CIENCIA. CLASIFICACIÓN DE LAS CIENCIAS.


1. Primeras clasificaciones. 2. «Filosofía» y «Ciencias». 3. Clasificación bipartita y tripartita. 4. Otras clasificaciones pragmáticas. 5. Clasificaciones bibliotecarias y bibliográficas. 6. El concepto de ciencia y la clasificación de las ciencias: Conclusiones.
     
      El desarrollo histórico de las c. lleva implícito, de una manera u otra, el tema de la clasificación de las mismas. Se puede decir que, cuando el desarrollo de los saberes científicos no era tan considerable que podía ser abarcado por una sola persona, la clasificación de las c. fue considerada por los estudiosos más profundos como un tema más, entre tantos. A principios del s. XII, en cambio, la clasificación de las c. fue uno de los temas centrales que preocupó a filósofos y científicos; entre ellos los positivistas llevaron adelante, generalmente de modo dogmático, diversas clasificaciones de la c., que aunque pasaron pronto de moda, influyeron bastante en el concepto de c. El s. XX se preocupó más, quizá, del desarrollo y cultivo de las distintas c., que de los problemas generales de su clasificación, y por tanto, de la validez de cada una y otros problemas conexos.
     
      Estos problemas, coneXIonados con la clasificación de la c. y la unificación del saber, son los de las relaciones entre las distintas c., los límites de cada una y de los métodos científicos, y en definitiva eJ de las clases de conocimiento y su validez (v. CONOCIMIENTO; EPISTEMOLOGÍA; GNOSEOLOGÍA; MÉTODO; METODOLOGÍA CIENTÍFICA; VERDAD).
     
      Abandonada ya la decimonónica e ingenua confianza ilimitada en la «ciencia», son problemas que hoy preocupan a los mejores estudiosos e investigadores de todos los campos del saber; podría decirse que se plantean ya con caracteres de urgencia, y hasta con cierto afán «soteriológico», «salvador», para lograr de algún modo una clarificación, una guía, que permita al hombre orientarse ante la multiplicidad de conocimientos alcanzados y, al mismo tiempo, continuar su desarrollo, sin el riesgo de perecer, o de perderse, entre los mismos.
     
      1. Primeras clasificaciones. Con el progreso en el estudio de los distintos objetos de c. y de sus métodos se van diversificando las c. a lo largo de la historia. Pasar revista brevemente, dentro de los límites de este artículo, a las diversas clasificaciones de las c., sirve también para dar una somera idea de la historia de las mismas. Como primeras clasificaciones de la c. pueden citarse: la división que Pitágoras (570-496 a. C.; v.) hizo de las Matemáticas, la c. por excelencia según él y su escuela, en Aritmética, Geometría, Música y Astronomía, clasificación que se mantuvo durante más de dos milenios en el Quadrivium latino (v. 5); y la división de la Biblioteca de Asurbanipal (v.), según 1. Willis Clark, en Historia, Derecho, Ciencia, Magia, Dogma.
     
      Dejando aparte otros precedentes anecdóticos que podrían encontrarse, la primera clasificación seria de las c., o mejor dicho, en este caso, de los saberes, es quizá la de Aristóteles (384-322; v.) que afirmaba que «toda ciencia es o práctica, o productiva o teórica» (Metaph. E,1, 1025b25). De aquí la clasificación de las c. en: c. teóricas o especulativas, cuyo fin es simplemente conocer la verdad (filosofía teorética), c. prácticas cuyo fin es conocer las acciones humanas para orientarlas rectamente (filosofía práctica), y c. productivas o fácticas cuya finalidad es la producción u obtención de un objeto cualquiera (filosofía artística, como retórica, poética, etc., y las técnicas). El mismo Aristóteles dividía las c. teóricas en física, matemática y metafísica. De modo que, basado en Aristóteles, puede presentarse el siguiente cuadro de c. (se indica entre paréntesis el objeto de cada una):
     
      física (cualidades sensibles de los seres). c. teóricas -- - matemática (cantidad).
     
      metafísica (el ser en cuanto ser).
     
      c. prácticas lógica (operaciones del entendimiento). moral (operaciones de la voluntad).
      c. productivas arte (producción de cosas bellas). técnicas (producción de cosas útiles).
     
      En este cuadro de las c. van englobadas, en germen, como parte de alguna de ellas, muchas otras c. que hoy han alcanzado ya notable desarrollo. Así mismo van excluidas otras c., hoy consideradas como tales; ya se ha apuntado (v. i) que Aristóteles excluía de los saberes científicos aquellos que no podían reducirse a proposiciones generales o que se limitaban a una mera recopilación de datos, y que hoy día son también considerados como c. en su más amplio sentido (p. ej., la historia). Lo más notable de la clasificación de Aristóteles, y que le ha dado particular vigencia, es la distinción entre c. teóricas y prácticas, con las subdivisiones consiguientes, abiertas a nuevas subdivisiones. Hoy día, al haberse ampliado el concepto de c., así como el haber aumentado el número de los métodos científicos, es preciso variar ese cuadro, que en sí tiene mucho de aprovechable.
     
      Los estoicos (v.) popularizaron la división de la filosofía en lógica, física y ética. Pero fueron las clasificaciones basadas en la de Aristóteles las que predominaron a lo largo de toda la Edad Media (v. BOECio). Parece que especial difusión e influencia tuvo la clasificación de Domingo Gundisalvo, expuesta con mucho detalle en su De divisione philosophiae (ca. 1140), e inspirada fundamentalmente en el Catálogo de las ciencias de Alfarabi y en elementos tomados de Avicena, Ammonio, Boecio, S. Isidoro y Beda. Reproducimos el cuadro de las c. de Gundisalvo, tomado de G. Fraile, Historia de la Filosofía, 11, 2 ed. Madrid 1966, p. 659 (en él las p. corresponden a De divisione philosophiae. ed. L. Baur, «Beitráge» IV,2-3, Münster 1903).
     
      Además de los citados, otros diversos autores medievales, a partir de Boecio, se ocuparon de la división de las c., desde Rábano Mauro (v.) a S. Tomás (v.) y Raimundo Lulio (v.); también, entre otros, Hugo de San Víctor, Robert Kilwardby, etc. Lo usual fue presentar el cuadro de las c. dentro de la serie física, matemática, metafísica, siguiendo los grados de abstracción (v.). A esta serie se añadía la teología sobrenatural, como c. superior y última, basada en la Revelación y desarrollada cada vez más científicamente a partir de la Edad Media. Así, también en la Edad Moderna, se llegó a la jerarquización del saber en teología, filosofía y ciencia, en la que filosofía equivaldría a las c. teóricas y prácticas del cuadro aristotélico y ciencia a las que en ese cuadro hemos denominado c. productivas, la teología es la sobrenatural. Esta jerarquía, mantenida a lo largo de los siglos por los más destacados estudiosos, sigue siendo hoy válida, siempre que se matice y se complete debidamente.
     
