Carta a un suplantador
Sr.
Director:
Esta
carta tiene también que ver con la política. Porque lo antipolítico
-que tantas veces llaman político- es también antirreligioso, por lo
mismo que tanto lo político como lo religioso afecta a la íntima
constitución humana. Este es el hombre: sus relaciones de inmanencia y
Trascendencia.
Leo
en las páginas de Religión del periódico La Razón, la crónica de los
insultos de Dragó al Papa. Se trata de una carta blasfema y el autor suplanta
nada menos que a Jesús para escribirle una carta al Papa. Truco que ni es
actual, ni siquiera original. Metido en ese viejo tópico, podía haber copiado
a los volterianos más desbocados. Es una sarta de insultos no solo al Papa,
sino a la Historia, a la verdad, y a casi media humanidad. También a la otra
media. Los enemigos de Cristo y de la Iglesia, sr. Dragó, hace tiempo que van
por otras rutas. Usted se queda fosilizado en los vómitos del apóstata
Juliano, en las vociferaciones de algún fanático protestante del s. XVI, o en
el que pretende hacer dúo borregamente con el típico desadaptado de siempre
que, inexplicablemente, lleva, en lugar de sangre, veneno y odio por sus venas.
Para inyectarse un poco de nobilísima inquietud humana podía usted leer algo
de S. Agustín o siquiera de Unamuno. Además, usted no sabe o, de otro modo,
usted es ignorante profundo. Llamar fraude a la religión es ignorar el abecé
de la antropología y de la sicología y de la Historia, y hacer quedar como
mentirosos e impostores a los más grandes y más serios e inteligentes filósofos
de la humanidad, desde Pitágoras y Sócrates hasta Zubiri.
Pero
es que Dragó demuestra que tampoco sabe historia. Usted podrá ser todo lo
irreligioso o ateo que le quepa ser, pero no puede borrar ni volver de revés
las incontables y más brillantes páginas de la historia y de los innumerables
hombres y mujeres que las han escrito con su entendimiento, con sus
ejemplos y con su sangre -santos se llaman, canonizados o no en cualquier
religión- que han hecho que la humanidad sea un poco más humana, y de
los cuales, usted, aun a pesar suyo, es riquísimo e insolvente deudor.
Y
el colmo de blasfemia panfletista, es que se desmarque hasta el extremo de
ofender e insultar así al Papa. Hasta los que fueron enemigos históricos de la
Iglesia y del papado, han reconocido el enorme esfuerzo de Juan Pablo, el Papa,
por querer ser más bueno y más fiel cada día para el mundo; han valorado la
profunda sinceridad que trasmite en sus palabras y en su vida -¡y
usted no la capta!- y la admirable y emocionante humildad pidiendo tan
repetidamente perdón al mundo y a la historia, por sus pecados y por los
pecados de todos a quienes nos representa.
Sr.
Dragó, hace tiempo que quienes quieren pasar por inteligentes, ya no hablan así.
En el mismo artículo veo que un teólogo agustino, el P. Galindo, le ha
respondido en un libro. Ahí encontrará teología. Y filosofía. E historia. Y
también humanismo, mucho humanismo. A él me remito y lo remito a usted. Solo
quería advertirle que, aun queriendo ser lo que usted quiera ser o no ser, se
ponga, al menos, al corriente de lo que pasa.
Es
probable que un día oiga usted la noticia de la muerte del Papa. Y verá a
cientos de miles de todo el mundo -muchos de ellos no creyentes en
Jesucristo- acudiendo a honrar al hombre intrépido, sincero y abnegado,
que ha querido estar cerca de cada hombre con el mensaje más hondo y la luz más
alta que un hombre puede encarnar sobre la tierra. Sin duda verá también lágrimas
de cariño y agradecimiento. Podría ser, quién sabe, el momento también de su
arrepentimiento. Y de su puesta en razón. Que Dios le ayude.
D.
Jiménez Sanz
jisanz@terra.com.pe