NAVIDAD


En el uso corriente de los romanos dies natalis significaba el día y aniversario del nacimiento de una persona. Pero el término adquiría un sentido peculiar en el lenguaje de la corte y cultual: designaba el día y aniversario de la glorificación del emperador, de su elevación a la púrpura y de su apoteosis (v.). Desde el punto de vista cultual, se refería preferentemente a la fiesta del nacimiento del Sol (v.) invencible y de su divinidad, con fecha del 25 de diciembre (dies natalis Solis invicti): fecha que se consideraba como la victoria de la luz sobre la noche más larga del año.
      Entre los primeros cristianos se aplica el nombre de dies natalis al día en que los bautizados, por su muerte terrena, entran plenamente en la eternidad. De un modo excepcional lo emplearon para indicar el día del nacimiento en el mundo de Jesucristo y, por extensión, el de la Sma. Virgen y de S. Juan Bautista. El término aplicado al día y aniversario del nacimiento de Jesucristo es correlativo a los de Adviento, Aparición, Teofanía, Epifanía y Parusía (v. los artículos correspondientes).
      El origen de la fiesta de Navidad. Los Evangelios nos hablan del año, pero no del día en que nació el Redentor (v. JESUCRISTO I). Siguiendo criterios simbólicos más que científicos, en la antigüedad se propusieron diversas hipótesis que pretendían determinar ese día. Es lógico que los primeros cristianos quisieran ya celebrar ese día. El primer testimonio que ha llegado hasta nosotros de una fiesta de N. nos lo proporciona el calendario litúrgico filocaliano del a. 354, con la referencia: VIII kal. lan. natus Christus in Bethleh Iudeae (el 25 dic. nació Cristo en Belén de Judea) (v. CALENDARIO LITÚRGICO). Hasta el momento, los historiadores piensan que la creación de la fiesta de N. es contemporánea a la de la Epifanía; al menos se celebraba litúrgicamente en Roma dentro de la primera mitad del s. iv.
      La elección de la fecha ha hecho afirmar que la Iglesia Romana quiso sustituir la fiesta pagana que se celebraba en honor del nacimiento del Sol invencible. Corrobora esa conclusión la insistente relación que, tanto la liturgia de N. como los Padres de la época, establecen entre el nacimiento de Jesucristo y las figuras aplicadas a Él de «sol de justicia» (Mal 4,2) y de «luz del mundo» (lo 1,4 ss.). Quizá también fue una razón de peso para la fijación del día el resultado obtenido de las consideraciones simbólico-astronómicas, según las cuales lo mismo la creación del mundo que la concepción de Jesucristo y su muerte corresponden con el equinoccio de primavera, y más en concreto con el 25 marzo: lógicamente, después de nueve meses, tendría lugar su nacimiento, es decir, el 25 diciembre.
      Durante el s. IV hay datos de cómo la fiesta de N. se extiende por Occidente y toma cuerpo en Oriente, aunque no todas las iglesias la admiten con la misma facilidad. En el s. V, los testimonios indican que la N. es una festividad casi universal.
      Parece ser que los ritos orientales en general han conservado en sus liturgias el primer estrato de la formación de la fiesta: en efecto, en este día junto con la «memoria» del nacimiento de Jesucristo se hace presente el hecho de la adoración de los magos, de acuerdo con la primitiva tradición occidental. Hasta la admisión de la fiesta oriental de la Epifanía (v.) por Occidente no se trasladó la conmemoración de la Adoración de los Magos al 6 de enero.
      Dentro de los ritos occidentales, el que más ha enriquecido la liturgia de N. y ha influido sobre las otras ha sido el romano. Dedicaremos a él preferentemente nuestra atención.
