FRANCISCO DE ASIS, SAN


(1181/82-1226). Fundador de la Orden de Hermanos Menores -franciscanos (v.), capuchinos (v.), conventuales (v. FRANCISCANOS 1, B)-, Damas Pobres (v. CLARISAS) y Hermanos de Penitencia (v. TERCERAS ÓRDENES). Le reconocen por Padre, además, unas 200 congregaciones masculinas y femeninas que profesan la regla de la Tercera Orden Regular. Fue canonizado el 16 jul. 1228. Sus restos reposan bajo la basílica levantada en su honor en su ciudad natal. Se celebra su fiesta el 4 de octubre, y, hasta la reforma litúrgica de 1969, el 17 de septiembre se conmemoraba en toda la Iglesia su estigmatización.
      Juventud y conversión. N. en Asís (Umbría, Italia), a fines de 1181 o principios de 1182, hijo del rico comerciante de paños Pedro Bernardone. Su juventud fue alegre y pródiga, sin que las fuentes biográficas den pie para suponer desórdenes de nota. Poseía un natural expansivo y cordial, cortés hasta lo caballeresco, y una sensibilidad diáfana, de poeta, que le hacía percibir agudamente los sufrimientos humanos y el lenguaje de la creación. Alistado en una expedición militar a Apulia, comprendió por un sueño misterioso que Dios le reservaba un destino muy diferente. Vuelto a su patria, se entregó al retiro y al trato amistoso de los pobres, en especial de los leprosos. A esta experiencia, que le exigió un costoso vencimiento, atribuiría él mismo la victoria de la gracia divina y el cambio definitivo (Testamento). Por entonces oyó de labios del crucifijo de S. Damián la orden de «reparar la iglesia» (T. de Celano, Vita II,I, c. 10). Mientras se hallaba entregado a la reconstrucción de aquella capilla se produjo la ruptura con su padre. Conminado por él, F. se acogió al fuero eclesiástico, y ante el obispo de Asís hizo la renuncia total.
      El 24 feb. 1209, durante la lectura del evangelio de la Misa (Mt 10,1-24), sintió claramente su vocación a la vida apostólica dentro de la absoluta pobreza (T. de Celano, Vita I, I, c.9). El Evangelio sería en adelante su norma suprema de vida. Y para simbolizar esta pública profesión evangélica, vistió desde entonces una túnica ceñida por una cuerda y se desprendió del calzado. Se dedicó en seguida a predicar la penitencia, es decir, la conversión a una vida de acuerdo con el Evangelio, presentándose en todas partes con su saludo: «El Señor os dé la paz».
      El fundador. No tardaron en unírsele algunos compañeros, deseosos de compartir el secreto de aquella pobreza alegre y segura. Sin pretenderlo, se vio fundador, más aún, jefe de un sorprendente movimiento de renovación cristiana, que halló eco inmediato en el pueblo italiano. El grupo inició sus expediciones apostólicas, yendo siempre por parejas; no faltaron penalidades y humillaciones que dieron temple evangélico a la pequeña fraternidad. En tiempo de F. de A. proliferaban los movimientos heréticos que alzaban, como él, la misma bandera de vuelta al Evangelio y de pobreza (V. ALBIGENSES, CÁTAROS, VALDENSEs, etc.); no era raro, pues, que los nuevos penitentes de Asís despertaran suspicacias. Comprendiéndolo así F., en 1209 ó 1210 (no es segura la fecha) se dirigió a Roma con sus once primeros compañeros para obtener de la Santa Sede la aprobación del género de «vida según el Evangelio», que el fundador había formulado «en pobres y sencillas palabras». Persuadido de la autenticidad de su vocación, rechazó las insinuaciones que se le hicieron de adoptar una regla de las aceptadas. Inocencio III (v.) se avino a aprobar oralmente la forma vitae y autorizó al grupo para ejercer la predicación penitencial.
      De vuelta a Asís, se instalaron en una cabaña abandonada en el lugar llamado Rivotorto, de donde a los pocos meses pasaron a la Porciúncula, en la llanura de Asís. El género de vida de la fraternidad estaba regulado por la fidelidad generosa a Dama Pobreza, en un clima de sencillez, alegría candorosa y compenetración cordial. Oración, apostolado popular, trabajo a merced en casas acomodadas o en las faenas del campo, servicio en hospitales y leproserías, donde habitualmente se hospedaban, llenaban su jornada. Si la retribución del trabajo no era suficiente, mendigaban el sustento. Pero se descartaba rigurosamente la recepción y el uso del dinero. Poco a poco F. fue estableciendo su residencia temporal en otros lugares solitarios, especialmente acogedores para la contemplación. Así surgieron eremitorios como Le Carceri, Greccio, Fonte Colombo, Monte Casale y, el más importante, La Verna. El fundador, en fecto, se movió durante toda su vida entre un doble y contradictorio impulso: el que le llevaba a un contacto fraterno con los hombres, con un dinamismo apostólico incontenible, y el dirigido hacia el retiro y la contemplación sosegada. Son los dos componentes de una misma vocación apostólica que seguirán obrando en la historia de la Orden franciscana como dos fuerzas que mutuamente se necesitan.
      Fue poco después de la aprobación pontificia cuando la fraternidad decidió tomar la denominación de Hermanos Menores (Fratres Minores), de inspiración netamente evangélica. En 1212, al recibir S. Clara (v.) el velo de manos de F., nació la rama femenina: las Damas Pobres. Ese año señala además en la vida de F. el despertar de una conciencia más universal de su misión. Planea llevar entre los sarracenos su cruzada de paz. Parte para Siria, pero una tormenta le obliga a desistir. Poco más tarde realiza un nuevo intento, esta vez en dirección a Marruecos a través de España; una enfermedad le detiene y ha de contentarse con la peregrinación a Santiago de Compostela.
