El Observador
Periodismo católico
para la familia de hoy
23 de septiembre de
2001 No. 324
SUMARIO
La gran derrota
EL RINCÓN DEL PAPA El corazón del
hombre es un abismo
TEMAS PARA NUESTROS TIEMPOS La sublime
dignidad de la persona humana
REPORTAJE Ya no se puede tolerar más
el escándalo de la división
La posición de la Santa Sede
en la Conferencia Mundial contra el Racismo
MIRADA CRÍTICA Las batallas del
libro
LOS OJOS DE ARGOS Fuego sobre
Babilonia
La mayor tragedia del
terrorismo mundial nació en mi corazón
CORRESPONDENCIA Vivan los héroes
(los santos) que nos dieron patria
DILEMAS ÉTICOS El despilfarro: Una
enfermedad peligrosa
ALACENA Once de septiembre de 2001:
la caída de los ídolos
¿Cómo sanciona la Iglesia al aborto?
OPINIÓN La violencia
en nuestros corazones
ORIENTACIÓN FAMILIAR Mi marido quiere
tiempo para pensar
PINCELADAS Asno con piel de león
La gran derrota
Por Rolando García Alonso
Mi
columna no se añadirá a la ya larguísima lista de reseñas de la que hemos
sido bombardeados desde el 11 de septiembre por la mañana. El objetivo de mis participaciones es más bien el de
presentar una visión con cierta profundidad de un acontecimiento actual en la
escena internacional. Dejemos lo
cotidiano a los especialistas de la inmediatez.
De
todos los títulos que periódicos y revistas han dado a sus primeras planas y
portadas, la que más me impresionó es una que titulaba en inglés: «El día
en que el mundo cambió».
En
efecto, ni siquiera las plumas más imaginativas habían siquiera pensado un
escenario como el que sucedió en la dolorosísima realidad.
¿Qué
pasó? ¿Qué salió mal? Y la pregunta más importante, a la que todos debemos
dedicar nuestro más lúcido espíritu, ¿qué hacer para que esto no vuelva a
pasar?
No
sabemos aún quiénes fueron los responsables exactos. Las pistas indican un
origen en movimientos fundamentalistas islámicos.
Lo
cierto es que esto surge de una percepción, cada vez más generalizada en
Europa y en Medio Oriente, de que Islam y Occidente no pueden convivir juntos en
armonía. Lo decía claramente el
ex primer ministro de Israel Ehud Barak en una entrevista publicada en Le
Monde: «la separación es el único medio para conservar un Israel judío y
democrático. Sin lo cual,
viviremos en un volcán, o en un país de apartheid [haciendo referencia
al régimen segregacionista sudafricano], o en ambos».
Esta
percepción de enemistad ha llegado hoy a los Estados Unidos y al mundo
occidental. Hoy, bien que mal,
escuchamos a contravoz lo que nadie se atreve a pronunciar y lo piensa: «¡Acabemos
con el Infiel o practiquemos la separación absoluta!». Por eso aplaudo las
declaraciones de George Bush y del Primer Ministro francés Lionel Jospin. El
primero, pidiendo a sus compatriotas tratar con respeto a los árabo-estadounidenses
y a los musulmanes en general; el segundo, aclarando que Francia luchará contra
el terrorismo, no contra el Islam.
No
podemos revivir, después de este terrible día que permanecerá siempre en
nuestro corazón, el espíritu de demonización de un enemigo.
Nada construyó el movimiento anticomunista en los Estados Unidos después
de la Segunda Guerra Mundial, cuando el senador McCarthy podía acusar a
cualquier ciudadano de ser pro comunista, y con esto bastaba para que se le
quitara la vida o se le hundiera en la derrota.
Nada
consiguió la Guerra Fría con la demonización a ultranza del otro bando.
Ninguna
civilización ha sido capaz de resistir a la patología del odio, del desprecio
y de la destrucción. Es por ello
que hoy, más que ayer, debemos de afinar los reflejos más altos del ser humano
para responder a esta afrenta con un sólo objetivo en mente: responder
construyendo el mundo en el que queremos vivir.
Lo
que hagan los Estados Unidos y la gran alianza que se está construyendo en
torno suyo serán los cimientos del mundo que cambió el 11 de septiembre de
2001.
Vale
la pena intentar un mundo diferente. Esta
gran derrota del humanismo puede abrir una nueva oportunidad.
