HOMERO
Según la tradición, es el nombre del más antiguo poeta épico de Occidente, a
quien los antiguos atribuían la llíada y la Odisea y, con más o menos dudas, los
poemas cíclicos y los llamados himnos homéricos, que, como el Margites (perdido)
y la Batracomiomaquia, con 303 hexámetros, son claramente posteriores a las dos
grandes epopeyas.
1. La figura de Hornero a través de la tradición. La personalidad de H. se
diluye en leyendas que llegan hasta el s. vil. Los testimonios trasmitidos sobre
su vida (conservada en siete versiones, atribuida una de ellas a Heródoto (v.),
además del Certamen de Homero y Hesíodo), no pueden fecharse con anterioridad a
la época imperial romana, si bien se remontan a una tradición antigua.
Wilamowitz (cfr. Vitae Homeri et Hesiodi, Bonn 1916) fue el primero en advertir
que las noticias antiguas sobre la vida del poeta podían tener un fundamento
histórico. Según estos testimonios antiguos, la localización cronológica de H.
va desde considerarle contemporáneo de la guerra de Troya (ca. 1250 a. C.),
pasando por Heródoto, que lo sitúa a mediados del s. ix a. C., hasta fecharlo
400 años después de tal guerra e incluso en el s. vii. Hoy los autores parecen
de acuerdo en fijar esta cronología a fines del s. viii a. C. Las razones
alegadas para ello son de tipo cultural: ciertas armas, la incineración, las
cuadrigas, conocimientos geográficos y de la escritura, la cerámica geométrica,
etc.
Respecto a su vida y su patria, son igualmente muy variadas las
indicaciones. Según unos testimonios, nació en Esmirna y se llamó Melesígenes.
El poeta Semónides, en cambio, siguiendo otra tradición, lo sitúa en Quíos,
donde vivieron los homéridas, que pretendían ser descendientes de H. y se
dedicaban a la recitación de sus poemas todavía en tiempo de Platón. El autor
del Himno a Apolo Delio habla de sí mismo como «hombre ciego que habita en
Quíos» y es identificado por Tucídides con H., provocando por primera vez la
representación de H. ciego, como lo muestran las reproducciones clásicas y
helenísticas. Según otras tradiciones, H. habría muerto y estaría enterrado en
la pequeña isla de los, cerca de Tera. La ciencia moderna no puede demostrar
esta localización de los poemas, pero es evidente que el campo propio de acción
del poeta estuvo en un círculo de cultura jónica en Asia Menor e islas
adyacentes, Quíos entre ellas, como lo demuestran los elementos dialectales
jónicos de la lengua homérica. También parece haberse llegado a la conclusión de
que debemos aceptar la existencia de un poeta autor de los poemas, a los que
presta unidad y espíritu y al que la Antigüedad llamó H., aunque nada haya
podido demostrarse sobre su época, nacimiento, vida y muerte.
2. La llíada. Este poema, con 15.693 versos, fue así llamado por primera
vez por Heródoto (11,116,2); ofrece un episodio que abarca 51 días en el décimo
año de la guerra de Troya, en torno a un tema fundamental que es la cólera de
Aquiles, con sus funestas consecuencias y el final de esta ira. Aquiles,
caudillo de los mirmidones, es agraviado por Agamenón (generalísimo de los
ejércitos griegos), que quita a aquél su esclava Briseida, como compensación por
tener que devolver la suya, Criseida, a su padre, Crises, sacerdote de Apolo.
Aquiles se retira del combate con sus mirmidones y suplica a su madre, Tetis,
que le consiga una satisfacción de Zeus, haciendo que sean derrotados los
griegos por los troyanos hasta que él sea desagraviado por la ofensa recibida.
Este motivo fundamental de la cólera de Aquiles se desarrolla paralelamente a la
acción de fondo de la guerra troyana: catálogo de las naves en el canto II,
combate individual de Paris y Menelao en el 111, intervenciones de otros
caudillos como Diomedes, Ayax, Ulises, Idomeneo; despedida de Héctor y Andrómaca
en el canto VI, presencia de los dioses en los combates, etc. El cumplimiento
del designio de Zeus para desagraviar a Aquiles tiene un desenlace imprevisto
con la muerte de Patroclo, su amigo entrañable, a manos de Héctor; esta muerte
conduce, a través de un dramático clímax, con la intervención de Aquiles ya
reconciliado con Agamenón, a la muerte de Héctor; la súplica de Príamo al
matador de su hijo y los funerales de Héctor, ya en Troya, ponen fin al poema.