      La Vigilia de Navidad. El tiempo de preparación a la festividad de N. llega a su punto culminante en la Vigilia, existente por lo menos desde el s.VI. Todos los textos del Oficio Divino y de la-Misa de ese día están centrados en el anuncio de la inminente venida del Señor, deseada cada vez más ardientemente durante el Adviento (v.): «Hoy sabréis que vendrá el Señor y nos salvará; y mañana veréis su gloria» (invitatorio y antífona de entrada en la Misa; la misma idea aparece expresada de modo diverso en otros textos litúrgicos). Desde la Edad Media, el anuncio de la llegada del Señor tomó un relieve especial en el acto de cantar solemnemente, como apéndice del Oficio Divino, un texto insertado en el martirologio, muy expresivo: después de recordar las fechas que se creían eran las de la creación del mundo y de los grandes acontecimientos de la historia de salvación y de la historia del Imperio romano, termina el texto: «Estando todo el orbe en paz, en la sexta edad del mundo, Jesucristo, eterno Dios e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su venida, llena de misericordia, concebido del Espíritu Santo, nueve meses después de su concepción nace en Belén de Judá, de María Virgen, como hombre». Al mencionar los principales datos cronológicos de la historia humana, se quiere subrayar que Jesucristo vino al mundo en la plenitud de los tiempos.
      Esta idea queda completada y muy bien reflejada en las lecturas de la Misa de la vigilia de N. en el Misal Romano, de S. Pío V: la epístola y el evangelio se refieren a la genealogía humana del Salvador. S. Pablo habla del cumplimiento de las profecías del A. T. en la encarnación del Hijo de Dios, nacido del linaje de David según la carne (Rom 1,1-6); S. Mateo explica que José, hijo de David, recibe el anuncio del ángel de que María concebirá un hijo por obra del Espíritu Santo, según las predicciones de los profetas, al que deberá imponerle el nombre de Jesús, de Dios entre nosotros (Mt 1,18-21). En el nuevo orden de lecturas del leccionario publicado a raíz del Misal de 1970, la idea en la vigilia de N. no se ha perdido; aparece tanto en el texto de Isaías (Is 62,1-5), como el de los Hechos de los Apóstoles (Act 13,16-17.22-25) y en el del Ev. de S.. Mateo (Mi 1,18-25) que comienza con la genealogía humana de Jesús y concluye con el anuncio del ángel a S. José.
      Las otras liturgias occidentales proponen para la vigilia de N. una gran variedad de lecturas. Cabe destacar las que selecciona al Misal de Bobbio (manuscrito del s. vii que representa tradiciones litúrgicas galicano-irlandesas); lo mismo la epístola que el evangelio ponen de relieve el sentido escatológico de N.: Alegraos porque el Señor está próximo (Philp 4,4-9); sed como siervos que esperan a su amo que regrese de las bodas (Lc 12, 35-37).
      La fiesta de Navidad. Primitivamente en la fiesta de N. existía una sola celebración eucarística. Es la que corresponde a la tercera Misa actual de N., a la llamada «del día». Ésta tenía lugar en la basílica de S. Pedro, después del Oficio nocturno y de Laudes, a la hora de tercia. Durante el pontificado de Sixto III (a. 432-440) se introdujo la costumbre de celebrar otra Misa a «medianoche» en la basílica de Sta. María la Mayor. El aludido Papa había construido en este templo una capilla en honor del nacimiento de Jesucristo; era como una réplica de la gruta de Belén (de aquí uno de los nombres que se dieron a la basílica: Sta. María del pesebre). La Misa de «medianoche», presidida por el Sumo Pontífice, iba acompañada de un Oficio nocturno, distinto del que se cantaba en la basílica de S. Pedro. Quizá esta costumbre de reunirse a medianoche se inspiró en la que existía entre los cristianos de Jerusalén: éstos acudían a la basílica de Belén y pasaban la noche en plegaria junto a la gruta donde se veneraba la memoria del nacimiento de Jesucristo.
      Después de la celebración de los oficios en Sta. María la Mayor, el Papa y su séquito, tras un breve reposo, se dirigían de nuevo a la iglesia de S. Pedro. En el camino de regreso hacían una breve pausa en el palacio imperial del Palatino, en el templo edificado dentro de su recinto llamado «título de Anastasia». Sea el que fuere el origen de este nombre, sabemos que durante el s. v se conmemoraba en el mencionado «título» el día natalis de Sta. Anastasia, el 25 diciembre. Aunque la fiesta de la Santa coincidía con la de N., la curia bizantina de la corte celebraba independientemente la «memoria» de la patrona de su iglesia en la misma fecha. Por lo menos desde el s. vi esta «memoria» era presidida por el Papa, el cual celebraba otra Misa. Pronto se añadió la conmemoración de N., y al cesar el influjo bizantino, la «memoria» de la Sta. fue reducida a una simple alusión, mientras que los formularios de la Misa tomaban un carácter netamente navideño. De esta manera se instituyó la Misa de la «aurora»: la segunda Misa actual de N. (en el Misal publicado en 1970 la conmemoración de Santa Anastasia fue suprimida). La tradición romana de celebrar tres Misas por N. no pasó definitivamente a las otras comunidades de Occidente hasta el s. xvi.