EL RINCÓN DEL PAPA
El corazón del hombre es un abismo
El
Papa sustituyó el tiempo de la catequesis de su penúltima audiencia general,
celebrada en la plaza de San Pedro, para hablar sobre la tragedia de Estados
Unidos. Ofrecemos a continuación parte del texto leído por Juan Pablo II:
«No
puedo iniciar esta audiencia sin expresar profundo dolor por los ataques
terroristas que en la jornada de ayer han ensangrentado América, causando miles
de víctimas y numerosísimos heridos. Expreso mi más vivo pésame al
presidente de los Estados Unidos y a todos los ciudadanos estadounidenses. Ante
eventos tan horribles no se puede sino permanecer profundamente afligidos. Me
uno a los que en estas horas han expresado su condena indignada, reafirmando con
fuerza que las vías de la violencia nunca conducen a verdaderas soluciones de
los problemas de la humanidad.
«El
corazón del hombre es un abismo del que emergen a veces designios de ferocidad
inaudita, capaces de trastornar en un momento la vida serena y laboriosa de un
pueblo. Pero la fe viene a nuestro encuentro en estos momentos en los que
cualquier comentario es inadecuado. La palabra de Cristo es la única que puede
dar una respuesta a los interrogantes que se agitan en nuestro ánimo. Si la
fuerza de las tinieblas parece prevalecer, el creyente sabe que el mal y la
muerte no tienen la última palabra. Aquí descansa la esperanza cristiana; aquí
se alimenta, en este momento, nuestra oración confiada». (VIS)
TEMAS
PARA NUESTROS TIEMPOS
La sublime dignidad de la persona humana
Primera parte
Por Francesc Torralba i Rossello, doctor en filosofía
y en teología
Noción
de dignidad.- El termino dignidad es un
termino polisémico cuyo contenido difiere según contextos y según autores. En
primer lugar, se puede definir como un atributo o característica que se predica
universalmente de la persona humana. Decir de una realidad que es digna o que
tiene dignidad significa, “a priori”, reconocerla como superior a otra
realidad e implica, por consiguiente, un trato de respeto. El respeto y la
dignidad son conceptos mutuamente correlacionados. La dignidad conlleva el
respeto y el respeto es el sentimiento adecuado frente a una realidad digna como
la persona.
La
dignidad no es, evidentemente, un atributo de carácter físico o natural, sino
un atributo que se predica universalmente de toda persona indistintamente de sus
caracteres físicos y de sus manifestaciones individuales. En este sentido, la
dignidad no es algo que se tiene, como un elemento cuantificable, sino que es
algo que se predica del ser. Filosóficamente hablando, la dignidad no se tiene,
sino que uno es o no es digno.
El
término dignidad indica un atributo universalmente común a todos los hombres,
sin cuyo reconocimiento no se puede ejercer la libertad y menos aún la
justicia. Se trata de una característica específica que coloca al ser humano
en un nivel superior de la existencia según el cual debe ser respetado por
todos los existentes.
Existen
distintas formas de comprender la idea de dignidad: la dignidad ontológica que
se refiere al ser, la dignidad ética que se refiere al obrar y la dignidad teológica
que se refiere a Dios.
Dignidad
ontológica.- La dignidad ontológica se
refiere al ser. Decir que la persona tiene una dignidad ontológica es afirmar
que goza de una dignidad y, por lo tanto, es merecedora de un respeto y de una
consideración. La dignidad de la persona humana, desde este punto de vista,
radica en su ser y no en su obrar. Puede actuar de una forma indigna, pero, a
pesar de ello, tiene una dignidad ontológica que se refiere a su ser. Es digno
por el mero hecho de ser persona. Dice R. Guardini que “sacrificar la
integridad de la persona por un fin cualquiera, incluso el mas elevado,
significaría, visto en la realidad, no solo un crimen, sino también una
dilapidación. La persona posee una dignidad absoluta”.
Dignidad
ética.- Existe una dignidad arraigada
al ser y una dignidad arraigada al obrar. La dignidad del obrar es la dignidad
ética y se refiere a la naturaleza de nuestros actos. Hay actos que dignifican
al ser humano, mientras que hay actos que lo convierten en un ser indigno.
La
dignidad ética no debe identificarse ni confundirse con la dignidad ontológica.
La primera se relaciona con el obrar; la segunda, en cambio, se relaciona con el
ser. Hay seres que, por su forma de obrar y de participar en el seno de la
comunidad, se hacen dignos de una dignidad moral, mientras que los hay que, por
su forma de vivir, son indignos desde un punto de vista moral. Sin embargo,
ambos, por el mero hecho de ser personas, tienen una dignidad ontológica.
Dignidad
teológica.- La dignidad teológica se
elabora por referencia a Dios. Desde el punto de vista bíblico, en el Génesis,
la persona se define como imagen y semejanza de Dios. No esta o aquella persona,
sino toda persona. Esto significa que la persona es un ser heterogéneo en el
conjunto de la creación, pues solo ella es icono de Dios.
