Prudencia. Teología Moral.
 

1. Noción. Como primera y principal de las virtudes cardinales (v.), la p. es la virtud que dirige nuestro entendimiento para discernir e imperar en cada uno de nuestros actos lo que es bueno y debe hacerse porque nos conduce a nuestro último fin. De procul videns, el que ve de lejos, y prevé con certeza a través de la incertidumbre de los sucesos. El último fin de los actos humanos es descubierto en su plenitud por la fe; mas, en la multiplicidad y variedad de las actuaciones humanas, que son camino hacia ese fin, es preciso, en cada momento «discernir lo que es útil para ir a Dios, de lo que nos puede alejar de Él (S. Agustín, De mor. Eccl. cathol., 1,15,25): ésta es la misión de la prudencia sobrenatural».
Se trata, pues, de una virtud intelectual práctica, cuya misión consiste en dirigir nuestra conducta, adecuándola a la verdad. En efecto, el hombre «dotado de razón y de voluntad libre y, por tanto, enaltecido con una responsabilidad personal, tiene obligación moral de buscar la verdad... y adherirse a la verdad conocida y ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad» (Conc. Vaticano II, Decl. Dignitatis humanae, 2); el hábito de los primeros principios prácticos o sindéresis (v. INTELIGENCIA I, 4) descubre al hombre de modo innato esta obligación de tender al bien, manifestándole y promulgando en su corazón los principios universales e inmutables de la ley natural (V. LEY VII, 1) trasunto de una ley divina eterna, objetiva y universal, por la que Dios ordena, dirige y gobierna el mundo (cfr. ib. n° 3).
Mas la sindéresis no basta para hacerse cargo de la dirección de la vida del hombre; tampoco es suficiente la ciencia moral, que partiendo de la ley natural y de la Revelación divina, saca conclusiones sobre los actos humanos, en relación de conformidad o disconformidad con la ley moral: esta ciencia está aún en un plano general; el hombre necesita un conocimiento cierto de lo que debe hacer aquí y ahora, en sus circunstancias singulares intransferibles. Y para ello se requiere una fuerza o virtud intelectual nueva, que amolde la ley moral a todos y cada uno de los casos que pueden presentarse: esta virtud es la que llamamos p. (v. I). Ésta descubre, por tanto, con un conocimiento práctico e imperativo, lo que Dios quiere de nosotros en cada irrepetible momento de la vida. Es en primer lugar un conocimiento práctico: partiendo del conocimiento de las verdades de la fe y de la moral, verdades universales y permanentes, pasa al conocimiento de los hechos, de las personas y circunstancias concretas que nos rodean, y dictamina lo que debe hacerse en ese momento. Y a la vez es una decisión imperativa, que hace llevar a la práctica ese cometido (cfr. S. Tomás, Sum. Th. 2-2 q47 a3).

2. El valor de la prudencia en la vida moral. El hombre debe reconocer inequívocamente, para ponerlo por obra, el deber, la Voluntad de Dios en cada momento. Y para ello no es suficiente la «buena voluntad», ni el deseo de ser justo, fuerte y templado. Estas disposiciones previas requieren una luz que oriente y determine en cada caso el impulso procedente de las mismas: y esta luz es la p. (cfr. ib. 1-2 q58 a4 ad3). Sin la p. no hay virtud moral: ella determina en las virtudes la característica fundamental de todas las virtudes morales: el justo medio, entre los dos extremos, por defecto y por exceso. Así, p. ej., el hombre sabe que debe ser templado y desea serlo; conoce por la ciencia moral en qué consiste la templanza. Esto no basta para poner en práctica la virtud: es menester que conozca las disposiciones íntimas, personales, de su apetito concupiscible, la salud del momento, las relaciones con sus semejantes, sus experiencias del pasado, etcétera; y sólo a la vista de todo este cúmulo de circunstancias, podrá saber y determinar cuál es la acción que debe realizar, sin pecar por defecto ni por exceso. Esta medida justa de la virtud en cada caso, la proporciona la p., llamada por esta razón auriga virtutum, guía de las virtudes morales.
Al mismo tiempo, por su calidad de ordenadora imperante de la conducta, pone en ejercicio todas las virtudes, comprometiendo a todo el hombre en su camino hacia la eternidad: no puede darse p. perfecta si no se dan al mismo tiempo las disposiciones estables de fe (v.), amor (v.), justicia (v.), fortaleza (v.), templanza (v.). De ahí que no se deba confundir con la idea de mediocridad, titubeo, indecisión o astucia, que a veces la palabra p. evoca en nuestro lenguaje.
Por último, es también decisivo observar que sólo la posesión de la p. hace posible al hombre la recta autonomía de su conducta: aquella emancipación por la que llega a regir por sí su propia vida, y merced a la cual se encuentra en condiciones de hacerse íntegramente responsable de ella. Es condición indispensable para que el hombre sirva a Dios con la madurez moral del que es en todo momento libre y responsable de sus actos (cfr. Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium, 55). Como puede fácilmente entenderse, esta virtud es necesaria tanto para regir la vida personal del hombre (p. personal), como para dirigir la actividad de otras personas en lo que de un hombre dependan (p. social, política, militar, familiar, etc.). En cualquier caso, la importancia, características y práctica de la virtud son semejantes y se estudian en este artículo.

