Revelación. Teología Fundamental
1. LA REVELACIÓN SOBRENATURAL.
1. Elementos constitutivos y objeto. 2. La Revelación en los documentos del Magisterio eclesiástico. 3. Fases de la economía de la Revelación. 4. Posibilidad y existencia de la Revelación. 5. Necesidad y conveniencia. 6. Revelación y fe. 7. Transmisión de la Revelación.
La religión cristiana está fundada en una Revelación histórica. La Revelación constituye un hecho esencial y fundamental, un misterio primordial del cristianismo. Cabe hacer una consideración o investigación histórica y apologética de la R., como se hace en Teología fundamental (v.), que tiende principalmente a demostrar el hecho de la R. sobrenatural, su conveniencia o necesidad y su credibilidad, y cabe después una consideración o investigación dogmática de la R., estudiándola en la Biblia y en la Tradición y en conexión con los demás misterios revelados. Aquí se expondrán las cuestiones principalmente desde el punto de vista de la Teología fundamental (esencialmente histórico y filosófico); para la consideración de la R. desde el punto de vista dogmático, remitimos a los artículos PALABRA DE DIOS' BIBLIA I' TRADICIÓN' MAGISTERIO ECLESIÁSTICO' MISTERIO; SOBRENATURAL;~JESUCRISTO; REDENCIÓN; SALVACIÓN; sin embargo, aquí también se tocarán o se tendrán en cuenta cuestiones teológico-dogmáticas.
1. Elementos constitutivos y objeto de la Revelación
sobrenatural. Habiéndose explicado ya los conceptos y clasificación de la
terminología acerca de la R. (v. la Introducción a esta voz), conviene en primer
lugar precisar con más detalle qué se entiende por R. sobrenatural. Aunque
parezca que su concepto se establece en abstracto, en realidad viene precisado
en la misma R. que de hecho se ha dado.
(1) Elementos constitutivos. La R. sobrenatural comprende los siguientes
elementos: (a) Una acción libre y gratuita de Dios. La R. es gracia, es don
libre y espontáneo del amor de Dios. La R. sobrenatural sigue necesariamente un
camino descendente. Dios se revela a los hombres cuando y en la medida que
quiere. Sólo Dios puede tomar la iniciativa. Él es el sujeto activo de la
Revelación. (b) Un ser espiritual capaz de recibir la comunicación de Dios. Sólo
un ser espiritual y personal es capaz de recibir el mensaje divino. Esto supone
cierta semejanza y proporción entre el ser del hombre y el ser de Dios, aunque
lejana y remota. Si Dios fuese «el totalmente otro», como se expresó K. Barth
(v.) en sus primeros escritos, no podría haber esta comunicación divina. Como
ser espiritual y personal, el hombre tiene una apertura al Infinito, por la cual
es capaz de recibir la comunicación de Dios como es en sí. Esta capacidad
radical del hombre se puede llamar potencia obediencial, que algunos entienden
como una mera no-repugnancia, y otros, mejor, como una capacidad positiva de ser
actuada por la gracia, aunque nunca se puede entender como proporción directa al
objeto sobrenatural (V. HOMBRE III). (c) Una elevación sobrenatural del sujeto
que recibe la Revelación. La palabra de Dios no puede ser escuchada como tal sin
la gracia (v.) de Dios. Sin esa elevación sobrenatural por la acción divina, sin
la iluminación de Dios al que transmite su R., ésta caería en plano natural (V.
t. ORGANISMO SOBRENATURAL). (d) Un co'nte'nido intelectual y objetivo. Cuando
Dios habla o se manifiesta, siempre comunica algo: una verdad, un mensaje, una
promesa. La R. es un diálogo histórico de amor entre Dios y el hombre, pero un
diálogo con un contenido y en el que acontece algo. No hay acción de Dios
revelante sin efecto, sin objeto revelado y sin sujeto que reciba la Revelación.
El medio ordinario de llegar al hombre el mensaje divino es la palabra. Y la
palabra de Dios encierra siempre un contenido, que el hombre percibe mediante el
entendimiento. Por eso afirmamos que toda R. en este mundo implica un contenido
intelectual (v. t. MISTERIOS; FE). (e) Una invitación y una exigencia de la fe.
El hombre es, en cierto modo, el sujeto pasivo de la Revelación. Dios habla, y
el hombre escucha. Dios se comunica, y el hombre recibe. Pera esto no significa
que el hombre se halle sólo pasivamente ante el hecho de la R., sino que ésta
pone en tensión toda su actividad espiritual. La R. es una interpelación
personal a la que el hombre necesariamente debe contestar en sentido positivo o
negativo. Esta respuesta positiva la da el hombre en la fe (v.). Fe y R. son
inseparables. No puede haber R. sin alguien que escuche y comprenda. En un plano
individual, la llamada de Dios puede quedar sin respuesta, sin eco, sin la fe
personal, sin que por eso deje de ser absolutamente cierto que Dios ha hablado y
se ha manifestado al mundo. Pero en un plano universal es absolutamente
imposible que Dios hable a los hombres sin que sea escuchado. Dios no puede
fracasar en su designio de comunicarse a los hombres. (f) La R. como,
acontecimiento salvífico. En cuanto la R. es aceptada por el hombre y éste vive
de acuerdo con ella y de ella, con ayuda de la gracia, el hombre es salvado. La
R. puede considerarse en cuanto a su contenido objetivo y en cuanto hecho o
acción de Dios, que se automanifiesta, y hecho o acción en el hombre y del
hombre, que es salvado al recibir y vivir la Revelación. En cuanto
acontecimiento salvífico, la R. es un hecho histórico, un acontecimiento pasado,
que se realizó para toda la humanidad (Revelación, Redención y Salvación
objetivas), y también un hecho actual, un acontecer de Dios aquí y ahora en cada
hombre que recibe la gracia para conocer y aceptar la R. y para ser salvado
(Revelación, Redención y Salvación subjetivas). En el protestantismo (v.), en
general, se ha solido dar relieve y exclusividad a este segundo aspecto, a la R.
como acontecimiento salvífico que se realiza en cada hombre, disolviéndose en
muchas ocasiones la objetividad de la R. (recientemente, p. ej., en Barth, v., y
Bultman, v.).
(2) Objeto de la Revelación. Toda la R. tiende a manifestarnos el misterio de
Dios, en su ser y en su obrar, en cuanto se ordena a la gloria de Dios y a
nuestra salvación. La S. E. y la Teología emplean diversas fórmulas para
significar esta misma realidad. En el A. T. el objeto de la R. divina es Dios,
su ley y sus promesas del reino mesiánico. En S. Pablo es el misterio o designio
de Dios de salvar a todos los hombres, gentiles y judíos, por Cristo y en
Cristo. En S. Juan es la vida eterna, que se obtiene mediante la fe en Dios y en
su enviado, Cristo Jesús. Podríamos resumir en una fórmula breve todas estas
diversas expresiones diciendo que el objeto de la R. es Dios en Sí mismo y en la
economía de la salvación anunciada por los profetas y realizada por Cristo en su
Iglesia; las cosas acerca del hombre y del mundo, de su naturaleza y finalidad,
forman parte del objeto de la R. en cuanto dicen relación a Dios. Dios como es
en Sí comprende el misterio trinitario y los atributos de Dios cognoscibles o no
por la razón. Pero el misterio de Dios sólo se nos revela en cuanto dice
relación a nuestra salvación. La economía de la salvación abarca todos los
misterios que se ordenan a la comunicación de la gracia (Encarnación, Redención,
misión del Espíritu Santo) y todos los hechos salvíficos del cristianismo
(muerte, resurrección y ascensión de Cristo), todas las instituciones que se
ordenan a la salvación (Iglesia y sacramentos), y toda la ley moral que ha de
vivirse para ello.
En cuanto a las verdades comunicadas por Dios en su R. a los hombres, es
necesario distinguir un doble objeto, como hace el Vaticano I (Denz.Sch. 3015),
o un doble grupo de verdades: aquellas que el hombre podría conocer por sí mismo
con la razón natural, y aquellas otras que sólo puede conocer por la revelación
(v. MISTERIOS). Al primer grupo pertenecen la existencia de Dios y algunos de
sus atributos, como su sabiduría, su providencia, su grandeza. Pero el objeto
propio de la R. lo constituyen los misterios en sentido estricto, es decir,
aquel ámbito del ser y del obrar de Dios que sólo puede ser conocido por la R. y
que aun después de revelado no alcanzamos a comprender su razón íntima de ser
(v. soBRENATURAL).
Puesto que a nosotros la R. de Dios nos llega a través de la Biblia y de la
predicación viva de la Iglesia, conviene distinguir además entre aquellas
verdades y hechos salvíficos que Dios comunica a los hombres por su importancia
soteriológica (verdades reveladas per se) y aquellas que sólo se comunican por
concomitancia o por razón de las primeras (verdades reveladas per accidens).
Tales son muchos datos históricos, geográficos, descripciones de pueblos o
personas, etc. El objeto integral y concreto de la R. bíblica lo constituyen
todas estas verdades, ya hayan sido reveladas por sí mismas o por razón de las
otras. Pero el objeto primario y principal lo constituyen únicamente aquellas
verdades que Dios intenta manifestar a los hombres en orden a la vida eterna.
Esto es lo que forma propiamente el Depósito de la fe (v. FE III, A).
2. El concepto de Revelación en el Magisterio de la
Iglesia. Las exposiciones y declaraciones del Magisterio de la Iglesia
generalmente han ido rechazando los errores sobre esta materia, insistiendo en
aquellos aspectos y verdades que eran negadas por autores heterodoxos. Contra el
subjetivismo y evolucionismo modernista (v. MoDERNIsMo) el Magisterio ha hecho
resaltar la objetividad e inmutabilidad de la R.; contra el racionalismo (v.) ha
inculcado la posibilidad y sobrenaturalidad; y contra el fideísmo (v.) ha
defendido la conveniencia y necesidad moral, pero ha rechazado la necesidad
absoluta de la R. para el orden de verdades naturales. La doctrina del
Magisterio ha ido así aclarando dudas o rechazando determinados errores en cada
momento. Además la Constitución Dei verbum del Conc. Vaticano II ha ofrecido una
síntesis serena y madura sobre los constitutivos de la R., recogiendo los datos
de la Biblia, de la Tradición y del Magisterio eclesiástico anterior.
