PASCUA I. Sagrada Escritura.


      1. Significado etimológico y real. El término pascua es la acomodación a la lengua castellana de la palabra griega pasia, la cual se encuentra en la versión de los Setenta del A. T. así como en el N. T., donde transcribe la voz aramea pashci' y la hebrea pésah (o pésaj). Se trata, pues, de simples transcripciones y no de traducciones, ya que el sentido etimológico del original hebreo es desconocido a pesar de las muchas hipótesis que se han hecho. La Biblia hace derivar la palabra pésah del verbo p s j, que podría significar: cojear, estar cojo; y de hecho tiene este sentido en 2 Sam 4,4. De ahí es fácil pasar a la idea de una «danzacultual» (cfr. 1 Reg 18,21.26), y, por tanto, a «saltar». Esto podría explicar que el cap 12 del Éxodo (v.), donde se narra la institución de la P., le dé el sentido de «saltar por encima», «pasar por alto», aludiendo al hecho de que Dios «pasó por alto» las casas de los hebreos sin castigar a sus primogénitos. De todos modos, aquí tenemos una etimología popular, en la que ya había influido el sentido concreto que la P. tenía en Israel. Lo que sí es seguro es que se trata de una voz semita, ya que no aparece (como tampoco el rito que expresa) ni en Mesopotamia ni en Egipto, no obstante los esfuerzos hechos para hacerla derivar de alguna de estas lenguas.
      La P. era la primera y más importante de las tres grandes fiestas anuales de los judíos; era la conmemoración de la ayuda de Dios para librarles de la esclavitud egipcia y el comienzo de la nueva etapa de la Alianza con Él. La P. judía prefiguraba la P. cristiana (muerte y resurrección de Cristo) en la que culmina la Antigua Alianza para dar paso a la Nueva. Ambas Alianzas son selladas por un sacrificio ofrecido a Dios: antiguamente el del cordero pascual, que es tipo o figura del de Jesucristo, sacerdote y víctima de la Nueva Alianza, cuyo sacrificio termina con la muerte en la cruz, sacrificio cruento que se renueva incruentamente todos los días en la Santa Misa (v. ALIANZA [Religión] II). La fiesta de la P. judía queda por eso sustituida por la fiesta de la P. cristiana (v. II). Los textos antiguos no hablan de la fiesta de la P., sino de: preparar, inmolar, hacer y comer la Pascua. El sustantivo pésah designa, pues, unas veces el rito sagrado y otras la víctima. Por tanto, resulta evidente que, de manera general, la P. se refiere a un rito de culto (v.), conexo con un sacrificio (v.), que se dirigía a Yahwéh. Este rito cultual ha tenido una larga historia, pues se practicó a lo largo de todo el A. T., desde el Éxodo, continuando luego en el N. T. y en el judaísmo posbíblico (v. FIESTAS II). Pero, dada tan alta antigüedad y tan larga historia, no debe extrañar que existan puntos oscuros en torno a la Pascua. Por otra parte, las fuentes de información acerca de la celebración de una P. antes del éxodo israelita de Egipto son casi inexistentes, y de ello se dan diversas interpretaciones.
      2. Hipótesis sobre posibles precedentes de la Pascua judía. Una lectura apresurada de Ex 12 da la impresión de que la P. fue instituida en tiempos de la salida de Egipto, con motivo de la décima plaga (v.). Pero un estudio atento del texto parece dejar entrever que la P. no era algo completamente nuevo, sino que ya era conocida y practicada de alguna manera con anterioridad. En efecto, el final del vers. I l y el 21 de dicho capítulo parecen hablar de la P. como de algo conocido. Los israelitas arguyen insistentemente ante el Faraón diciendo que deben salir al desierto con sus rebaños para ofrecer un sacrificio a su Dios (cfr. Ex 3,18; 5,3; 7,16.26...); es más, en Ex 8,21 ss., tal sacrificio aparece como odioso a los egipcios. Que la P. sea mencionada por primera vez en esta ocasión no prueba que no fuera celebrada con anterioridad; el hecho de que ahora se den explicaciones acerca de su significado no implica que sólo entonces la hubiesen conocido.
