Voltaire regresa
En
una universidad española los alumnos comentan el inesperado ascenso electoral
del Frente Nacional y Jean-Marie Le Pen. El profesor plantea a los
alumnos la siguiente hipótesis de debate: ¿Qué pasaría si Le Pen
ganara la segunda vuelta de las elecciones francesas y se convirtiera en
presidente de la República? ¿Debería el sistema reaccionar contra alguien
supuestamente anti-sistema y dar un golpe de Estado para salvar a la República
o, debería respetar el resultado electoral? Recordemos que Hitler llegó
al poder mediante unas elecciones democráticas. Inmediatamente, una alumna (se
supone que situada, en tanto que universitaria, en un nivel cultural alto,
propio de quien cursa estudios superiores) responde:
-Sí,
sería legítimo un golpe de Estado en Francia si gana Le Pen, porque es
un tipo que afirma que va a suprimir el derecho al aborto: es un fascista.
Que
no deja de ser el argumento de muchos articulistas de ahora mismo. Desde que los
conceptos de derecha e izquierda se desdibujaron, resulta que un fascista, un
ultraderechista, un nazi, es aquel que defiende la vida humana desde la concepción
hasta la muerte. O eres abortista, o eres fascista. Por de pronto, a todos los
cristianos coherentes, el sistema ya nos han colocado el marchamo de fascista.
Eso, para romper el hielo.
Aquí
debe estar fallando algo. Uno juraría que la defensa del ser humano más
inocente no puede ser considerada una actitud fascista, o la aplicación de la
fuerza un principio político. Pero es que el director adjunto de El País,
Lluís Bassets, en un programa de TV, nos dice algo parecido. Para él, Le
Pen es un fascista porque propone cuestiones tales como que Francia abandone
la Unión Europea. Hombre, por muy europeísta que sea uno, no parece que la
actitud anti-Bruselas pueda ser síntoma de fascismo. Al menos, entre un punto y
otro existe un largo recorrido que convendría explicar.
Pues
bien, este es el discurso cultural imperante.
De
François-Marie Arouet, alias Voltaire, se cita siempre su famosa
frase: "Aborrezco lo que dices pero defendería hasta la muerte tu
derecho a decirlo". Bonita, ciertamente, pero se oculta otra, de signo
casi opuesto, que figura en su Tratado sobre la tolerancia: "Los fanáticos
no merecen la tolerancia". Naturalmente, para el amigo Voltaire,
todo creyente era una fanático, capaz de defender cosas tan extrañas como que
en un trozo de pan ácimo se oculta el Creador. Ese no merece la
tolerancia. Por eso, el ex bachiller de los jesuitas conspiró todo lo posible
para acabar con la orden, y afirmaba que su disolución era el preámbulo para
acabar con "La Infamia", es decir, la Iglesia. Que, como es sabido, es
fanática y fascista.
¿Y
cómo se decide quién es fanático y quién es demócrata? Lo decide Voltaire,
naturalmente.
Y
el asunto no tiene ninguna gracia. Si toda creencia, así como toda convicción,
es sinónimo de fascismo, se volverán a repetir los grandes enfrentamientos
sociales. Los españoles sabemos mucho de eso. Si la II República no hubiera
proclamado la misma barbaridad que Voltaire o que nuestra universitaria,
los católicos españoles no se habrían visto obligados a apoyar el golpe
militar del general Franco, y este no hubiese ganado la guerra.
Eulogio López
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