(1) Los documentos más importantes anteriores al Vaticano II son los siguientes:
(a) Encíclica Qui pluribus de Pío IX (Denz.Sch. 2777-2778); (b) La Const.
dogmática Dei Filius del Vaticano I (Denz.Sch. 3004-3007); (c) El Decreto
Lamentabili del S. Oficio de 1907, en el que se condenan varias proposiciones
modernistas relativas a la R. (Denz.Sch. 3420; 3421; 3459; 3464); (d) La Enc.
Pascendi de S. Pío X (Denz.Sch. 3478); (e) Sacro rum antistites del mismo Pío X,
en que se propone el juramento contra los errores modernistas (Denz.Sch.
35373550); y (f) la Enc. Humani generis de Pío XII (Denz. Sch. 3876 ss.). El
Concilio de Trento y algunos concilios anteriores se ocuparon también de ciertas
cuestiones relativas a la Revelación.
En estos documentos se describe la R. como una iniciativa gratuita de Dios para
con la humanidad (Denz. Sch 2777-3004). No sólo se revela por medio de la
creación (Denz.Sch. 3004), sino que ha querido además descubrirnos su bondad
inefable con una R. sobrenatural para hacernos partícipes de su propia vida (Denz.Sch.
2885). En su aspecto activo es toda la Trinidad la que se revela y se comunica (Denz.Sch.
800-801). La R. sobrenatural constituye la economía de la salvación. Dios
prepara lentamente al hombre para su plena manifestación en Jesucristo, el cual
nos descubre los designios misteriosos de salvación (Denz.Sch. 801; 1520). La R.
se define principalmente como locutio Dei, como palabra de Dios (Denz.Sch. 2777;
2779; 3004) y como testimonio (Denz. Sch. 2778).
El objeto de la R. es el mismo Dios y sus eternos decretos de salvación (Denz.Sch.
3004) tal como se manifiestan en Cristo y por Cristo. Hay en la R. un conjunto
de verdades que Dios nos manifiesta. Se distingue entre las verdades que el
hombre puede conocer por la razón natural y aquellas que sobrepasan las
posibilidades de la razón sin ayuda de la R. (Denz.Sch. 3015; 2856 ss.). Estas
últimas son principalmente las que se refieren a nuestra elevación al orden
sobrenatural y a nuestra unión con Dios. Se trata de misterios propiamente
dichos, que permanecerán para nosotros siempre velados, hasta que llegue el día
de la visión plena de la faz de Dios en la otra vida (Denz.Sch. 2854; 3005;
3016).
(2) Algunos autores protestantes han tildado la Teología católica de haber
despersonalizado el concepto de Revelación. Althaus llega a decir de los
documentos del Magisterio anteriores al Vaticano II: «Jamás se afirma que Dios
se ha revelado a Sí mismo» (Die Christliche Wahrheit, Gütersloh 1958, 239). La
falsedad de esta afirmación salta a la vista. Precisamente el Conc. Vaticano 1
destaca el carácter personal y de novedad de la R. diciendo que «Dios se ha
revelado a sí mismo y los eternos designios de su voluntad al género humano» (Denz.Sch.
3004) y que nos ha hablado por su Hijo (Heb 1,1). Por lo demás, el carácter
personal e histórico de la R. está siempre presente, al menos de modo implícito,
al tratar otras cuestiones. La Constitución dogmática Dei Verbum del Conc.
Vaticano II es más explícita al respecto. Aun dentro de su brevedad esquemática,
se puede afirmar que esta Constitución toca todos los puntos esenciales de una
teología de la R.: naturaleza, objeto, finalidad, progreso y pedagogía de la R.,
puesto central de Cristo en la economía de la salvación, respuesta del hombre
por la fe y la obediencia, transmisión y formas de transmisión. Como no podemos
hacer un análisis detenido de este documento, señalaremos sus principales
características en lo que se refiere a la Revelación.
(a) Carácter trinitario y doctrinal. La R. es el mensaje de la salvación y el
misterio de la comunicación sobrenatural de Dios a los hombres. Se señala la
acción propia de cada una de las Personas divinas con su sello característico:
Designio amoroso del Padre, mediación del Verbo hecho carne, impulso del
Espíritu Santo para consumar la obra y conducir a los hombres al conocimiento y
amor del Padre (Dei Verb., 2). Esta acción de las Personas divinas se menciona
con frecuencia: en el proemio (n° 1), en el n° 4, cuando habla de Cristo como
culmen de la R., en el n° 8 hablando de la Tradición y en el no 9, al explicar
las relaciones entre Escritura y Tradición. A la acción y hechos divinos están
unidas intrínsecamente las palabras y la doctrina que contienen, «de modo que
las obras, realizadas por Dios en la historia de la salvación, manifiestan y
confirman la doctrina y las realidades significadas por las palabras, mientras
las palabras manifiestan y explican el misterio en ellas contenido» (n° 2). Hay
en la R. «el mensaje de la salvación» (proemio), «la verdad íntima sobre Dios y
sobre la salvación humana» (n° 2), un conjunto de «verdades reveladas por Dios
para salvación de todos los pueblos» (n° 7) (cfr. n° 6, 8 y ss.).
(b) Carácter personal e intelectual. No sólo se presenta la R. en una
perspectiva personal y doctrinal por lo que se refiere a la Trinidad, sino
también por lo que se refiere a los hombres, acentuándose asimismo los momentos
personales y existenciales. Se presenta como un diálogo de persona a persona.
«El Dios invisible (cfr. Col 1,15; 1 Tim 1,17), por la abundancia de su caridad,
habla a los hombres como a amigos (cfr. Ex 33,11; lo 15, 14-15) y entre ellos
habita (cfr. Bar 3,38), a fin de invitarlos a la unión con Él y recibirlos en
ella» (Dei V., 2). La R. se presenta como una alianza, como una invitación a la
amistad, como un conversar Dios entre los hombres para abrirles sus intimidades
(n° 4). La R. se consuma y adquiere su manifestación suprema en la Persona de
Jesucristo, cuya presencia es el mejor testimonio de que Dios está con nosotros
para librarnos del pecado y de la muerte y resucitarnos para la vida eterna (n°
4). Pero ese trato y conversación de Dios con los hombres no es algo vacío de
contenido. El papel del entendimiento y de
la voluntad se ponen de manifiesto en la «obediencia de la fe (cfr. Rom 16,26
con Rom 1,5; 2 Cor 10,5-6), por la que el hombre se entrega libre y totalmente a
Dios ofreciendo a Dios, que revela, el pleno homenaje del entendimiento y de la
voluntad (Vaticano I, Const. Dei Filius, c.3), y asintiendo de buen grado a la
Revelación que El ha hecho» (Dei V., 5). Para ese asentimiento, la gracia y los
auxilios del Emíritu Santo mueven la voluntad e iluminan la inteligencia, «y
para que la inteligencia de la Revelación sea cada vez más profunda, el mismo
Espíritu Santo no cesa de perfeccionar la fe por medio de sus dones» (ib. n° 5)
(cfr. n° 6 y ss.).
(c) Eternidad e historicidad. La R. se presenta en su dimensión histórica de
preparación y cumplimiento, dentro del designio eterno de salvación de Dios. En
el n° 3 se ofrece una visión unitaria de todo el proceso de la R. divina, en sus
diversas fases, que anuncia y ofrece la vida eterna: R. cósmica o natural, R.
primitiva a los primeros padres, preparación de la R. evangélica por la promesa
del Salvador. Este anuncio profético señala una meta a la historia y marca el
destino del pueblo de Israel. En esta perspectiva es Cristo quien desde el
comienzo al final determina la historia de la humanidad, y la historia de Israel
es una fase de la economía de la R. Dios no sólo se revela por su palabra, sino
también por sus obras, y, por tanto, en la historia y por la historia, en el
sentido de que Cristo con sus palabras y obras «cumple perfectamente la
Revelación y la confirma»; «Dios está con nosotros»; «y no se ha de esperar ya
ninguna Revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor
Jesucristo» al final de los tiempos (n° 4).
(d) Carácter cristocéntrico y bíblico. Cristo es la piedra angular de toda la
economía de la R., y la Const. Dei Verbum lo hace resaltar con empeño especial.
Cristo es el Mediador y la plenitud de la Revelación. «Hombre enviado a los
hombres, habla las palabras de Dios (lo 3,34) y consuma la obra salvadora que el
Padre le encomendara llevar a cabo» (n° 4). La verdad íntima de Dios y de la
salvación de los hombres brilla con plena luz en la Persona y obra de Cristo.
Toda su vida, sus obras, su persona son un testimonio perenne y una epifanía del
amor de Dios. Otra característica, por fin, que se desprende de cuanto llevamos
dicho: el carácter eminentemente bíblico de este documento, que ya al comienzo
define la R. tomando como base las palabras de la carta a los Efesios 1,9, aun
cuando no se citen literalmente. Todo el texto está entretejido de citas o
alusiones a la S. E. Sólo el primer capítulo contiene 32 referencias bíblicas,
incluyendo las de las notas.
Los textos del Magisterio tocan otros aspectos de interés, como su carácter
soteriológico, eclesial, gratuito, que omitimos por brevedad. Tampoco falta una
breve alusión a la R. escatológica (Dei V., 4). De esto nos ocuparemos en el
apartado siguiente.
3. Fases de la economía de la Revelación. Muchos
autores solían dividir el proceso histórico de la R. sobrenatural en tres fases:
R. primitiva; R. judía; R. cristiana. La R. primitiva o primordial comprendía la
R. especial de Dios a los primeros hombres, cuyos vestigios se habrían
conservado en las religiones primitivas. Es incierta esa conservación, es decir,
la transmisión de esa R. y su contenido (v. t. i,1). Hoy se tiende a considerar
que en los llamados pueblos primitivos se encuentra más la simple R. natural o
cósmica (v. PRIMITIVOS, PUEBLOS II,1). Sea lo que sea de la conservación o
transmisión de la R. primitiva (v. 1,3), la existencia de esa R. aparece
atestiguada en la Biblia (v. II,B, l,a), y el Vaticano II alude a ella como
posterior a la creación: «queriendo además abrir el camino de la salvación
sobrenatural (Dios) se reveló desde el principio a nuestros primeros padres;
después de su caída, los levantó a la esperanza de la salvación (cfr. Gen 3,15)
con la promesa de la redención» (Dei Verbum, 3). Sobre su transmisión y
conservación, el Vaticano II se limita a decir que Dios «después cuidó
continuamente del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan
la salvación con la perseverancia en las buenas obras (cfr. Rom 2, 6-7)» (ib.).