      Pero si las pruebas literarias directas en favor de una P. premosaica no son claras, las analogías con ciertos sacrificios de los nómadas y seminómadas pueden ser ilustrativas al respecto. En efecto, los ritos característicos que presenta la P. israelita son típicos de los pueblos pastores y encuentran en ellos correspondencias: es un sacrificio familiar, para el que no se exige ni santuario, ni altar, ni sacerdocio; es un sacrificio de primavera, que se celebra durante la noche, en la primera luna llena del año, ya que la luna rige la vida de los pastores; la víctima es un cordero o cabrito, como «de un año» o como «nacido en el año», por lo que serían las primicias del rebaño; ritual importante es el uso de la sangre, con la que se untaban las puertas de las casas (la Biblia habla de casas porque la P. se acomodó más tarde a la vida de los israelitas sedentarios); se usa la carne de la víctima para una comida sagrada, rito de costumbre en los sacrificios, pero que aquí es asada y comida con las manos, como hacen los pastores; los huesos no se rompen, uso éste que ha recibido las más variadas explicaciones, siendo la más extendida suponer un intento de asegurar que los huesos de los participantes en el sacrificio y los del rebaño no serán quebrados; el pan que lo acompaña no tiene levadura, como ocurre con las tortas de harina que aún hoy hacen los beduinos para la comida; las hierbas amargas, que también entran en el menú, son hierbas silvestres y aromáticas del desiertos que sirven de condimento, incluso en nuestros días; la víctima es matada «entre las dos luces», es decir, al atardecer, y se come durante la noche, cuando los nómadas llegan al campamento; en cuanto al vestido («ceñidas las cinturas, calzados los pies y el bastón en la mano»), es fácil reconocer al de los pastores. Todos estos rasgos son propios de los nómadas, y encuentran su parecido más fuerte entre los árabes preislámicos, especialmente en la fiesta de Radjab, es decir, del primer mes de primavera. Por tanto, aunque algunos creen que la P. era una práctica de sedentarios, dándole distintas explicaciones, se puede también concluir, con la mayoría de autores contemporáneos, que la P. era, originalmente, un sacrificio de pastores. Israel, al principio pueblo de pastores, había practicado este rito semita de modo semejante a los demás nómadas y seminómadas.
      ¿Qué significado habría tenido? Según unos, habría sido un sacrificio de primicias del rebaño, que se ofrecían a Dios como dispensador de la fecundidad. Para Otros, sería un rito de expiación: rociando las puertascon sangre, buscaban el reconciliarse con la divinidad de la casa. Otros piensan en una renovación de la Alianza (v.). Según muchos autores actuales, la P. tenía originariamente un valor apotropaico, es decir, preservativo: en el momento de la trashumación o salida en busca de pastos y cuando las ovejas tienen sus crías, se quería preservar, mediante este rito, a los rebaños y a las mismas personas de las potencias malignas, que se creía les amenazaban; en Ex 12,23, se habla precisamente del «destructor». Esta hipótesis parece confirmarse por el hecho de que el rito fundamental consistía en untar las puertas con la sangre de la víctima; todavía en la actualidad, los árabes nómadas y seminómadas matan un cordero ante la entrada de la nueva tienda o de la nueva casa o al agrandarlas, y untan con la sangre el poste o la columna principal para preservarse de todo mal.