      Como se ha indicado, existían dos oficios nocturnos de N.: el primero, y más solemne, se cantaba en la basílica de S. Pedro y el segundo en la de Sta. María la Mayor. Por un sentido práctico durante el s.XII la liturgia de la basílica de S. Pedro se trasladó a Sta. María la Mayor. Después de un cierto periodo de coexistencia de los dos oficios, el que se tenía en S. Pedro se impuso como el único; el de Sta. María la Mayor se reservó para el día octavo de N.; es un Oficio marcadamente mariano (v. MARÍA IV, 7).
      El Oficio y las tres Misas de Navidad. El Oficio nocturno, sobre todo al unificarse la liturgia de S. Pedro con la de Sta. María la Mayor, adquirió una importancia sólo comparable a la de la vigilia de Pascua. El conjunto de textos que lo componen -los salmos, antífonas y lecturas de Isaías- centran armónicamente la atención en el significado de la venida del Mesías, en el de los nuevos tiempos que se inauguraron con su obra de salvación y en el hecho histórico del nacimiento de Jesucristo. S. León, en el segundo nocturno de Maitines, o segunda lectura del «oficio de lecturas», sintetiza admirablemente el sentido de la encarnación de Dios, la esperanza de redención que ella nos trae, cuya aceptación ha de suscitar una alegría y optimismo indestructibles. En el tercer nocturno de Maitines se leen excepcionalmente tres lecciones evangélicas, conservadas en el «oficio de lecturas», correspondiente a las tres Misas, y el comentario patrístico a cada una de ellas.
      Bajo diversos aspectos, las tres Misas de N. desarrollan el tema de la «iluminación» realizada por la venida de Dios al mundo asumiendo una naturaleza humana (v. ENCARNACIÓN). Es de notar que el tema de la iluminación es común a los grandes misterios celebrados en - el año litúrgico. En el Oficio aparece el tema en formas diversas en los himnos, antífonas, responsorio y preces. Pero donde toma más relieve es en los textos litúrgicos de las tres Misas y en las lecturas bíblicas.
      En el Misal de S. Pío V, la Misa del día -la tercera- está dominada por la visión global del significado de esa «iluminación»: el Verbo, engendrado en la eternidad por el Padre, al tomar la naturaleza humana resplandece como una luz que trasforma; quienes la reciben se convierten, por un nuevo nacimiento, en hijos de Dios (lectura evangélica: lo 1,1-14). Jesucristo, «resplandor de la gloria de Dios», ha venido a redimir a los hombres. Después de llevar a término su obra ha vuelto a la diestra del Padre, donde espera que se unan a 11 todos los salvados con su sangre (epístola: Heb 1,1-12). Por eso, ante la esperanza que Jesucristo nos ha alcanzado, la Iglesia pide al Señor que los que se ofrecen con Jesucristo en la Eucaristía que celebramos, en memoria de su nacimiento, sean purificados de sus máculas (secreta), sean liberados de la antigua esclavitud (colecta), posean el don de la inmortalidad (poscomunión). Se aclama a Dios por su manifestación y se invita a los pueblos a beneficiarse de su luz (cantos de meditación).
      También la Misa de medianoche -la primera- está impregnada del signo de la «iluminación», aunque se presente más dentro de la perspectiva del hecho histórico del nacimiento de Jesucristo: Esta noche brilla con la luz verdadera (colecta); antes del alba, entre esplendores de santidad, el Señor aparece en el mundo (introito, cantos de meditación y antífona de la comunión). El texto evangélico narra las circunstancias del nacimiento del Redentor y su primer contacto con los hombres, envuelto de luz que ilumina la noche y de su gloria que resplandece en los corazones (Le 2,1-14). Sintetizando el significado de la «iluminación», el prefacio -repetido en las tres Misas- canta: «El misterio del Verbo encarnado ilumina con una nueva luz los ojos de nuestra alma; y mientras conocemos de una forma visible a Dios, por Él somos elevados al amor de lo invisible». Con la primera venida, comenta S. Pablo en la epístola, Jesucristo nos ofrece su gracia salvadora; los cristianos deben comprometerse a secundarla con fidelidad, esperando firmemente en la última venida del Redentor (Tit 2,11-15). Por un maravilloso intercambio -Dios toma nuestra naturaleza y nosotros recibimos su divinidad- nuestra esperanza es ya una realidad (secreta); sólo aguardamos la plena manifestación de esa realidad. Con esta certeza la Iglesia ruega al Altísimo que la luz de Jesucristo nos conduzca a la alegría del cielo (colecta), hasta la unión perfecta con Él (poscomunión).