      Ya en la Edad Moderna, F. Bacon (1561-1626; v.) propuso una clasificación de las c. que puede llamarse «subjetiva», pues, según la facultad humana que predomina en su estudio, las c. se agrupan en: c. de la memoria o historia que se limitan a registrar hechos o datos (historia natural, historia humana, historia sagrada), c. de la imaginación o poesía que no se ocupan de lo real sino de lo ideal (narrativa, dramática, parabólica), y c. de la razón o filosofía que estudian las cosas de modo racional (teología física o filosofía natural -ésta comprende física general, metafísica, y las matemáticas como apéndice-, y filosofía del hombre individual y social). Propuesta en su De dignitate et augmentis scientiarum (1623), y detallada, en cada uno de los tres grupos básicos, de modo minucioso con frecuentes aciertos parciales, la clasificación de F. Bacon fue adoptada casi sustancialmente por Diderot (v.) y D'Alambert (v.) en su Encyclopédie (1751), que tanto influyó en la formación -y también deformación- de gran parte de la cultura europea. Estos dividieron las c. de la razón en metafísica, c. del hombre y c. de la naturaleza (a la que dan especial importancia; en el racionalismo de los enciclopedistas aparece la palabra «Naturaleza», de la que todavía hoy hacemos mucho uso, como sustitutivo de Dios); dentro de las c. de la naturaleza destacaron más las matemáticas, que desde Descartes habían cobrado mayor relieve; y las c. de la imaginación las completaron con las bellas artes. De modo que, como resumen, puede presentarse el siguiente cuadro, en el qué el punto más débil es precisamente la división de los tres grupos básicos:
     
      2. «Filosofía» y «Ciencia». Es de notar que aunque los métodos llamados experimentales empiezan a desarrollarse ya a partir de Bacon, Galileo, etc., sin embargo, la mayoría de los filósofos y científicos no tienen conciencia clara de las diferencias profundas entre los métodos empíricos experimentales y los métodos filosóficos especulativos. Por eso, c. y saber, en general, se identifican; hasta aquí la c. es todavía única, con el nombre común de filosofía, que se diversifica en ramas según los objetos de estudio. Estos objetos vienen delimitados en primer lugar por los grados de abstracción (v.), y, ya dentro de cada grado, la división de objetos, y por consiguiente de c., es puramente material; así la «física», como parte de la «filosofía» en su primer grado de abstracción, incluye la química, biología, geología, etc. (en realidad, los conocimientos así designados, en su mayor parte, eran lo que hoy se llamaría «cosmología» o «filosofía de la naturaleza»). Bacon puede decirse que representa ya un momento de transición, que se acentúa con la Encyclopédie. La diferencia entre c. experimentales y c. filosóficas es más clara todavía en Christian Wolff (1679-1754; v.), representante del racionalismo (v.) en Alemania, que hereda de Descartes (v.) el ideal de la «claridad metodológica»: el método matemático aplicado a la filosofía. Con ese ideal Wolff se ocupó de la clasificación del saber, colocando en primer lugar la lógica como doctrina preliminar a todo conocimiento; después, teniendo presente la distinción entre conocer y querer como actividades fundamentales del espíritu, y la distinción entre conocimiento racional y conocimiento empírico, Wolff divide el conjunto del saber en: c. racionales teóricas o metafísica (ontología, cosmología, psicología racional, teología natural) y c. racionales prácticas (filosofía práctica, gramática, etc., y derecho natural: ética, política, economía), y además c. empíricas teóricas (psicología experimental, teleología o teología empírica, física dogmática) y c. empíricas prácticas (tecnología y física experimental).
      Ya en el s. XII, A. Comte (v.) presentó una nueva clasificación de las c. (al comienzo de su Cours de philosophie, 1830), radicalmente diferente de todas las anteriores, en la que distingue primeramente las c. abstractas o fundamentales (podría decirse también teóricas) de las c. concretas o derivadas de las anteriores (podrían llamarse prácticas); lo esencial de su clasificación es la división y ordenación, muy personales, de las c. abstractas o fundamentales en: matemáticas, astronomía, física, química, biología y sociología (palabra esta última acuñada por él, y entendida como física del cuerpo social); a éstas se añadiría posteriormente una séptima y última de la serie de c., la ética. No es solamente una clasificación, sino también una ordenación, pues, según Comte, en esta serie cada c. supone la precedente y fundamenta la que le sigue; además en la serie se da una complicación creciente (de la matemática que es la más sencilla a la sociología que es la más compleja) y una abstracción decreciente (la más abstracta es la matemática); es la ordenación que corresponde, o debería corresponder, a la aparición o desarrollo histórico de cada ciencia (desde la matemática, ciencia más antigua, a la más moderna, la sociología).
     
      La clasificación resulta sugestiva, pero mal fundamentada (no son exactas en su totalidad las razones de Comte); por otra parte queda excluida la filosofía (ésta sería a lo sumo la misma clasificación o conjunto de c.) y otros muchos conocimientos que tienen también carácter científico (no merece la pena referirse a la llamada por Comte «ley de los tres estadios»). En realidad Comte restringe el concepto de c. a las que a partir de él serían llamadas c. positivas (curiosamente, la mayoría de las que los antiguos no acostumbraban a considerar verdaderas c.), adopta un único método de conocimiento (v.), y reduce éste a un solo aspecto del mismo, el sensible, negando el conocimiento del «ser» y olvidando ingenuamente las últimas y más radicales exigencias de la naturaleza humana; sin embargo, esta concepción de la c. y del conocimiento marcará poderosamente la mayor parte del pensamiento científico del s. XII y parte del XX, aunque la clasificación propugnada por Comte fuese pronto no sólo abandonada sino combatida por la mayoría (v. PoSITIVISMO).
     
