenitores, los cuales procuraron infiltrar a su muy querido hijo aquel espíritu de religión y piedad que fue siempre preciado florón de su estirpe. En la ciudad de Palma o en el vecino castillo tenía su residencia aquella noble familia que vivía únicamente para la gloria de Dios y el bien espiritual y material de sus vasallos. Mientras el se celebraba en una capilla provisional, los duques fundaron y dotaron espléndidamente el nuevo templó parroquial y un monasterio de monjas benedictinas en el que ingresaron sus cuatro hijas, la segunda de las cuales, sor María Crucificada, murió en olor de santidad y es honrada con el título de venerable.

La pintoresca comarca conserva, aún hoy día, gratísimo recuerdo de esta insigne familia, y sus habitantes refieren con orgullo al visitante la obra religioso – social de don Julio Tomasi, al que llaman con simpática reverencia "Il santo duca". La reina gobernadora, doña Mariana de Austria, en la minoría de Carlos II, queriendo enaltecer los relevantes méritos del linaje Tomasi – Caro, otorgó a don Julio y a doña Rosalía el título de príncipes de Lampedusa.

En un ambiente tan selecto y profundamente cristiano, el corazón de José María sintió bien pronto la atracción de un ideal excelso. Fue su predilección por las ceremonias litúrgicas. Por esto pidió y obtuvo que le confeccionaran los ornamentos eclesiásticos conforme a su estatura, y con ellos revestido imitaba los sagrados ritos con extraordinaria devoción y admirable compostura.

Llevado de tan santas aficiones pidió licencia a su padre para usar sus propios vestidos según el color litúrgico de cada día. El duque sólo le permitió tal variedad en las medias. Conformado y satisfecho, recordaba cada noche a su aya que se las prepara para el día siguiente. Eran los ingenuos albores de su espíritu sacerdotal, los primeros pasos de su ruta hacia el altar de Dios, porque sólo Dios alegraba su juventud.

Habiendo aprendido, con extraordinario aprovechamiento, latín, griego y español. el duque concibió, ufano, el proyecto de enviarle en calidad de paje a la corte de Madrid. Pero un buen día postróse José María humildemente a sus pies para suplicarle que le permitiera ingresar en la Orden de los Clérigos Regulares. deseoso de seguir el ejemplo de su tío don Carlos, y enamorado del ideal litúrgico de la Orden.

El día 11 de noviembre de 1664, habiendo renunciado al mayorazgo en favor de su hermano Fernando, imploraba la bendición de sus padres, dio José María el adiós supremo a sus vasallos, al amado castillo roquero y a su opulento patrimonio, para dirigirse a Palermo. Pero antes quiso pasar por el santuario de Nuestra Señora de Trápani, cuya sagrada imagen la duquesa su madre le había ofrecido en su infancia a la Reina de los cielos. Ahora, en el gozo de su florida juventud, agraciado con el sello de una elección divina, pide la protección de Virgen María para corresponder con generosidad a su vocación altísima.

A los quince años ingresó, pues, José María en la casa teatina de San José en calidad de postulante. El 24 marzo de 1665 recibió el santo hábito y comenzó el noviciado bajo la experta dirección del padre don Francisco María Maggio. En la festividad de la Anunciación de María del año siguiente emitió su profesión religiosa, seguidamente fue trasladado a Mesina para iniciar sus estudios eclesiásticos, que continuó en las casas de Ferrara, Módena y Roma. En las Témporas de Adviento de 1673 fue ungido en la Ciudad Eterna sacerdote Señor, y la noche de Navidad subió por vez primera altar para celebrar las tres misas rituales en el templo de San Andrés della Valle. Tenía veinticuatro años.

Al sentir realizado el primogénito de los príncipes Lampedusa el ideal sacerdotal que entreviera en los suaves crepúsculos de Monteclaro, retoñaron, con nueva poderosa savia, sus antiguas aficiones litúrgicas que marcaron la orientación definitiva de su vida, consagrándola totalmente al esplendor del culto divino y al fomento las ciencias sagradas.

Iniciábase un glorioso movimiento de restauración litúrgica, y podemos decir que en él ocupa el padre Tomasi un puesto destacado en primera fila. Trasladado a la casa de San Silvestre del Quirinal, pese a su complexión delicadísima y enfermiza, continuamente atormentado por pesada cruz de escrúpulos y penas interiores, recogió herencia del eximio cardenal Bona para dedicarse totalmente a los estudios litúrgicos y bíblicos, y a la investigación de las sagradas antigüedades. Se impuso una preparación eficiente y aprendió hebreo, caldeo, etíope, árabe y siríaco. Con afán apostólico logró convertir a la fe Cristo a su profesor de hebreo, el docto rabino Moisés de Cavi, que al bautizarse tomó el apellido Tomasi.