      3. Institución y sentido de la Pascua en la religión de Israel. El texto bíblico fundamental respecto a la P. está constituido por Ex 12. Aquí, la P. aparece instituida en el marco de unos acontecimientos providenciales en favor de Israel: Dios libró de la muerte a los primogénitos israelitas y sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto. Detalles de la composición literaria de este capítulo están influidos por el ritual de la P. tal como se celebraba más tarde; pero esto no quita valor a los sucesos fundamentales que se narran, puesto que son históricos. Algunos han propuesto la hipótesis de que toda la sección de Ex 1-15 sería una supuesta leyenda ritual que serviría de lectura en una fiesta, común a todos los pueblos del Oriente Medio, cuyo acto principal sería un «éxodo» o procesión cultual al desierto. Para otros, dicha sección constituiría la lectura sagrada en el culto de una fiesta de primavera, que serviría para celebrar la realeza de Yahwéh y su victoria sobre las potencias primitivas. No pueden aceptarse tales interpretaciones, ya que son apriorísticas y carentes de base. Aunque Ex 12 (y toda esta sección) no contenga una minuciosa historia en el sentido detallista y moderno de la palabra, sino historia de la salvación, es claro que narra hechos históricos.
      Cuando los israelitas, como los demás pastores, se preparaban para celebrar la P., o simplemente después de las plagas (v.) con que Dios castigó la dureza del Faraón, tuvo lugar otra intervención portentosa de Dios, que libró de la muerte a sus hijos logrando que el pueblo saliera de Egipto y continuara fiel a la Alianza divina empezada en Abraham (v.). Lo ocurrido durante aquella P. había sido excepcional y providencial. Tales sucesos hicieron que, a partir de entonces, la P. en Israel fuera celebrada en relación con la salida de Egipto, acontecimiento que marcó el comienzo de una nueva etapa de la historia de Israel como pueblo y como pueblo elegido de Dios (v. PUEBLO DE DIOS). Por eso, la P. se convirtió en meworial de dicho acontecimiento (Ex 12,14): en adelante, habrá de recordar a los israelitas que, en aquella noche, Dios había «pasado por alto» las casas de los suyos, sin matar a los primogénitos (Ex 12,26-27), y los había sacado de Egipto. De esta manera, la P. en Israel tiene un sentido preciso, con una significación propia y característica, unida a la historia de la salvación. Los ritos, en la hipótesis de que ya existiesen, seguirán siendo los mismos o parecidos; pero, desde ahora, se impregnan de un nuevo contenido. Es una nueva institución, que en todo caso da un sentido nuevo a ritos que han perdido su sentido original, como ocurre en todas las religiones, incluso en la cristiana.
      El nombre de la P., cuyo significado original, si es que existía, quizá ya no se conocía, ahora recibe una explicación etimológica clara: se debe a que Yahwéh«pasó por alto» las casas de los israelitas en aquella noche (Ex 12,27). Como fecha quedó la primera luna llena después del equinoccio de primavera, es decir, el 14 del primer mes, llamado Abib y más tarde Nisán (Ex 12,2.6), que corresponde a la época de marzo-abril. La sangre juega un papel capital; significa que Yahwéh no hirió las casas de los israelitas por estar marcadas con dicha sangre (Ex 12,13). Se habla del temido «destructor» (Ex 12,23), pero sabiendo que era el ejecutor del castigo divino contra Egipto. Las hierbas amargas, que condimentan la comida pascual, simbolizan la esclavitud sufrida en Egipto. La ropa propia del pastor, siempre vestido y pronto para la marcha, y el pan sin levadura, corriente entre los nómadas, son el símbolo de la premura ante la inminente salida de Egipto. La fiesta siguió siendo familiar. Las víctimas del sacrificio pascual son reses del ganado menor, asadas y comidas de noche, sin quebrarles ningún hueso.
      Así, Dios enseñó a Israel a poner la P. en relación con la historia de la salvación, y a considerar el valor religioso de este sacrificio. La P. era, en primer lugar, un memorial del pasado (Ex 12,14), esto es, de la ayuda de Dios y de la liberación de la esclavitud de Egipto, para mantener la fidelidad a la Alianza divina: v. ALIANZA (Religión) ii. Pero cuando Israel celebraba la P., evidentemente hacía más que un simple recordar el hecho salvífico de Dios: estaba entrando dentro del mismo suceso salvador y participando en él. Es decir, que la liturgia pascual actualizaba el recuerdo del pasado, convirtiéndolo en algo presente; esta idea aparece en Ex 13,8. En la Misndh (v. TALMUD) se explica minuciosamente, hasta ordenar que: «cada uno debe considerarse, de generación en generación, como si él mismo saliera de Egipto». Finalmente, la P. se proyectaba también hacia el futuro. En efecto, Israel expresaba con la P. su esperanza de una salvación futura, ya que era celebrada en la expectación de una nueva visita salvadora de Dios. Así en la Misnáh se lee esta plegaria: «Que Yahwéh, nuestro Dios y el Dios de nuestros padres, nos haga llegar en paz a otras solemnidades que vienen a nuestro encuentro». Este carácter se acentuó, quizá, en los últimos tiempos antes de Cristo.