      Insistiendo sobre el mismo tema de la «iluminación», la Misa del alba o aurora -la segunda- expresa la felicidad de los hombres ante la luz que se ha difundido en ellos por el nacimiento de Jesucristo (introito, canto de meditación, secreta, evangelio: Le 2,15-20 -que nos narra las primeras reacciones de María y de los pastores por la «iluminación» recibida en el momento de aparecer al mundo el Señor-). La antífona de la comunión invita a exteriorizar la felicidad interna. La Iglesia ora para que Dios conceda que la luz que ha penetrado en el alma de los fieles, por el nacimiento de Jesucristo, resplandezca en las obras de todos ellos (colecta), que les sea verdaderamente principio de una nueva vida (poscomunión). El fragmento de la epístola -leído en la fiesta de la Epifanía oriental- resume el sentido que tiene la manifestación de Dios, en su encarnación, en su vida, muerte y resurrección (Tit 3,4-7).
      En el Misal publicado en 1970, en la Misa primera, de medianoche, se ha conservado la colecta, en uso en la Iglesia al menos desde el s. viii, que presenta a Cristo, «luz verdadera», iluminando la noche santa, y esto da ocasión a la Iglesia para pedir que nos conceda «gozar en el cielo del esplendor de su gloria a los que hemos experimentado la claridad de su presencia en la tierra». En la primera lectura el profeta Isaías comienza su oráculo con el tema de la iluminación de la gracia: «E1 pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló» (Is 9,2). El tema de la luz anuncia la liberación próxima de las provincias caídas en manos de los asirios, es cierto, pero se enlaza esto con la persona y actuación del futuro Rey, el Mesías. Así es como lo ve la Iglesia en la liturgia de N. Se ve mejor esta ilación en la antífona de entrada en la Misa segunda, de la aurora, en la que se adaptan frases de esa perícopa de Isaías al nacimiento de Cristo: «Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor...». También se ha conservado para esta Misa la colecta del Misal de S. Pío V, insertada en la liturgia desde el s. viii al menos. El tema de la luz vuelve a aparecer de nuevo en esa Misa en el salmo responsorial, después de la primera lectura, en el que se toma como estribillo la misma frase de la antífona de entrada que hemos transcrito. La elección del salmo 96 para este momento de la liturgia parece haber sido hecha por el tema de la luz: «amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón». Finalmente, en la tercera Misa, la del día, el tema de la luz lo encontramos centrado en el evangelio. En el aleluya la Iglesia canta jubilosa «porque hoy una gran luz ha bajado a la Tierra» y con ello se dispone a recibir el mensaje evangélico tomado del prólogo del Evangelio según San Juan (l,1-18), como en el Misal de S. Pío V, y en él se nos dice que «en la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió», que Juan vino a dar testimonio de la luz, que la luz verdadera estaba en la Palabra y que ilumina a todo hombre. El primer prefacio de N. también revaloriza el aspecto de «iluminación» que tiene la solemnidad de N.: es el mismo del Misal de S. Pío V. Esa «iluminación» nos lleva a otros muchos aspectos del misterio de N. celebrado en la liturgia, como el de la renovación del hombre viejo, la libertad de los hijos de Dios, la participación en la divinidad por nuestra cualidad de hijos adoptivos de Dios, como bellamente recuerda la colecta de la tercera Misa, de N., tomada del Sacramentario Leoniano: «... concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana».
