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El ESPÍRITU y la LETRA PEDRO RAMÍREZ |
SI
JESUCRISTO NO HA RESUCITADO...
Cuando
algunos combatientes americanos regresaron del Vietnan se encontraron con una
sociedad que los ignoraba o, incluso, que los despreciaba. No se acordaban de
ellos y, si lo hacían, era para echarles en cara su crueldad o su impotencia.
En resumen, los despreciaban, nadie quería sentarlos a su mesa y mucho menos
recompensarlos. Tampoco el poder que los había arrojado a la degradación
salió a su encuentro y los justificó. Todo esta situación de marginalidad
acabó como se sabe: alcoholismo, depresiones,
suicidios, prostitución, criminalidad,
robo, y un largo historial de delincuencia.
La
pregunta es: ¿por qué estos soldados, a su vuelta, se entregaron a una
destrucción y autodestrucción casi sistemática?
Porque
ellos querrían haber vuelto como héroes, después de haber aceptado una
causa, con el nombre que se quiera, que podía llevarlos a la muerte. ¿Quién
elige ese destino? Sólo el que ha vislumbrado una enorme recompensa. Porque
lo que es absolutamente contrario a la naturaleza, lo que atenta contra ella,
lo que la desafía con violencia inusitada es precisamente entregarla,
negarla, aniquilarla a cambio de nada en un acto de ciega voluntad.
A
estos desgraciados se les arrebató lo mejor de su existencia, su juventud, su
pasión por consumar una vida de héroe, su fe. Y cuando vuelven a su patria
desconocidos, despreciados, pueden leerse en su rostro las palabras de Aquiles
a Licaón, el cobarde hijo de Príamo, rey de Ilio: «Hola, amigos, sólo por
vuestra indiferencia vais a morir. ¿Por qué os lamentáis ahora? También
todos mis amigos han muerto, y eso que eran mucho mejores que vosotros». Es
el canto homicida de los que han sido objeto de fraude.
También
los cristianos temen esta constatación. ¿Por qué, si no, se iba a lamentar
san Pablo de la situación en que quedaban si Jesucristo no había resucitado?
En el fondo, aquéllos y éstos parten con el mismo coraje y esperan retribución.
Pero, ¿en qué guerra han combatido los últimos? ¿Contra qué enemigos han
expuestos sus vidas? ¿En qué los conoceremos a la vuelta de tales contiendas
para preguntarnos de dónde han extraído su fuerza y su esperanza?
En
una palabra: han perdido su patria, sus bienes, sus amigos, el amor de sus
allegados, la estimación de sus compañeros, si es que lo han hecho. Porque
si no ha sido así, ¿en qué ha alterado sus vidas la promesa de Dios? ¿Dónde
está su Vietnan? Quizás sólo hayan comprometido su palabra en el deseo de
ser crucificados para este mundo y por este mundo, y eso baste. Y bien: ¿qué
se les ha prometido? La resurrección, para el otro mundo, y para éste, tal
vez como prenda, la centuplicación de todo cuanto han arriesgado. Por eso
exclama el apóstol: «¡Ay de nosotros, si Cristo no hubiera resucitado, seríamos
los más desgraciados de los hombres».
En
ambos casos estamos hablando de lo mismo: de la paga. Mas entre los
cristianos, paradógicamente, quienes más arriesgaron, más se fiaron, y para
quienes más se fiaron, lo arriesgado es nada, pues todo lo tienen por basura,
y su paga será la nada centuplicada, es decir, nada que tenga el sello de la
apariencia de este mundo. Me gustaría poder afirmar que para todos y, sin
embargo, sólo para ellos, el Amado convocará un Juicio. Todos
estaremos presentes y Jesús les dirigirá estas o similares palabras: «Mirad,
queridos de mi Padre, vuestra paga», y nos mostrará lo que ellos han ayudado
a hacer, lo que sin ellos no hubiera podido ser hecho. Y entonces veremos tu
vida y la mía, de la que poco más se sabe que la enfermedad, la
concupiscencia, el odio, la frustración, la codicia y el deseo de gloria, las
veremos restauradas por la fuerza de su amor, cuya onda, más fuerte que
ninguna escisión, todo lo borra, todo lo apacigua, todo lo eleva. Y, sin
duda, veremos allí tu vida y la mía, no sólo alcanzadas por la esperanza de
ellos, que nada menos grande que esa esperanza recibieron, sino, además,
colmadas, centuplicadas con los bienes de este mundo. Y se escuchará de todas
las bocas este canto magnífico: «¡Ay Señor, qué bueno has sido con
nosotros!»
Creo
que san Pablo podría haber añadido: «Pero, ¡ay de nosotros, dignos de lástima,
si habiendo resucitado Jesucristo, no hemos sabido sacrificarlo todo en busca
de un destino tan bello!»
P. RAMÍREZ