      4. Evolución histórica de la Pascua judía. La P. tuvo una larga historia en Israel. Al principio la P. era tal vez el único sacrificio (v.) de Israel. Podemos pensar que durante la monarquía sufrió un cierto declive, ya que en caso contrario es difícil explicar las pocas referencias de los libros históricos respecto a la misma. Tras el destierro de Babilonia recobra su importancia, hasta aparecer claramente en primer plano. Resulta interesante señalar el desarrollo dentro del ritual de la P., desarrollo que no debe extrañar, ya que todos los rituales sufren siempre alguna acomodación a la evolución humana y espiritual del pueblo respectivo; aunque en el caso de una religión revelada, como la de Israel, es ésta, su doctrina y su culto, más bien la que va acomodando a sus fieles. Tras la etapa primitiva, en la que prácticamente ya queda indicado cómo se celebraba, se pueden distinguir las etapas siguientes:a. Tras la instalación en Canaán. Aunque no hay pruebas claras, es probable que desde la entrada de los israelitas en Canaán (v.) hasta la monarquía, durante el periodo en que Israel está constituido por una federación de tribus de carácter religioso (v. ISRAEL, TRIBUS DE), la P. fuera celebrada en el santuario central, el del Arca; era, pues, una fiesta celebrada en común. En efecto, la alusión de los 5,10-12 a la P. celebrada en Guilgal (v.) deja la impresión de una magna celebración colectiva.
      Sobre todo, cuando 2 Reg 23,22 y 2 Par 35,18, aludiendo a la P. celebrada por tosías en el Templo de Jerusalén, dicen que «no se había celebrado una Pascua como ésta desde los días de los Jueces...», parece que no aluden a una solemnidad particular, sino a una celebración general o centralizada. Pero, poco a poco, tras la sedentarización y, sobre todo, con la instalación de la monarquía, los lazos tribales se fueron relajando y el culto descentralizando, con lo que la P. volvió a ser una fiesta familiar como al principio, si es que había dejado de serlo.
      b. Reforma deuteronomista. Uno de los mayores impulsos en la celebración de la P, fue el dado por la escuela deuteronomista (v. DEUTERONOMIO), cuyo rasgo más decisivo fue el acentuar su carácter de gran fiesta de peregrinación a Jerusalén, cuyo Templo quedó declarado el único lugar donde se podía celebrar la P. (cfr. Dt 16,1-8; v. TEMPLO II). La reforma deuteronomista llevó consigo otras innovaciones, pero más bien en detalles. Así quedó señalado el mes en que debía ser celebrada (Abib-Nisán), pero no un día concreto, cosa lógica al tener que acudir todos a Jerusalén para celebrarla. La víctima podía ser además de ganado menor, también de mayor, como un buey. A la mañana siguiente, cada uno regresaba a su casa. Según 2 Par 30, habría sido el rey Ezequías (716687 a. C.) el primero en celebrar la P. de acuerdo con el nuevo ritual; pero el texto es discutido. Con toda certeza, el rey tosías (640-609, a C.) sí celebró de este modo la P. (cfr. 2 Reg 23,21-23; 2 Par 35); el mismo texto sagrado hace hincapié en la novedad. Como consecuencia de la centralización de la P. en el Templo, el papel de los sacerdotes y levitas (v.) se hará mucho más preponderante en este rito, sobre todo en relación con la sangre (cfr. 2 Par 30,16; 35,11).
