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DOS MILLONES Del agosto romano -el horrible ferroagosto- huyen hasta los vencejos, decía un viejo cardenal español. El Papa se va a Castelgandolfo y la curia romana se paraliza. Y los romanos huyen a los Alpes o a la costa. Pues bien, este año ha sido distinto. El ferroagosto se ha llenado de vencejos: dos millones de jóvenes de 163 países han tomado Roma. Decía el viejo astuto y sabio dirigente comunista español Santiago Carrillo que el gran problema de Europa en el siglo XII será que los bárbaros volverán a tomar Roma. En el 455 Genserico y sus huestes tomaron Roma, no porque fueran seducidos por la civilización romana, tan refinada y exquisita, sino porque tenían hambre y en Roma se comía. Anunciaba así que la tensión Este-Oeste que ha marcado el siglo XX será sustituida por la tensión Norte-Sur, países ricos-países pobres, que ya ha comenzado en el estrecho de Gibraltar con el dramático asalto a la opulenta Europa desde las hambrunas de la olvidada y abandonada África. En agosto del año 2000 dos millones de jóvenes de todo el mundo han acudido a Roma al encuentro mundial de la juventud en el año jubilar del II Milenio cristiano, no para visitar las ruinas clásicas o las bellezas del Renacimiento, sino porque tienen hambre. Pertenecen muchos de ellos a generaciones bien alimentadas, de cuerpos esbeltos, vienen de las aulas universitarias y han recibido una formación superior a la de sus padres, pero tienen hambre de sentido de la vida y de valores trascendentes, sienten la necesidad de salir del vacío interior y de la vida plana a la que les ha conducido nuestra cultura, se han cansado de beber, en imagen bíblica, en los charcos de aguas estancadas y buscan fuentes de agua viva, manantiales nuevos. He hablado con varios de ellos y te cuentan lo que han vivido: la experiencia de una Iglesia joven, universal, fraterna, sencilla y evangélica. Te hablan de los encuentros por lenguas en las Basílicas e Iglesias romanas donde se les proponía la esencia del cristianismo en catequesis y meditaciones hondas sobre Jesús el Cristo como Maestro de vida, sobre el Evangelio como escuela de humanidad, estilo de ser hombre, en horas de silencio y oración. Te cuentan la riqueza de los intercambios con jóvenes cristianos de otras iglesias sobre lo que viven y sueñan. Te hablan de sus sinceras confesiones sacramentales en el Coliseo romano, donde resuenan todavía los gritos de las multitudes pidiendo la muerte de los mártires cristianos, los testigos. Y te cuentan el encuentro final con el joven anciano Papa, sucesor de Pedro, en Tor Vegata, campus universitario de Roma a 14 kilómetros de la Urbs, donde en fiesta y sin prisas celebraron una Eucaristía increíble y donde oyeron un mensaje, una palabra antigua y siempre nueva que se traen clavada en el alma. El anciano vestido de blanco, que renace de sus cenizas como el Ave Phoenix, les habló de Cristo, de la Eucaristía como presencia de Cristo en medio de su pueblo, la Iglesia, de la exigencia sobre ellos mismos y el horror a la mediocridad, de la necesidad de la oración y de la vida interior para no vivir del capricho y del instinto, de la castidad como ejercicio que prepara para el amor maduro, de la solidaridad con los pobres y desfavorecidos del mundo, de la pasión por la justicia en el mundo como tarea, del amor a la verdad, de la vocación cristiana en una vida entregada, como la de Jesús, al servicio de las grandes causas del hombre y de la humanidad que son las causas de Dios... Nadie los halagó, nadie les dijo que eran estupendos, nadie les habló de lo hermoso que es ser joven. Sólo se sintieron enfrentados con ellos mismos en la verdad de su conciencia ante Dios. Han vuelto rotos, cansados, pero llenos de alegría y de luz, de esperanza. Recuerdo que cuando se celebró el Encuentro mundial de la juventud en Santiago de Compostela el jefe de policía de la ciudad, en una entrevista televisada, decía: "¿De qué raza son estos jóvenes? No ha habido ningún incidente, ningún problema. Cuando se celebra un concierto de música joven, con diez mil o veinte mil asistentes, la policía no tiene sosiego. Aquí han estado medio millón de jóvenes y no ha pasado nada". Parece que el mismo comentario ha hecho el Prefecto de Roma con dos millones de visitantes jóvenes en la Ciudad eterna. Pero no es verdad que no ha pasado nada. Ha pasado mucho, pero no en las crónicas policiales, sino en el corazón de la Iglesia y del mundo: dos millones de jóvenes han recuperado el alma. Se les había perdido y la han encontrado. Y han descubierto que hay muchos como ellos. Al menos dos millones en Roma. Y muchos más que no han ido a Roma. No han ocupado mucho espacio en las crónicas de los medios de comunicación, tan despobladas en agosto. Las crónicas rosas sobre la vida de personajes, flor de un día o de pocos, han tenido más espacio. Conviene que tomemos nota. No se puede hablar de la juventud como un todo. Hay muchas juventudes. No se piense que los jóvenes vencejos del ferroagosto romano eran todos cristianos practicantes y convencidos, miembros de comunidades cristianas. Muchos eran sólo gente en búsqueda, gente joven con hambre y sed. Pero la sed prueba la existencia del agua. Parece que la encontraron. Manuel Matos |
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