      El legislador. Entre tanto, la fama de la fraternidad y la eficacia de su acción evangelizadora hacían subir rápidamente el número de sus miembros; no pocos hombres de letras y de significación social formaban en sus filas. Hacia 1215 ya se hallaban extendidos por Italia central y septentrional, el mediodía de Francia y España. En dicho año el cuarto Concilio de Letrán (v.) reconoció canónicamente la forma de vida de los Menores. Una vez al año se congregaban todos los hermanos en la Porciúncula, por Pentecostés; era el capítulo. El de 1217 tuvo importancia particular por haber dividido la Orden en provincias; cada territorio donde trabajaban los hermanos estaba regido por un ministro. Por la misma fecha entra en escena el cardenal Hugolino, futuro Gregorio IX (v.), que habría de jugar importante papel en la evolución de la obra de F., aunque sin llegar a violentar la originalidad de la institución. De él recibió la primera reglamentación en 1221 la Tercera Orden de Penitencia.
      En el capítulo de 1219 estalló el conflicto abierto entre el partido de los letrados, deseosos de una organización más disciplinada y eficiente, y el fundador, seguro en su vocación de sencillez evangélica y de servicio humilde en la Iglesia. Mientras F. se hallaba en Oriente, con ocasión de su viaje misionero a Egipto, donde logró ser recibido por el sultán Melek-el-Kamel, sus vicarios en Italia intentaron dar el paso decisivo en la evolución de la Orden. F. regresó rápidamente y logró de Honorio III (v.) la anulación de las innovaciones introducidas, pero se avino a aceptar para la fraternidad mayor cohesión jerárquica y a presentar una regla a la aprobación de la Santa Sede. Más aún, persuadido de que no era él el hombre que requerían las circunstancias, declinó la jefatura administrativa y constituyó ministro general a Pedro Cattani, prometiéndole obediencia. Él seguiría siendo la cabeza espiritual. En calidad de tal, presentó en el capítulo de 1221 el texto de la nueva regla. Es el documento que mejor refleja los ideales del fundador. Pero el tono poco jurídico en que estaba redactada y la afirmación insistente de los caracteres primitivos de la fraternidad no agradaron al grupo de los letrados, y la regla no obtuvo la aprobación pontificia. Un nuevo texto, más ceñido y explícito, fue aprobado definitivamente por Bula de 29 nov. 1223.
      La popularidad de F., entre tanto, había alcanzado su apogeo. Se le seguía y se le aclamaba como a un canonizado en vida. Esta veneración subió de punto desde la estigmatización, ocurrida en el monte La Verna el 17 sept. 1224 (T. de Celano, Vita 1, 11, c.3). Los dos últimos años de su vida fueron un calvario de sufrimientos corporales y de vivencias místicas, que no le impedían emprender nuevas giras apostólicas y enviar al mundo su mensaje de conversión y de paz mediante cartas encendidas. Viendo próximo su fin, dictó su Testamento, reafirmación postrera de la originalidad de su vocación y de la de su fraternidad. Terminó su vida terrena el 3 oct. 1226.
      Fisonomía espiritual de S. Francisco. No fue un sistematizador. No podía serlo ni por temperamento ni por formación. Ni estuvo en ningún momento ligado a compromisos mentales o ascéticos de escuela. Más aún, tanto en su conversión como en su trayectoria espiritual marchó siempre solo, sin otro maestro que el Espíritu Santo. Pocos santos han tenido una conciencia tan neta de lo decisivo de la acción divina en su vida y en su obra: «Ninguno me enseñaba lo que yo debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio» (Testamento). Esta conciencia le llevó a defender su carisma de fundador con energía y a moverse en él y dejar moverse a los suyos dentro de una fecunda libertad de espíritu. En sus dos reglas muestra gran respeto a la divina inspiratio. Esta no sólo la descubre en las mociones espirituales, sino aun en las inclinaciones y dotes de naturaleza de cada uno, esa individualidad personal que todo superior debe mirar y servir en los súbditos. Solía llamar al Espíritu Santo el «ministro general de la Orden».
      Precisamente por esta originalidad es F. el más genuino exponente de su tiempo, de aquella época de transición en el orden social y religioso, una de las más fecundas que ha conocido la cristiandad. La meditación personal, que ya con S. Bernardo (v.) y la escuela de S. Víctor (v.) había reclamado un puesto importante en la vida espiritual, adquiere ahora, con la piedad franciscana, verdadero primado y condiciona fuertemente la liturgia. F., rico en vivencias personales y, por lo mismo, fácil en insinuarse en cuantos le tratan, ve su marcha hacia Dios con una precisión intuitiva y completamente unida a la vida real, la suya y la de todos los hombres. Por la experiencia de su propia conversión sabe que Cristo se revela en el pobre, en todo hermano que sufre. Pero donde lo descubre como una vida real, la del «Cristo pobre y crucificado», es en el Evangelio. Y lo contempla con ternura, exultante unas veces, doliente otras, en Belén, en el Calvario, en la Eucaristía. Hay en la oración franciscana una como reciprocidad de vida: la del Cristo, asumiendo en un misterio de eclipse redentor de la divinidad las condiciones de la vida humana, y la del hombre, proyectada con todo su quehacer, aun temporal, en la vida del «Hijo del Dios Altísimo», hecho «hermano nuestro».