      c. Fusión con la fiesta de los Ácimos. Los Ácimos (v. FIESTAS II) eran una fiesta de agricultores, paralela a la P. de los pastores, que marcaba el comienzo de la recolección, cuyas primicias se ofrecían a la divinidad. Israel la tomó probablemente de los cananeos cuando ocupó sus tierras, y la celebraba, durante siete días, al comenzar la recolección de la cebada, en el mes de Abib. Esta fiesta fue incorporada a la historia de la salud, dándole un sentido netamente religioso y conectándola con la salida milagrosa de Egipto. Al principio era algo completamente distinto de la Pascua. En efecto, los más antiguos calendarios religiosos hablan de Ácimos, Semanas y Tiendas o (Tabernáculos) como tres grandes fiestas anuales con peregrinación al santuario, pero sin mencionar la P. (cfr. Ex 23,14.17; 34,23). Con el tiempo, la P. se fusionó con los Ácimos, ya que las circunstancias comunes favorecían tal unión: ambas se celebraban en el mismo mes, suponían peregrinar a Jerusalén, se comía pan sin levadura y recordaban la salida de Egipto. Desde entonces, la P. era celebrada el 14 de Abib y los Ácimos a partir del 15. No sabemos a punto fijo cuándo se logró tal fusión. Es cierto que en Dt 16,1-8 ya están mencionadas ambas fiestas; pero el texto es compuesto y las alusiones a los Ácimos son seguramente posteriores al texto primordial. Para algunos, la unión habría sido hecha después de tosías (su reforma sólo habla de la P.) y antes del Destierro, atribuyéndola a la Ley de Santidad, donde aparecen juntas (cfr. Lev 23,5-8). De todos modos, en Ezequiel (v.) ambas fiestas están claramente fusionadas (Ez 45,21).
      d. Tras el Destierro. Al regreso de Babilonia, los judíos continuaron celebrando la P. (Esd 6,19-22), cuyas particularidades nos constan por los textos de la tradición sacerdotal (v. PENTATEUCO) Estos textos admiten la conexión cronológica con los Ácimos, pero son conscientes de que se trata de dos fiestas distintas: la P. se inmolaba al atardecer del día 14, y el 15 comenzaban los Ácimos (Lev 23,5.8; Num 28,16-25). La P. aparece como la fiesta por excelencia, de tal modo que aquel que, pudiendo, no la celebrase debía ser exterminado (Num 9,13). Sólo los circuncidados podían celebrarla (Ex 12, 43-49). La víctima se comía dentro de la casa y no se podía sacar nada afuera (Ex 12,46). Por tanto, se intentó compaginar su carácter de fiesta del Templo con el de fiesta familiar. Se introdujo una innovación de gran interés práctico: si alguno, por razones de impureza legal o por motivos de viaje, no celebraba la P. en la fecha normal, podía hacerlo un mes más tarde, pero en el mismo día (Num 9,6-12). La P. era celebrada también fuera de Jerusalén; así ocurría, p. ej., en la colonia judía de la isla Elefantina, en Egipto, como consta por el llamado Papiro pascual, allí encontrado en 1906 y que data del 419 a. C. Pero parece ser que, poco a poco, se fue suprimiendo la inmolación del cordero en estas celebraciones particulares, que se vieron eclipsadas por la solemnidad de Jerusalén.