3. La virtud de la prudencia en la Sagrada Escritura. La Biblia no dispone de un único término para designar el concepto completo de p. que hemos expuesto. Sin embargo, usando distintos vocablos sinónimos con matices diferentes (p., discreción, sensatez, sabiduría, madurez), habla profusamente del origen, necesidad y manifestaciones de esta virtud.
a) En primer lugar, la p., como la sabiduría, ha de considerarse como un don de Dios: «El Señor da la sabiduría y de su boca derrama prudencia e inteligencia» (Prv 2,2; cfr. Prv 8,11 y 14; Sap. 8,7; etc.). Y, por tanto, si no la concede la Eterna Sabiduría, no puede hablarse de verdadera prudencia. Este rasgo religioso de la p. es más relevante en la ética del N. T.: la p. es la cualidad del hombre que ordena hacia Dios toda la conducta. Así Jesucristo invita a escuchar su doctrina y a edificar sobre ella la propia vida «como varón prudente que edifica su casa sobre roca», a ser prudentes como la serpiente, o como el siervo y las vírgenes vigilantes (cfr. Mt. 7,24; 10,16; 24,45; 25,2). Y S. Pablo distingue cuidadosamente entre la «prudencia de la carne», contraria a los criterios de Dios, que procede del deseo y las apetencias del hombre animal, y una p. o sensatez religiosa, que procede del espíritu, según Dios (cfr. Rom 8,6; 11,25; etc.; 1 Cor 1,19; 4,10; etc.; Col 1,19; etc.).
b) Al mismo tiempo, en la S. E. se insiste en la obligación de poner los medios para adquirirla y aprenderla a vivir (cfr. Prv 1,3 4,1 y 7; 16,16), encareciéndola en todo su valor (Sap 4,8). Y para adquirirla, se insiste en pedirla a Dios (cfr. Eph 1,8), en poner la propia acción con la meditación de los mandatos divinos (Bar 3,9) y con su cumplimiento (Ps 118,100). Para lograrla, por tanto se exige en el hombre una rectitud de la vida entera, evitando la locuacidad, las malas compañías, la embriaguez, los malos impulsos de venganza, orgullo o lujuria (cfr. Eccli 22,9-18; 32,18-23; 36,18 ss.). Y se aprende, finalmente, del consejo de los ancianos y prudentes, de las lecciones de la vida y de la historia.
c) La S. E. habla también con frecuencia del papel que la p. desempeña, como elección certera de los medios para ir a Dios, según las distintas circunstancias de la vida. Así, p. ej., la p. preserva al hombre de los torcidos caminos del pecado (cfr. Prv 2,11 ss.; 7,4 ss.; 8,14 ss.); el prudente es atento y dócil a lo que Dios le pide (Mt 25,1 ss.); la p. discierne según las circunstancias concretas de la vida (Mt 10,16); sólo el prudente sabe cuál es el tiempo de hablar o de callar (Prv 10, 19; Eccli 19,28), etc.
d) Finalmente, Cristo nos enseña la verdadera p. con el ejemplo de su vida y con su palabra. A los datos que han de considerarse para obrar prudentemente, se añade una luz nueva, que sólo puede explicarse por la fe y la caridad: «El que perdiere su vida por mí, la hallará» (Mt 10,39). Y el cristiano, a imitación de su Maestro, debe disponer todos sus actos de acuerdo con esta nueva perspectiva, «la locura de la Cruz» (1 Cor 1,9), conocedor de que lleva una fecundidad que la simple luz de la razón no puede descubrir. Estamos ya en la oposición más diametral entre la «p. de la carne», que pone en tensión las fuerzas del hombre para el pecado, y la verdadera p. sobrenatural, que pone los medios -incluida la misma vida del hombre- al servicio del nuevo fin sobrenatural conocido por la fe y al que tendemos por la esperanza en el amor.