      Contemporáneamente, A. Ampére (v.), el creador de los estudios electromagnéticos, introdujo ung clasificación dicotómica de las c. (Essai sur la philosophie des sciences, 1834), que había de pesar sobre gran parte de las posteriores, consistente en la distinción entre c. del cosmos o universo, c. cosmológicas, y c. del nous o pensamiento, c. noológicas; cada uno de estos grupos se subdivide en otros dos, y así sucesivamente, hasta un total de 128 c., según un cuadro, muy artificial, cuyas primeras divisiones serían las siguientes: Mejor elaborada y fundamentada fue la conocida distinción entre c. del espíritu y c. de la naturaleza, de W. Dilthey (1833-1911; v.), o entre c. culturales y c. naturales de H. Rickert (1863-1936), que es la que late en el fondo de la división entre Letras y Ciencias, demasiado imprecisa, pero que ha servido modernamente para fines de organización académica y escolar. Lo que en esta distinción se entiende por «naturaleza» no es exactamente el mundo material, sino el de la explicación por causas necesarias, que se opone al mundo de la «comprensión» de las actividades y fenómenos humanos libres. Lo que es fruto de la libertad no puede analizarse buscando causas estrictas, ha de interpretarse y entenderse mediante sus «valores» propios; no es el mismo el modo de reconstruir el pasado humano (historia) que el modo de trabajar de la c. natural; no se entiende una obra de arte de la misma manera que una verdad matemática; etcétera. La distinción entre c. naturales y c. del espíritu (o culturales) responde, por parte del objeto, a la diferencia entre la simple naturaleza, física o psíquica, y la libertad; y por parte del método, a la que hay entre la «explicación» y la «comprensión» (Millán Puelles). Aunque esta clasificación de las c. es admisible y valiosa en algunos puntos, conviene notar que en Dilthey queda eliminada la metafísica (v.), y que tanto las c. naturales como las del espíritu versan sólo sobre fenómenos y nunca sobre el ser; se trata, por tanto, en este sentido, sólo de una división de las c. positivas. Además la expresión «c. del espíritu» es confusa, no se refiere al ser del espíritu, o de la libertad, como tal, sino sólo a sus manifestaciones (v. HISTORICISMO).
     
      Más o menos dentro de la corriente positivista, inaugurada por Comte, proliferan las clasificaciones de las ciencias. Contra la del mismo Comte, formuló otra clasificación H. Spencer (v.), iniciador de las teorías evolucionistas, que divide las c. en tres grupos (The Classification óf the Sciences, 1864): c. abstractas (lógica y matemática) que se ocupan de las formas generales de los fenómenos, de meras relaciones; c. abstracto-concretas (mecánica, física, química) que consideran los fenómenos, pero al margen de los seres que los realizan; y c. concretas gastronomía, geología, biología, psicología -que Corme no consideraba c.-, sociología) que estudian los seres concretos en su complejidad. Adrien Naville (1845-1930) clasificó las c. de acuerdo con otro criterio (Nouvelle classification des sciences, 1901): teoremática, o c. de las leyes, que son las c. que responden a la pregunta ¿qué es posible? (nomología, matemática, físico-química, biología somática, psicología y sociología, cada una de mayor complejidad que la anterior); historia o c. de los hechos, que responden a la pregunta ¿qué es real? (con cuatro clases de c. históricas: las del mundo inorgánico -astronomía, geología, etc-, las del mundo vegetal, del mundo animal, y la historia humana); y canónica o c. de las normas, que responden a la pregunta ¿qué es bueno? Podrían citarse otras muchas clasificaciones teóricas de las c., formuladas con mayor o menor ingenio por diversos autores a caballo entre los s. Xrx y XX (Whewell, Wundt, Peirce, Renouvier, Stumpf, Ostwald, Windelband), en su mayoría positivistas, o al menos reducidos a una concepción positivisia de la c., y que adolecen, por tanto, de los defectos y parcialidades, que hemos apuntado, de dicha concepción.
     
      3. Clasificación bipartita y tripartita. La distinción general entre c. del espíritu y c. de la naturaleza, cuyo origen ya hemos mencionado, ha sido la más seguida por los autores, sobre todo alemanes, p. ej., H. Helmholtz (v.), E. Becher, W. Ostwald (v.) (que llama a ambas c. reales,en contraposición a las c. formales o matemáticas; System der Philosophie, 3 ed. Leipzig 1908), W. Windelband (c. nomotéticas, de las leyes de los fenómenos naturales, y c. idiográficas, de los sucesos históricos irrepetibles; Geschichte und Naturwissenschaft, 2 ed. Estrasburgo 1900). El peso de esta clasificación bipartita no fue, sin embargo, tan grande como para impedir que algunos pensadores la abandonaran y adoptaran una división tripartita. Así, por citar autores españoles, J. M. Albareda (1902-66; v.) dividía las c. en tres grupos: descriptivas, experimentales y filosóficas; E. D'Ors (1881-1954; v.), combinando un doble criterio, dividía las c. según su método en c. de observación, c. teóricas y c. normativas, y según su objeto en c. del hombre, de la sociedad y del cosmos.
     
      «La crisis de la contraposición entre Espíritu y Naturaleza, entre Letras y Ciencias, se produce desde el momento en que fenómenos culturales que pueden considerarse como morales, es decir, como espirituales y libres si se considera el sujeto personal en particular, se convierten en determinados y ajenos a la libertad, por tanto, en fenómenos naturales: cuando se consideran como propios de la masa humana y no como individuales. Esta conversión produce una quiebra en la antítesis y obliga a refleXIonar sobre la validez de la misma. Ha sido una innegable novedad de nuestro siglo el reconocimiento de la masa humana, de la sociedad, como objeto de estudio. Este nuevo objeto científico no podía quedar sin trascendencia para el tema general de la clasificación de las ciencias» (Á. D'Ors, o. c. en bibl., 1,28).
     
      El positivismo posterior a Comte no siguió exactamente el rumbo marcado por él, porque no tomó su clasificación de las c., sino que adoptó más bien la contraposición entre c. del espíritu y c. de la naturaleza, como ya hemos dicho, pero trasladó al segundo grupo todo aquello que podía referirse, no al hombre individualmente considerado, sino a la colectividad humana. En efecto, era evidente que los métodos habituales de las c. humanas, p. ej., los de los historiadores, filósofos, juristas, etc., no resultaban útiles para el estudio de los fenómenos de la masa social considerada como tal, era preciso utilizar métodos cuantitativos como los estadísticos; ello parecía justificar el traslado de estas c. sociales al campo de las c. naturales (algunos incluso pretendían trasladar a este campo determinista la misma Historia y otras c. humanas, sometiéndolas así a una interpretación materialista). Pero este traslado no podía hacerse sin violencia para el objeto estudiado, que sigue siendo una conducta de seres humanos.
     