      e. En el judaísmo. El tratado Pasajim, de la Misndh, informa sobre la celebración de la P. en el judaísmo, información que se completa con los datos de Flavio Josefo (v.) y Filón (v.). Siguiendo el esquema establecido por la tradición sacerdotal, la víctima era sacrificada en el Templo, y luego asada y comida en las casas particulares, donde se reunían no sólo por familias naturales, sino también grupos convencionales de personas. En cuanto a la inmolación de la víctima, ésta era sacrificada por el mismo fiel que la traía, mientras que los sacerdotes derramaban su sangre ante el altar, y quemaban la grasa. La comida, después de la puesta del sol, quedaba enmarcada entre las cuatro copas de rigor. Al comenzar, se servía la primera, que, tras ser bendecida, era bebida. Entonces se servían legumbres y salsa, distribuidas por el que presidía tras una acción de gracias y probar los alimentos. En este momento, se traía el cordero pascual, comenzando la explicación de la ceremonia por el que presidía la cena. Se bebía la segunda copa. Tras el lavatorio de manos y la oración de alabanza, se comía el cordero, acompañado de hierbas amargas y pan ácimo. Se servía la tercera copa y se daban gracias a Dios. Finalmente, se bebía la cuarta copa. La cena era acompañada del rezo del Hallel, es decir, los Salmos 113-118, divididos en varias partes. En cuanto al ritual, ya no era una comida hecha aprisa y en actitud de marcha, sino un banquete al estilo de la época, recostados sobre divanes. Este modo de celebrar la P. estaba vigente en tiempo de Cristo y duró hasta la destrucción del Templo en el a. 70. A partir de esta fecha, al no poder ser inmolado el cordero, la cena pascual tomó el carácter de una comida ordinaria con cierta solemnidad, menos entre los samaritanos (v.).
      5. La Pascua de Cristo. Jesús cumplió durante su vida la obligación religiosa de subir a Jerusalén para celebrar la P., tanto de pequeño (Le 3,41 ss.) como durante su ministerio público (lo 2,13.23). Fue con ocasión de una P. cuando murió. Pero, en esta última cena pascual, introdujo tan sustanciales cambios que transformó radicalmente su sentido religioso (cfr. Mt 26,17 ss.; Me 14, 12 ss.; Le 22,7 ss.; lo 13,1 ss.).
      La última Cena de Jesús plantea dos problemas, íntimamente conexos entre sí, que distan mucho de obtener una respuesta unánime: la fecha exacta y el carácter de dicha cena, esto es, si fue o no una auténtica cena pascual como la hacían los judíos. Todos los Evangeliosestán de acuerdo en afirmar que aquélla tuvo lugar la tarde antes de morir y que Jesús murió un viernes. Pero mientras los Evangelios Sinópticos afirman que la última Cena de Jesús fue, al mismo tiempo, la P. judía (cfr. Me 14,12-16; Le 22,15), S. Juan parece situar la P. judía en la misma tarde del viernes que murió Jesús. Hay autores en favor de una y de otra postura, y han sido formuladas muchas hipótesis para solucionar este interrogante (v. CENA DEL SEÑOR). Lo más probable es que Jesús, al no poder celebrar la P. al día siguiente sino en su propia carne en la cruz, adelantase en una fecha la última Cena. Lo que sí es cierto es que se trata de una comida solemne de despedida, celebrada dentro del marco y ambiente de la P. judía. Esto se desprende de todos los Evangelios. Si éstos no mencionan más explícitamente la P. judía y su ritual, se debe probablemente a su interés primordial por referir la institución de la Eucaristía (v.).
      Es evidente que Jesús dio un nuevo sentido a la cena pascual, y esto es lo que realmente importa; es más, el nuevo sentido no está esencialmente vinculado al carácter pascual o no pascual de su cena. En el transcurso de la misma Jesús dio a los suyos el Pan y el Vino, transformados en su Cuerpo y en su Sangre, como comida y bebida. De este modo, tomaba el puesto del cordero pascual judío. Es más, al instituir la Eucaristía, Jesús descubrió el sentido de su muerte: Él se ofrecerá en la cruz como víctima a Dios para la salvación (v.) de los hombres. Por consiguiente, Cristo sustituía así totalmente la víctima de la P. judía, al convertirse, a la vez, en la víctima inmolada (en la cruz) y en el cordero comido en la cena pascual (Eucaristía). A partir de ahora, los cristianos tendrán su nueva y peculiar Pascua. De igual manera que la antigua P. judía recordaba y actualizaba la liberación providencial de la esclavitud de Egipto, así la nueva P. cristiana recordará y actualizará la liberación del pecado o redención (v.) aportada por Cristo a todos los hombres, mediante su sacrificio en la cruz.