La unidad de conjunto de la Ilíada no es obstáculo para la utilización de
diversos elementos de una épica anterior, de tiempos micénicas, ni tampoco
impide la interpolación de partes extrañas. La conquista de la ciudadela
troyana, ca. 1250 a. C., dio tema al repertorio de la épica hasta llegar a
imponerse sobre otros motivos anteriores, como, p. ej., la expedición contra
Tebas. Ésta es la conclusión a que se llega al comprobar en los poemas homéricos
la presencia de objetos y la alusión a lugares desaparecidos después del colapso
de la civilización micénica. A dicha época deben remontarse los catálogos del
canto 11, la mención de objetos ya en desuso antes de la caída de Troya y otros
detalles. El desciframiento de las tablillas micénicas, escritas en silabario
lineal B, hecho por Michael Ventris en 1953, comprueba el carácter griego de la
cultura micénica y orienta sobre la existencia de personajes de la leyenda como
Ayax, Eteocles, Orestes, Aquiles o Héctor.
Si intentamos fechar la Ilíada con evidencias internas, la arqueología da
resultados ambiguos, pero impide una fecha demasiado remota, pues la estatua
sedente citada en VI, 302-303 no puede ser anterior al s. vii a. C., mientras
que el empleo de la falange en la guerra (X111,131 ss.) es más tardío. Aun
considerando estos pasajes como corrupciones o adiciones posteriores, la Ilíada
no describe la cultura de la era micénica como lo haría un documento
contemporáneo. La evidencia literaria da como terminus ad quem el s. vi¡, fecha
en la que se dice que Terpandro había recitado a H. en Esparta. Arquíloco (700
a. C.) parece igualmente dar variantes de frases homéricas en los fragmentos 65,
41 y 38. Es evidente que la Ilíada siguió incorporando elementos de civilización
en el curso de la trasmisión textual, como lo demuestran, entre otros ejemplos,
la mención del hierro y el trabajo de algunos metales, la incorporación de Apolo
al panteón griego, la práctica de la incineración de los cadáveres (posterior a
la época micénica), y también el análisis de la lengua, como un estrato eólico
distinto del micénico y posterior a él, etc.
Entre las partes posiblemente extrañas, los críticos más unitarios
consideran interpolado todo el canto X, la Dolonía, de cuya acción no hay
ninguna referencia en el resto del poema; también lo parece la segunda parte del
canto VII, en el que se habla de la erección del muro a propuesta de Néstor.
Contenido histórico de la «Ilíada». Las fuentes más directas son los
yacimientos arqueológicos, que permiten comparar objetos, y los indicios
lingüísticos, como las tablillas micénicas, inscripciones y conclusiones
obtenidas de los propios poemas. Las excavaciones de Schliemann y el
descubrimiento de Troya en 1870, los trabajos de Dbrpfeld y Blegen han
demostrado que la Troya VI fue destruida por un violento terremoto; los
supervivientes del siniestro reconstruyeron la ciudad (VII a) a escala más
humilde y reducida; ésta fue devorada por un fuego devastador y en algunas
calles y edificios aparecieron huesos humanos insepultos. Todo ello, así como la
cronología, cuadra bien con la leyenda homérica. Hay poca cerámica importada, a
causa del empobrecimiento después del terremoto, pero suficiente para deducir la
fecha de la caída entre las que se dan como clásicas: 1193 a 1184 a. C. según
Eratóstenes, 1209-1208 según el Marmor Parium, y ca. 1250 según Heródoto
(11,145), fecha que acepta Blegen.
Las causas de la guerra, en plena decadencia ya del mundo micénico, son
desconocidas. Mientras que Rhys Carpenter (cfr. o. c. bibl.) niega casi por
entero un núcleo histórico en la epopeya, Denys L. Page (cfr. o. c. bibl.) trata
de descubrir en los archivos de los últimos reyes hetitas alusiones a las
correrías de un rey aqueo venido de la Grecia propia contra la liga de Assuwa,
que pertenecía a Truisa-Troya en tiempo del abatimiento del poderío hetita. Los
estratos arqueológicos dan muestras (principios del s. xi) de la brutal
irrupción dórica que trajo el hierro y la cremación de cadáveres, la nueva
cerámica submicénica y la protogeométrica.
También las tablillas micénicas presentan rasgos coincidentes con las
instituciones homéricas. La situación personal de los reyes homéricos es
comparable con la del wanax de las tablillas; su relación con la divinidad en
ambos casos es muy estrecha. Recuerdo micénico es también la donación de un
territorio a un héroe por parte de un rey (Peleo a Fénix o Agamenón a Aquiles).