      «Es verdad que los fenómenos sociales, al tener como sujeto una masa y no una persona, no pueden ser considerados como libres, sino como determinados por leyes naturales bastante exactas. El acto de un delincuente, por ej., debe ser considerado desde el punto de vista de la responsabilidad correlativa a la libertad humana, pero el total de la delincuencia de una determinada masa social es bastante constante dentro de un grupo, y aparece determinado por ciertos factores económicos, educacionales, de vivienda, de estímulos audiovisuales, etc. Esto es verdad, pero no es menos verdad que estos fenómenos, aunque no sean libres, tienen que ver con la libertad individual de los que integran la masa estudiada, y por eso deben proyectarse con una perspectiva de carácter moral» (Á. D'Ors, ib. 30).
     
      Álvaro D'Ors concluye, así, que si las c. sociales, por un lado, no pueden confundirse con las c. que se refieren al hombre, tampoco deben, por otro lado, confundirse con las que se refieren a la naturaleza, y que es necesario establecer una clasificación tripartita y no bipartita: c. humanas o Humanidades, c. del cosmos naturales y empíricas, y c. sociales. Esta clasificación, según A. D'Ors, se basa no sólo en los distintos objetos de estudio, sino también en los distintos métodos y hasta en las diversas necesidades materiales del trabajo de los especialistas de cada grupo.
     
      Es difícil, por no decir imposible, hacer una enumeración exhaustiva de las distintas c. dentro de cada grupo; ello responde a la realidad de la continua aparición de nuevas c., formadas por aplicación de nuevos métodos, o a base de algún objeto o finalidad concreta y partes de otras c. que interesan a esa finalidad (así la pedagogía, c. comerciales, c. empresariales, meteorología, edafología, etc.). Además han de tenerse en cuenta las interferencias y relaciones de unas c. con otras y de un grupo con otro. Únicamente como ilustración de la idea de la clasificación bipartita y tripartita, así como de la complejidad de la situación actual, damos un resumen de las c. que integran cada grupo.
     
      Finalmente, puede mencionarse la pretensión de unificar todas las c., o de lograr una c. unificada, del neopositivismo más reciente, iniciado en el periodo entre las dos guerras mundiales por el «Círculo de Viena»; sus componentes se dispersaron, con ocasión del nazismo, emigrando la mayoría a Inglaterra y sobre todo a los Estados Unidos, donde continuaron sus trabajos (v. NEOPOSITIVISTAS LÓGICOS). Expresión reciente de su intento de unificación de las c. ha sido la publicación periódica International Encyc1opedia of unified Science, aparecida a partir de 1938 en Chicago, que distingue dos momentos: el enciclopedismo (como planteamiento del problema) y el fisicalismo (como solución del mismo).
     
      En el artículo programático que abre la citada publicación dice O. Neurath: «El modelo genuino de la ciencia entera es una enciclopedia, no un sistema. El máXImo de integración a que podemos llegar es una integración enciclopédica de afirmaciones científicas, con todas las discrepancias y dificultades que presente». En un segundo momento, el fisicalismo consistiría, dicho resumidamente, en la unificación o reducción de todos los «lenguajes científicos» a un solo lenguaje: el «lenguaje cósico físico». Sin entrar aquí en la explicación de lo que entienden por «lenguaje cósico», notemos únicamente que, en definitiva, se trata de un desplazaraiento del problema de la unidad de la c., del plano de las leyes (que ha sido el seguido hasta ahora por los diversos «sistemas» positivistas de c.) al plano del lenguaje.- Con respecto a la unificación, p. ej., de las c. físicas y de las c. biológicas, la mayoría de los autores consideran que nunca será posible derivar las leyes biológicas de las leyes físicas, por la naturaleza misma de los dos campos. Pero, con palabras de R. Carnap (v.) en la misma Encyclopedia, «hay unidad de lenguaje en las ciencias, o sea una base común de reducción para los términos de todas las ramas de la ciencia, que consiste en una clase muy reducida y homogénea de términos del lenguaje cósico físico. Esta unidad de términos es, ciertamente, menos potente y eficaz de lo que sería la unidad de las leyes, pero es la condición necesaria preliminar de la unidad de las leyes». Análogamente piensan así en una unificación de las c. naturales y las c. humanísticas, con un método único, mostrando la falta de significado de toda filosofía y metafísica.
     
      Si bien los estudios del círculo de Viena y sus continuadores han supuesto una notable contribución al desarrollo de los análisis lógicos del lenguaje, de la lógica simbólica y de los métodos semióticos, hay que hacer notar que late en el fondo de sus trabajos una «filosofía» que considera la física como la c. modelo a la que deben ser reducidas las demás; postura análoga a la que otros filósofos en el pasado, sobre todo desde Descartes (v.) y especialmente los positivistas, adoptaron al considerar como c. modelo a la matemática. La construcción de las geometrías (v.) no euclídeas, p. ej. con «espacios» de más de tres dimensiones, a partir de los estudios de Lobatchevsky (v.), Boylai, Riemann (v.), etc., y el desarrollo posterior de la matemática, hicieron descubrir a los mismos científicos el carácter en su mayor parte convencional de la matemática, considerada hasta entonces como la c. más «exacta» (como la c. más precisa en orden a conocer la realidad tal como es): su exactitud es sólo formal, de coherencia interna, no de correspondencia con la realidad; ello contribuyó a que se abandonase, por parte de los filósofos y científicos responsables, ese ingenuo ideal de construir todas las c. con la misma «exactitud» que las matemáticas. Todo parece indicar, pues, que los neopositivistas han resucitado ese ideal, pero trasladando el campo de sus ilusiones de la matemática a la física, contribuyendo a ello el hecho de que se haya logrado deducir las leyes químicas de las leyes físicas (resulta así la química como una parte de la física; la única diferencia que puede decirse existe ahora entre una y otra es que la química estudia la materia más desde el punto de vista estructural, y la física desde el punto de vista funcional). El positivismo y el neopositivismo han contribuido a la clarificación y delimitación de los métodos y de las c. experimentales positivas, y en ese sentido su contribución al desarrollo de las mismas ha sido muy importante; pero las c. positivas no abarcan el conocimiento de toda la realidad que es el hombre ni de toda la realidad en la que está inmerso; es más, los métodos positivos y las c. que originan no proporcionan un verdadero conocimiento de la realidad, un verdadero saber (v. CONOCIMIENTO; SABIDURÍA; TEORÍA CIENTÍFICA; GNOSEOLOGÍA; EPISTEMOLOGÍA). La realidad de la libertad (v.) humana y de las actividades del espíritu (v.) son hechos incuestionables, que no pueden ser abordados ni «conocidos», en el sentido profundo de la palabra, por solos los métodos de las c. positivas.
     