4. Práctica y requisitos. El amplio cometido de la p. requiere para su perfecta realización el empleo de casi todas las energías y habilidades del alma, a la vez que supone la rectitud de todas estas fuerzas; o sea, la presencia de todas las virtudes morales y teologales. Analizando la misión de la virtud en concreto, se ve que cualquier decisión de p. lleva consigo tres actos y supone tres etapas: en primer lugar, la necesaria información, deliberación y examen de los medios conducentes al fin; después, el juicio o dictamen sobre lo averiguado; y un tercer acto -el propio y principal de la p.- que es el imperio, resolución o mandato para actuar de un modo determinado (cfr. S. Tomás, Sum. Th. 2-2 q47 a8). Los dos primeros nacen de la dimensión cognoscitiva de la p.; el tercero, de la dimensión imperativa, que es la específica de la virtud (v. t. 1, 3).
a. Deliberación o consejo. Ante todo, para adquirir la p. se requiere la adquisición de los conocimientos morales necesarios. Toda decisión prudente presupone una formación, según las posibilidades de cada uno: un estudio atento de la fe y moral de Jesucristo, con una adhesión firme al Magisterio de la Iglesia, que nos la transmite. Y partiendo de esta base, en cada caso, las cualidades llamadas «memoria fiel», «agudeza de mente» y «docilidad».
Memoria fiel. Se entiende aquí la facultad de guardar en su interior las cosas y acontecimientos reales tal como son y como sucedieron: es decir, la adquisición de una experiencia vital, con una valoración justa, objetiva, de la realidad pasada. El falseamiento del recuerdo por intereses subjetivos e injustos, que colorean las realidades pasadas, o la valoración frívola de las mismas, inician una forma clara de perversión de la prudencia. Por el contrario, la memoria fiel, que guarda en su corazón, sopesando y dando justo valor a las cosas y acontecimientos pasados (cfr. Lc 2,19) da lugar a la experiencia vivida, objetiva y profunda que inicia un acto de p. verdadero.
Agudeza de mente. No basta la experiencia que nos da la memoria, en el sentido indicado, no es suficiente conocer lo que ha sucedido en otras ocasiones, ya que cada momento de nuestra vida tiene algo de peculiar y único que debe valorarse. Como segundo paso en la práctica de la p., la mente tiene que intervenir para captar el momento presente y su relación con el bien hacia el que queremos tender. Como se ha dicho, no es suficiente la regla general, la ciencia, ni basta la casuística, de la que el hombre pudiera servirse como de un recetario, aunque una y otra son necesarias.
Docilidad. Teniendo en cuenta que «en lo que atañe a la p. nadie hay que se baste siempre a sí mismo» (ib. 2-2 q49 a3, ad3), es necesario contar con la ayuda de otras personas antes de tomar nuestras decisiones personales. En efecto, «el tratar de lo particular y contingente, exige, para conocer algo con certeza, tener en cuenta muchas condiciones y circunstancias, difícilmente observables por uno solo, que pueden en cambio ser percibidas con más seguridad por varios» (ib. 2-2 q47 a15). Igualmente es necesaria esta búsqueda del consejo, porque en las cosas humanas los medios son varios y múltiples, y deben ser ponderados por otra persona (cfr. ib.). Nunca se insistirá bastante sobre la necesidad de pedir consejo en las decisiones de la p. tanto por la misma naturaleza de los actos propios, como de las dificultades que la excesiva estima de sí y del propio juicio pueden oponer a la decisión objetiva, serena y eficaz de la prudencia. La S. E. amonesta repetidas veces a buscar el consejo de la persona docta y experimentada (cfr. Eccli 32,24; 37,14-20). Y S. Tomás llega a decir que «incluso es una nota de excelencia contar con otras personas que puedan ayudarnos» (Sum. Th. 2-2 8129 a9 adl). No se trata, sin embargo, de una docilidad pasiva, y menos de eludir la responsabilidad personal en la decisión, sino de una disposición de inquirir sinceramente la verdad, huyendo de una autarquía estéril y del orgullo de llevar siempre la razón, para escuchar y tener en cuenta los consejos necesarios, saber-dejarse-decir, de modo que la decisión sea plenamente personal, pero más responsable y libre, es decir, más acomodada a la verdad.
b. Juicio o dictamen sobre lo averiguado. Los conocimientos adquiridos por sí, o a través de otros, han de ser juzgados correctamente, para poder tomar una decisión que responda a lo que Dios pide en el momento concreto del actuar humano. Se requiere, pues, una razón industriosa que relacione los datos obtenidos con criterio moral, emitiendo los juicios de valor sobre los medios que se pueden emplear y el juicio de conciencia debido (V. CONCIENCIA). Cuando falta esta cualidad, se llega fácilmente a los escrúpulos (v.), a la timidez o vacilación del juicio, con lo que tiende a diferirse la acción necesaria.
c. Imperio o resolución. La dimensión esencial de la p. es la preceptiva. Hasta el momento, en los pasos indicados, se ha mirado al pasado, se ha captado el presente; pero la p. debe mirar al futuro, debe imperar o mandar, dar vida a un proyecto. Y para ello se exigen otros requisitos: la previsión o providencia, facultad que nos dispone a apreciar con seguro golpe de vista si determinada acción concreta ha de ser el camino que conduzca a la obtención del bien propuesto y cuya misión es prever las consecuencias de un hecho y proveer de los medios necesarios para que se alcance efectivamente el fin propuesto; la circunspección, que nos ayuda a ver las circunstancias concretas que rodean al acto humano, en cuya concreción pueden figurar elementos que lo hagan inoportuno (V. VIGILANCIA); y la precaución o cautela, ya que no basta prever y proveer los medios oportunos, sino también salir al paso de los obstáculos que puedan presentarse.