Esta
particularidad en el conjunto de la creación es la base de su dignidad. Desde
un punto de vista teológico, lo que hace a la persona un ser digno no es su
naturaleza, su inteligencia, su libertad o su capacidad de amar, sino el hecho
de ser imagen de Dios. La razón ultima, pues, de su dignidad radica en que es
imagen de la Bondad Suprema.
Santo
Tomas de Aquino, la figura más sobresaliente del pensamiento cristiano
medieval, hace radicar la superioridad de la persona sobre el resto de la creación
material en el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, y ese
mayor grado de similitud se debe a que el hombre posee una voluntad libre, por
la que puede dirigirse a sí mismo hacia su propia perfección. Con palabras de
la Suma Teológica: “el hombre es imagen de Dios en cuanto es principio
de sus obras por estar dotado de libre albedrío y dominio de sus actos”.
Esta
fundamentacion de la dignidad, que en la historia del pensamiento occidental ha
tenido tanto influjo, pertenece a una tradición simbólica muy determinada: el
universo judeocristiano.
En
nuestra próxima entrega hablaremos de la relatividad, de las caracterizaciones
filosóficas y de las manifestaciones de la dignidad humana.
Contacte
con el doctor Francesc Torralba i Roselló en nuestra dirección de internet: “Francesc
Torralba i Resolló” <rodobooks@yahoo.com>
REPORTAJE
«Ya no se puede tolerar más el escándalo
de la división»
Extracto del mensaje del Papa para el
encuentro de grandes religiones por la paz
Del 2
al 4 de septiembre de 2001, con motivo del XV Encuentro Internacional de Oración
por la Paz, se reunieron en Barcelona los representantes de las grandes
religiones mundiales. Juan Pablo II no pudo estar presente, pero envió un
mensaje que a continuación resumimos:
«El
presente Encuentro significa una etapa importante, no sólo por haber llegado a
su XV edición, sino también porque con él quieren subrayar cómo entrar en
este nuevo tiempo. No sólo con los debates y las reflexiones que se han tenido
estos días, sino, sobre todo, con la presencia de ustedes, manifestan al mundo
que es bueno iniciar el siglo XXI no con discrepancias sino con una visión común:
el sueño de la unidad de la familia humana.
«Yo
hice mío este sueño cuando, en octubre de 1986, invité a Asís a mis hermanos
cristianos y a los responsables de las grandes religiones mundiales para orar
por la paz: uno junto al otro, ya no uno contra el otro. En efecto, quería que
todos, jóvenes y mayores, mujeres y hombres, en un mundo divido aún en dos
bloques y condicionado por el miedo a la guerra nuclear, se sintieran llamados a
construir un futuro de paz y prosperidad. Tenía ante mis ojos como una gran
visión: todos los pueblos del mundo en camino desde diversos puntos de la
Tierra para congregarse ante el único Dios como una sola familia. Aquella tarde
memorable, en la ciudad natal de san Francisco, aquel sueño se hacía realidad:
era la primera vez que representantes de diversas religiones del mundo se
encontraban juntos.
«Han
pasado quince años desde entonces. Aprovecho esta ocasión para agradecer
vivamente a la Comunidad de San Egidio haber secundado aquella iniciativa y
haber seguido proponiéndola con esperanza, año tras año, para que los
esfuerzos por la paz perseveren sin desfallecer, aun en medio de grandes
adversidades. Estas jornadas se llevan a cabo en un clima de fraternidad, que yo
quise denominar el ‘espíritu de Asís’. En estos años ha crecido una
amistad entrañable que se ha extendido a tantas partes del mundo y ha dado no
pocos frutos de paz. Muchas personalidades religiosas se han unido a los
primeros que vinieron, a través de la oración y la reflexión. Han asistido
también personas no creyentes que, buscando honradamente la verdad, han
participado con el diálogo en estos encuentros, hallando en ellos gran ayuda.
El diálogo entre las diversas religiones no sólo ‘aleja el espectro funesto
de las guerras de religión que han bañado de sangre tantos períodos en la
historia de la humanidad’ (Novo millennio ineunte, n. 55), sino que
establece, sobre todo, condiciones más seguras para la paz. Todos nosotros,
como creyentes, tenemos un deber grave y al mismo tiempo apasionante, además de
urgente: ‘El nombre del único Dios tiene que ser cada vez más, como ya es de
por sí, un nombre de paz y un imperativo de paz’ (ibíd.).
«Juntos,
queridos hermanos y hermanas, ‘rememos mar adentro’ en el diálogo ecuménico.
Que el tercer milenio sea el de la unión en torno al único Señor: Jesucristo.