      Cristo contemplado, mejor, acompañado en el Evangelio, le lleva al conocimiento del Padre, «el omnipotente, altísimo, santísimo y sumo Dios, de quien proceden todos los bienes» y que todo lo envuelve en su amor (cfr. Regla I, c.23). El alma de F. se abre hacia Dios en un amor rendido y confiado, que le hace mirar la creación entera como un don continuado de sus manos, con afecto de sincera hermandad. Por ello saluda invariablemente como hermanos no sólo a sus seguidores, sino a todos los hombres y aun a todos los seres inanimados. Es la mirada cristiana, iluminada por el hecho central de la Encarnación y por el misterio de la consagración de todo en el Cristo hermano, clave de lo creado. Pero ese acuerdo gozoso con los seres es al mismo tiempo una mirada redentora, que implica renuncia y dolor. El Cántico de las creaturas, suprema exaltación poética ante el don de las cosas hermosas, lo dictó F. tras una noche larga de penalidades, en que parecía que todas las creaturas de Dios se daban cita para atormentarle, cuando, dolorido y ciego, aquel «hermano sol, bello y radiante con grande esplendor», ya no lucía para él.
      «Vivir según la forma del Santo Evangelio» es, ante todo, en su conciencia de fundador, «seguir la pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo» (Regla II, c.12). En sus escritos emplea F. esta doble expresión para denotar su concepto integral de la vocación evangélica. No se trata tanto del desprendimiento material de los bienes o de la mera renuncia jurídica a ellos, como de la plena disponibilidad para el reino, exigida por Jesús a sus colaboradores: el espíritu de pobreza. Es un concepto que no puede separarse de la actitud penitencial ante Dios ni de la idea de servicio a los hombres. Ser pobre entraña ser menor. Los hermanos menores deberán «ir por el mundo» como mensajeros de paz, «como peregrinos y forasteros, sirviendo al Señor en pobreza y humildad», sin poseer nada (Regla II, c.6), cuidando de no instalarse aquí abajo.
      Entre las características del alma evangélica de F. debe añadirse su fe en la Iglesia visible, no menos fuerte que su fe en el carisma que obra en cada bautizado. Era el mismo Espíritu, como él lo afirma, quien le llevaba a venerar profundamente a los sacerdotes, a escuchar con gozo y agradecimiento a los teólogos, a mostrarse rendidamente obediente a los obispos y a buscar siempre, con una sumisión confiada, que en ocasiones le exigió no pequeñas abdicaciones, la aprobación y corrección del «señor papa». Este sentido eclesial hacíale sentirse unido a todo el pueblo de Dios con un afecto de fraterna devoción (cfr. Regla I, c.23) y de voluntad de servicio apostólico: «Pues soy siervo de todos, a todos estoy obligado a servir las perfumadas palabras de mi Señor» (Carta a todos los fieles). El apostolado entre fieles e infieles es, en la vocación franciscana, expresión del amor a Cristo, hasta el grado del testimonio del martirio, si es posible, y exigencia del servicio a los hermanos (cfr. Regla I, c.16 y 17).
      Fuentes sobre la vida y obras del Santo. No puede darse todavía por definitivamente esclarecida la polémica iniciada a fines del siglo pasado por Paul Sabatier y Van Ortroy sobre las fuentes de la vida de S. F. Hoy, al cabo de los múltiples estudios críticos que han ido apareciendo, pueden distinguirse tres tiempos bien diferentes. en la configuración, digámoslo así, de la personalidad del santo a través de las fuentes biográficas del s. xill: 1) La Vita I de Tomás de Celano (v.), escrita en 1228-29. Destinada a la edificación, sigue el esquema hagiográfico convencional y tiene gran valor como información inmediata de los hechos. 2) La Vita II del mismo, escrita en 1247 a base de los recuerdos recogidos entre los compañeros de F., en especial de los relatos escritos por fray León, fray Rufino y fray Ángel -los Tres Compañeros-, cuyo texto no ha llegado hasta nosotros en su redacción original, sino en compilaciones y ampliaciones posteriores, entre las que destaca el Speculum Perfectionis. Aquí se intenta dar la semblanza del fundador, los destinatarios son los religiosos. Estas fuentes reflejan palpablemente el fruto de una reflexión retrospectiva, que proyecta la problemática de la Orden, ya fuertemente evolucionada, sobre la vida del santo. Los hechos son, por lo general, históricos, pero vistos a través de especiales esquemas mentales, no exentos de aquella idealización colectiva que daría su mejor creación en Actus-Fioretti. 3) Una tercera etapa la constituye la Legenda maior de S. Buenaventura, una como interpretación oficial de la vida y de los ideales del fundador. El esquema es marcadamente ascético y pone de relieve la vida interior del santo, como perfecta configuración con Cristo crucificado.
      Hoy se tiende, con razón, a dar el primer puesto, cuando se trata de perfilar la personalidad del santo, a sus propios escritos.
     