El papel del wanax homérico unas veces se adapta y otras no a los datos de las
tablillas. El poeta prefiere establecer una concepción personalista y otras
veces es vago o poco preciso. Lo mismo ocurre con los jefes del ejército; H.
presenta una monarquía que tiende a desintegrarse, dejando el poder a las
familias nobles; sin embargo, vuelve de cuando en cuando al recuerdo de la
grandeza micénica, de tipo tribal.
3. Análisis de la «Odisea». A diferencia de la Ilíada, es el poema de la
conquista del mar a fuerza de audacia, paciencia e inteligencia. La lengua,
costumbres y creencias son medio siglo más recientes. Pueden distinguirse en el
poema, más corto también, con 12.110 hexámetros, tres partes -viaje de Telémaco
(cantos 1 al IV); aventuras de Ulises (cantos V al X); matanza de los
pretendientes (XIII al XXIV)-, unidas sobre todo en la figura del protagonista.
El poeta introduce in medias res presentando a Ulises en la isla Ogigia retenido
por la ninfa Calipso. La asamblea de los dioses en el canto I, sugerida por
Atena, provoca el viaje de Telémaco, acompañado por la diosa bajo la figura de
Mentor, y la orden de los dioses a Calipso, trasmitida por Hermes, de que deje
partir a Ulises; al mismo tiempo el poeta muestra el asedio de los pretendientes
a Penélope. Ulises llega al país de los feacios y en un banquete hace el relato
retrospectivo de sus aventuras, en las que se incluyen las aportaciones más
populares de la Odisea al folklore universal: los lotófagos, los cíclopes, las
sirenas, Escila y Caribdis, el viaje al Hades, las vacas del Sol (cantos IX al
XII). Con el regreso de Ulises a Itaca se mantiene un suspense de varios cantos
hasta llegar en el XXII la matanza de los pretendientes, el reconocimiento del
héroe por su esposa, en el XXIII, y la llegada de las almas al Hades y la
pacificación de Itaca en el XXIV.
El tema central del poema, el retorno y la venganza del héroe, es popular
en muchas literaturas y se presta a recibir ampliaciones. Los episodios son de
muy diversas procedencias y algunos son verdaderos cuentos populares, como el
del cíclope Polifemo, que es una de las muchas versiones (se han contado 125)
del héroe que cae en manos de un pastor gigante, al que ciega para poder
escapar. El protagonista de la epopeya Gilgames (v.) recuerda mucho a Ulises;
asimismo, la maga Circe, como la diosa Istar, transforma en animales a los
hombres. En ambos poemas hay una bajada a los infiernos; coincidencias son
también la muerte del toro celeste en el poema de Gilgames y la matanza de las
vacas del Sol en la Odisea, el retorno del héroe y la matanza de los
pretendientes con el arco infalible de Gurpanzah, la visita de Gilgames a su
madre divina pidiéndole ayuda, la muerte del amigo inseparable y el lamento de
Gilgames. Hay otros paralelos con las leyendas hititas, egipcias y orientales en
general. Por otra parte, la Odisea recoge una serie de aventuras del ciclo de
los Argonautas en busca del vellocino de oro hasta la Cólquide, en el mar Negro.
Por el carácter popular de los temas de la Odisea, muchas figuras son
parlantes, es decir, describe su nombre al personaje que lo lleva, dato éste
característico de los nombres forjados por la leyenda. Así Penélope es «la que
deshila la trama del tejido»; Cíclope es «el que tiene el ojo como una rueda»;
Calipso es de la misma raíz que el verbo 'cubrir', alusivo a Ulises, etc.
También a diferencia de la Ilíada, las aventuras de Ulises ocurren en lugares
fantásticos, aunque ha habido intentos como el de Víctor Berard, de localizarlas
geográficamente, con resultados dispares. Esta vana empresa ya provocó las
palabras irónicas de Eratóstenes al decir que se determinaría la situación
geográfica cuando se encontrara al curtidor que había cosido los odres de viento
de Eolo.
4. La cuestión homérica. Ya en la misma Antigüedad, debido a las
diferencias de tema y de estilo, los llamados «corizontes» (separadores), como
Helánico y Yenón, consideraron ambos poemas obra de autores diferentes, pero sin
dudar de que uno y otro fueran obras unitarias. Fue en los tiempos modernos
cuando empezó a ponerse en duda la existencia de H., a raíz de la polémica entre
los antiguos y los modernos (v. FRANCIA ix). El abate Frangois Hédelin
d'Aubignac en sus Conjectures académiques ou Dissertation sur 17liade, publicada
en 1715, sostuvo que H. no había existido y que los poemas eran sólo una
compilación de fragmentos refundidos primero por Licurgo y luego por Pisístrato.