Ya no se puede tolerar más el escándalo de la división: es un ‘no’
repetido al amor de Dios. Demos voz a la fuerza del amor que Él nos ha mostrado
para tener la audacia de caminar juntos.
«Junto
con vosotros, representantes de las grandes religiones mundiales, debemos también
‘remar mar adentro’ hacia el gran océano de este mundo para ayudar a todos
a levantar la mirada y dirigirla hacia lo Alto, hacia el único Dios y Padre de
todos los pueblos de la Tierra. Reconoceremos que las diferencias no nos empujan
al enfrentamiento sino al respeto, a la colaboración leal y a la edificación
de la paz. Todos debemos apostar por el diálogo y el amor como las únicas vías
que nos permiten respetar los derechos de cada uno y afrontar los grandes desafíos
del nuevo milenio».
Manifiesto de la Paz, Barcelona 2001
El XV Encuentro Internacional de Oración por la Paz
concluyó con la proclamación del Manifiesto de la Paz, firmado por líderes de
unas 150 religiones procedentes de los cinco continentes. Éste es el texto íntegro
del Manifiesto:
En este siglo que acaba de comenzar, hombres y
mujeres de religiones distintas, provenientes de muchas partes del mundo, nos
hemos reunido en Barcelona para invocar a Dios el gran don de la paz. A orillas
de este Mediterráneo que ha conocido conflictos y cohabitación, se ha elevado
una oración intensa para que de muchas partes del mundo se aleje la guerra. En
la conciencia de las diferentes religiones resuena el eco de una convicción:
Dios ama la paz y no quiere la guerra, y quien invoca el nombre de Dios descubre
que su nombre quiere decir paz. Esta convicción y esta oración son una riqueza
para el mundo.
Nos han alcanzado las demandas de los pueblos
en guerra, de los pobres, de las víctimas del odio. A los hombres de religión
se han unido algunos testigos de la búsqueda de lo humano. Sentimos que es común
el desafío de hacer crecer un alma pacífica en nuestro mundo globalizado. El
alma permite descubrir los muchos rostros del mundo.
La paz es el nombre de Dios y quien usa el
nombre de Dios para odiar al hombre o para usar la violencia abandona la religión
pura. Ninguna razón ni ninguna injusticia padecida justifican nunca la
eliminación del otro.
Hemos vivido días de diálogo. Estamos
convencidos de que el diálogo entre las religiones y las culturas debe
continuar en el siglo que se ha abierto. El camino para superar los recelos y
los conflictos es el diálogo, porque no sólo no debilita la identidad de
ninguno sino que permite redescubrir lo mejor de uno mismo y del otro. Sí,
nunca se pierde nada con el diálogo. El diálogo es la medicina que ayuda a
purificar la memoria de las injusticias padecidas y a soñar un futuro para las
jóvenes generaciones. En una sociedad en la que cada vez más la gente distinta
vive junta, es necesario aprender el arte del diálogo. Las religiones están
comprometidas en este camino, que se nutre de esperanza, de sentido de
misericordia y de disponibilidad.
No queremos dejar solos a los pueblos en una
globalización sin rostro. No queremos dejar solos a los pueblos víctimas de la
guerra, madre de todas las pobrezas. No queremos dejar sola a África mientras
afronta la pobreza, la enfermedad y la guerra. Sentimos que su destino es
decisivo para Europa y el mundo. No queremos dejar a nuestros hijos huérfanos
de la esperanza en un medio ambiente que se va degradando de manera
irresponsable hacia el futuro.
En estos días, en Barcelona, ha crecido una
comunidad de buscadores de paz que procede de historias, tradiciones, religiones
y lenguas diferentes. Es nuestra riqueza y nuestra fuerza. Sólo tenemos la
fuerza débil de la fe, de la oración y de la amistad. La oración y la amistad
purifican nuestro corazón y nos ayudan a decirnos mutuamente la palabra difícil
y comprometedora del perdón, gran camino de paz. Nos ayudan a soñar un nuevo
siglo sin guerras, respetuoso con los pueblos, atento al medio ambiente y unido
en su diversidad.
Entonces, ¡nunca más la guerra! ¡Que Dios
conceda al mundo entero y a cada hombre y a cada mujer el maravilloso don de la
paz!
La posición de la Santa Sede en la Conferencia
Mundial contra el Racismo
Del 31 de agosto al 7 de septiembre se celebró en
Durban (Sudáfrica) la Conferencia Mundial contra el Racismo. La Santa Sede fue
representada por una importante delegación, que distribuyó entre los
participantes la segunda edición del documento titulado «La Iglesia frente
al racismo - Por una sociedad más fraterna», escrito por el cardenal François-Xavier
Nguyen Van Thuân en su calidad de presidente del Consejo Pontificio para la
Justicia y la Paz. El documento se resume a continuación:
«Es posible interrogarse sobre la contribución
específica que la Iglesia católica está llamada a ofrecer, no sólo a toda la
Conferencia de Durban, sino más generalmente a la lucha contra el racismo, la
discriminación racial, la xenofobia y la intolerancia.