El esquema puede ampliarse, como hace el mismo Conc. Vaticano II, incluyendo la
R. natural o creación, antes de las tres mencionadas fases de la R.
sobrenatural, y la R. final o escatológica en el final de los tiempos, como
consumación de los mismos y de la R. sobrenatural. Es importante no confundir el
orden de la creación (v.) con el orden sobrenatural (v.) de la redención (v.),
ni por tanto la R. natural con la sobrenatural. Teniendo esto en cuenta, puede
decirse que en el proceso de la R. de Dios cabe distinguir tres estadios
fundamentales: (1) la R. natural o cósmica a través de la creación, que
permanece siempre en la historia humana; (2) la R. sobrenatural a través de la
Palabra, en la que se distinguen las tres fases dichas; y (3) la R. sobrenatural
escatológica que consumará toda Revelación.
(1) Revelación natural o cósmica. Advertimos que la terminología de R. natural
es impropia. Naturaleza (v.) y creación (v.) son dos conceptos de origen y
significado diversos: el uno es griego, el otro bíblico. El primero, en su
acepción y uso iniciales, excluía la acción de Dios, el otro la supone siempre.
No obstante, en Teología el concepto de naturaleza y natural pierden su sentido
primitivo para indicar -entre otros significados- la creación y sus
virtualidades. En este sentido llamamos R. natural o cósmica a la manifestación
de Dios en la creación (Dios cognoscible a través de las cosas que ha creado).
Es clara la distinción entre R. natural y sobrenatural y de ello se ocupó
adecuadamente el Conc. Vaticano I: difieren por, su origen, por su contenido,
por el lumen necesario para conocerlas (cfr. Denz.Sch. 3016). Es preciso
distinguir, pero no se deben separar excesivamente el orden natural y el
sobrenatural, como si se tratase de dos realidades completas diversas, o como
dos caminos que corren paralelos sin encontrarse. De hecho la R. natural no
forma un orden autónomo o independiente. Una visión cristiana del mundo enseña
que todo está ordenado a Cristo, y que la creación es el soporte de la nueva
criatura (2 Cor 5,17) o de la comunicación sobrenatural de Dios. De ahí el nexo
íntimo entre creación y redención, y que en la R. sobrenatural esté incluida la
natural; es decir, el testimonio que Dios da de sí mismo a través de las
creaturas está contenido también en esa R. salvadora a través de la cual Dios se
dio a conocer de forma superior desde nuestros primeros padres; de modo que no
sólo las primeras fases de la R. sobrenatural, sino en cierto modo la R. natural
y el conjunto de la historia son también de alguna manera una clase de
preparación a la R. evangélica. Aunque la R. natural esté incluida en la
sobrenatural, sin embargo, no ocurre lo mismo a la inversa: la R. sobrenatural
no está incluida en la natural, como es obvio. La S. E. menciona diversas veces
esa manifestación de los atributos divinos mediante la contemplación de la
grandeza y belleza del mundo. Los principales textos son Sap 13,1-13; Rom
1,19-21; Act 17,24-29. S. Pablo atribuye expresamente a un plan divino esta R.
del ser de Dios mediante la creación (Rom 1,19-21) (V. t. u, A).
Esta R. natural es básica e importante, pero tiene sus límites y características
precisas: (a) Sólo nos descubre imperfectamente el ser de Dios: los atributos
que dicen relación a su poder; a su sabiduría, a su bondad. El ser íntimo y
personal de Dios permanece inaccesible. (b) Este conocimiento es precario y
deficiente. Las cosas son signos, parábolas del ser de Dios, pero es mayor la
desemejanza que la semejanza que guardan con el ser propio de Dios. De hecho la
historia nos enseña que muchos no han conocido al Dios verdadero o que este
conocimiento va mezclado con muchos errores. (c) La R. natural no significa un
contacto inmediato entre Dios y el hombre. La creación es el puente para el
encuentro, pero no representa un contacto directo con el Dios vivo y personal.
Los atributos de Dios están escritos en el libro de la creación, pero su lectura
resulta difícil para el hombre. Incluso para interpretar acertadamente el libro
de la naturaleza es necesario el libro de Escritura o Palabra de Dios. (d) No
obstante, la R. natural tiene su valor insustituible. Es el punto de apoyo para
la llamada especial de Dios; es el punto de inserción de la R. sobrenatural. El
Vaticano I considera que la R. sobrenatural es segundo camino (alia via) por el
cual Dios se nos da a conocer (Denz.Sch. 3004); esto significa que la R. natural
es un camino válido para la manifestación de Dios; lo mismo afirma el Vaticano
II (Dei V., 4). (e) La R. natural es permanente. Es válida para todos los
tiempos y está abierta a todos los hombres. En mayor o menor grado es asequible
a todas las inteligencias (v. t. Dios IV, 2 y 5-6).
(2) Revelación sobrenatural por la Palabra. «Dios ha hablado a los hombres»;
éste es el hecho fundamental que rige la economía de los dos Testamentos. Dios
no se ha manifestado solamente a través de las obras de la creación, sino que
por un designio amoroso y libre de su voluntad ha querido abrirnos los secretos
de su ser personal, invitándonos a participar en el diálogo de su amor. La R.
sobrenatural comprende la manifestación de Dios y de su designio de redención y
salvación de la humanidad en Cristo y por Cristo. Viene preparada por una larga
serie de actuaciones e intervenciones divinas a través de la historia del pueblo
elegido y culmina en la aparición histórica de Cristo. La S. E. ha trazado la
trayectoria de esta R. sobrenatural: «Muchas veces y en muchas maneras habló
Dios en otro tiempo a nuestros padres por medio de los profetas; en estos días,
que son los últimos, nos ha hablado por su Hijo». (Heb 1,1). Debemos, por tanto,
distinguir dos fases: (a) La R. como promesa (in prophetis). (b) La R. como
cumplimiento y plenitud (in Filio).
(a) La R. como promesa. «Dios ha hablado por medio de los profetas»; esta
expresión resume toda la R. del A. T. Después de la R. primitiva a los primeros
padres y patriarcas, desde Adán y Eva a Noé, etc., que pertenece a la
prehistoria, y de la cual el principal testimonio son los relatos bíblicos de
los 11 primeros capítulos del Génesis, la vocación de Abraham (v.) señala el
comienzo de una especial y nueva intervención divina. Salvo determinadas
cuestiones que, como la promesa de redención (Gen 3,15), pertenecen a una R.
sobrenatural, en esos 11 primeros capítulos la R. primitiva aparece en estrecha
mezcla y correlación con la R. natural. En cambio, en Abraham comienza
claramente algo más, hay un acontecimiento histórico que marca el destino y la
historia del pueblo hebreo (v.); Dios confía a éste no sólo la conservación de
la R. primitiva y de la esperanza de la redención en ella incluida, sino un
sucesivo despliegue y manifestación de verdades sobrenaturales y comunicaciones
divinas, que además de garantizar esa promesa van cumpliéndola y preparando su
realización en Jesucristo, en el Mesías (v.) redentor y salvador. La promesa de
Dios y la fe de Abraham caracterizan toda la historia del pueblo judío. Dios
interviene directamente en la historia para establecer una alianza con su pueblo
elegido. Moisés (v.) y los profetas (v.) manifestarán cada vez con mayor
claridad el «nombre» de Dios, sus planes, sus mandatos y las exigencias de su
alianza. Dios se revela como Yahwéh, como el Dios de Israel, pero es al mismo
tiempo el Dios vivo, el Señor de la historia. La R. se presenta aquí como
promesa y como alianza (v. ALIANZA II). La categoría fundamental en que viene
expresada esta R. es la Palabra de Dios (v.).
El concepto semítica de dabar (Palabra) utilizado por la Biblia es mucho más
rico y dinámico que el que pudiera sugerirnos a nosotros el nombre de palabra.
Dabar es una acción que se convierte en palabra, o una palabra que termina en
acción, una palabra eficaz. Dios habla en la historia, empleando palabras
humanas y realizando hechos y prodigios en Israel. Esta riqueza de contenido de
esta expresión es constante en todo el A. T. ya desde la creación (Gen 1,3 ss.;
la palabra de Dios crea las cosas). Por eso la frase «Dios ha hablado por
ministerio de los profetas» resume las revelaciones e intervenciones
sobrenaturales de Dios con su pueblo, es decir, la doctrina y la ley
manifestadas por Dios y los prodigios obrados por Él como preparación para la R.
plena en Jesucristo (V. t. II, B, 1).
(b) La Revelación como cumplimiento. El punto central de la historia de la
salvación es la encarnación (v.) del Verbo; en Cristo culmina toda la R.; la
línea ascendente del tiempo del A. T. ha llegado a su meta. S. Marcos hace
comenzar la predicación de Jesucristo con estas profundas palabras: «El tiempo
se ha cumplido» (Mc 1,15). El futuro, que determinaba todo el dinamismo de la
historia de Israel, se ha convertido en un presente, en el hodie de la
salvación. Este presente está todavía lleno de tensión escatológica, de
dirección al cielo y a los últimos tiempos, pero la realidad suprema está ya
dada. Las promesas se han cumplido. Todas las revelaciones precedentes tienen un
centro de unidad, porque todas convergen hacia Cristo, todas apuntan hacia esa
meta, hacia la plenitud de los tiempos. S. Pablo se expresa de un modo semejante
a S. Marcos: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo» (Gal
4,4). Cristo es la plenitud de los tiempos, porque llena de contenido la
historia, y es la meta de los tiempos, porque toda la historia está orientada
hacia Él, hacia esa realidad definitiva e irrevocable: la presencia de Dios en
el mundo no sólo como creador sino también como redentor y Padre amante de los
hombres. Esa presencia no anula, sino que da sentido y valor a lo que precedió (cfr.