      4. Otras clasificaciones pragmáticas de las ciencias. Las clasificaciones de las c. que hemos examinado hasta aquí son, o pretenden ser, en su mayoría, clasificaciones teóricas, racionales, que intentan presentar, de una manera u otra, un orden o jerarquización de las ciencias válido para siempre.
     
      Aparte del valor absoluto o no de esas clasificaciones, es un hecho que suelen resultar poco prácticas a la hora de transmitir las c., es decir, en la enseñanza, o a la hora de una distribución real de los lugares materiales en que los científicos deben cultivarlas, o sencillamente a la hora de organizar de alguna manera los libros o los ficheros de una biblioteca o de un centro de documentación. Por eso, paralelamente a las anteriores clasificaciones, han surgido a lo largo de la historia otras diversas, establecidas de modo pragmático sin excesivas preocupaciones teóricas, para resolver de alguna manera la organización de la educación, de la investigación u otras necesidades concretas e inmediatas.
     
      Desde fines de la antigüedad clásica surgió la necesidad de dividir las c. con un criterio de prelación didáctica. Se distinguió así una doble serie de estudios: primero el llamado trivium que comprendía gramática, dialéctica y retórica, y después el quadrivium integrado por la aritmética, la geometría, la música y la astronomía. El conjunto del trivium y quadrivium constituía las artes liberales, distintas de las artes mecánicas consideradas serviles; la división se halla ya en Boecio (v.) y en S. Isidoro (v.), pero fue a partir del s. ix con la reforma de la enseñanza propulsada por Alcuino (v.) cuando adquirió mayor importancia. Este cuadro enciclopédico se conservó durante siglos para la educación de los jóvenes, pero se fue completando con otras especialidades, en primer lugar la filosofía y la teología, como c. superiores, después la jurisprudencia (leyes y derecho), la medicina, la arquitectura, etc.
     
      Más modernamente, la organización de las enseñanzas en la universidad (v.) por «facultades» nace de una necesidad en cierto modo espacial, es decir, de la finalidad práctica de agrupar a los estudiantes según su futura actividad profesional, aunque tal distribución generalmente discrepa mucho de una distribución racional de las c. y de sus cultivadores. Por ello en la organización de las universidades modernas se tiende a una distribución por «departamentos», más fundada en las exigencias objetivas de la investigación, que se superpone o combina con la distribución pedagógica por facultades. No hay una clasificación de las c. en facultades o en departamentos uniforme para todos los países; cada uno sigue sus propias tradiciones. En España pueden considerarse clásicas las facultades de Derecho, Medicina, Farmacia, Veterinaria, Filosofía y Letras (con las secciones de Filosofía,Psicología, Arte, Geografía, Historia, Filología, Pedagogía) y Ciencias (secciones de Matemáticas, Física, Química, Geología y Biología) a las que se agregó en 1943 la de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales; las facultades de Teología fueron suprimidas de las universidades estatales a mediados del s. XII, aunque forman parte de universidades estatales o libres en muchos países como los anglosajones; además de las facultades han de considerarse las escuelas técnicas (Arquitectura, Ingeniería) que en España, hasta ahora, no forman del todo, administrativamente, parte de la universidad. Nuevas especialidades se cursan en «institutos», más o menos integrados en alguna facultad, o separados de ellas, pero con tendencia a convertirse en facultades nuevas o en secciones de alguna existente (así Geografía, Psicología, Cibernética, Periodismo, Informática, Ciencias empresariales, etc.).
     
      Otro ejemplo de clasificaciones pragmáticas son las surgidas con el fin de organizar e impulsar la investigación en fundaciones, institutos, etc., en los diversos países. En España el «Consejo Superior de Investigaciones Científicas» (v.) distribuyó las c. en 8 grupos, bajo la dirección de otros tantos «Patronatos», integrados cada uno de ellos por un número variable de institutos, centros o escuelas: 1) c. teológicas, filosóficas, jurídicas y económicas; 2) c. históricas y filológicas; 3) c. médicas y de biología animal; 4) c. agrícolas y de biología vegetal; 5) c. matemáticas, físicas y químicas; 6) investigaciones de carácter técnico e industrial; 7) estudios locales; y 8) estudios internacionales. También las diversas «Academias» (v.), con sus distintas finalidades y objetos científicos, ofrecen otra clasificación pragmática de las c., surgida al filo de la historia conforme fueron creándose cada una de ellas.
     
      5. Clasificaciones bibliotecarias y bibliográficas. Una necesidad práctica que, desde antiguo, ha originado incontables clasificaciones de las c. ha sido la de ordenar de algún modo los libros en las bibliotecas (v.): para facilitar su localización, su relación con otros semejantes, el estudio de una determinada materia, la búsqueda de un dato, etc. Lo más común ha sido agrupar los libros por materias tanto en los ficheros como en los armarios, aunque han eXIstido casos pintorescos de ordenación de los libros por su tamaño. Ya en las bibliotecas monásticas del Medievo eXIstían clasificaciones bibliográficas; suele citarse la de la iglesia de Saint Emmerau, de Ratisbona, que en 1347 tenía una clasificación en 12 grupos. También con vistas al comercio del libro se hicieron clasificaciones por materias; entre las primeras figura la utilizada por el editor y humanista Aldo Manucio el Viejo (1450-1515) en un catálogo de libros griegos, impresos, publicado en 1498, con cinco grupos (1. Gramática; 2. Poética; 3. Lógica; 4. Filosofía; 5. Sagrada Escritura). El español Alejo Venegas publicó un famoso ensayo titulado Primera parte de los diferentes libros que hay en el Universo, en Toledo 1540, que, prueba de su éXIto, tuvo varias ediciones; Venegas dividió los libros, en la primera y única parte publicada de su obra, en cuatro grupos: Original (predestinación y libertad), Natural (filosofía del mundo visible), Racional (oficio y uso de la razón) y Revelado (autoridad de la S. E.). Ha de mencionarse el sistema de K. Gesner (1516-65), publicado en 1548, que suele considerarse por la crítica como el «primer sistema de clasificación bibliográfica»; comprende 21 grupos de materias. De entre los diversos sistemas usados o publicados del s. XVI al XII, ha llegado hasta nuestros días en algunas bibliotecas, sobre todo de Francia, el conocido con el nombre de Brunet, si bien se debe al jesuita J. Garnier; introducido en el s. XVII, el sistema Brunet reparte las c. en cinco clases (teología, jurisprudencia, c. y artes, literatura, historia) y cada una de ellas comprende un número variable de grupos.
     
