ANTROPOMORFISMO
Se llama a. (de
antropos, hombre, y morfé, forma) a la manera de concebir o
expresar la realidad no humana (mundo exterior, Dios) según formas
o rasgos propios del hombre, o a proyectar a esa realidad los
modos propios de la naturaleza y actividad humanas. El a.
configura todo ser a imagen del hombre o de su propio mundo
interior, atribuyéndole vida, intenciones y comportamientos
semejantes. Suele entenderse como error y como tendencia.
Para evitar confusiones hay que tener en cuenta que, como
error, en primer lugar, no siempre sus manifestaciones se proponen
con el valor teorético de verdad, sino con el valor estético de
belleza. La poesía es casi siempre animista y antropomórfica;
expresa la realidad de un modo metafórico y humano, y no por eso
puede ser tachada de errónea, puesto que se mueve en otra esfera
de valores. A pesar de ello, los límites entre poesía y teoría son
difusos: a) la teoría puede expresarse en lenguaje poético; b) la
poesía tiene también un valor revelador de lo real, al menos del
sentido que las cosas tienen para el hombre; c) en la infancia del
hombre (niños y primitivos), la imaginación y el sentimiento
predominan sobre el pensamiento conceptual y abstracto, y, en
consecuencia, las interpretaciones míticas y poéticas sobre las
racionales. La primera etapa de la humanidad es poética y mítica,
lo mismo en las visiones cristianas de la historia (v. vaco) que
en las positivistas (v. COMTE). El tránsito entre poesía y teoría,
mito y razón, es gradual. En la medida en que la imaginación y el
sentimiento nunca se sustituyen del todo y que el hombre necesita
siempre imaginar lo que piensa, la poesía y el mito conservan
siempre un cierto valor teórico. Así lo entiende Aristóteles
cuando dice: «Buscar una explicación de las cosas y admirarse de
ellas es reconocer que se las ignora; por esta razón el filósofo
es, hasta cierto punto, un hombre aficionado a los mitos, porque
el mito se construye sobre asuntos maravillosos» (Met., 1, 2, 982
b 15-20). S. Tomás de Aquino añade en su comentario: «La razón por
la que el filósofo es comparado al poeta es ésta: que ambos se
ocupan de lo maravilloso» (In Arist. Met., 1, 3, 55). Mientras
subsistan para el hombre zonas reales de misterio existirá el. a.
poético, tanto menos erróneo en su dimensión teórica cuanto más
consciente sea de su carácter aproximado y metafórico.
En segundo lugar, todo error es una proyección a lo real de
un modo humano de concebir; según esto todo error sería un a. En
sentido propio, sin embargo, sólo se designa como tal la
proyección de modalidades de la constitución del hombre y de su
actividad, tal como se revelan en su conciencia. Y, finalmente,
entender el a. como error significa suponer que el modo de ser de
la realidad no humana, y el del hombre y su conciencia, son
distintos. En la medida en que exista coincidencia, y dentro de
sus límites, el a. no es un error.
Es tradicional considerar al hombre como un microcosmos
(universo en pequeño): el ser material le es común con los no
vivientes; el vivir, con las plantas; la conciencia, con los
animales, la inteligencia, con los ángeles; y, por su espíritu, es
una imagen de Dios. Si esto es así, toda la realidad se comprende
por analogía con el ser del hombre. En la medida en que exista
discrepancia, el a. será un error. La calificación de error
antropomórfico hecha a una doctrina dependerá de lo que se
considere como modo de ser propio de la realidad no humana, y de
lo que se incluya en tal realidad: Dios y el mundo, o sólo el
mundo; materia y espíritu, o sólo materia.
Es prácticamente unánime considerar errores antropomórficos
el animismo (v.) primitivo y renacentista, presente bajo otra
forma y significación en el neoplatonismo (v.) y en la monadología
de Leibniz (v.) (todo está animado o vivificado; en toda cosa se
encuentra un alma, fundamento explicativo de todos sus fenómenos);
el hilozoismo de los presocráticos (v.) y estoicos (v.) (el mundo
es como un gran ser viviente; existe un alma del mundo), y las
concepciones de la divinidad en las religiones primitivas, contra
las que se eleva la crítica de Jenófanes. Parece que el animismo
es la primera manifestación de a.
Para el mecanicismo cartesiano es antropomórfico, concebido
a imagen de la composición del hombre en cuerpo y espíritu, el
atribuir conciencia a los animales (los animales son simples
máquinas), alma a los vivientes e incluso formas sustanciales a
los cuerpos (v. DESCARTES; ARISTÓTELES). Para el positivismo (v.),
atribuir finalidad a los cuerpos, a imagen de las intenciones que
guían la actividad humana. Para el panteísmo (v.), atribuir a Dios
un ser personal trascendente, a imagen de un espíritu humano
elevado a la infinitud. Para el materialismo (v.), la creencia en
espíritus y en Dios, o en todo aquello que no se reduzca a
materia, entendida como extensión, figura y movimiento; por
consiguiente, toda la religión (v. ATEÍSMO).
En cuanto a la tendencia al a., en sus formas justas o
erróneas, se pueden señalar las siguientes causas, que actúan
unitariamente: la necesidad de asimilar lo desconocido a lo
conocido. Lo que mejor conoce el hombre, del modo más íntimo y
vivo, es su propio ser: no sólo lo conoce desde, fuera, como a las
demás realidades, sino desde dentro, en su propio interior, que se
revela en la conciencia. Conoce en sí mismo los factores internos
que están en la base de determinadas manifestaciones externas y
las hacen inteligibles. El conocimiento de la propia realidad
interior es, en efecto, la vía de acceso a grandes sectores de la
realidad, todos aquellos que están dotados de conciencia. Como no
percibe el interior de los demás seres conscientes, sino sus
manifestaciones externas, si no lo conociera ya en su propio ser
no podría saber a qué corresponden esas manifestaciones. Otra
causa es la necesidad de captar totalidades con valor y
significación para su vida, capaces de determinar una conducta;
porque el conocimiento es función de la vida, que exige hacerse
cargo pronto, de alguna manera, de la significación de lo real,
para adoptar la actitud conveniente, e incluso a veces está en
ello comprometida su propia conservación o seguridád. Y, por
último, el papel de la imaginación y del sentimiento en la vida
del hombre, especialmente en el niño y en el primitivo.
Los errores a que da origen la tendencia al a. van siendo
superados por el simple crecimiento de la vida de la humanidad y
de cada persona singular, de la reflexión y del análisis crítico.
En cuanto al a. en el modo de concebir o conocer el ser de la
divinidad, con sus errores y aciertos, v. II y III; DIOS I, II; iV,
1 y 3. V. t.: ANALOGÍA.
BIBL.: A. CHOLLET, Anthropomorphisme, en DTC (Tables génerales, 1954 ss.) I, 2, 1367-70; M. SULLY PRUDHOMME, L'anthropomorphisme et les causes finales, «Rev. Scientifiquen XI (1899) 257-61 (considera antropomórfico un Dios personal creador distinto del mundo); W. CERF, The Physicomorphic Conception of Man, «The lournal of Philosophyv XLVIII (1951) 345-56.
MANUEL GUERRA.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991