D. Fernández, o. c. en bibl., 16).
«Dios nos ha hablado por medio de su Hijo». El Hijo es la Palabra definitiva de
Dios a los hombres. Es la Palabra sustancial y personal. En Cristo nos ha dado
Dios la suprema manifestación de su amor y de su amistad. Ésta es la razón por
qué la R. ha sido clausurada con Cristo. No porque Dios no quiera seguir
hablando a los hombres, pues este diálogo no se interrumpirá jamás, sino porque
por su Verbo, por su Palabra increada nos ha dicho cuanto tenía que decir a los
hombres: Él nos ha comunicado todo el amor de Dios, su vida íntima
trinitaria, toda la doctrina y toda la ley para la redención y salvación del
hombre, y todos los medios e instituciones necesarios para beneficiarnos cada
uno de esa redención y salvación y llegar así al amor y unión total con Dios
viviendo su doctrina y su ley.
(3) Revelación escatológica. Jesucristo mismo anunció su segunda venida; S.
Pablo habla de la manifestación futura de nuestro Señor Jesucristo (cfr. Mt
24-25 y par.; Mc 8,38; 1 Tim 6,14; Tit 2,13; 1 Pet 4,13; etc.). La R. perfecta
de Jesucristo tiene aún un futuro. Futuro que no significa un nuevo principio,
sino el llevar a término lo ya comenzado. La Iglesia primitiva suspiraba con
ansia por esa plena manifestación del Señor: Maran atha (1 Cor 16,22; Apc
22,20). La Eucaristía se celebra proclamando la muerte del Señor hasta que Él
venga (1 Cor 11,26), vivimos todavía en la esperanza (Rom 8,24), lo cual indica
que no poseemos aún la plenitud del don de Dios. «No se ha manifestado aún lo
que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él y lo
veremos como es en Sí» (1 lo 3,2; v. CIELO III). Existe, pues, todavía una
tensión escatológica hacia la consumación hasta que la gloria de Dios se
manifieste de un modo perfecto a todo el mundo. Entonces se inaugurará una nueva
y definitiva forma de existencia, los cielos nuevos y la tierra nueva (Apc 21,1)
y será Dios todo en todos (1 Cor 15,28).
No hay contradicción cuando se dice que la plenitud de la R. se ha verificado
y.1 en Cristo y que aún se espera la plena manifestación de N. Señor J. C. (v.
PARUSíA). La venida de Cristo significa una presencia y una tensión
escatológica. Cristo ha venido, pero aún no se ha manifestado en toda su gloria
y señorío al mundo. La realidad definitiva está ya dada; el futuro, bajo cierto
aspecto, está ya presente; lo que se espera está ya dado germinalmente en la fe,
pero falta aún su pleno desarrollo. La R. escatológica no será otra cosa que la
comunicación plena de Dios, el conocimiento perfecto, la visión sin velos. Hacia
esa meta tiende toda otra R. (V. MUNDO III).
Señalemos, finalmente, que a cada uno de estos grados de R. corresponde un lumen
diverso en nuestro entendimiento. Además, como toda R. supone una comunicación
de Dios, a los diversos grados de R. corresponde igualmente un diverso modo de
presencia de Dios. En resumen: mirando la R. como una comunicación y
automanifestación progresiva de Dios a los hombres, distinguimos tres fases
diversas: (1) Revelación cósmica. (2) Revelación de la Palabra (en su fase
temporal). (3) Revelación escatológica.
A estos tres modos de R. corresponden tres grados diversos de presencia de Dios:
(1) Presencia de inmensidad. (2) Presencia de gracia. (3) Presencia de visión.
Y como toda R. supone un sujeto inteligente y una luz proporcionada para
conocerla y recibirla, a cada clase de R. corresponde también una «luz» diversa:
(1) Razón natural (lumen rationis). (2) Luz de la fe (lumen fideí). (3) Luz de
la gloria (lumen gloriae).
Existe, pues, una correspondencia perfecta entre R. cósmica-presencia de
inmensidad-razón natural. Y así de los demás. Decimos esto considerando la R.
desde la vertiente humana, pues si quisiéramos considerar de un modo más
metafísico y completo los modos de presencia o de comunicación de Dios a los
seres creados, distinguiríamos tres modos esencialmente diversos: 1) creación;
2) inhabitación (gracia santificante y visión); 3) Encarnación (unión
hipostática). Pero aquí sólo nos interesa hacer ver la proporción que debe
existir entre la manifestación de Dios y la capacidad subjetiva del hombre que
la percibe.
D. FERNÁNDEZ GARCÍA.
BIBL.: Magisterio eclesiástico: CONC. VATICANO I,
Const. dogmática Dei Filius sobre la fe católica; S. Pío X, Enc. Pascendi y Decr.
Lamentabili; CONC. VATICANO II, Const. dogmática Dei Verbum sobre la divina
Revelación.
4. Posibilidad y existencia de la Revelación. La Teología fundamental se propone
como fin primordial demostrar el hecho de la R. sobrenatural y su credibilidad.
Demostrado esto, no tendría razón de ser hablar de la posibilidad de la R., si
no hubiese quienes negasen el hecho de la R. comenzando por negar su misma
posibilidad, señalando «un canon de posibilidades» a Dios o al hombre. Se suele
demostrar que la R., tal como la entiende la Iglesia católica, no repugna ni por
parte de Dios, ni por parte del hombre, ni por parte del objeto revelado. Pero
las dificultades provienen precisamente de un falso concepto de estas
realidades. Por otra parte, toda esta cuestión adolece de cierto apriorismo, de
una falsa intelección de lo que es la R.; cuando se ha entendido bien lo que
ésta es, pierden importancia e interés estas especulaciones previas. Por eso nos
limitamos a señalar con suma brevedad algunas dificultades que suelen oponerse,
indicando su solución.
(1) Posibilidad. (a) La posibilidad de la R. sobrenatural supone un recto
concepto de Dios. Si se niega la existencia de Dios (V. ATEÍSMO), o su
cognoscibilidad (V. AGNOSTICISMO), o su relación con el mundo (V. DEÍSMO),
entonces no hay posibilidad de admitir la R. sobrenatural. Ésta supone -y al
mismo tiempo confirma- la existencia de un Dios personal y libre en su obrar ad
extra. Solamente puede revelarse el que posee una esfera íntima de ser.
Solamente si Dios es autor y Señor de la historia puede intervenir libremente,
modificando su curso, señalándole una meta, abriéndole nuevas posibilidades.
Dios quiere acercarse al hombre para hacerlo entrar en su vida íntima y hacerlo
partícipe de su felicidad. El hombre no es quien para poner límites a la bondad
y generosidad de Dios. Algunos objetan que la intervención sobrenatural de Dios
se opone a su inmutabilidad y a su sabiduría; equivaldría a corregir el plan
primitivo. La objeción se sitúa en una falsa perspectiva. Es preciso elevarse a
la contemplación del plan divino en su totalidad, en la medida que es posible al
hombre y que Dios se lo ha comunicado. No se puede decir que Dios ha creado el
orden natural y luego, como un complemento o como una corrección, el orden
sobrenatural de la gracia. Más bien hay que decir que toda la creación es el
soporte, el camino para la perfecta comunicación de Dios en la gracia y en la
Encarnación, y además el hombre no tiene medios o capacidad para juzgar los
planes divinos en su conjunto.
(b) Otro capítulo de objeciones proviene de una falsa concepción antropológica.
El liberalismo o racionalismo teológico quiere rechazar la misma posibilidad de
la R. sobrenatural, porque ésta iría contra la autonomía y dignidad de la
persona humana. La autonomía ilimitada de la razón se considera como un
requisito esencial de todo acto moral humano (V. LIBERALISMO; RACIONALISMO).
Estas objeciones se hacen sentir de nuevo -desde otros supuestos- en el
existencialismo (v.) y ateísmo (v.) modernos, que olvidan que el hombre es
criatura y la heteronomía es ley ineludible de todo ser creado. El acto moral
(v.) exige libertad y cierta autodeterminación, pero la libertad (v.) y
autonomía del hombre no es absoluta e ilimitada. El hombre depende de Dios en su
ser y en su obrar. Está necesariamente vinculado a la sociedad y a un Ser
transcendente. La R. no viene a destruir, sino a elevar su capacidad humana. No
destruye, sino que exige la libertad. La dignidad del hombre no consiste en
negar toda dependencia de otro ser, sino precisamente
en ser llamado gratuitamente por Dios a participar de la naturaleza y vida
divina.
Otros autores -modernistas y racionalistas- añaden que si la R. divina funda un
orden sobrenatural que excede objetiva y subjetivamente las facultades y
exigencias de nuestra naturaleza, la elevación sobrenatural sería violenta y
contraria a nuestra naturaleza. Sería más bien un principio de muerte, y no un
principio de vida (E. Le Roy). En este sentido podría interpretarse el grito de
rebelión de Luzbel: Non serviam vendría a significar: Non moriar (Blondel). Se
olvida en esta argumentación que el hombre no es una naturaleza encerrada en sí
misma, sino persona (v.). Como persona tiene una apertura a lo universal, que le
permite acoger el don divino, si Dios se digna concedérselo. En esa apertura del
ser se inserta lo sobrenatural, no como una exigencia de la naturaleza, sino
como una dádiva amorosa de Dios. Por eso la R., lejos de ser un principio de
muerte, eleva y dignifica al hombre en su ser y en su conocimiento. Tampoco
puede decirse que la R. impida la actividad humana del conocimiento y se oponga
a toda iniciativa y originalidad. La R. no es solamente un dan, sino también una
misión y una exigencia que estimula y fecunda los actos personales de fe,
conocimiento y amor, el trabajo y la vida toda del hombre; la aceptación de la
R. compromete existencialmente todo el hombre (v. t. IV).
(c) Otra serie de objeciones proviene de ciertas consideraciones acerca del
objeto revelado. Es evidente que el hombre sólo conoce muy imperfectamente el
ser infinito de Dios a través de las cosas creadas (V. DIOS IV, 2 ss.), y no
puede demostrarse que Dios no pueda darse a conocer al hombre en una medida que
supere las posibilidades de ese conocimiento nuestro. Las cosas creadas no
agotan la expresividad e imitabilidad del Ser de Dios. Pero las objeciones se
suelen presentar considerando el objeto de la R. como verdades que Dios nos
manifiesta. Ofrecen particular dificultad los misterios (v.) en sentido
estricto, es decir, aquellas verdades que el hombre no puede conocer sin la R. y
que, aun después de reveladas, no puede comprender del todo su esencia o
constitución interna. La R. de tales misterios sería inútil -se dice-, pues
serían para nosotros ininteligibles, voces vacuas, pues exceden infinitamente el
medio objetivo de nuestro conocimiento.
