DOSTOIEVSKI, FEODOR MIJAILOVICH


Biografía. Primeros años. Novelista ruso. N. en un hospital de Moscú el 30 oct. 1821, y falleció de muerte natural en San Petersburgo el 28 en. 1881: no llegó, pues, a cumplir los 60 años. Su padre, médico del hospital de la emperatriz María, de Moscú, fue hombre de temperamento áspero, tirano de la familia, a la que tenía constantemente amedrentada, y con el agravante de estar entregado a la bebida, especialmente en los últimos años de su vida. Esa tiranía se manifestaba también con sus siervos, los cuales, exasperados al límite, se concertaron un día y lo asesinaron de atroz modo.
      Era el joven D. huérfano de padre y madre cuando terminó su carrera de ingeniero en la Escuela especial de San Petersburgo; si bien, antes que a su profesión, prefirió dedicarse a las letras, sobre todo a continuación del éxito de su primera novela, Las pobres gentes (1846), que mereció el elogio del temible crítico Bielinski (v.). Su segunda novela, que siguió a un cuento intrascendente, Las noches blancas, fue la titulada El doble (1846), que ya no obtuvo el aplauso de Bielinski, no obstante ser, como novela, mejor que la supramentada. Poco después dio a la estampa La patrona (1847), superior a las anteriores. En el breve repertorio citado se advierte, sobre cañamazo propio, la influencia de novelistas franceses tales como Balzac (v.), George Sand (v.) y Eugenio Sue (1804-57).
      Cautiverio en Siberia. Grandes perturbaciones sociales conmovieron a Rusia entre 1840 y 1850. Dos grupos de conspiradores, el de Durov y el de Petrachevski, agazapados en la clandestinidad, pero no escasos de prosélitos, perseguían, no la eliminación del zar, sino una serie de reformas sociales; p. ej.: la libertad de expresión y asociación, una Constitución que limitara los poderes omnímodos del soberano y, sobre todo, la emancipación de los siervos. D., a la sazón de 28 años, estaba afiliado al grupo de Petrachevski. Denunciada la conspiración por un espía italiano apellidado Antonelli, detúvose a los principales fautores, entre ellos a nuestro héroe. Juzgados y sentenciados, fueron condenados a la última pena. El 22 dic. 1849, con una temperatura de 20 grados bajo cero, los condujeron a la plaza Semeniovski, donde se habían levantado tres postes de ejecución. Y ya estaban atados a ellos los tres primeros, cuando llegó a todo galope uncorreo del zar con el indulto de la pena de muerte, conmutada por la de trabajos forzados en Siberia. D. fue llevado a Omsk, en cuyo presidio permaneció cuatro años, tras de los que pasó a formar parte de un batallón disciplinario. Fruto de sus terribles experiencias es su primer gran libro, Recuerdos de la casa de los muertos (1861).
      Primer matrimonio. Liberado de la prisión en marzo de 1854, ingresó en el VII Batallón de línea siberiano, destacado en Semipalatinsk, localidad en donde conoció a la que había de ser su primera esposa, viuda de un judío constantemente ebrio apellidado Isaiev. El matrimonio constituyó un verdadero desastre. Ella, a la que D. había tratado antes de enviudar, era una mujer bella, tísica y de una personalidad extraordinaria. Le ocultó a su nuevo esposo que tenía como amante a un maestro de escuela, un tal Vergunov. Terminada la condena de D., regresó el matrimonio a Rusia y se instaló en Tver. Su esposa María Dimitrievna, se sintió morir en su nueva residencia, lugar al que le había seguido su amante. Y en el momento del tránsito a la otra vida, mientras D. se deshacía en lágrimas, ella, desesperada de morir joven, le lanzó diez veces el dicterio de « ¡presidiario! » y, además, le descubrió sus amores culpables con Vergunov. Al lado de la enferma comenzó y más tarde terminó una de sus obras más extrañas y enigmáticas titulada La voz subterránea (1864), que algunos críticos consideran como la más autobiográfica de todas las que salieron de su pluma.