Wolf recogió y explotó estas ideas en sus Prolegomena ad Homerum, en 1795,
insistiendo en que no era conocida la escritura en la época de H. y la unidad de
los poemas procedía, por tanto, de redactores tardíos.
Hoy sabemos que en el s. vu a. C., o antes, había ya un silabario micénico
y que era normal la trasmisión de memoria de poemas extensos. Desde Wolf hasta
bien entrado el s. xx la crítica analítica, que descompone los poemas en otros
menos extensos, explica sus argumentos con las siguientes razones: 1)
contradicciones de lengua y estilo, arqueológicas, culturales e internas; 2)
repeticiones; 3) defectos de composición. Las principales teorías y
representantes de ésta escuela analítica son: a) Teoría de la ampliación, según
la cual habría inicialmente dos pequeños poemas, en torno respectivamente a la
ira de Aquiles y el retorno de Ulises; posteriormente, recibieron sucesivas
adiciones e interpolaciones hasta alcanzar el estado actual. Esta teoría parte
de G. Hermann y la siguieron Grote, Niese, Leaf, Murray, Cauer y Finsler, entre
otros. b) Teoría de los cantos sueltos. Según Lachmann, las contradicciones de
la Ilíada se justificarían considerándola como un conglomerado de cantos épicos
independientes, reducidos, obra del espíritu popular. c) Teorías de la
compilación. Las acciones tan diversas de la Odisea sugirieron esta teoría:
unión de varios poemas independientes de menor extensión. Kirchhoff fue el
primero, pero fundamentó definitivamente la teoría Wilamowitz, para quien la
Odisea se habría completado sobre la base de tres poemas anteriores: la
Telemaquia, la Victoria de Ulises sobre los pretendientes y la Odisea antigua
(aventuras de Ulises). Sigue esta teoría en el s. xx Peter von der Mühl.
La crítica unitaria, la que prevalece en nuestros días, se limitó en el s.
xix a intentar salvar la unidad de cada poema por separado, admitiendo
interpolaciones en partes no fundamentales y de menos valor artístico. En el s.
xx, a partir sobre todo de los Iliasstudien de Schadewaldt, esta escuela
unitaria ha tomado la iniciativa, analizando minuciosamente los detalles para
demostrar la coherencia de todo el poema, sin afirmar por ello que una sola
persona inventara la llíada.
Por de pronto, se rebaten las contradicciones de lengua, reconociendo en
los poemas una lengua artificial, resultado de una larga tradición y
condicionada por la métrica; las contradicciones de estilo se apoyan en
argumentos muy subjetivos, por cuanto H. presenta un amplio panorama inserto en
una antigua y múltiple tradición, cuya interpretación es discutible. Las
contradicciones arqueológicas, culturales e internas se explican por la
interpenetración de elementos de distinta fecha en los poemas, dejando a un lado
la inexistencia de una buena parte de las señaladas. Con el mismo criterio deben
juzgarse las repeticiones y los llamados «defectos» de composición, habida
cuenta del punto de vista del estilo y composición tradicionales heredados por
H. y el choque de su personalidad artística con el material recibido.
El punto de partida de la escuela unitaria es literario, o sea, se basa en
la impresión de unidad que producen los poemas, frente al logicismo de los
analíticos. Schadewaldt fue quien causó la mayor impresión abriendo brecha en el
frente analítico. Aportaron nuevos datos al problema los trabajos de Milman
Parry sobre la dicción formularia, al demostrar que dos terceras partes de los
poemas consisten en fórmulas, y, con ello, que se trata de una técnica
tradicional ligada con el hecho de la composición oral, que caracteriza a toda
la épica primitiva. En nuestros días se mantiene el problema de la atribución de
la Odisea a H.; hasta ahora los estudios se han dedicado sobre todo a la Ilíada
y, aunque la Odisea tiene unidad y no se puede probar que sea más reciente que
la Ilíada, tampoco hay argumentos suficientes para demostrar que sean obra del
mismo autor.
5. Lengua homérica, métrica y estilo. Los poemas homéricos están escritos
en una lengua artificial, literaria, cuya complejidad se basa, por una parte, en
los formulismos propios de la poesía de los aedos y, por otra, en las continuas
aportaciones recibidas a lo largo del tiempo, en el curso de las continuas
refundiciones de los cantos épicos. A esta yuxtaposición de formas antiguas y
modernas hay que añadir la falta de homogeneidad dialectal, ya que aparecen
formas que representan a la totalidad de los dialectos griegos, a excepción del
grupo occidental. Tampoco son fáciles de interpretar formas «artificiales»
exigidas por la métrica o sencillamente «monstruos» producidos por el largo
proceso de trasmisión textual. La primera obra fundamental sobre la lengua
homérica es la de Monro, en 1891; Milman Parry hizo estudios comparativos con la
épica de diversos pueblos europeos y demostró el carácter oral de la poesía
homérica, corroborado con algunos rasgos inconfundibles de H., como los epítetos
fijos, los versos formularios y, posteriormente, con estudios acerca de la
«composición anular» y las escenas típicas de los poemas.