Basta insinuar la solución a tales objeciones: Tales verdades o misterios no se
conocen por evidencia, sino por testimonio, que es un modo ordinario del
conocimiento humano; testimonio que en este caso, además, es el de Dios, bueno,
inteligente y sabio que no puede engañarse ni engañarnos. Además, la R. de tales
verdades no se hace en términos propias, sino análogos (V. ANALOGÍA). Es cierto
que nos falta el medio objetivo propio para conocer los misterios, pero las
realidades creadas pueden servirnos de apoyo para vislumbrar, por analogía, las
perfecciones divinas. Esto supone una relación de dependencia y semejanza entre
las cosas creadas y Dios, efecto de la causalidad divina; esta base ontológica
de semejanza entre Dios y los seres, en especial entre Dios y el hombre, funda
la base gnoseológica que hace posible que el hombre pueda hablar de Dios, y el
que pueda captar su R. sobrenatural si Dios la da. Las cosas son un reflejo de
la realidad divina; Dios se vale de ellas para hablarnos en conceptos humanos,
pero dándoles un significado y una intención transcendente. Este conocimiento es
imperfecto, oscuro, analógico, pero no es falso (V. t. FE;SOBRENATURAL).
(2) Existencia. Lo que interesa, ante todo, es probar el Zecho de la Revelación.
¿Ha hablado Dios a los hombres? ¿Cómo podemos conocer que existe una R.
sobrenatural? Las dificultades comienzan en este punto capital. Muchos hombres
no tendrían dificultad en admitir la R. si pudieran convencerse de que Dios ha
manifestado su voluntad a los hombres.
Desde el punto de vista dogmático la cuestión no ofrece dificultad. Todo el A.
T. se nos presenta como «palabra de Dios». Dios habla a Abraham (Gen 12,1-3;
15,121), se aparece a Moisés en el monte Horeb y en el Sinaí y establece con él
una alianza (Ex 3,1-17; 19,1 ss.; 20,1 ss.), habla a los profetas y les intima
sus mandatos (Is 1,2 ss.; Ez 2,1 ss.; etc.). En el N. T. Jesucristo se presenta
como el enviado del Padre (lo 3,34; 5,38), como el Mesías (Me 14,62 y paral.; Mt
11,3), como Salvador del mundo (lo 4,42). La Iglesia enseña la existencia de la
R. sobrenatural como una verdad dogmática. Pero la autoridad de la Iglesia y de
la S. E. se basan sobre el hecho de la R. sobrenatural.
La cuestión se presenta en toda su seriedad para aquellos que todavía no admiten
la autoridad divina de la S. E. ni el Magisterio de la Iglesia y desean conocer
si se puede probar la existencia de una religión revelada y obligatoria para
todos los hombres. Nosotros creemos que también en este caso el camino más
seguro y eficaz para demostrar el hecho de la R. pasa por Cristo y su Iglesia,
como signo de la presencia y actuación de Dios en el mundo.
Para la solución del problema es indispensable plantearlo en su verdadera
dimensión. Se trata de un hecho sobrenatural y al mismo tiempo histórico, y
sería ilógico querer someterlo a las leyes y criterios puramente abstractos y
naturales. Cada objeto pide el método y la adaptación necesaria para poder ser
percibido y captado por el entendimiento. Sería inútil querer demostrar de modo
directo la acción de Dios en su aspecto transcendente; sólo la podemos conocer a
través de sus efectos y manifestaciones externas. Pero se trata además de la R.
pública e histórica y solamente se pueden dar pruebas históricas basadas en
testimonios y testigos fidedignos. No se debe pretender una certeza de tipo
meramente abstracto y metafísico, por tratarse de realidades históricas;
metafísicamente sólo puede probarse la posibilidad de la R., como ya lo hemos
hecha; pero la R., si se da, es un hecho histórico, que depende sólo de la libre
voluntad de Dios, y cuya existencia sólo podrá probarse por argumentos
históricos; después, a lo sumo, se podrá metafísicamente probar o mostrar la
conveniencia de esa R. y de su contenido, pero no su necesidad (como se verá
luego, v. 6). Tampoco se trata de llegar a una certeza sólo subjetiva, como si
cada hombre debiera percibir de un modo claro e inequívoco la voz de Dios. La
demostración del hecho de la R. se refiere a la R. pública e histórica, y hemos
dicho que esta R. se funda y centra en la Persona y obra de Jesucristo [v. t.
luego, 7 (2)]. Por consiguiente, esta cuestión, en realidad, coincide con la del
origen sobrenatural del Cristianismo: la afirmación de que Dios se ha revelado
en Cristo Jesús y continúa a manifestarse -en modo diverso- en su Iglesia, ¿es
un hecha real o es la creación de la fe de algunos hombres ilusos?
Podemos partir de un hecho cierto. Tenemos fuentes históricas de origen judío,
pagano o cristiano -de muy diverso valor- que hablan de Jesucristo (V.
JESUCRISTO I; EVANGELIOS; NUEVO TESTAMENTO). Las fuentes cristianas más
antiguas, escritas por testigos oculares y discípulos de Jesús y transmitidas
con escrupulosa fidelidad, nos presentan a Jesús como al Mesías esperado y
anunciado por los profetas (Mt 11,3 ss.; 16,13 ss. y par.; Me 14,62 y par.),
como el enviado de Dios para comunicar a todos los hombres su mensaje de
salvación (Mc 16,15; Le 19,10; Me 10,45)., Según estos documentos el mismo Jesús
afirma que es el Hijo de Dios igual al Padre (lo 5,17) y promete la vida eterna
a los que crean en El y amenaza con la condenación a los que rechacen su
doctrina (Mc 16,16; Mt 10,14 s.; Lc 10,10-16).
La gravedad y transcendencia de tales afirmaciones para el destino del hombre y
de la humanidad imponen un examen serio sobre su autenticidad y su veracidad.
Aunque no sea necesaria para todos los hombres una demostración científica, la
Iglesia debe estar siempre dispuesta a «dar razón de su fe y de su esperanza a
todo el que se la pidiere» (cfr. 1 Pet 3,15). Por eso es lícito preguntarse: (a)
¿Es cierto que Jesús predicó tal doctrina?; (b) ¿Podemos dar crédito al
testimonio de Jesús?
(a) Muchos se han puesto el problema de si el cristianismo primitivo ha
interpretado fielmente el mensaje de Jesús, o más bien nos ha dado una figura
mítica y divinizada del maestro. Sin negar los pequeños matices y evolución
consiguiente que pueden existir entre la predicación misma de Jesús y la
predicación sobre Jesús de los primeros cristianos, un examen crítico de las
diversas fuentes del N. T. obliga a reconocer que los escritos del N. T. han
transmitido con fidelidad los hechos y doctrina de Jesús. Podemos distinguir
entre el primitivo mensaje proclamado por Jesucristo y la teología de los
escritores del N. T., pero esto no cambia la realidad esencial en torno a la
Persona, doctrina y obra de Cristo, que viene presentada con todas las garantías
históricas de verdad y objetividad. No ha sido la fe la que ha creado las
realidades de la R. cristiana, sino la realidad de la vida, muerte y
resurrección de Cristo y su predicación la que ha dado origen a la fe de los
discípulos. Sólo los hechos vividos y comprobados han podido inducir a los
primeros discípulos a confesar que Dios «lo ha constituido (a Cristo) como Señor
(kyrios) y Salvador» (Act 5,31). El ejemplo de S. Pablo es bien aleccionador;
fariseo por convicción no estaba préparado para aceptar el mensaje sobre Jesús,
como Hijo de Dios Altísimo; la realidad innegable de los hechos y la luz
recibida de lo alto le descubrieron que «en Cristo todas las profecías hechas
por Dios han encontrado su cumplimiento» (2 Cor 1,20) y que «Jesucristo es el
Señor» (Philp 2,11). El estudio sereno de las fuentes nos lleva a la conclusión
de que Jesús se ha presentado como el Revelador de Dios Padre, como el Hijo de
Dios y el Salvador del mundo (V. JESUCRISTO I; CRISTIANISMO; IGLESIA I, 2;
CRISTIANOS PRIMEROS; EVANGELIOS; ANTIGUA, EDAD II, 1).
(b) ¿Podemos dar fe al testimonio de Jesús? Para una demostración científica no
basta que Jesús haya afirmado que El es el Mesías e Hijo de Dios enviado para
revelar a los hombres el misterio de su amor y señalarles el camino de la
salvación. No basta probar que Jesús ha tenido esta conciencia de su misión
divina. Se requiere que esta misión sea corroborada con hechos objetivos e
incontrovertibles, con signos claros que demuestren su origen divina. Estos
hechos y estos signos existen, y son su Persona, su santidad, su doctrina, el
cumplimiento de las profecías (v.) en Cristo, el cumplimiento de las
predicciones hechas por Cristo, su propia resurrección (v.) de entre los
muertos, los milagros (v.), la misma vida de la Iglesia (v.), que no tiene
explicación sin la fuerza creadora divina y sin su asistencia a través de los
siglos. Todos estos hechos, que suelen desarrollarse en la Criteriología de la
R., llevan el sello inequívoco de Dios. En su conjunto ofrecen una prueba
irrefragable del origen divino de la R. cristiana (cfr. Denz.Sch. 2778-2779;
3009; 3013). Así lo entendieron los primeros cristianos: «Jesús Nazareno, varón
acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios
hizo por Él en medio de vosotros» (Act 2,22). Es el mismo Dios quien garantiza
la misión divina de Cristo, el hecho de la R., con signos inequívocos, de suerte
que puede decirse con Ricardo de S. Víctor: «Señor, si hay error en lo que
creemos, Tú mismo nos has engañado, porque tu palabra ha sido confirmada con
signos, que solamente Tú puedes obrar» (De Trinit. 1,2: PL 196, 891). (El
estudio más detallado de estos signos o criterios se encuentra en el artículo
siguiente: III, 2).