El padre Tomasi pasó su vida entera escondido en bibliotecas y archivos de Roma, especialmente en la Vaticana, la Vallicelana, la de Cristina de Suecia, la San Pedro y la de San Pablo, que le franquearon sus tesoros bibliográficos y sus ricos fondos documentales. Con La abnegación de un santo y el entusiasmo litúrgico de un teatino, laboraba silenciosamente para desentrañar códices milenarios y libar en amarillentos pergaminos toda la potente vitalidad de la Iglesia en los siglos medievales. Fruto preciosísimo de sus afanes investigadores el nutridísimo repertorio de sus obras litúrgicas, teológicas, bíblicas y ascéticas que fue publicando desde 1679 hasta 1770. Entre ellas cabe citar el Sacramentario Gelasiano, el Sacramentario Galicano, el Responsarial y Antifonario de San Gregorio, el Salterio con Cánticos, el Sacramentario Gregoriano y las Instituciones teológicas de Santos Padres.

Estas magníficas publicaciones tomasianas en aquel momento histórico que vivía la Iglesia fueron de una oportunidad portentosa. Aportación valiosísima al incipiente movimiento de investigación litúrgica y bíblica, constituyeron un arma poderosa para confundir a los herejes, los cuales clamaron en Holanda: Cavete Thomasium: "¡Guardaos de Tomasi!" Por otra parte sirvieron de base y punto de partida para ulteriores estudios sobre liturgia antigua, ofreciendo aún actualmente un provechoso instrumento de trabajo a los que a tales investigaciones se dedican.

Pero en Tomasi, el sabio, el investigador. están en función del sacerdote y del santo. No se engolfó en los estudios a título de curiosidad o erudición, sino con el propósito de entender plenamente los ritos y preces que como sacerdote debía usar en el ejercicio del culto divino, y al propio tiempo hacer participantes al clero y a los fieles del fruto de sus investigaciones. para lograr una mayor eficacia santificadora en las funciones litúrgicas. En tal sentido Tomasi es un precursor y abanderado del actual apostolado litúrgico.

Cultivador insigne de las virtudes religiosas y sacerdotales, sentía Tomasi una predilección marcadísíma por la humildad, base de todas ellas. Abroquelado en su vida de trabajo silencioso, procuraba pasar desapercibido entre el fasto de la corte pontificia. Pero su virtud y su sabiduría hicieron su nombre famoso en los círculos eclesiásticos de Roma y de toda Europa. Cuando el doctísimo Juan Mabillón fue a Roma en viaje de estudios, tuvo necesidad de ir a ver al padre Tomasi para que le sirviera de mentor en sus itinerarios científicos y le hiciera partícipe de los felices hallazgos en la investigación litúrgica. Al ser nombrado el futuro cardenal Vallemani secretario de la Sagrada Congregacl6n de Ritos, fue en seguida a buscar al humilde teatino para pedirle normas y orientaciones.

El papa Clemente XI, amigo y admirador de este hijo esclarecido de San Cayetano, le nombró consultor de la Sagrada Congregación de Ritos y de la de Propaganda Fide, y calificador del Santo Oficio. Y en el Consistorio del 18 de mayo de 1712 le creó cardenal presbítero de la Santa Romana Iglesia, asignándole el título de San Silvestre y San Martín in montibus. Tras un dramático forcejeo con su humildad contrariada, Tomasi vino obligado a aceptar el capelo en virtud de santa obediencia y fue nombrado miembro de la misma Congregación de Ritos. En los ocho meses escasos de su cardenalato desplegó en su Iglesia titular un sapientísimo apostolado litúrgico, dando el magnífico ejemplo de asistir con asiduidad a los oficios corales. Demostró con gallardía que sabia trasladar liturgia de los fríos códices milenarios al calor del santuario para proyectarla luego en derredor suyo como una vida hecha culto y un culto transformado en vida.

El día de Navidad del mismo año, al regresar de la solemne capilla papal tenida en San Pedro, se sintió herido por una grave afección pulmonar que le tuvo en cama ocho días. Recibidos con extraordinaria devoción los santos sacramentos, dictó su testamento, en el cual consignó su voluntad de ser enterrado en la cripta de su iglesia titular, ante el altar de la Virgen, gozo de los cristianos. En la madrugada del 1 de enero de 1713, besando con ternura el crucifijo, voló su alma a cantar el eterno Magnificat en las delicias de la liturgia celestial. Contaba sesenta y cuatro años. Su confesor, el teatino padre Chiesa, aseguró que su alma no había perdido la inocencia bautismal.

Por la fama de sus virtudes y el esplendor de sus milagros se introdujo en la Curia Romana. en 1723, la causa de beatificación. El 29 de septiembre de 1803 fue beatificado por Pío VII en la Basílica Vaticana.

Por decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, dado el 24 de mayo de 1958, se ha reanudado en la Curia la causa para la solemne canonización de este egregio cardenal teatino nacido en tierra española a quien Cardella proclama, en sus Memorias históricas, príncipe y doctor de la liturgia de Occidente. 

PEDRO A. RULLAN FERRER, C. R.