«La primera repuesta obligada es que del
corazón del hombre nacen homicidios, maldad, envidia, y soberbia (Mc 7,21) y,
por tanto, a este nivel la contribución de la Iglesia es particularmente
importante e insustituible, con sus constantes llamamientos a la conversión
personal. De hecho, hay que dirigirse ante todo y sobre todo al corazón del
hombre, pues hay que purificar continuamente el corazón para que ya no sea el
miedo o el espíritu de dominio los que le subyuguen, sino más bien la apertura
hacia el otro, la fraternidad y la solidaridad. Aquí está el papel fundamental
de las religiones y, en particular, de la fe cristiana, que enseña la dignidad
de todo ser humano y la unidad del género humano. Y si la guerra o situaciones
graves tuvieran que hacer de otro hombre un enemigo, el primer y más radical
mandamiento cristiano es precisamente el del amor al enemigo y el de responder
al mal con el bien.
«Al cristiano no le está permitido tener
propósitos y comportamientos racistas o discriminatorios, aunque, por
desgracia, no siempre es así en la práctica ni lo ha sido siempre ha través
de la historia. En ciertas ocasiones, puede suceder que el mal sobrevive a quien
lo ha realizado, a través de las consecuencias de los comportamientos, y éstos
últimos pueden convertirse en un pesado fardo que pesa sobre la conciencia y la
memoria de los descendientes. Entonces se hace necesaria una purificación de la
memoria: ‘Purificar la memoria significa eliminar de la conciencia personal y
común todas las formas de resentimiento y de violencia que la herencia del
pasado haya dejado, sobre la base de un juicio histórico-teológico nuevo y
riguroso, que funda un posterior comportamiento moral renovado [...] con vistas
al crecimiento de la reconciliación en la verdad, en la justicia y en la
caridad entre los seres humanos y, en particular, entre la Iglesia y las
diversas comunidades religiosas, culturales o civiles con las que entra en
relación’ (Comisión Teológica Internacional, Memoria y reconciliación - La
Iglesia y las culpas del pasado, capítulo V, 1).
«Acto de amor gratuito, el perdón tiene sus
exigencias: es necesario reconocer el mal que se ha hecho y, en la medida de lo
posible, poner remedio. La primera exigencia es el respeto de la verdad. La
mentira, la deslealtad, la corrupción, la manipulación ideológica o política
hacen imposible la estabilización de relaciones sociales pacíficas. Aquí
reside la importancia de procedimientos que permitan establecer la verdad,
procedimientos necesarios pero delicados, pues la búsqueda de la verdad corre
el riesgo de transformarse en sed de venganza. A la exigencia de la verdad se le
añade otra: la justicia. Dado que ‘el perdón, lejos de excluir la búsqueda
de la verdad, la exige. El mal cometido debe ser reconocido y, en lo posible,
reparado. Precisamente esta exigencia ha llevado a establecer en varias partes
del mundo, ante los abusos entre grupos étnicos o naciones, procedimientos
oportunos de búsqueda de la verdad, como primer paso hacia la reconciliación’
(Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1º de enero 1997, n.
5).
«La Santa Sede es bien consciente de la importancia
y, al mismo tiempo, de la delicadeza de los problemas ligados a la ‘exigencia
de reparación’, especialmente cuando se traduce en peticiones de indemnización.
Pero no le corresponde proponer una solución técnica a un problema tan
complejo. Sin embargo, la Santa Sede expresa la convicción de que hay que mirar
cada vez más hacia el pasado con una memoria purificada para afrontar
serenamente el futuro».
MIRADA CRÍTICA
Las batallas del libro
Por Santiago Norte
Cuando el escritor mexicano Carlos Fuentes describió
la belleza del libro, su esperanza del pasado y su memoria del futuro, durante
la presentación del Plan de Cultura del CNCA, hablaba del libro en abstracto,
es decir, sin considerar las características actuales de la sociedad mexicana.
Se ha dicho hasta el cansancio que a los
mexicanos nos toca medio libro leído por año. Creo que es una exageración, a
no ser que por libro leído se cuente a las novelas semanales de vaqueros, de
matones y de ligues. A lo mejor, sí. Lo cierto es que las grandes capas de la
población de nuestro país no leen ni en defensa propia.