      Liturgia y folklore de Navidad. En el tema principal desarrollado por la liturgia de N. -la «iluminación»encontramos los elementos básicos de la teología y de la pastoral de la fiesta. N. no es sólo un recuerdo de un suceso histórico. Constantemente la liturgia subraya que el hecho del nacimiento de Jesucristo está ordenado a la Redención, a la Pascua, a la Parusía. Según la terminología de los antiguos, N. es una memoria-misterio, cuyo centro es la muerte y resurrección de Jesucristo, siempre presente 'y operante, como alma de toda celebración litúrgica (V. PASCUA).
      Alrededor de la liturgia de N. se ha formado, en el decurso de los siglos, una serie de costumbres folklóricas que han contribuido a crear un ambiente festivo en la intimidad de las familias y en las calles de aldeas y ciudades. Ya en el s. V se compusieron cantos populares sobre el misterio de la Encarnación, inspirados en la teología y la liturgia de Navidad. Cuando, en el s. XIII, S. Francisco de Asís y sus discípulos propagan la devota práctica de construir «belenes» en las iglesias y en las casas, se extienden los villancicos (v.) de N., caracterizados por el tono sensible e ingenuo de sus letras y de sus melodías; se refieren preferentemente a los sentimientos de la Virgen y de los pastores ante la pobreza que Dios ha escogido al tomar un cuerpo humano. En los últimos siglos el repertorio de villancicos de N. ha aumentado considerablemente; a veces sin una relación directa con la dimensión religiosa de la fiesta o respondiendo a una «piedad» sólo sentimental sobre el «niño Jesús», al margen o sin favorecer la participación y la comprensión de la fiesta y de su liturgia.
      Como para expresar visiblemente el significado de la «iluminación» obtenida por el nacimiento de Jesucristo, desde antiguo se introdujo el hábito de encender fuegos durante la noche de N., reemplazando tradiciones precristianas. El alumbrado extraordinario de los lugares públicos durante el tiempo de N. se ha inspirado en esos usos.
      Desde el s. XVI, en los países nórdicos, se empiezan a reunir en torno a un árbol -el árbol de N.-, signo de la gracia alcanzada por la Encarnación y por la muerte en el árbol de la cruz de Jesucristo, en contraposición del pecado que se originó en el árbol del paraíso, las diferentes costumbres populares de N.: se cubre deluces, se instala junto a él el pesebre, se cantan villancicos a su alrededor...
      También desde antiguo se destinó para el día de N. la práctica de cambiarse regalos y felicitaciones; práctica sugerida por la que existía en Roma el día primero del año, llamada estrenas. Al principio se simbolizaba que era el niño Jesús quien ofrecía los regalos. Los protestantes sustituyeron esa imagen por la de un hombre anciano -Papá Noel-, aplicando la mitología del dios Thor (V. ESCANDINAVIA III). En España son más bien los Reyes Magos quienes distribuyen los dones, y no tanto por N. cómo por la Epifanía, en que se conmemora el hecho de la entrega de sus obsequios a Jesucristo.
      La liturgia del tiempo de N. une las festividades del nacimiento del Redentor con la de su Epifanía. Durante la octava de N. se celebran las «memorias» de los Stos. Esteban, Juan Ev. e Inocentes, como las más antiguas, a las que Oriente añadía la de los Stos. Pedro y Pablo. Su inserción en esos días responde a un primer esbozo de ordenación del «propio de los santos», que encontramos ya en el s. IV.
      V. t.: ADVIENTO; EPIFANÍA; VILLANCICO.
     

BIBL.: B. BOTTE, Los orígenes de Navidad zy de la Epifanía, Madrid 1964; H. FRANK, Frühgeschichte und Ursprung des róm:schen Weihnachtsfestes im Lichte neuerer Forschung, «Archiv fürLiturgiewissenschaft» 2 (1952) 1-24; VARIOS, misterio de la Navidad, Salamanca 1964; J. LEMARIE, La manifestación del Señor, Salamanca 1966; J. CLAUDE-NESMY, Spiritualité de Noél, Tournai 1960; Y. J. CONGAR, Los caminos del Dios vivo, Barcelona 1964, 81 s.; Avent, Noel, Épiphanie, «La Maison-Dieu» 59 (1959); V. t. en la bibl. del art. AÑo LITÚRGICO, lo correspondiente a N.; lo mismo en F. X. VEISER, Fétes et coutumes chrétiennes de la Liturgie au folklore, París 1960.

 

A. ARGEM ROCA.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991