      A finales del s. XII los sistemas de catalogación de bibliotecas son numerosos y cada vez más importantes. Los nuevos sistemas que aparecen introducen ya la notación a base de números o letras, o de ambos, para designar las distintas materias de que se ocupan los libros, creándose así como unos lenguajes cifrados de carácter internacional. Por ej., en el denominado sistema expansivo, de Charles A. Cutter, los grupos principales de la clasificación son designados con letras mayúsculas (A: obras generales; B: filosofía; Br: religión; C: cristianismo; D: c. históricas; E: biografía; F: historia; G: geografía; H: c. sociales; etc.); éstos a su vez se dividen en otros grupos designados con letras minúsculas; los números 1 al 9 sirven para indicar la forma en que está tratado el asunto (1: teoría; 2: tratado; 3: bibliografía; 4: historia; 5: dicionario; etc.) y del 11 al 99 designan lugares geográficos (así, 45: Inglaterra; 98: Sudamérica; etc.). De este modo, p. ej., los tratados o manuales de filosofía van colocados en el grupo B.2; los diccionarios sobre antigüedades sudamericanas en el 175.98; etc. (estas combinaciones de números o letras designan también el orden de los armarios o estantes en que van colocados los libros, que se localizan así rápidamente, junto con los que tratan de materias análogas). Estas clasificaciones siguen en ocasiones, más o menos, algunas de las clasificaciones teóricas, objetivas, que hemos estudiado antes (v. 1-3), pero muchas veces, por necesidades prácticas se apartan de ellas. Análogas al sistema expansivo de Cutter son, la clasificación de la Biblioteca del Congreso de Washington, seguido también por la Biblioteca Vaticana y otras; y la llamada de Brown, o subject classification que sigue un orden más lógico de conocimientos humanos en cinco grupos (A: generalia; B-D: materia y fuerza; E-I: vida; J-L: mente; y M-X: testimonio; estos grupos se subdividen después en otros; J. D. Brown, Subject classification with tablea, indexes, etc., Londres 1906).
     
      Otras clasificaciones con alguna importancia son la de la Biblioteca del British Museum (1877), con 10 grupos fundamentales, la que elaboró O. Hartwig para la Univ. de Halle (1888) y la del italiano G. Bonazzi (1890), con mayor número de grupos. Más modernamente, S. R. Ranagathan, Director de la Biblioteca de la Univ. de Madrás, publicó The Colon classification (1933) con una crítica de los sistemas más conocidos y la propuesta de una nueva clasificación, más elástica y adaptable al progresivo desarrollo de las c.; se preocupa más de establecer unos «principios» a seguir, que de hacer en concreto una clasificación, que variará con la evolución de las c., aunque siempre se podrá hacer de acuerdo con esos principios (que lograron éXIto en la India). Mucho interés han despertado también los estudios comparativos y críticos de H. E. Bliss, y la nueva clasificación propuesta por él, cuya primera división comprende 25 apartados (Organization of Knowledge in Libraries, 1929, y A system of bibliographic classification, 1935).
     
      Pero la más extendida de las clasificaciones bibliotecarias ha sido la llamada Clasificación decimal universal (CDU), concebida por Melvil Dewey (1851-1931) siendo bibliotecario del Amherst College (Mass., EE.UU..), que la publicó en 1876 con 24 págs., de las cuales la mitad dedicadas al índice alfabético; la clasificación fue muy aceptada en los Estados Unidos, donde se propagó rápidamente, y después ha sido seguida por gran número de bibliotecas de todos los países y también por organismos y centros de documentación internacionales. Sus tablas de clasificación han sido reiteradamente corregidas y ampliadas por diversos autores y por el mismo Dewey (posteriormente bibliotecario del Columbia College, y después de la Bibl. del Estado de Nueva York). La idea consiste en clasificar las c. en 10 grupos principales: O: obras generales; 1: filosofía; 2: teología, religión; 3: c. sociales; 4: filología; 5: c. puras; 6: c. aplicadas; 7: bellas artes, deportes; 8: literatura; 9: geografía e historia. Cada uno de estos grupos se subdivide en otros 10, designados ya con 2 cifras (p. ej., el grupo 5 se divide en 50: generalidades e historia de la c.; 51: matemáticas, c. exactas; 52: astronomía y geodesia; 53: física; 54: química; etc.), y así sucesivamente todas las veces que sea preciso. La CDU resulta bastante práctica, y fácilmente recordable, aunque como a toda clasificación se le pueden encontrar inconvenientes, y al mismo tiempo que entusiastas seguidores tiene también grandes detractores.
     
      Todas estas clasificaciones tienen su utilidad práctica fundamental en orden a distribuir y localizar los libros en las bibliotecas, y en las clasificaciones de bibliografías (v.); sin embargo, en general responden a criterios poco objetivos; y según Á. D'Ors resultan inútiles para distribuir los locales de trabajo de los distintos especialistas, incluida la CDU que no asocia las c. en grupos más amplios que los 10 principales. Para conseguir aunar un criterio objetivo con las necesidades del trabajo de los distintos especialistas, ha propuesto D'Ors su división tripartita (expuesta antes, v. 3), que es la que ha seguido como director de la Bibl. de la Univ. de Navarra.
     
      6. El concepto de ciencia y la clasificación de las ciencias. Conclusiones. Es un lugar común, entre los tratadistas que se ocupan del tema de la clasificación de las c., decir que toda clasificación será siempre incompleta, provisional y caduca. Son evidentes los defectos, incoherencias o lagunas de las clasificaciones propuestas; además continuamente aparecen c. nuevas (en campos límites de otras existentes, o tomando elementos de varias con una finalidad concreta, etc.), algunas c. parece que pueden encasillarse en varios grupos, hay una continua evolución en el pensamiento científico, etc. Todo ello es verdad, pero sólo en parte. En primer lugar hay que decir que, evidentemente, las clasificaciones de las c. pueden ser diversas, según la finalidad que se persiga (puramente especulativa, teórica, o diversas finalidades prácticas). Además está claro que puede hacerse una clasificación de las c. según los objetos que estudien (y cada objeto, según el método con que se estudie, dará lugar también a diversas «ciencias»), o al revés, cada método puede dar lugar a una clase de «ciencia» (que puede diversificarse en varias, según los objetos materiales a que se aplique). Pero no todos los objetos pueden estudiarse con los mismos métodos.
     