Todo el mundo recuerda, con malsana frescura,
la campaña que emprendió José Vasconcelos, siendo ministro de Instrucción Pública,
durante el cuatrienio de Alvaro Obregón. Hace casi 80 años, y a la sombra de
un generalote.... Desde entonces ninguno de los gobiernos «emanados de la
Revolución» ha hecho nada significativo para que el libro, el buen libro,
llegue a las manos de los mexicanos. Porque libros si le llegan, pero la mayoría
ni le hacen (al mexicano) ser él mismo, ni le hacen ser de otro modo y, mucho
menos, le hacen ser más, que es lo que hacen los buenos libros.
Gabriel Zaid ha escrito maravillas sobre cómo
difundir el libro en México. La industria editorial se muerde las uñas para
sacar libros de calidad. Acaban triunfando Cohelo y Cornejo, Harry Potter y
Marcial Lafuente Estefanía. Ahora le quieren poner el IVA. También a los periódicos
y a las revistas. Con IVA o sin IVA, la verdad es que la gente no lee. Y, por lo
que se ve, tampoco tendrá muchas ganas de leer. Razones hay muchas, pero me
quedo con una: porque la gente prefiere ver la televisión.
La campaña que dicen los manuales de historia
que emprendió Vasconcelos era doble: poner buenos libros, con buenas
traducciones, en las manos de todos y a precios bajos, subvencionados por un
gobierno que, además de entender de cañonazos de a 50 mil pesos, entendía de
iniciativas populares, o que al menos le daba cuerda a su ministro de Instrucción.
Es posible que si tienen IVA los libros
circulen menos. Pero no demasiado posible. De medio libro a ningún libro al año
leído por cada mexicano existe poca diferencia. La verdadera batalla por el
libro pasa por el amor a la lectura. Y una vez «enganchados» en aquello que
formaba el título de un libro que leyó mi generación en la secundaria, El
galano arte de leer, con IVA o sin IVA habrá lectores.
LOS OJOS DE ARGOS
Fuego sobre Babilonia
Por Diego García Bayardo
El
mundo contempla sorprendido los resultados de un ataque terrorista sin
precedentes; un novedosa y macabra versión del fenómeno kamikaze se
abatió nada menos que sobre el país que se suponía inexpugnable: los Estados
Unidos.
Dos
aviones secuestrados, convertidos en proyectiles, destruyeron de forma directa
las Torres Gemelas de Manhattan y provocaron el derrumbe de dos edificios más,
mientras otro avión arrasaba la quinta parte del Pentágono y uno más se
desplomaba en Pittsburg.
Como
es obvio, el espíritu cristiano rechaza la violencia y condena no sólo el
asesinato de miles de civiles inocentes, sino también la muerte de centenares
de militares que laboraban en el Pentágono y no estaban participando en una
guerra abierta. Dios ama también a los soldados.
Pero
hay que recordar que el ataque terrorista de la semana pasada en EU no es una
acción que puede inducir una reacción; este atentado ya fue en sí una reacción
ante años de intervención armada, a veces directa, a veces solapada,
perpetrada por EU contra diversas naciones soberanas de todos los continentes.
En el golpe directo que recibió la sede del Departamento de Defensa
estadounidense se trasluce el deseo de revancha de alguna de tantas víctimas de
la política intervencionista que de ahí ha emanado por tanto tiempo. Ahora, el
edificio en el cual se gestaron y ordenaron los bombardeos a Trípoli y Bagdad,
los genocidios en El Salvador y Guatemala, el asesinato de Mons. Arnulfo Romero,
los 17 errores de bombardeo sobre Kosovo e infinidad de crímenes más,
ese edificio se convierte en el blanco de un ataque devastador.
Después
de bombardear Veracruz, Dresden, Hiroshima y Nagasaki, Bagdad y mil lugares más,
el poder militar de Babilonia recibe lo que tantas veces sembró. Pero no lo va
a reconocer. Miles de voces estadounidenses piden a su gobierno una venganza
apocalíptica que demuestre de un vez por todas cómo EU puede hacerle lo que
quiera a quien quiera, en nombre de la libertad, la justicia y todo lo demás.
Ya dijo el presidente Bush que su país fue atacado por ser “el faro más
brillante de la libertad”. Disculpe, pero a nadie se le bombardea nada más
por que sí. ¿Puede hablar de libertad el imperio más cruel que ha existido
nunca?