5. Defectos y vicios opuestos. Del análisis de los distintos pasos que sigue la decisión prudente, es fácil ver los vicios que pueden darse contra la p., que genéricamente se engloban bajo el nombre de imprudencia. a) Como toda decisión prudente exige un deseo eficaz de conocer y cumplir la Voluntad de Dios (v.), todo pecado (v.) se opone de algún modo a la p., y es en cierto modo una imprudencia; b) Si falta alguno de los requisitos para el conocimiento de la verdad (v.) que ha de medir el acto personal, tendremos la ignorancia (v.) culpable, la precipitación y la temeridad en el juicio; c) Si, después de investigar la verdad, falta la ejecución, se cae así en la indecisión, negligencia, imprevisión e inconstancia, formas todas de imprudencia que a veces proceden de malas disposiciones (pasiones, comodidad, etcétera) para la consecución del bien; d) Finalmente, hay aparentes formas de p., que conviene distinguir de la verdadera p.; a veces, el hombre sustituye su verdadero fin -lo que Dios le pide en cada momento, conocido a través de su ley-, por otro fin falso, creado por sus intereses y sus pasiones. Y pone al servicio de este fin todas sus energías, de forma análoga a lo indicado para la p. verdadera. Es lo que hemos llamado repetidas veces «prudencia de la carne», o en formas menos radicales, la excesiva preocupación por lo temporal.
6. Virtudes teologales y prudencia. Si la p. informa y dirige las restantes virtudes humanas, para un cristiano, la caridad debe dirigir todos sus actos hacia Dios. Sólo las virtudes teologales (v.) que ligan directamente al hombre con Dios, descubren y aceptan la esencia del bien, dando a la p. las luces y motivos más auténticos para que investigue y dirija la realización del bien concreto. Las posibilidades de acción más sublimes y fecundas de la vida cristiana nacen de esta cooperación de la fe, esperanza y caridad con la p.; la fe da al cristiano la Palabra de Dios, la Verdad que comprende todas las verdades humanas; la caridad la abraza para hacerla operante en toda su vida y sus acciones; la esperanza anhela a Dios y lo busca contando con su ayuda; con esa luz y esa dirección hacia Dios, y utilizando todas las energías humanas, la p. descubre los medios más oportunos para poner en marcha, en cada caso, la realización de la Voluntad de Dios; todos los requisitos de la p. se enriquecen así con esta vida sobrenatural que Dios infunde en el alma, y sus decisiones son decisiones de p. sobrenatural. Ésta alcanza su plenitud con el don de consejo: «la prudencia que implica rectitud de la razón, alcanza su máxima perfección en cuanto es regulada y movida por el Espíritu Santo. Y esto es propio del don de consejo» (S. Tomás, Sum. Th. 2-2 q52 a2) (v. ESPÍRITU SANTO III, 5).

V.t.: AUDACIA; DISCRECIÓN; NATURALIDAD; SENCILLEZ; VIGILANCIA; VIRTUDES MORALES.


I. J. DE CELAYA Y URRUTIA.
 

BIBL.: S. TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, 2-2 q47-56; A. LANZA y P. PALAZZINI, Principios de Teología Moral, Madrid 1958, 474-481; O. LOTTIN, Morale Fondamentale, Tournai 1954, 363-377; A. Royo MARÍN, Teología de la Perfección Cristiana, Madrid 1955, 501-514; M. A. JANVIER, La prudence chrétienne, París 1917; P. LUMBRERAS, De prudentia, Madrid 1952; H. NOBLE, Prudence, en DTC XHI,1023-1076; L. E. PALACIOS, La Prudencia política, 3 ed. Madrid 1957; J. PIEPER, Prudencia y templanza, Madrid 1969; D. BRIMAT, Risque et prudence, París 1965; R. GARRIGOU-LAGRANGE, La prudence, sa place dans l'organisme des vertus, «Rev. Thomisteu 31 (1926) 411-426; C. SPicQ, La vertu de prudence dans 1'Ancien Testament, «Revue Bibliquen 42 (1933) 187-210; A. MILLÁN PUELLEs, La formación de la personalidad humana, Madrid 1963; V. GARCIA Hoz, Pedagogía de la lucha ascética, 4 ed. Madrid 1963, 303-316.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991