Actualmente, nadie duda del carácter artificial de la lengua homérica, del
micenismo de su fondo más antiguo y de las continuas aportaciones recibidas
entre una y otra época. Los micenismos o aqueísmos se identifican por su
pervivencia en los dialectos arcadio y chipriota o por aparecer en los
documentos descifrados de las tablillas micénicas. Sigue un estrato de eolismos,
distinto del micénico anterior, y por último una gran cantidad de formas
jónicas, que son las que mejor definen la lengua homérica. Pero el hecho de
haberse trasmitido los poemas por Atenas ha dejado en ellos un barniz ático, de
carácter moderno, que pugna con su natural arcaísmo. Algunas formas se deben a
errores en la «transliteración» del texto homérico de los alfabetos arcaicos al
nuevo alfabeto jónico, generalizado en Grecia en el s. iv a. C. Las exigencias
métricas explican también muchas formas.
El verso épico. Los poemas homéricos están compuestos en versos iguales e
independientes, que fueron primero cantados y luego recitados; su ritmo se basa
en la repetición a intervalos regulares de secuencias fijas de sílabas largas y
breves, de acuerdo con el ritmo cuantitativo de la métrica griega. La unidad
métrica es el dáctilo, formado por una sílaba larga y dos breves susceptibles de
sustitución por una larga, adoptando entonces la forma de un espondeo. El verso
épico consta de seis medidas (hexámetro), formadas por cinco dáctilos y un
último pie, que puede ser indistintamente espondeo o troqueo (larga más breve).
Cada verso tiene una pausa al final; esta unidad métrica es también unidad de
cadencia en la melodía de la frase y en la entonación. Sin embargo, como el
número de sílabas de un hexámetro (de 12 a 17) excede de las normales en un
grupo melódico, hay cesuras interiores, que son límites de grupo melódico en el
interior de los versos. Estas cesuras, que coinciden naturalmente con fin de
palabra fonética, pueden ser: trihemímera (tres medias partes de dáctilo),
pentemímera (cinco medias partes), trocaica (después del tercer troqueo),
heptemímera (siete medias partes) o bucólica, también llamada diéresis porque
coincide con fin de metro y por el uso que hicieron de ella los poetas bucólicos
helenísticos.
6. Estilo y técnica épica. Las características constantes de la poesía
homérica son las propias de la poesía oral. Destaca ante todo la repetición de
expresiones en forma de escenas típicas, versos, grupos de versos, partes de
versos que se ajustan a un esquema métrico definido y coinciden generalmente con
distintas cesuras; este mecanismo de la dicción formular se advierte en especial
en la mención de personajes divinos o humanos, caracterizados por un repertorio
de epítetos que cambian según el lugar del verso que ocupen. Estas fórmulas son
de tipo tradicional y alcanzan la cantidad de 25.000.
La épica aspira ante todo a perpetuar en el recuerdo las gestas gloriosas
de los antepasados; al perder actualidad, gana en valor literario. Esta mezcla
de historia remota, combinada con leyenda, explica algunos rasgos como la
tendencia arcaizante, la objetividad y el distanciamiento del poeta. H. procura
que el sentimiento se produzca espontáneo en sus oyentes y lo consigue por medio
de símiles y alegorías que ayudan a comprender un proceso con otro ya conocido.
Los símiles son la creación más genuina de H., aunque su repetición y frecuente
empleo inadecuado hacen pensar en la existencia de un repertorio tradicional.
Con las digresiones, comparten la característica de pausa en el relato,
retrasando el desarrollo de los acontecimientos para mantener despierta la
atención del oyente. El ejemplo más expresivo es el de la persecución de Héctor
por Aquiles en XXII,137 ss. Menos frecuente que el símil es la metáfora, que H.
usa tímidamente, seguida incluso de un símil para explicarla, como las naves
«corceles del mar para los hombres» o los remos «que son alas de las naves».
Patrimonio de la poesía heroica son también los discursos en estilo directo y la
composición circular (Ringkomposition), fenómeno común a las literaturas
arcaicas, debido al ordenamiento asociativo y no lógico de los elementos de una
narración. El hilo riguroso del relato se interrumpe en un punto para intercalar
un excursus, y se reanuda después mediante giros similares o idénticos a
aquellos con los que se le dio comienzo, cerrando así el anillo que da nombre a
este tipo de estructura literaria.