La
re-reacción estadounidense se desarrollará en varios sentidos. Primero,
ostenta el desastre civil en Nueva York y soslaya el ataque de su centro militar
para atraer la simpatía, que bien puede merecer sin necesidad de
manipulaciones. Segundo, olvida y hace olvidar que todos los autores materiales
del crimen ya están muertos (se trató de ataques suicidas) y que sólo resta
buscar a cómplices o autores intelectuales, involucrados en mayor o menor
medida. Con esto, Babilonia la Grande insiste en que los atentados no han sido
castigados en modo alguno, y se arroga el derecho de devastar el o los países
que considere relacionados de alguna forma con el incidente. Ya los afganos
empiezan a temer por sus vidas. Palestina pagará caro sus festejos. Tercero, se
ve venir un recrudecimiento de la vieja xenofobia que tanto ha influido en la
política interna y externa de Estados Unidos. En conclusión, este ataque, tan
lamentable de por sí como drama humano y moral, parece que ha de convertirse en
el origen de mayores y más duraderas tragedias para quién sabe cuantas
naciones e individuos, a menos que los EU, en contra de todo su ser y sus
tradiciones, decidan perdonar, se atrevan a cuestionar sus propios actos y
acepten, al fin, el derecho a la existencia de todos los no-americanos, o
sea, de usted, de mí y de nuestro prójimo.
La mayor tragedia del terrorismo mundial nació en
mi corazón
Por Guadalupe Chávez Villafaña
Nueva
York, en caos. Los Estados Unidos, aterrorizados. Y todo el mundo en la mayor
conmoción de la reciente historia.
A
todos nos estrujó hasta lo más profundo de nuestro ser. ¿Cómo pueden existir
seres humanos capaces de causar tanta maldad, de provocar tanto daño, de ser
tan insensibles?
No
dábamos crédito a lo que veíamos, el infierno se hacía una realidad para
muchas personas, confirmábamos la tristemente frase de un tristemente célebre
mexicano: los demonios andan sueltos. ¿Pero sólo en Nueva York? ¿Sólo en
Washington? ¿Sólo en Pensilvania?
No,
desgraciadamente, no. El origen de esas barbaries se encuentra precisamente en
el corazón del hombre. Quizás nazca en ciertos hombres barbados y morenos,
como los palestinos extremistas, de quienes en un principio se sospechó; quizás
en el interior del ejército rojo japonés, que en un inicio reivindicó el
atentado como venganza de la bomba atómica de Hiroshima.
Estoy
segura de que todos, en medio de nuestra sorpresa, indignación y dolor nos
pusimos un espejo interior para mirarnos por dentro, y nos preguntamos: ¿Cuántos
odios escondidos guardo en mi corazón? ¿Cuántas palabras hirientes han
lastimado a quienes me rodean? ¿Cuántos momentos de impaciencia han lesionado
la autoestima de mis compañeras de trabajo? ¿Cuántos regaños han humillado a
mis hijos?
¡Cuánto
para reflexionar, cuánto para enmendar!… Y es que cualquier acto terrorista
nace en un corazón triste y rencoroso. Cualquier guerra tiene su origen en un
desprecio, en un acto de superioridad o racismo, en un “no quiero nada contigo”, en un acto de egoísmo.
Cualquier
batalla y violencia proviene de la envidia, del orgullo, de la soberbia, de
sentirme el centro del mundo. En el fondo, la raíz nace de olvidar el auténtico
sentido de la vida, de perder la brújula, de alejarme de Dios.
Testimonio:
luchar por la paz, empezando por mí
Justo
dos horas después del peor ataque terrorista en la historia del mundo me llamó
una amiga con la que teníamos que resolver algunos “problemillas” de
trabajo que urgían y que nos venían distanciando emocionalmente. Ante la
magnitud de la tragedia que ambas teníamos frente a las pantallas de la
televisión, nuestros problemas, nuestros malos entendidos, todo tomó su justa
dimensión.
Nos
percatamos, también, de que requeríamos un examen urgente de conciencia para
intentar borrar cualquier “manchita” de rencor, que requeríamos pedirnos
perdón desde el fondo del alma. Borrón y cuenta nueva, nos dijimos, después
de una sentida disculpa; nos dimos cuenta que no había por qué desgastar
tiempo y emociones en bagatelas, y que de hoy en adelante hemos de luchar
denodadamente por la paz, empezando por mí; porque, en última instancia, todas
las tragedias, todos los terrorismos, todas las guerras nacen dentro del corazón
humano.
CORRESPONDENCIA
Vivan los héroes (los santos) que nos dieron patria
Pensando en la Iglesia de antaño, la Iglesia de
nuestros padres y nuestros abuelos, fácilmente cometemos una lamentable
equivocación. Pensamos en una Iglesia oscurantista, anticuada, aburrida,
ociosa, estéril, ingenua. En una Iglesia de viejitas calientabancas (como
las ha llamado por ahí algún infeliz) y de curas de mesa y breviario (como los
ha llamado otro infeliz). Vemos con indulgente compasión a aquella Iglesia
preconciliar, y nos sentimos satisfechos de nuestra Iglesia moderna, eficaz y
proactiva.