      V. t.: FRANCISCANOS; CAPUCHINOS; CLARISAS.
     
     

BIBL.: Fuentes: Opuscula santo Francisci, Ed. L. LEMMENS OFM, 3 ed. Quaracchi 1949; Ed. H. BOEHMER, FR. WIEGAND, C. ANDRESSEN, Analekten zur Geschichte des Franciscus von Assisi, 3 ed. Tubinga 1961.-Versiones españolas: S. Francisco de Asís, BAC, 4 ed. Madrid 1965, 3-90; F. DE J. CHAUVET OFM, Escritos genuinos de San Francisco de Asís, México 1964; T. DE CELANO, Vita I S. Francisci; Vita II ...; Tractatus de miraculis, en Analecta Franciscana, X, Quaracchi 1926-1941, 1-331 (versión española, ib., 283-519); S. BUENAVENTURA, Legenda S. Francisci, ib., 555-652 (versión esp., ib., 521-655); Legenda Trium Sociorum, ed. G. ABATE OFMConv, «Miscellanea Francescanau 39 (1939) 1-655 (versión esp., ib., 795-836); Speculum Perfectionis, ed. P. SABATIER y A. G. LITTLE, Manchester 1928 (versión esp., ib., 667-791); Legenda antiqua, ed. F. M. DELORME OFM, París 1926; Actus beati Francisci et sociorum eius, ed. P. SABATIER, en Coll. d'études et documents..., IV, París 1902; Fioretti, ed. B. BUGHETTI y R. PRATESI OFM, Florencia 1958 (versión esp., ib., 93-229). Sobre la cuestión crítica cfr. J. MOORMAN, The sources for the life of S. Francis of Assisi, 2 ed. Manchester 1966.

 

LÁZARO DE ASPURZ,

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991