      Hoy día existe en la conciencia de muchos investigadores, filósofos y científicos, una gran prevención contra la misma idea de clasificación de las c., pues parece imposible reducir las c. a la unidad de un sistema y encerrar en un orden la realidad universal. Pero aceptar esa imposibilidad equivaldría a aceptar un escepticismo (v.) y un relativismo (v.) absolutos, en sí mismos contradictorios, además de contrarios a las exigencias de la naturaleza e historia humanas, y contrarios a la tendencia al realismo (v.) del conocimiento. De hecho, científicos y filósofos, a pesar de lo que a veces digan, creen en el valor del pensamiento racional, en la «verdad» del «conocimiento». Y ponemos entre comillas estas palabras, porque tanto ellas como otras relacionadas, p. ej., «pensar», «saber», «ciencia», no son unívocas, sino muy ambiguas; mejor dicho, cada una tiene diversos significados «análogos», en el sentido tradicional de la analogía (v.). Ya se ve, sólo por esto último dicho, y que es muy frecuentemente olvidado, que aunque sea posible hacer una clasificación de las c., ello no quiere decir que sea fácil. Según el método que se emplee, se produce una clase de conocimiento, o de «ciencia», que no siempre tiene el mismo valor (v. MÉTODO; METODOLOCíA). En definitiva la clasificación de los saberes es previa a la clasificación de las c.; el «saber» de las c. llamadas positivas, experimentales, es muy distinto, de otro grado, que el «saber» de las c. que pueden llamarse filosóficas. Sobre la clasificación de los saberes se ha ocupado en una obra reciente e importante L. E. Palacios: La filosofía del saber, Madrid 1962, cuya segunda parte es un estudio sistemático y completo del tema. No hay aquí lugar para hacer una exposición acabada del mismo; nos limitaremos a exponer algunas de las líneas, a nuestro juicio fundamentales, del problema, y a remitir a los artículos sobre temas relacionados con él.
     
      Respecto a los métodos experimentales y positivos, cuantitativos, han de tenerse en cuenta algunas observaciones. Dichos métodos producen un saber «objetivo» o, mejor, «objetivado», es decir, un saber en el que no se considera lo subjetivo, los sujetos; sin embargo, los «sujetos», las personas, con sus derechos y deberes, forman parte de la realidad (v.), que queda fuera de la «realidad objetiva» que tratan de captar las c. positivas. Los métodos positivos cuantitativos son incapaces de captar toda la realidad, desde un punto de vista de totalidad, pues no todo puede medirse y reducirse a cantidades (p. ej., el yo, el deber filial, etc.). Suele decirse que la verdad de una «teoría científica» se comprueba con la «experiencia», afirmación engañosa, pues las experiencias científicás lo único que atestiguan es que la tal teoría «sirve» para algo (para prever un hecho, para explicar un nexo entre diversos fenómenos, etc.) (v. TEORíA CIENTÍFICA; EXPERIMENTACIóN CIENTÍFICA). De modo que en definitiva las c. positivas se cultivan generalmente para «dominar», y sólo parcialmente, la realidad (es decir, para utilizar, la energía, la luz, etc.), y «dominar» no es lo mismo que «conocer»; así, pues, el conocer de las c. positivas es más bien un «conocer para», es lo que los antiguos llamaban técnica (v. TI, 2) (una prueba es la facilidad con que en las c. positivas se abandona una teoría para pasar a otra que «explica» mayor número de fenómenos o que los mide con más precisión, p. ej., las teorías sobre la «constitución» del átomo; aún más, muchas veces se emplean teorías distintas al mismo tiempo, según convenga, así unas veces se considera a la luz formada por corpúsculos, rayos, y otras por ondas; etc.; V. HIPÓTESIS CIENTÍFICA).
     
      Hay otro modo de enfrentarse con la realidad, que es el preguntarse por la realidad (v.) en cuanto tal (por el ser en cuanto ser, según la expresión clásica); enfrentarse con la realidad, incluyendo en ella al sujeto que la interroga; y no buscar sólo las relaciones entre fenómenos, las causas próximas de los mismos, sino el porqué último (p. ej., ¿por qué las cosas son?), las causas (v.) últimas; o sea buscar un «saber» puro, saber la realidad tal como es. Al conocimiento producido por este método es al que los antiguos llamaban c.,o más modestamente filosofía (v.), es decir, amistad o aproximación a la sabiduría, pues los que acuñaron el término tenían conciencia de que el hombre no puede llegar a una sabiduría (v.) «total», que sólo es propia de la c. de Dios (v. DIOS IV, 13), sino sólo a una sabiduría «parcial» (pero parcial no quiere decir falsa ni totalmente relativa).
     
      Así, pues, hay por lo menos dos clases de c., que podemos llamar c. positivas y c. filosóficas, o quizá mejor, siguiendo la terminología de Jesús Arellano en sus lecciones de cátedra, c. categoriales y c. trascendentales. No hay inconveniente en llamar «ciencias» a unas y otras, pues lo son en el sentido de que tratan de ser un conjunto de conocimientos sistemáticos, ordenados y coherentes sobre la realidad o algún aspecto de ella; también lo son en el sentido de que tratan de ser un «conocimiento cierto por causas», según la definición clásica, es decir, que tratan de ser un conocimiento lo más cierto posible basado en los fundamentos (v.) de las cosas; sin embargo, ya lo hemos visto, los fundamentos (o causas) que unas y otras captan y tienen en cuenta son muy distintos (de tal forma que desde este punto de vista, y en contra de la opinión vulgar, se puede discutir que las c. positivas sean verdaderas ciencias; son, las más de las veces, más bien técnicas). Así, pues, aunque unas y otras pueden llamarse c., son, sin embargo, c., o conocimientos, de naturaleza muy distinta.
     
      Las c. categoriales o positivas puede decirse que proporcionan un conocimiento de toda la realidad, pero desde una determinada categoría (v.) (desde una determinada parte o aspecto de la realidad), entre ellas la matemática, la física, la química, la fisiología, etc. Las c. trascendentales o filosóficas en cambio, proporcionan un conocimiento de toda la realidad, pero no desde una determinada categoría, sino desde el ser en cuanto tal; se puede decir que estudian la realidad que sólo existe cuando se la realiza, valga la redundancia (p. ej., el amor, el bien, el mal, la libertad, sentido de la muerte, etc.); entre ellas la metafísica, la ética, filosofía de la naturaleza, gnoseología, etc.
     