La existencia, pues, de una R. sobrenatural no es la consecuencia de una
evolución histórica necesaria ni se llega a conocerla mediante una argumentación
apriorística. Es un hecho divino, religioso e histórico. Es una intervención
divina que se hace en la historia y trasciende la historia. Llegamos al
conocimiento de este hecho mediante la consideración atenta y objetiva de los
testimonios históricos sobre Jesús y los signos que acompañan su misión y la
predicación de los Apóstoles (cfr. 16,19); el conocimiento de este hecho va
unido al juicio de credentidad (v.), es decir, a la captación de la obligación
de creer. Pero no podemos olvidar que este proceso racional va acompañado e
iluminado por la acción de la gracia en los que buscan sinceramente la verdad
(v. FE IV, C).
5. Necesidad y conveniencia de la Revelación. Al
hablar de la necesidad de la R. la consideramos desde la vertiente humana. Por
parte de Dios es una iniciativa libre y amorosa. El considerar la R. como una
ayuda o como un remedio de la indigencia humana puede ser útil, pero es un
aspecto secundario. Lo primario es la voluntad de Dios de comunicarse a los
hombres y asociarlos a su vida divina.
La cuestión de la necesidad de la R. considera la situación actual del hombre y
su capacidad para la vida moral y religiosa, sobre todo en relación con su
última fin. Comencemos recordando algunos nociones. Sto. Tomás, repitiendo
palabras de Aristóteles, define lo necesario: «aquello que no puede no ser, ya
sea por razón de los principios intrínsecos (materia y forma), ya sea por razón
de los principios extrínsecos» (fin y agente). Cuando la necesidad proviene de
los principios intrínsecos, se llama natural o absoluta; si proviene de los
principios extrínsecos se llama necesidad de fin o necesidad de coacción, según
se trate de una causa final o eficiente (Summa Th. 1 q82 al). Los autores
modernos suelen hablar más bien de necesidad metafísica, física y moral, según
se trate de algo necesario según los principios metafísicos, o según las leyes
físicas o morales respectivamente.
Para nuestro objeto bastan dos distinciones: a) Necesidad absoluta: aquello sin
lo cual no se puede obtener el fin o el efecto: arrepentimiento para el perdón
del pecado actual, alimento para conservar la vida. b) Necesidad moral: aquello
sin lo cual no se puede obtener el fin según el modo común de obrar de los
hombres, o sólo muy difícilmente se puede obtener: p. ej., maestro para aprender
una ciencia difícil. Caben, naturalmente, diversas gradaciones en esta necesidad
moral. Ya Sto. Tomás advertía que lo que es necesario por razón del fin se llama
a veces «utilidad», p. ej., un coche para servir mejor a los clientes. Por razón
del sujeto también se suele distinguir una necesidad distributiva, lo que es
necesario para todos y cada uno singularmente, p. ej., el Bautismo, y necesidad
colectiva, lo que es necesario para la comunidad en cuanto tal, pero no para
cada miembro, p. ej., el matrimonio, la autoridad.
Estas nociones previas permiten proponer con precisión las cuestiones sobre la
necesidad o no de la Revelación. Acerca de ello se han dado diversos errores.
Los racionalistas niegan cualquier clase de necesidad: El hombre puede conocer
por sí mismo lo que atañe a su naturaleza y a su fin; lo que supera su capacidad
no le sería útil, sino nocivo. Esta actitud es una consecuencia de su
sobrevaloración de la razón, de la negación del orden sobrenatural (v.
RACIONALISMO). Los /ideístas y tradicionalistas mantienen el error contrario:
niegan que el hombre, en su estado actual, pueda conocer las verdades religiosas
que llaman de orden natural e incluso la existencia de Dios. Existen diversos
matices en estos sistemas. El fideísmo niega la facultad física del hombre de
llegar al conocimiento de Dios sin la ayuda de la fe; fue una reacción excesiva
contra el racionalismo. El tradicionalismo moderado exagera las dificultades que
el hombre encuentra para el conocimiento de Dios y las verdades religiosas; por
eso piensa que estas verdades nos son transmitidas par el lenguaje, la educación
y la sociedad, de otra suerte el hombre no llegaría a su conocimiento (v.
FIDEÍSMO Y TRADICIONALISMO).
La posición católica distingue y precisa los diversos órdenes de verdades: a)
Verdades religiosas que el hombre puede, de suyo, conocer con la luz de la
razón. b) Verdades religiosas de orden sobrenatural que el hombre sólo puede
conocer por la Revelación. Desdoblada así la cuestión, la respuesta se hace más
fácil:
(1) La R. sobrenatural, dada la presente condición del hombre, es moralmente
necesaria para que las verdades religiosas de arden natural puedan ser conocidas
por todos con facilidad, con firmeza y sin mezcla de graves errores. Esta
proposición está tomada casi a la letra del Vaticano 1 (Denz.Sch. 3005). Sería
curioso seguir el itinerario que ha seguido esta argumentación. Usada ya por
Maimónides, lo recoge S. Tomás en la primera parte ql al de la Suma, diciendo
que fue necesario que el hombre fuera instruido por la divina R., porque de otra
suerte, la verdad sobre Dios sólo sería conocida por pocos, después de mucho
tiempo y con mezcla de muchos errores. Los Conc. Vaticano 1 y 11 (Dei V., 6) se
han apropiado esta argumentación.
Se trata de las verdades religiosas que se refieren al culto de Dios y a las
obligaciones morales del hombre que no superan su capacidad natural. No se trata
de alguna que otra verdad, sino del conjunto de verdades y doctrina que debe
regular la vida religiosa del hombre. Se llaman verdades de orden natural, en
cuanto que el hombre posee la capacidad física para llegar a su conocimiento.
Para este orden de verdades no hay necesidad absoluta o física de la Revelación.
En esto se diferencia la doctrina católica del fideísmo o tradicionalismo
rígidos. Éstos niegan la capacidad física del hombre para llegar al conocimiento
de la existencia de Dios y, por consiguiente, de las obligaciones de moral y
culto más elementales y naturales. La doctrina católica, aun reconociendo las
dificultades que el hombre encuentra en su búsqueda de Dios, afirma esta
capacidad.
Se afirma la necesidad moral, es decir, la gran conveniencia de la R., mirando
al conjunto de la humanidad. No se excluye que algunos mejor dotados o con
mejores disposiciones puedan llegar por sí solos al conocimiento de las verdades
que regulan la vida moral y religiosa del hombre; pero siempre lo harán con
dificultad y para la generalidad la R. seguiría siendo necesaria. Ya S. Tomás
había advertido que gran parte de hombres por carecer de talento, o de tiempo o
formación, o por hallarse dominados por pasiones e intereses temporales no
llegarían por sí mismos a este conocimiento (Cont. Gent., 1,4).
La tesis, tal como viene formulada, considera el hombre en su condición actual
histórica. Esto implica graves problemas, que aquí no podemos tratar, pero
tampoco podemos omitir algunas observaciones: (a) El hombre actual es un hombre
«caído» de su primera condición, debilitado en sus facultades a causa del pecado
original, llagado por el desorden del pecado (Conc. de Trento, ses. V, Denz.Sch.
1511). Prescindimos aquí de la naturaleza de este pecado (v.); nos basta saber
que nos encontramos con un desorden, que no existía en su estado original. (b)
El hombre actual, histórico, no es sólo un hombre «caído». Es también un hombre
«redimido» llamado por Dios a la posesión plena de la vida divina. No existe,
por lo mismo, un fin último natural del hombre, puesto que todos nacemos
implantados en el dinamismo del orden sobrenatural. Hablar, por lo mismo, de una
religión natural o de un fin natural sólo tiene sentido en cuanto delimita el
campo de lo que es inmanente e intrínseco a la naturaleza, diferenciándolo de lo
que es don gratuito transcendente, que rebasa las posibilidades y exigencias de
la naturaleza y proviene de una comunicación especial de Dios. También la
naturaleza con todas sus virtualidades es don gratuito de Dios. Pero a la
naturaleza Dios sólo se le comunica en lejanía, a través de la esencia que
limita y diferencia el ser creatural del Ser de Dios, y todo lo que se mueve
dentro de la órbita de las posibilidades y constitutivos del ser creado se llama
con razón orden natural. En el orden sobrenatural se trata de una comunicación
cuasi-formal de Dios como es en Sí, sin ser mediatizado por una esencia creada,
que tendrá su coronamiento en la visión bienaventurada del cielo. (c) Es
necesario sostener la capacidad física del hombre para conocer la existencia de
Dios y las verdades religiosas de orden natural. Pero en concreto, el hombre,
por su vocación irrenunciable al fin sobrenatural, va movido por la dinámica
interna de esta vocación. Podemos pensar que de hecho no falta al hombre, en su
búsqueda de Dios, el influjo de la gracia.
Como hemos indicado, la doctrina expuesta ha sido formulada por el Vaticano I y
numerosos documentos del Magisterio eclesiástico. La Teología, para probar esta
tesis, suele aducir dos tipos de argumentos: unos filosóficos, que se fundan en
la psicología y estado de la naturaleza humana, y otros históricos, fundados en
la historia de las religiones. Indicamos solamente el hilo de la argumentación
sin desarrollarlos: Argumento filosófico: Se considera el estado presente del
género humano, estudiando los múltiples obstáculos que encuentra el hombre para
llegar al conocimiento de Dios y de las verdades religiosas. Sólo algunos,
después de mucho tiempo, con mucho estudio y con mezcla de no pocos errores
llegarían al conocimiento de tales verdades. De aquí se deduce que la R. divina
es moralmente necesaria. Argumento histórico: La historia religiosa de la
humanidad demuestra que los hombres que no han conocido la R. divina (judaica o
cristiana) han descubierto o conservado algunas verdades morales y religiosas,
pero al mismo tiempo han caído en crasos errores sobre la naturaleza de Dios y
no le han tributado todo el culto debido.