El colorido y la profusión de un suceso acaecido se caracterizan por medio
de escenas típicas. Una extensa descripción de batallas se sustituye por una
aristía o principalía (actuación de jefe o figura principal). La eficacia del
contraste se consigue desviando al lector a ratos del transcurso de la acción y
trasladándole a un medio más tranquilo. Este contraste confiere a la siguiente
representación del suceso una eficacia más sólida. Parecida función tienen los
frecuentes episodios en forma de conversación (especialmente antes de un cambio
de escena), como la despedida de Héctor y Andrómaca en el canto VI.
H. es el maestro de la etopeya, es decir, es un gran creador de
personajes, a los que da vida a veces con un simple gesto y una única palabra,
sin describirlos, ya que puede decirse que H. no describe nunca. En la Ilíada
casi todos sus personajes son soldados: Ayax tiene la bravura de la resistencia,
testarudez y valentía, es «torre» y «muro» de los griegos. Diomedes, en cambio,
es coraje de ímpetu y furia. A Paris, héroe de la guerra, seductor y raptor de
Elena, H. lo convierte en el cobarde de la Ilíada, «azote de su patria», que ha
recibido de Afrodita la belleza y el don de inspirar amor; y a Elena, destinada
a ocupar el papel odioso de esposa culpable, por la que mueren griegos y
troyanos, en una simple mujer que sólo pide vivir oscuramente como buena esposa
y tierna madre. Aquiles es fuerza y juventud, sostén de los débiles, consumido
por el amor propio, la gloria y el odio, con pasión obsesiva que aniquila en él
el sentido del honor. Héctor es la figura favorita de H., ajeno al mito troyano,
fuerte y tan valiente como Aquiles, pero con disciplina impuesta. Ulises es un
buen soldado, jefe de gran autoridad, astuto, bravo, gran marino, aventurero.
Penélope es la esposa digna. Nausica es la joven con tacto, pudor, bondad y
valor.
7. Cultura y religión homérica. H. distingue entre su mundo y el de los
acontecimientos que narra. Cosas del horizonte propio del poeta, como la
equitación, señales de trompetas y la cocción de la carne, sólo aparecen en la
Ilíada como metáforas. Las armas son de bronce; el hierro se emplea en lenguaje
metafórico o proverbial. Pero a pesar de su conciencia de un pasado remoto (H.
pudo haber visto las ruinas de Troya), sus poemas reflejan la situación social
de su época. El código de honor de la nobleza no es sólo patrimonio de la
tradición, sino que lo ha visto vivo en su tiempo. Los héroes comen carne asada
y rara vez pesca, pero ésta aparece como un hecho cotidiano. También se atiene
al tiempo de la epopeya en cuanto a la cremación de cadáveres, pero los
sepulcros micénicos presentan otros tipos de sepulturas. Es un problema saber
cómo pudo introducirse lo micénico en un poema del s. vi¡¡, pero es indudable
que existe, como el vaso de Néstor (Ilíada, X1,632), el casco de cuero con
colmillos de jabalí (Ilíada X,261), el escudo alargado u otros objetos. Hay
partidarios de explicar estos hechos remontando la épica griega a la época
micénica, o quienes los admiten como recuerdos mantenidos largo tiempo. El mundo
homérico combina su propia época con la de su redacción, apuntando a un pasado
lejano con evocaciones petrificadas en los poemas.
Es tradicional en H. la intervención continua de los dioses
antropomórficos en la acción de los poemas. La sociedad divina en H. responde a
una estructura política del tipo de la micénica, con un pater familias olímpico.
La acción de la Ilíada se desarrolla en dos planos: al hacer humano se
contrapone la acción divina; tanto y más que los hombres, los dioses son
protagonistas en ambos poemas. Tienen forma, sentimientos y pasiones humanas,
pero son inmortales y tienen un poder sobrehumano que los hace superiores a los
hombres en fuerza, belleza e inteligencia. Este mundo divino dispone en el poema
de cantos épicos de tema mitológico, así como de la libertad propia de una
religión que no posee unas sagradas escrituras que fijen la vida y los hechos de
los dioses. Por otra parte, el hombre homérico tiene profundamente arraigada la
creencia de no ser responsable de sus acciones, ya que obra movido por fuerzas
superiores y extrañas a él, a las que se refiere en términos generales; el
aparato divino no cuenta en H. entre los elementos fantásticos y así son
excepción las intervenciones milagrosas, como el llanto de los caballos de
Aquiles en XVII, 426 y ss. o la lucha entre el agua y el fuego (XX,330).