      Hay que advertir aquí que, aunque el calificativo de «experimentales» se atribuye por lo común a las c. positivas, sin embargo, de las c. filosóficas también se podría decir que son experimentales: se basan en la «experiencia» en su sentido más total, es decir, las c. filosóficas no son construcciones teóricas al margen de la realidad. Con esto se quiere decir que no todas las «filosofías» son c. filosóficas; en el campo de las c. filosóficas es muy fácil deslizarse hacia el «camelo» (valga esta expresiva palabra), más que en el campo de las c. positivas, por más que en éstas también es muy posible. Al estudiar a los positivistas y neopositivistas, se advierte que en general sólo conocen las filosofías de Kant, Hegel y sus derivaciones; por eso, cuando ellos y los científicos, en su mayoría imbuidos inconsciente y fuertemente de positivismo, hablan de filosofía y metafísica, para rechazarlas o para afirmar su carencia de significado, es curioso notar que están rechazando, con bastante razón, las únicas «filosofías» que conocen; dando lugar al mismo tiempo a muchos equívocos. En la polémica que los positivistas vienen sosteniendo con la filosofía, filósofos como Aristóteles y S. Tomás, la escolástica (v.; aunque gran parte de ella no sea c. filosófica ni «perenne») y en general lo mejor de la filosofía, suelen estar al margen.
     
      Esta división entre c. categoriales y c. trascendentales guarda cierta analogía con la clásica distinción entre c.de la naturaleza y c. del espíritu, aunque no se correspondan exactamente. Para seguir clasificando las c. de una manera objetiva y real a partir de aquí, habría ahora que distinguir y clasificar los métodos de una y otra, así como las diversas categorías (v.) del ser por un lado, y por otro la vertiente entitativa y la existencial del ser (v.). También habría que tener en cuenta las distintas clases de «verdad» (v.), y los grados de certeza (v.). Al final podría salir un cuadro de las c., siempre perfeccionable, pero no por ello caduco, perfeccionar algo no quiere decir cambiarlo completamente. En realidad no todos los elementos y criterios de las clasificaciones hechas hasta ahora son equivocados o rechazables.
     
      Tampoco el cuadro o sistema de las c. ha de corresponder en general a las distintas c. tal como de hecho se cultivan; las c. han ido apareciendo conforme se han ido aplicando y perfeccionando distintos métodos, y conforme la atención de los hombres se ha dirigido más a unos campos que a otros según las necesidades de cada época. Puede admitirse que el cuadro o la clasificación de las c. no podrá ser perfecto en el sentido de que coloque a cada c. en un determinado grupo con un rigor tal que no dé lugar a interferencias de unas con otras; dichas interferencias son inevitables y múltiples, no sólo dentro de las que se pueden considerar del mismo grupo, sino incluso entre las de grupos distintos. Pero eso no significa que una clasificación de las c. sólo puede ser convencional. Sencillamente, ocurre que el científico no puede evitar ser humano, y como tal le es muy difícil limitarse a cultivar una determinada c. de un modo puro, es decir, con un único y determinado método, limitándose a una sola clase de objetos; sin darse cuenta, los científicos cultivan y mezclan muchas veces distintas ciencias, aunque les den el mismo nombre. Además los cultivadores de las distintas c. suelen considerar a la suya como principal, y a veces no sólo eso, sino como única, tendiendo a presentar sus conclusiones a modo de visión global o total de la realidad; por eso se rechazan muchas clasificaciones de las c. que consideran a unas como principales y a otras como auxiliares. En realidad, en el cuadro objetivo de las c., que podría hacerse siguiendo los pasos indicados, todas las c. serían principales y auxiliares al mismo tiempo.
     
      Cuando tanto los filósofos como los científicos de todos los campos se preocupan' intensamente hoy día de los problemas del conocimiento y del lenguaje (v.), de la lógica (v.) y de la epistemología (v.), como hemos recordado al principio, están en el fondo yendo detrás de una clasificación de las c., de la que aquí sólo hemos tratado de dar algunos perfiles y criterios fundamentales.
     
      V. t.: CONOCIMIENTO; SABIDURÍA.-ANALOGÍA; DIVISIÓN.-ENTENDIMIENTO; INTELIGENCIA; RAZÓN.-CERTEZA; EVIDENCIA; VERDAD.-EPISTEMOLOGÍA; GNOSEOLOGÍA.-HIPÓTESIS; MÉTODO; METODOLOGÍA CIENTÍFICA; INVESTIGACIÓN; TEORÍA CIENTÍFICA. Y los artículos sobre cada una de las ciencias.

     
     

BIBL.: S. TOMÁS DE AQUINO, Expositio super librum Boethii De Trinitate, q. 5-6 (ed. VivEs, París 1890; ed. B. DECKER, Leiden 1955; ed. y trad. al inglés A. MAURER, Toronto 1953); JUAN DE SANTO TOMÁS, Lógica, Alcalá 1631-32 (trad. inglesa Y. R. SIMON, The material Logic, Chicago 1955); A. BROADFIEL, The Philosophy of Classification, Londres 1946; J. A. THOMSON, introducción a la ciencia, Barcelona 1949; 1. MARITAIN, Introducción a la filosofía, Buenos Aires 1969; íD, Los grados del saber, ib. 1968; ID, Ciencia y filosofía, Madrid 1958; H. RICKERT, Ciencia cultural y ciencia natural, 4 ed. Madrid 1965; A. MILLÁN PUELLES, Fundamentos de filosofía, 6 ed. Madrid 1969, 173-188, 204-2211; F. VAN STEENBERGHEN, Epistemología, 2 ed. Madrid 1962, 13-25, 267-323; VARIOS, Neopositivismo e Unitd della Scienza, Milán 1958; A. DEMPF, La unidad de la ciencia, Madrid 1958; L. GEVMONAT, Filosofía y filosofía de la ciencia, 2 ed. Barcelona 1967; L. E. PALACIOS, Filosofía del saber, Madrid 1962; VARIOS, La classification dans les sciences, Gembloux 1963; A. D'ORS, El sistema de las ciencias, Pamplona 1969-70.

 

 

JORGE IPAS.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991