      Paulina Súslova, las deudas y el juego. D. se consoló pronto, con tanta mayor razón cuanto que por esa misma época conoció en San Petersburgo a una muchacha que cursaba en la Universidad y que, si no estudiaba mucho, se hallaba presente en todas las algaradas que por aquellos días desencadenaba la turba estudiantil. Su nombre: Paulina Súslova, hija de un campesino de provincias, bien acomodado. Esta joven de 19 ó 20 años, había leído las producciones de D., Netochka Nesvanova (1849) y Humillados y ofendidos (1866). Y considerándolo como «el defensor de los humildes», le visitó, y no mucho después se le entregó. D., ya cuarentón, sintió que afloraba en su ánimo una líbido retardada y se convirtió en esclavo de la chiquilla, que le hizo recorrer media Europa.
      La situación del escritor era harto precaria. Murió su único hermano, Miguel, y no tuvo otro remedio que hacerse cargo de la viuda y de toda su prole, a expensas de la suscripción de una revista que había fundado y que apenas le daba para sostenerse él mismo. La realidad es que se hallaba acribillado de deudas. Cierto día vio una ruleta en una casa de recreos, estudió su mecanismo, creyó que inventando un sistema podría ganar indefectiblemente, y, en efecto, tuvo la desgracia de ganar en sus primeras posturas. Desde entonces se obsesionó por el juego, obsesión que le duró diez años, durante los cuales no hubo bajeza a la que no llegara para conjurar su mala suerte y su espantosa situación. Recuerdo- de aquella época lamentable fue su novela El jugador (1866), en cuyos principales personajes no es tarea difícil descubrir al propio novelista y a su amante desdeñosa, Paulina Súslova.
      Es forzoso detenerse, siquiera sea momentáneamente, en otra mujer, Ana Korbin, hija de Korbin-Krukovski, rico propietario de Lituania, que se había instalado en San Petersburgo. Ana, otra alucinada por el escritor, leyó una de las grandes creaciones dostoievskianas, Crimen y castigo (1865), y quiso tratarle de cerca. Saludáronse, repitiéronse las entrevistas, hiciéronse novios, y Ana, rebosante de felicidad, lo presentó a su familia. Todo quedó previsto para la boda. Mas aconteció un día que por una fútil discusión literaria, Ana sorprendió a su prometido con unas ideas tan desaforadas, revolucionarias e ingratas para la Rusia de su tiempo y, a la vez, tan despectivas para Pushkin (v.), el poeta adorado por D., que éste espantado por el perfil político que en su amada acababa de descubrir, le devolvió la palabra para refugiarse en su soledad.
      Segundo matrimonio. La última mujer a quien trató, la que fue su segunda y última esposa, se llamó Ana Grigorievna Snitkin. Sucedió que, en cierta ocasión, apremiado para que terminase una obra comprometida y pagada, se enteró del invento de la taquigrafía y de que la ejercitaba una muchacha despierta y muy joven. La llamó, comenzó a dictarle, se dio cuenta del talento, sensibilidad y delicadeza que atesoraba y terminaron enamorándose. Le llevaba a Ana una diferencia de 28 años; lo cual no obstó para que, con sana prole, constituyeran un hogar dichoso. Vivieron años enteros alejados de Rusia para que él no fuera reducido a prisión (en aquella época, a falta de recursos se satisfacían las deudas con penas aflictivas). Poco a poco, las fueron cancelando, regresaron a la patria, y, unas veces entre grandes privaciones y otras en una honrada modestia de vida, fue nuestro autor escribiendo esas obras culminantes que se titulan El idiota (1868), El eterno marido (1870), Los endemoniados (1871), Un adolescente (1875), Era dulce y tímida (1876) y su principal creación: Los hermanos Karamazov (1879).