8. Homero y la posteridad. La trasmisión de los poemas homéricos estuvo,
durante mucho tiempo, en manos de los rapsodas, citados por Heródoto (V,672).
Píndaro habla de los homéridas de Quíos, gremio de supuestos o reales
descendientes del poeta, que pudieron conservar los prototipos textuales,
dispersados luego por los más lejanos lugares del mundo griego. Hay noticias de
la introducción por Licurgo de copias en Esparta, pero abundan más las
referentes a la difusión de los textos en Atenas a partir de Pisístrato (s. vi
a. C.). Están bien atestiguados los recitados seguidos en la fiesta de las
Panateneas y la presencia de textos de H. en la primera enseñanza. La tesis
sobre una recensión del texto hecha por Pisístrato está hoy muy desacreditada;
hasta la aparición de los primeros papiros pasan 300 años en que faltan textos
de tradición directa, pero aumenta su popularidad, surge el nutrido ciclo épico
que completa la leyenda troyana, se inventa una biografía de H., se le atribuyen
obras como la Batracomiomaquia y el Margites, etc.
A fines del s. vi, Teágenes de Regio da una interpretación alegórica de
los poemas, tratando de salvar la reacción conservadora frente a los
atrevimientos religiosos del poeta. Platón conoce estas alegorías y dedica tres
diálogos a problemas de interpretación o crítica de H., pero fue sobre todo
decisiva la actividad de los críticos alejandrinos. Zenódoto de Éfeso hizo el
reparto de ambos poemas en 24 cantos, designados respectivamente con las letras
mayúsculas y minúsculas del alfabeto griego (s. tir a. C.); el definitivo
ordenador del texto fue Aristarco de Samotracia, que dispuso de abundante
material crítico y dejó casi totalmente unificada la Vulgata homérica, en cuanto
al número de versos, y es el texto homérico más antiguo que conocemos. H. entra
en Roma gracias a Livio Andrónico, que tradujo al latín la Odisea con fines
didácticos; le sigue Ennio, el alter Homerus horaciano, que tanto contribuyó a
la helenización del espíritu romano; Virgilio, que tomó mucho del gran poeta
griego. Entre las derivaciones populares medievales, merece citarse el Rornan de
Troie, de Benoit de Saint-More; elementos homéricos hay en el Poema de Fernán
González, en la Chanson de Roland, etc. Dante no conoció a H. pero lo cita a
través de Cicerón, Horacio y Ovidio. Tampoco sabía griego Petrarca, pero leyó a
H. traducido y sintió admiración por él. Boccaccio, en cambio, fue el
introductor de H. en el mundo occidental. En 1498 se hizo la editio princeps de
H. en Venecia bajo la dirección de Demetrio Calcondilas; esta actividad
editorial fue precedida por la llegada de manuscritos griegos aportados por los
emigrados de Bizancio después de la toma de Constantinopla por los turcos.
Lorenzo Valla tradujo al latín en 1442-44 los 16 primeros cantos de la llíada.
Con el culto a H. empiezan también las objeciones, que culminan con la
famosa querelle entre antiguos y modernos, representados los primeros por
Boileau, La Fontaine, Fénelon y La Bruyére, entre otros. Se recrudece la
discusión al aparecer la primera traducción francesa de H. hecha por Dacier.
Contra las exageraciones de la épica renacentista, que ya soportaba dos siglos
de poemas inspirados en los antiguos (Orlando furioso, Araucana, Os Lusiadas,
Jerusalén Libertada, Dragontea, Soledades, Paraíso perdido, cte.) se produce una
reacción, que da origen a la cuestión homérica, ya citada. En Inglaterra, sin
embargo, la versión al inglés de Chapman es elogiada por Keats y Milton. Bentley,
primer filólogo de la Edad Moderna, es un gran defensor de H.; Shelley traduce
algunos himnos; lo estudia Gladstone, etc. En Alemania, Winckelmann fue el
precursor de los descubrimientos de Schliemann; Lessing establece en el Laoconte
la superioridad de H. sobre Virgilio; Heine edita la Ilíada; Herder y Goethe son
grandes entusiastas, como Schiller, Humboldt, Hólderlin, Niebuhr, etc. En los s.
xix y xx se impone definitivamente la admiración general. En Italia se .pone de
moda el traducirle (Foscolo y Leopardi). En Francia le valoran Chateubriand,
Víctor Hugo, Leconte de Lisle. Y Larra, Juan Valera, Palacio Valdés, Menéndez
Pelayo, Maragall, Ganivet, entre otros, en España. Es traducido completo, en
prosa, por Segalá, y en prosa rítmica, por Daniel Ruiz Bueno. José Manuel Pabón
consigue preciosos pasajes líricos.