(2) La R. es absolutamente necesaria para conocer las verdades de orden
sobrenatural y para que el hombre pueda alcanzar su último fin. Supuesta la
elevación del hombre al orden sobrenatural, a la filiación divina (v.) y a la
visión beatífica del cielo (v.), esta proposición es evidente. Sobrenatural por
definición es lo que supera las fuerzas y exigencias de la naturaleza. El orden
sobrenatural se constituye por el fin y los medios sobrenaturales. El hombre,
sin la intervención especial de Dios, es impotente para conocer su fin
sobrenatural y para poner en práctica los medios para alcanzarlo. Se trata,
pues, de una necesidad absoluta.
Es además una necesidad universal, que comprende a todos los hombres, y no a
algunos solamente, porque no hay proporción entre las fuerzas cognoscitivas
humanas, sirviéndose del medio objetivo de las creaturas, y las realidades
divinas que Dios nos descubre en orden a la participación de la vida eterna.
Pero no es necesario que Dios se manifieste a cada hombre, sino que basta la R.
transmitida o mediata. El Vaticano I afirma la existencia y necesidad de esta R.
«porque Dios, por su infinita bondad, ha ordenado al hombre al fin sobrenatural
a fin de hacerlo partícipe de los bienes divinos, que superan de todo punto la
inteligencia de la mente humana» (Denz.Sch. 3005; Vat. II Dei V., 6).
6. Revelación y fe. (1) Mutua relación. R. y fe son
dos realidades que se implican y se influyen mutuamente. La fe es no sólo la
adhesión del entendimiento al conjunto de verdades reveladas -aspecto que no
puede negarse- sino que incluye y necesita toda la actitud espiritual del hombre
que recibe de Dios por Cristo la gracia de la justificación (cfr. Rom 3,22-31;
4,1-22; Gal 2,16; 3,10-26). S. Juan afirma que quien cree posee la vida eterna
(lo 3,16.36; 5,24-26; 6.40-48). La fe debe incluir la obediencia, la confianza,
la entrega personal a Dios. En la fe, como en la R., podemos distinguir dos
aspectos: a) el aspecto objetivo-doctrinal (f ides quae creditur); b) el aspecto
subjetivo-existencial (f ides qua creditur). El primero considera la fe
principalmente en el plano doctrinal, como mensaje de salvación que se recibe y
transmite, lo que se cree; en este sentido se habla de la ortodoxia e integridad
de la fe, del depósito de la fe, que la Iglesia ha recibido y conserva como
preciosa herencia. En el segundo aspecto se considera primordialmente la actitud
del hombre ante la R.; la fe con que se cree, o aquello por lo que se cree. La
Revelación es la oferta divina, la fe es la respuesta del hombre; es el
principio de conversión para el que se orienta hacia Dios, el principio de toda
justificación y de toda vida cristiana; es el amén del hombre a la palabra de
Dios.
Es preciso distinguir estos dos aspectos, pero no se deben disociar en modo
alguno. Son dos dimensiones de una misma realidad. En los últimos siglos, por
diversas razones históricas, los teólogos y pastores católicos se han visto
precisados a insistir en el aspecto dogmático-doctrinal de la fe. Contribuyeron
a ello: el concepto luterano de fe, que rechaza su aspecto doctrinal para
exaltar el aspecto subjetivo de confianza, limitando la fe a una «actitud» de
entrega a Dios vacía de contenido; la negación del Magisterio por parte de los
protestantes (v. LIBRE EXAMEN); los esfuerzos del racionalismo para separar la
actividad racional de las realidades religiosas, a las que supone como simple y
únicamente emanadas de los sentimientos; y las tendencias subjetivistas e
inmanentistas del modernismo (v.). Luego, por el contrario, algunos autores
católicos más recientes han tendido a considerar la fe casi exclusivamente en su
aspecto voluntario existencial, como el encuentro personal del hombre con Dios
en dimensiones únicamente voluntaristas y sentimentales.
Es justo hacer resaltar esta dimensión personal, de tanta importancia para la
adecuada comprensión de la fe, pero sin olvidar el aspecto doctrinal e
intelectivo. Ambos concurren al acto de fe. El aspecto objetivo-doctrinal del
acto de fe es el mismo que el de la R.: el conjunto de verdades, comunicadas en
la IR. y aceptadas en la fe.
En el diálogo de Dios con ¡el hombre que representa la R., la iniciativa es
ciertamen*e de Dios, auríque el hombre juega también un papel importante como
interlocutor. Se podría decir, en cierto modo, que la R. es la marcha de Dios
hacia el hombre, y la fe la marcha del hombre hacia Dios. Pero es preciso
precaverse contra el peligro de considerar la fe como un mero resultado de la
actividad y decisión humanas. La fe es siempre un don de Dios y efecto de la
acción de la gracia. Esta acción divina viene descrita en la S. E. con diversos
nombres: iluminación interior (Cor 4,5-6), unción de Dios (Cor 1,21-22),
revelación del Padre (Mt 16,17), atracción divina (lo 6,44-46), abrir el corazón
(Act 16,14). En la tradición cristiana se le ha designado con frecuencia con el
nombre expresivo de «palabra interior» para significar que la simple audición
del Evangelio de poco serviría, si no fuese acompañada de la moción e
iluminación interna del Espíritu Santo. Esto hace ver de nuevo las relaciones
íntimas entre fe y R., no sólo en cuanto al objeto, sino también en su
estructura existencial. La palabra interior de Dios y la palabra exterior -la
predicación de la buena nueva transmitida por la Iglesia-se completan y exigen
mutuamente. Hay además una relación íntima de la fe con la obediencia (cfr. Dei
Verbum, 5). El objeto de la fe es Dios mismo en cuanto se revela. Al Dios que
habla y se comunica es preciso creer y obedecer. No se trata sólo de un mero
asentimiento a la autoridad de Dios, sino de una aceptación que compromete
existencialmente todo el hombre, lo que se manifiesta en las obras: una fe
recibida y aceptada, que no se manifieste en obras, en vivir lo que enseña y
manda la fe, sería una fe muerta, una fe que no salva. Y para que se manifieste
en obras, hace falta que a la gracia de la fe y de la iluminación interior Dios
añada también la gracia para la voluntad, que no niega a nadie y que comunica
con la misma R. (v. FE; GRACIA).
(2) Certeza de fe y certeza del hecho de la Revelación. La certeza de la fe
supone el conocimiento cierto del hecho de la Revelación. La fe se apoya en el
testimonio de Dios, pero la posibilidad y la obligación de creer se fundan en
los motivos de credibilidad (v. luego in, 2) y en los de credentidad (v.).
Solamente a Dios podemos tributar el homenaje de una fe irrevocable y absoluta,
y para ello debe constarnos el hecho de que Dios ha hablado. Vamos a resumir lo
más importante sobre esta materia:
(a) El hecho de la Revelación debe constar con certeza suficiente. Sería
imprudente comprometerse a una decisión de tanta transcendencia sin un
fundamento objetivo suficiente. El Vaticano I recuerda que nuestra fe debe ser
un «obsequio razonable» (Denz.Sch. 3009; cfr. Rom 12,1). No lo sería, si no
tuviésemos motivos de credibilidad. No basta la mera probabilidad, como afirmaba
Estrix (cfr. Denz.Sch. 2121), pues ésta deja el temor de errar, que es
incompatible con el asentimiento absoluto que exige el acto de fe. Pero la
convergencia de probabilidades (Netivmann), el conjunto de testimonios y
criterios de credibilidad engendran la certeza moral, que es suficientemente
apodíctica para admitir el contenido de la R. con el asentimiento absoluto de la
fe.
(b) No se requiere para todos un conocimiento o certeza «científicos». Una
evidencia inmediata o directa del hecho de la R. no es posible (ni necesaria),
puesto que se trata de un hecho histórico. Fuera de las personas que reciben
inmediata y directamente la R., a quienes Dios puede dar pruebas o signos
directos e inmediatos de su intervención, los demás reciben la R. de modo
mediato o indirecto, por vía de testimonio de esas primeras personas (con
comprobación directa de algunos motivos de credibilidad y la correspondiente
ayuda de la gracia). Se trata, como ya se ha dicho [v. antes, 5 (2)], de una
certeza histórica, que se une a la certeza moral, y que descansan en la honradez
de testigos humanos y en un conjunto convergente de motivos de credibilidad.
Pero no se quiere una certeza científica para todos, aunque ella en sí sea
posible, puesto que la R. está destinada a todos los hombres y sólo algunos
pueden hacer una comprobación histórica y científica exhaustiva de las fuentes y
testimonios y de los motivos de credibilidad.
(c) Basta para muchos la certeza común objetiva y subjetiva. La certeza común,
aun para aquellos hombres -muy numerosos- que no pueden demostrar
«científicamente» los fundamentos de la misma, se basa en motivos objetivos
sólidos, no sólo en los motivos subjetivos que cada uno tenga, y excluye el
temor de errar. Generalmente la R. se acepta por el testimonio de personas
autorizadas, unido a la comprobación directa de diversos motivos de credibilidad
y signos subjetivos y objetivos, internos o externos, que acreditan la verdad
del testimonio y de la predicación: vida de la Iglesia, frutos de santidad,
excelencia de la doctrina, luz interna, experiencias y testimonios personales,
etc.
La consideración de un caso particular, como es el de los niños y personas
carentes de especial instrucción cultural, ayudará a matizar y comprender los
tres apartados hasta ahora expuestos. Hay que matizar la necesidad de conocer
con certeza el hecho de la R., cosa que en los niños o en algunos adultos no
parece posible, y sin embargo, es posible en ellos la fe. La fe va unida con la
gracia (v.) y la justificación (v.), que se adecuan a las disposiciones y
capacidad del sujeto que las recibe. Desde un punto de vista humano-racional y
doctrinal-intelectual la fe de un niño quizá se pueda considerar frágil o
deficiente, ya que le faltan suficientes motivos de credibilidad, o capacidad
para expresarlos, o comprensión de ciertos contenidos de la fe. Pero si se
considera la fe en su dimensión teológica, como una participación del
conocimiento divino infundido por Dios y como un comienzo o incoación de la vida
eterna (v. FE IV, A-B) a la cual llama Dios a todos los hombres, puede existir
una fe viva y firme a pesar de la debilidad humana o racional. Esto lleva a otra
importante afirmación:
(d) Hay que distinguir la certeza de la fe de la certeza del hecho de la
Revelación. La primera es absoluta y divina, la segunda se apoya en testimonios
humanos históricos y es una certeza moral. Una cosa son los fundamentos
racionales de la fe, o los preámbulos de la fe (v. FE III, s), y otra el
asentimiento de la fe; este último se apoya antes que en sus fundamentos
racionales en el testimonio de Dios y en su gracia. Los testimonios históricos y
los motivos de credibilidad son camino para la fe, pero la fe los transciende.