      6. Sentido de la Pascua cristiana. Los Apóstoles y los primeros cristianos captaron bien las intenciones de Cristo. Se dieron cuenta de que Jesús había instituido una nueva P., en la línea de la antigua, pero superándola por completo y siendo su plena realización, ya que en esta nueva P. era el mismo Cristo la víctima, que aportaba la auténtica salvación a los hombres. Este paso de la P. judía a la cristiana lo hicieron constar al interpretar aquélla como tipo y preparación de ésta. Nos lo confirman varios textos del N. T. Así, S. Juan, al recordar que a Cristo no le fueron rotas las rodillas, señala el cumplimiento de la figura expresada por el antiguo rito pascual de no romper ningún hueso a la víctima (lo 19,36). En 1 Pet 1,19, se dice que hemos sido rescatados del pecado por Cristo, a quien se califica de «Cordero sin tacha ni mancilla», como debía ser la víctima de la P. judía. S. Pablo alude a la levadura y a los ácimos: «nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado; así que celebremos la fiesta...» (1 Cor 5,7-8). La tradición cristiana se encargará de explicar esta tipología.
      Cristo es, pues, el nuevo y verdadero Cordero pascual (v. CORDERO DE DIOS), que en el marco de la P. judía se ofreció al Padre en la cruz para consumar la redención (v.) y liberación del pecado; sacrificio y ofrecimiento que preanunció en su última Cena, y que se renueva después en la cena pascual cristiana que es el Sacrificio de la Misa (v.), en el que se realiza la consagración y comunión del Cuerpo de Cristo; la última Cena y después la Misa son el mismo sacrificio de la cruz, aunque hecho de forma incruenta. Por tanto, el sentido de la P. cristiana es claro: como los antiguos israelitas al celebrar la P. recordaban y revivían la liberación de Egipto, los cristianos, al celebrar su P., conmemoran, reviven y participan en la liberación del pecado conseguida por Cristo con su muerte, y en la Eucaristía comen del Cordero divino que aporta la auténtica salvación.
     
      V. t.: ÉXODO, LIBRO DEL; CORDERO DE DIOS I;. ENCARNACIÓN DEL VERBO II; CENA DEL SEÑOR; PASIÓN Y MUERTE DE CRISTO; RESURRECCIÓN DE CRISTO; ASCENSIÓN I; FIESTA II y III; EUCARISTÍA I; MISA.
     
     

BIBL.: E. POWER, Comentario a Ex cap. 12, en Verbum Dei, Barcelona 1956, 1,523-527; F. SPADAFORA, Pascua, en Diccionario Bíblico, Barcelona 1959, 448-449; H. LESÉTRE, Páque, en DB V, 2094-2106; L. PIROT, Agneau pascal, en DB (Suppl.) 1,153-159; A. CLAMER, en La Sainte Bible, dir. L. PIROT y A. CLAMER, París 1940, 1,167-171, 287-290, 615-619; J. M. GRANERO, Nova Pascua, «Estudios Eclesiásticos», 1954; R. DE VAux, Les sacri/ices de 1'Ancien Testament, París 1964, 7-27; H. HAAG, Páque, en DB (Suppl.) 6,1120-1140; J. HENNINGER, Les fétes de printemps chez les Arabes et leurs implications historiques, «Revista do Museu Paulista», 4 (1950) 389-432; J. B. SEGAL, The Hebrew Passover from the Earliest Times to A.D. 70, Londres 1963; E. KurscH, Erwágungen zur Geschichte der Passafeier und des Massotfestes, «Zeitschrift für Theologie und Kirche», 55 (1958) 1-35; TH. H. GASTER, Passover, 1ts History and Traditions, Londres-Nueva York 1958; R. CANTALAMESSA, La Pasqua della nostra salvezza: Le tradizioni pasquali della Bibbia e della primitiva Chiesa, Turín 1971; P. VAN IMSCHOOT, Teología del Antiguo Testamento, Madrid 1969, 543-552.

 

J. GARCíA TRAPIELLO.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991