Doña Ana Botella: muy personal

 

Una de las leyes universales de la sociología y la opinión pública es que quien propugna hacer algo, aunque sea una majadería, triunfa, mientras quien propugna evitar algo fracasa, aunque se trate de evitar una bestialidad. Y esto ocurre por dos razones: porque quien propone hacer algo está hablando en positivo, mientras que el que intenta evitarlo da la apariencia de censor, aunque sea el bueno de la película. La otra razón de tal inexorable mandamiento es el fatalismo, una de las tendencias más estúpidas de la sociedad contemporánea, que sólo tiene un principio: Si algo puede hacerse hay que hacerlo, porque alguien, tarde o temprano, lo hará.

Es lo que ocurre con el aborto. Si alguien aborta hay que regular, legislar y, por tanto, promocionar el aborto. Contra tan, digamos lamentable tendencia, se debe oponer cualquier barrera, pero asumiendo el coste de imagen: usted es un reaccionario empeñado en imponer la libertad personal de abortar. Y así, hasta la gente con sentido común cae en las redes: nadie quiere alejarse del rebaño y nadie quiere aparecer como un censor. Cualquier asesor de imagen aconsejaría que para luchar contra el aborto lo que hay que hacer es prohibirlo, ciertamente, pero al mismo tiempo defender la maternidad y al nasciturus como persona.

Estoy hablando, por ejemplo, de Ana Botella, conocida en España como "La Presidenta". Ella será una de las entrevistadas en un próximo libro de la periodista Esther Esteban que, naturalmente, por el morbo que despierta la dama de La Moncloa, ha decidido ofrecernos un adelanto en el diario El Mundo (progresismo de derechas, no lo olviden) del pasado 5 de enero. Naturalmente, la práctica totalidad de la entrevista habla de la necesidad de una mujer nueva para el siglo XXI, de la que doña Ana quiere convertirse en modelo, en condiciones de estricta igualdad con el hombre... razón por la cual, la práctica totalidad de los asuntos tratados corresponden a la "mujer vieja o tradicional: sexo, familia, tareas del hogar y educación de los niños. En aras de esa "mujer nueva para el siglo XXI" doña Esther no pregunta a doña Ana por, qué se yo, la ampliación europea, la crisis argentina, la investigación científica, la inmigración, la bolsa, sus creencias, los problemas demográficos, la ecología o la guerra de Afganistán. Esas son cuestiones menores.

Y en un momento dado, tras ilustrarnos a todos con los recuerdos de un Aznar manipulador de pañales (interesante imagen, a fe mía) entra en materia:

-Si su hija, que tiene 19 años, le dijera que está embarazada, ¿le diría en algún momento que abortara?

-No yo siempre estoy a favor de la vida y no le recomendaría a mi hija un aborto. En ese caso le ayudaría de todas las maneras posibles, pero el aborto no sería una opción para mí. Creo, no obstante, que es una opción personal, pero la mía es a favor de la vida.

Reconózcanme que, en un principio, el asunto suena bien. Esta buena mujer nunca recomendaría el aborto a su hija de 19 años. No se sabe por qué no se lo recomendaría, pero el caso es que no lo haría, aunque claro, se trata de "una opción personal".

Esto es lo que ocurre con las opciones personales, especialmente con las opciones tibias. Porque, a continuación, doña Ana nos da más pistas con otra  preguntita. La escribana quiere saber si doña Ana no justificaría la ablación por razones culturales. Y entonces, la Presidenta cambia el registro, que no en vano estamos hablando de una cuestión (la postura contraria a la ablación) políticamente correcta, lo que no ocurre con el aborto:

-         No. La ablación es absolutamente injustificable. El respeto cultural siempre tiene que tener como límite la dignidad de la persona. Una cosa que va contra la integridad de la persona no puede respetarse en nombre de la identidad cultural. Se podrá respetar otras cosas pero no aquello que atenta contra las personas. Hay que perseguirla con la ley en la mano.

La respuesta es perfecta, sencilla a fuer de certera. Lo que no se entiende es por qué razón no aplica el mismo argumento al aborto, que no atenta contra la integridad de la persona, sino contra la persona íntegra, que deja de ser persona en su totalidad manifiesta. No acabo de entender, perdonen mi ignorancia, porqué el aborto es una cuestión personal, mientras la ablación debe perseguirse con la ley en la mano.

O a lo mejor sí se entiende. La diferencia es que su esposo, el presidente del Gobierno, ha admitido la píldora abortiva y la píldora del día después, y ha mantenido la ley del aborto en los términos en los que la dejaron los socialistas. Razón por la cual, sin duda se trata de una mera casualidad, doña Ana apoya la píldora del día después, la píldora abortiva, los tres supuestos del aborto... pero abomina de la ablación. Las tres primeras, naturalmente, son una opción personal, la última debe ser perseguida con toda la fuerza de la ley. Y que se preocupen los sudaneses. De aquí a una mujer independiente, cuyas posturas coinciden con la del Partido que preside su esposo en tiempo y forma. Pero eso, insisto, es una mera coincidencia.

Podríamos descubrir a doña Ana como centro-reformista. Es decir, partidaria de la vida como opción personal, pero también del aborto en determinados casos; partidaria de la homosexualidad y las parejas de hecho, lanzadas por su partido, pero no de la adopción de niños por homosexuales (si la homosexualidad es buena, ¿por qué no deberían adoptar niños los gays?), porque esa no es su opción personal, defensora de la familia tradicional, pero dejando claro que se trata de una muy personal opción, y, eso sí, perseguidora de la ablación, porque eso de personal no tiene nada: atenta contra la integridad de la persona.

En resumen: la viva imagen de la diarrea mental que mantiene todo aquel que, por no vivir como piensa, acaba pensado como vive, generalmente para mantenerse en el poder o para preservar su nivel de vida. Pero, ojo, se trata de una diarrea "muy personal", una diarrea centro-reformista. 

Eulogio López
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