No es éste el lugar para hacer un análisis detallado del acto de fe (para ello,
v. FE IV, C); basta decir aquí que en el creyente la luz de la fe revierte sobre
el hecho mismo de la R., del cual se puede tener entonces la misma certeza que
del contenido de la fe.
7. Transmisión de la Revelación. La R. está
destinada a todos los hombres de todos los tiempos, pero de hecho Dios se ha
manifestado sobrenaturalmente, en obras y palabras, y sobre todo en Cristo, en
una época determinada, en el marco geográfico y en el ambiente de un pueblo
concreto. Son consecuencias de la encarnación de la «Palabra de Dios». Para que
la R. llegue a todas las generaciones, debe conservarse íntegra y transmitirse
fielmente. Ésta es tarea que incumbe a toda la Iglesia (v. IGLESIA III, 5), aun
cuando el Magisterio (v.) de la Jerarquía desempeñe una función especial. Es una
disposición gratuita de la bondad de Dios la tarea de la transmisión: «Lo que
Dios había revelado para salvación de todas las gentes, dispuso Él
benignísimamente que permaneciera íntegro para siempre y se transmitiera a todas
las generaciones» (Vaticano II, De Verbum, 7). Conservación y transmisión de la
R. que responde a un mandato expreso de Jesucristo: «Cristo Señor, en quien se
consuma toda la Revelación del Dios supremo (cfr. Cor 1,30; 3,16,4.6), dio
mandato a sus Apóstoles de predicar a todos el Evangelio, que, prometido antes
por los profetas, cumplió Él mismo y promulgó por su propia boca como fuente de
toda verdad salvadora y de toda norma de las costumbres, comunicándoles para
ello dones divinos. El mandato fue fielmente cumplido, tanto por parte de los
Apóstoles, que en la predicación oral con ejemplos e instituciones transmitieron
lo que ellos habían recibido de la boca, trato y obras de Cristo y aprendido por
sugerencia del Espíritu Santo, como por parte de aquellos apóstoles y varones
apostólicos, que por inspiración del mismo Espíritu consignaron por escrito el
mensaje de salvación» (ib. 7). Este párrafo del Conc. Vaticano II, de expresión
difícil por su densidad, recoge la doctrina del Concilio Tridentino e introduce
aclaraciones de interés. Vale la pena detenerse en algunos puntos.
El «Evangelio» no significa aquí sólo los libros escritos con ese título en el
N. T., sino todo el mensaje de salvación preanunciado ya por los profetas y que
tiene pleno cumplimiento en la obra de la encarnación y redención de Cristo.
Comprende, por tanto, las promesas y doctrina fundamental del A. T., los
acontecimientos de la historia de Israel que prefiguraban a Cristo, la presencia
de Cristo en el mundo con su doctrina y su obra redentoras y el anuncio de este
mensaje por parte de los Apóstoles y sus sucesores (v. t. EVANGELIOS). La
transmisión de la R. comprende la proclamación del «Evangelio» así entendido, es
decir, todo el conjunto de enseñanzas, instituciones y acontecimientos
salvíficos, que adquieren su más perfecta expresión y eficacia en la persona y
obra de Cristo. La predicación apostólica transmite la «palabra de Dios» y al
mismo tiempo comunica los bienes espirituales. Se predica el Bautismo y se
administra, se anuncia la Eucaristía y se celebra. Por éstos y otros ritos se
comunica la gracia y se edifica la Iglesia. Por eso se puede hablar de una
transmisión oral, de verdades y cosas que se transmiten de boca en boca, y de
una transmisión real, puesto que una realidad espiritual va implicada en la
transmisión fiel de la palabra, de los sacramentos y de las instituciones.
Además la transmisión de la R. no sólo se hace de palabra o por escrito; los
gestos, los ritos, los sacramentos, las instituciones y el modo de proceder en
el culto y fundación de las iglesias pueden ser también vehículos de la R.; el
texto citado lo nota expresamente.
La Tradición, así entendida, comprende, pues, la transmisión de la R. por la
palabra, especialmente la predicación; por los escritos, ante todo por los
inspirados que forman la S. E.; por el culto y los sacramentos, es decir, la
Liturgia; por la vida de la gracia y la vida cristiana en general, especialmente
la vida de los santos; por las decisiones y las leyes de la Jerarquía
eclesiástica, por el Magisterio eclesiástico, custodio y fiel intérprete de la
R. y de su transmisión. Los Apóstoles y los varones apostólicos desempeñan una
función singular en esa cadena ininterrumpida de la Tradición. Son como el
primer anillo de esa cadena, por su situación privilegiada de testigos oculares,
y además, los Apóstoles, por la especial elección y misión confiada a ellos por
Jesucristo en el seno de su Iglesia. En esa misión han de tener sucesores, para
garantizar que el Evangelio se siga predicando a todos los hombres de modo vivo
y personal, guiando y dirigiendo a todos los cristianos, a toda la Iglesia, en
esa tarea, con los poderes de magisterio, orden y jurisdicción que Jesucristo
les confirió (v. JERARQUÍA ECLESIÁSTICA). Los Obispos (v.) son los sucesores de
los Apóstoles en esa misión, y el Papa (v.) en concreto lo es del Primado (v.)
de S. Pedro (v. t. SUCESIÓN APOSTÓLICA). Y esta misión de los Apóstoles y sus
sucesores queda encuadrada y englobada dentro de la misión general de toda la
Iglesia, de todos los cristianos; es como una parte, y parte fundamental, de la
misión de toda la Iglesia (v. IGLESIA III, 3).
Termina el citado n° 7 de la Const. Dei Verbum presentando la Tradición y la
Escritura como un espejo, en el que la Iglesia peregrina contempla a Dios,
mientras llega el día tan deseado de poder contemplarlo cara a cara, tal como es
(1 lo 3,2). Es significativo del concepto de Tradición que se maneja el que se
nombre a ésta en primer lugar, y luego la S. E. El Vaticano I y el Tridentino,
en un contexto semejante, mencionan en primer término la S. E. Ello dio ocasión
a los teólogos a hacer una contraposición Escritura-Tradición como transmisión
escrita y no escrita, pero esta contraposición puede matizarse. En el s. xix la
escuela teológica de Tubinga (v.) y Newman (v.), con su sentido de la historia,
ya lo hicieron notar. En el s. XX también observaron muchos, en torno a la
interpretación del Conc. de Trento, que la sustitución de última hora del partim
in libris scriptis, partim in sine scripto traditionibus por in libris scriptis
et sine..., en el Decreto sobre los libros sagrados y las tradiciones, del 8
abr. 1546, significaba que los Padres conciliares habían querido evitar
pronunciarse acerca de si el contenido de la R. se hallaba parte en la Escritura
y parte en la Tradición, queriendo utilizar una expresión que las consideraba
más globalmente unidas. Así surgieron diversas discusiones sobre el concepto
amplio o restringido de Tradición, sobre la suficiencia o insuficiencia material
de la S. E., sobre las «fuentes de la Revelación», etc. Las intervenciones
conciliares hicieron que en el Vaticano II se retirara el esquema preparatorio
con el título Schema Constitutionis Dogmaticae de Iontibus Revelationis, y en el
texto definitivo (Cons. Dei Verbum) se evitaron los puntos discutidos entre
teólogos, como la terminología de «fuentes de la Revelación» o el dar pie a una
excesiva contraposición Escritura-Tradición. Se presenta a ambas en una estrecha
unidad.
Resumiendo lo más aceptable de, las exposiciones teológicas recientes, y lo que
más interesa aquí, digamos que la S. E. es la palabra de Dios, en cuanto ha sido
transmitida por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo; la Tradición es
la misma palabra de Dios en cuanto confiada a la Iglesia, y con una misión
especial dentro de la de toda la Iglesia a los Apóstoles y sucesores bajo la
asistencia del mismo Espíritu, para que sea anunciada fielmente a todas las
generaciones. La R. es la realidad originaria a que tienden los diversos modos
de expresión.
Esa realidad es la manifestación de Dios mismo en su doctrina, por la palabra, y
en sus hechos, por la historia, para crear una comunión de vida y amor con los
hombres, y recibe su máxima expresión en Jesucristo, en su doctrina y vida. La
Tradición puede tener un sentido complexivo y amplio, que comprende dentro de
ella también a la S. E., o puede significar la transmisión de la R. por los
otros medios que no son la S. E., aunque en una dependencia y relación íntima
con ésta. Escritura y Tradición no deben considerarse como dos bloques o dos
caños separados de los que brota agua diversa. La Biblia no puede ser reconocida
como Escritura divinamente inspirada sin la Tradición; y ésta no puede ser
aceptada como dogmática y normativa sin fundamento bíblico; ambas se apoyan e
iluminan mutuamente. Para un desarrollo completo de esta cuestión remitimos a
los artícuIos BIBLIA III y TRADICIÓN; y para las relaciones de ambas con el
Magisterio y de éste con la R., v. MAGISTERIO ECLESIÁSTICO (especialmente el no
6).
V. t.: SOBRENATURAL; MISTERIO; DIOS IV, 5-6; FE; BIBLIA; TRADICIÓN; APOLOGÉTICA;
TEOLOGÍA FUNDAMENTAL; TEOFANÍAS; APARICIÓN.
D. FERNÁNDEZ GARCÍA.
BIBL.: Magisterio eclesiástico: CONC. VATICANO I,
Const. dogmática Dei Filius sobre la fe católica; S. Pío X, Enc. Pascendi y Decr.
Lamentabili; CONC. VATICANO II, Const. dogmática Dei Verbum sobre la divina
Revelación.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991