      Últimos días. D. ya es glorioso, aunque siga siendo pobre. Llamado a Moscú para tomar parte en un homenaje nacional al poeta Alejandro Pushkin, el discurso pronunciado por D. fue tan grandioso y arrollador, que eclipsó a todos los demás oradores. El delirio del pueblo moscovita alcanzó proporciones nunca vistas ni oídas. Llamábanle clamorosamente «nuestro Profeta». Este discurso fue su canto de cisne. Vuelto a San Petersburgo, no tardó en caer enfermo. Estamos en enero de 1881, y sólo le quedaban unos días de vida. Sintiendo llegada su hora, confesó, comulgó (pertenecía a la religión cristiana ortodoxa), llamó a sus hijos Fedia y Amada, les recomendó que nunca desconfiasen de la misericordia del Señor, hizo que su esposa le leyese unos versículos del Evangelio y, al término de ellos, entregó su alma a Dios. Los funerales en la capilla Dujovskaia del claustro Nevski y el entierro en el inmediato cementerio estuvieron asistidos de lo más selecto de Rusia, escritores, políticos, gobernantes, aristócratas, miembros de la familia imperial y, sobre todo, por una masa popular tan ingente, como no se recordó otra semejante. Y, a partir de entonces, brotó impetuosa y avasalladora la nombradía del escritor.
      Reflejo de su vida en su obra. Una sentencia de muerte, cinco solos minutos de vida frente al poste de la ejecución, 600 Km. a pie (desde Tobolsk a Omsk) con una temperatura de 40 grados bajo cero, encadenado y pisando nieve, y cuatro larguísimos años de sufrimientos en un presidio de la Siberia, son capaces de acabar con los arreos del hombre más sereno y resistente. Como elemento desencadenante, sufrió un fuerte shock psicológico en los comienzos de su vida conyugal. D. sobrevivió a las terribles pruebas, pero le dejaron las reliquias de una enfermedad pavorosa: la epilepsia, que al pobre hombre le desquiciaba con frecuencia, le dejaba exhausto de fuerzas y le obnubilaba la mente creadora. A excepción de Los hermanos Karamazov, todas las demás obras que fueron anteriores, estuvieron concebidas y escritas en medio de agobios inauditos: tránsfuga de Rusia, en una pensión repulsiva, comido de deudas, a solas junto a una mesa alumbrada por una bujía, transido de frío, sin abrigo, pues estaba empeñado, sin té para calentarse interiormente, puesto que no tenía con qué adquirirlo... Así fueron creadas las obras que tan intensamente nos emocionan; así los protagonistas que, una vez conocidos, no se pueden borrar de nuestra memoria. ¿Por qué crujen los personajes dostoievskianos? ¿Por qué los pone el autor en tensión máxima, próxima al estallido? ¿Por qué en ocasiones dicen palabras geniales que están al borde de la locura?
      Los personajes dostoievskianos. D. es figura aparte en la literatura europea. Por su enfermedad, por sus sufrimientos, por las características de la raza eslava, o bien por su inmersión más en Oriente que en Occidente, su mundo no fue el consciente de la lógica, sino el subconsciente de la magia; aquel en que las paralelas se unen sin dejar de ser paralelas y en el que «también dos más dos pueden ser cinco», como dice uno de sus personajes. A nuestro autor no le interesaron los personajes tipo Flaubert, Dumas, Balzac (me refiero a las grandes novelas), hijos de una sociedad burguesa, corriente, con sus jaquecas, adulterios y menudos celos domésticos. D. los crea y sitúa en el límite de la normalidad humana, en las fronteras de lo inestable, allí donde no cabe más solución que humillarse hasta el anonadamiento o arrojarse al precipicio con los ojos bien abiertos.
      La mayor parte de ellos son siniestros y parecen, en efecto, poseídos por el diablo. Éstos son precisamente los que prevalecen: un Iván Karamazov, un Versilov o una Nastasia Filipovna. El contraste con el personaje plácido y benéfico aparece bien claro en la conversación que los hermanos Alejo e Iván sostienen en una tabernucha de la Plaza del Heno petersburguesa. Todo el problema reside en esta pregunta: «¿Existe Dios?». Ese problema, la existencia de Dios, le atenazó toda su vida. Pero no el Dios metafísico, Primer Principio, etc., sino el Dios personal y providente, que habló a nuestros primeros padres y cuyo rumor de pasos se oía en el Paraíso. Y releía el pasaje evangélico del padre del hijo poseso, del que quería creer y no podía, por lo que le rogaba a Cristo que ayudase a su incredulidad.