Escritores muy destacados de nuestra época reflejan influencias o
inspiración homéricas: el Ulysses de Tennyson y el de James Joyce, L'ultirno
viaggio de Pascoli, el Prometeo de Pérez de Ayala, los Cantos de Ezra Pound, la
tragedia Odiseo y el poema La Odisea de Kazantzakis, El plano oblicuo de Alfonso
Reyes, El retorno de Ulises de Torrente Ballester, The Waste Land de T. S. Eliot,
el Proteo de Claudel, Giraudoux en La guerre de Troie n'aura pas lieu, Los
fuertes de Camón Aznar, Sartre en Les mouches, Agamennons Tod, de Hauptmann, la
Orestíada y la Electra de Pemán, Alfonso Sastre en El pan de todos, La tejedora
de sueños de Buero Vallejo. Además de su influjo directo en otros, como Gorki,
O'Neill, García Lorca, Gabriel Miró o Unamuno.
9. Himnos homéricos. Son 27 composiciones cortas en hexámetros y seis más
largos; fueron trasmitidos en una colección junto con otros atribuidos a Orfeo,
Calímaco y Proclo. Pertenecen a fechas muy distintas (s. vrll al vi a. C.). Los
himnos a Demeter (495 versos), Apolo (546) y Afrodita (293) se consideran los
más antiguos, y el de Hermes (580) el más reciente entre los grandes himnos.
Lingüísticamente, están emparentados con la Ilíada y más aún con la Odisea; son
relatos épicos que narran episodios de la vida de los dioses y están destinados
a servir de preludio en recitaciones rapsódicas de las grandes fiestas públicas.
V. t.: ÉPICA, 3; GRECIA VII, XII.
BIBL.: Ediciones. Ilíada: W. DINDORF, Leipzig 1855; D. B. MONRO y TH. 'W. ALLEN, Oxford 1920; P. MAZON, París 1947-49 (con texto griego y trad. francesa). Odisea: TH. W. ALLEN, Oxford 1917-19; V. BERARD, 4 ed. París 1947 (texto y trad. francesa). Ediciones con comentario: Ilíada: de W. LEAF, Londres 1900-1902; 1. VAN LEEUWEN, Leyden 1912-13; K. FR. AMEis, HENTZE y CAUER, Lcipzlg 1910; 1. DEL CANTO, D. RUIZ BUENO, Madrid 1945. Odisea: col. Oxoniensis, Oxford 1886 (cantos 1-XII) y 1901 (XIII al XXIV); 1. VAN LEEUWEN, Leyden 1917; col. Teubner, Leipzig 1905-32. Cantos sueltos hay en ed. Bosch de Barcelona y Bibliotheca Comillensis de Santander, en la Segunda Antología Griega de M. FERNÁNDEZ GALIANO y R. ADRADOS, Madrid 1962. Traducciones al español: La más conocida es la completa de L. SEGALÁ en prosa, Barcelona 1962, y D. RUIZ BUENO, Madrid 1956, en verso. Cantos sueltos de 1. M. PABóN, Homero, Barcelona 1947. Obras de conjunto: F. R. ADRADOS, M. FERNÁNDEZ GALIANO, L. GIL, LASSO DE LA VEGA, Introducción a Homero, Madrid 1963; A Companion to Homer, dir. por A.. B. WACE y F. H. STUBBINGS, Londres 1962; L. GIL, A. BLANCO FREIJEIRO, A. PASTOR, Tres lecciones sobre Homero, Madrid 1965. Bibliografía crítica: A. LESKY en Anzeiger lür die Altertumswissenschalt, Viena 1951 y ss.; A. PALLí, Homero en España, Barcelona 1953. Lengua: P. CHANTRAINE, Grammaire homérique, 2 vol., París 1953 y 1959; M. PARRY, L'épithéte traditionnelle dans Homére, París 1928; W. SCHADEWALDT, Iliasstudien, Leipzig 1939; fD, Von Homers W'elt und Werk, Stuttgart 1959; R. CARPENTER, Folk Tale, Fiction and Sage in the Homeric Epics, California 1956; D. L. PAGE, History and the Homeric [liad, Univ. de California 1959; P. MAZON y OTROS, Introducción á 1'Iliade, París 1948; M. LEUMANN, Homerische Worter, Basilea 1950; V. BERARD, Les navigations d'Ulysse, 4 vol., París 1927-29; A. LESKY, Horneros, RE 1967.
ZARAGOZA BOTELLA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991