Orgullo de nuestra raza

Me impresionó la primera vez que oí a un cristiano palestino llamar a María, la Madre de Jesús de Nazaret, Miriam -la estrella- de Galilea. Lo decía con el orgullo de hablar de una compatriota grande, la mujer santa, elegida por Dios, para ser Madre del Hijo de Dios. Los musulmanes la respetan y veneran como la madre Virgen del profeta Jesús. Los cristianos orientales la veneran con ternura, muy especialmente, como la Theotokos, la Madre de Dios, la llena de gracia, casa del Espíritu santo. Los católicos la hemos llenado de superlativos y cada año, en sus fiestas litúrgicas, fiestas patronales y sobre todo en el mes de mayo, por Pascua florida, miramos hacia Ella, "con flores a María que Madre nuestra es". Un teólogo llegó a decir que era el rostro femenino y materno de Dios.

Y un dibujante pinta a un ángel que le dice a un artista: "¡Pero qué mañana os dais cuando representáis a María para olvidaros de los sabañones, los tobillos hinchados, las rodillas peladas, las ojeras por el cansancio...!". Nos saca de la Inmaculada de Murillo o de Alonso Cano, de los versos de Juan de la Encina o del Arcipreste de Hita para conducirnos a Miriam de Galilea.

Pablo VI, en uno de los más bellos documentos que ha escrito un Papa sobre la Virgen María -Marialis cultus, en 1974- nos recuerda que María "fue algo del todo distinto de una mujer pasivamente sumisa o de religiosidad alienante, antes bien fue mujer que no dudó en proclamar que Dios es vindicador de los humildes y de los oprimidos y derriba de sus tronos a los poderosos del mundo (Lc 1, 5153)". Y dirigiéndose a la mujer contemporánea le indica que "reconocerá en María... una mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huida y el exilio (Mt 2, 13-23): situaciones que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre y de la sociedad; y no se presentará a María como una madre celosamente replegada sobre su propio Hijo divino..." (Mc 37).

El mismo dibujante, mirando a muchos devotos de la Virgen María, dirá: "¡Muchos de esos que acuden a los grandes santuarios marianos lo que necesitan son unas buenas desapariciones de la Virgen!". Porque conviene que los superlativos y los versos, los cantos y las ofrendas de flores, a la que es ciertamente "la flor de las flores", con los que la piedad cristiana expresa su amor y devoción a la Virgen María, Madre de Dios, no oculten ni encubran a la admirable mujer -así llamada por Jesús, hijo suyo y de Dios, en Caná y al pie de la cruz, eco del Génesis que culmina en el Apocalipsis- que es de verdad "orgullo de nuestra raza", porque para ella Dios siempre fue lo primero en su vida, aceptó con total obediencia de fe el misterio de elección que supuso la Encarnación de Dios en Ella, y porque fue la primera cristiana, la que mejor realizó el seguimiento de su Hijo Jesús en el grupo apostólico y en la Iglesia naciente en Pentecostés.

Pudo decir "no" a Dios, pero, desde su libertad, dijo "sí". El santo monje Bernardo de Claraval, contemplando y meditando el misterio de la anunciación a María, exclama asombrado: "¡Nunca dependió tanto del libre albedrío de un ser humano!". Cuando María se entrega libremente al proyecto de Dios de entrar, en carne humana a través del vientre de una mujer como todos los hombres, en la historia de los hombres, da un "sí" sin condiciones, una firma en blanco, a lo que Dios quisiera de ella. Día a día irá entendiendo su misión y significado en esa asombrosa historia que Dios construye con la humanidad a través de su Hijo Jesús; día a día tendrá que ir repitiendo cada vez más conscientemente su primera promesa: "¡Hágase en mi según tu palabra!", sin saber lo que el mañana traería.

Y el mañana le trajo lo que ninguna mujer jamás desea: ver morir a su Hijo en la cruz, dejar que colocaran sobre su regazo su cuerpo muerto y acompañarle a la sepultura. Es posible que ella, que sabía tanto de la fidelidad de Dios y que conocía a su Hijo Jesús mejor que nadie, intuyera que la última palabra de Dios no es la muerte, sino la vida, que el sepulcro no podía ser el final de la historia que comenzó en Nazaret de Galilea. No pudo sorprenderle demasiado el amanecer del tercer día, como a los demás.

Al pie de la cruz (Jn 19,25-27) estaban María, la Madre de Jesús, y Juan, el discípulo fiel, que simboliza aquí a la Iglesia fiel. Allí tuvo lugar la entrega por parte de Jesús de esta mujer, su madre, a la Iglesia: "Mujer, ahí tienes a tu Hijo". "Ahí tienes a tu madre". Después vendrá la teología y el Concilio de Nicea para decirnos que la que es Madre de Jesús según la carne es Madre de Dios. Pero la Iglesia, el pueblo cristiano, ya había hecho suya la entrega de Jesús en la cruz, dio a María un lugar importante en la vida de la comunidad cristiana y reconoce en María a la llena de gracia, bendita entre las mujeres porque es bendito el fruto de su vientre.

Es mayo, Pascua florida. Podemos ir con flores a María, sin olvidar que es a Miriam -la estrella- de Galilea a quien se dirigen los cantos que alza el amor, los versos de los poetas, las súplicas de los que, como los novios de Caná: "No tienen vino" y parece que se acaba la fiesta. Ella siempre se volverá a nosotros, como a los sirvientes de las bodas, para decirnos: "Haced lo que él -Jesús- os diga".

Manuel Matos