      Es evidente que todos los personajes luciferinos que creó, un Svidrigailov, un Stravoguin, un Iván Karamazov, estuvieron larvados en el subconsciente dostoievskiano. Allí se agitaban como gérmenes, pugnando por emerger del mundo abisal a la luz del día; semejantes a esos espectros dantescos que, en el seno de un hediondo lago, no consiguen, aunque se esfuerzan, elevar los labios por encima de la superficie pestilente.
      D. no se autobiografió en ninguno de los múltiples personajes que creó, como no sea en El jugador, aunque la referencia sólo afecte a una pequeña parte de su vida, suceso que también aparece, en menor escala, en algunas otras novelas. Ahora bien, es en los tres hermanos Karamazov donde se resumen las contradicciones de su alma múltiple y -dispersa. La sensualidad de Dimitri, las dudas metafísicas de Iván y la tierna fe religiosa de Alejo, lucharon recias batallas en el alma de nuestro autor, por la poderosa razón de que pasó por los tres estadios (líbido, irreligiosidad, conversión) a lo largo de su vida.
      Pero esos personajes diabólicos, puestos en el mundo, ¿se regenerarán? Sólo con una condición, responde D.: la de purificarse por medio del sufrimiento. Se lo dice la desdichada Sonia al asesino Raskolnikov: «Ponte de rodillas en la mitad de la plaza, grita tu crimen en todas direcciones para que todo el mundo te oiga, abraza la santa tierra que has manchado con sangre inocente y bésala». Y Raskolnikov que la besó hasta sentir en sus labios el sabor de sus sales amargas, se consideró dichoso de ir a Siberia para sufrir y redimirse de su culpa.
      «Yo venceré a todos por la humillación», dice algún personaje dostoievskiano. Y nuestro autor, cuando pronunció su discurso en Moscú glorificando a Pushkin, atronó la sala con aquella imprecación de Tatiana a Eugenio Oneguin: « ¡Humíllate, hombre soberbio! ¡Besa tu tierra natal!». Y toda la sala rugió de entusiasmo, porque el orador había hecho vibrar la fibra eslavófila. Y no es que D. odiase a Europa. En el mismo discurso dijo estas palabras: «Para el verdadero ruso, los destinos de Europa y de toda la gran raza aria, son tan preciosos como los de la Rusia misma; supuesto que nuestro destino es precisamente la tendencia a lo universal». Y terminó con estas palabras que tal vez un día, pueden considerarse proféticas:«¿Qué ha hecho Rusia durante estos dos siglos - hablaba en 1880- sino servir a Europa y servirla, tal vez, más de lo que se ha servido a sí misma? Yo creo que, más tarde, las generaciones que nos sucedan comprenderán enteramente que llegar a ser un verdadero ruso quiere decir ser el instrumento de la conciliación de todas las convergencias europeas; a coger en su alma con amor fraternal a todos sus hermanos y, finalmente, pronunciar quizá la palabra definitiva de la armonía universal, de la concordia decisiva de todas las razas según la ley de Cristo... Cierto, nuestro país es pobre; pero esta tierra de pobres la recorrió Cristo y la bendijo. ¿Por qué no habíamos de pronunciar nosotros la última palabra?».
     
     

BIBL.: F. M. DOSTOIEVSKI, Obras completas, 3 vol., 6 ed. Madrid 1958; D. MEREIKOVSKI, Dostoiewski, profeta de la revolución, París 1922; A. DOSTOIEVSKI, Vida de Dostoiewski, París 1926; A. GRIGORIEVNA, Vida de Dostoiewski, París 1930; A. LEVINSON, La patética vida de Dostoiewski, Barcelona 1931; N. BERDIAEV, El espíritu de Dostoiewski, París 1932; A. 1. ONIEVA, Bajeza y grandeza de Dostoiewski, Barcelona 1954; R. GUARDINI, El universo religioso de Dostoiewski, Buenos Aires 1958; S. SERRANO PONCELA, Dostoiewski menor, Madrid 1964.

 

ANTONIO J. ONIEVA.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991