De cierto tiempo para acá han caído en nuestras
manos notas sobre la vida de nuestros mártires y un libro de memorias de un
general cristero. Independientemente de la legitimidad del movimiento cristero,
basta asomarse un poquito a estos testimonios para percibir una imagen muy
distinta de la Iglesia. Una imagen de una Iglesia valiente, dinámica,
comprometida.
Cada biografía es un testimonio de trabajo por el
Reino de los Cielos y de trabajo por los hombres de la Tierra. Encontramos entre
estos antecesores nuestros, hombres y mujeres para quienes lo primordial en la
vida era su fuerte y sincero compromiso con Dios y con el hombre. Padres de
familia, jóvenes, mujeres, sacerdotes y laicos comprometidos que con gran
valentía dieron su vida gritando sin vacilación «¡Viva Cristo Rey!». Cristianos
que tuvieron a Cristo como centro de su vida no solo al momento de la
muerte, sino a lo largo de toda su existencia. Una fe verdaderamente admirable
para nosotros los católicos ¡light! de estos tiempos. Tal vez a algunos
de nosotros nos han llegado historias de nuestros abuelos ayudando o escondiendo
a sacerdotes, poniendo en peligro sus vidas y las de sus familias. Los mártires
oficialmente reconocidos son 26. Los santos y héroes fueron muchos más.
Hombres libres que no pudieron ser esclavizados por
la búsqueda de riqueza, comodidad o seguridad. Que no pudieron ser
dominados por el miedo o por las pasiones. Hombres libres que, aun
encadenados o colgando de una cuerda, mantuvieron su voluntad de predicar a
Cristo. Fue más fácil matarlos que esclavizar sus espíritus. Esa libertad
queremos algún día para todos los mexicanos. Lucharon con las armas de la fe
contra las armas de la violencia y salieron triunfadores. Sus enemigos han
ido desapareciendo. Su testimonio vive para siempre. Esa dolorosa época de
la persecución religiosa (malamente llamada guerra cristera) hoy resulta
gloriosa tanto para la Iglesia como para México.
Nuestra historia nacional es una lista de grandes
hombres luchando los unos contra los otros por el poder de gobernar sobre los
hombres pequeños. La historia de nuestros mártires es una lucha de un
pueblo por servir a Dios contra la voluntad de un dictador. Es lo más
parecido que hay en nuestra historia a una verdadera revolución. Tal vez
por eso no aparece en los libros oficiales de historia nacional.
Oficialmente, tiempo después la persecución terminó. Hasta
los enemigos de Dios se dan cuenta de que la sangre de los mártires es el mejor
abono para la fe. Las estrategias cambiaron. La nueva estrategia
consistió en combatir a la fe por medios sutiles. Por medio de
adoctrinamiento antireligioso en la escuela obligatoria. Por medio de la
propagación de ideologías marxistas en escuelas superiores y centrales
obreras. Por medio de la explotación de la inmoralidad. Por medio de la
promoción de la cultura moderna materialista, hedonista y competitiva,
diametralmente contraria al Evangelio. Y, lo que son las cosas, esta vez sí les
funcionó. Fue más efectivo desacreditar la religión que prohibirla. Después
de muchas décadas de deseducación, hoy somos (me incluyo) una inmensa mayoría
de mexicanos tibios y materialistas que solo respetan la ley del mayor placer
con la menor responsabilidad. Nada más mencionar la palabra ¡valores!
hace temblar al hombre de mundo. Un pueblo difícil de gobernar pero fácil
de explotar. Por eso nuestro actual gobierno está teniendo tantas
dificultades. Hoy la persecución no se hace por medio de soldados, sino de
intelectuales, liberales y publicistas en los libros, las revistas, los
programas, los anuncios y los discursos.
Sean bienvenidas todas las brillantes
manifestaciones actuales del celo apostólico, todos los nuevos movimientos de
evangelización, que son la única esperanza de esta sociedad. Pero que,
lejos de compadecer a nuestra Iglesia, vivamos orgullosos de una Madre y Maestra
que siempre ha hecho en su tiempo lo que en ese momento era necesario hacer, y
que también lo va a hacer mañana. Y demos gracias a Dios por esos padres
espirituales que nos dio. Por esos hombres que trabajaron por darnos una patria
física y una patria espiritual. Por esos hombres que hasta el último minuto
fueron libres para gritar con su voz y con su ejemplo: ¡Viva Cristo Rey!.
Permita Dios que algún día alcancemos su nivel de fe y de compromiso.
Walter Turnbull
DILEMAS
ÉTICOS
El despilfarro: Una enfermedad peligrosa
Por Sergio Ibarra
Se ha anunciado la expropiación de 27 de los 59
ingenios. Es pertinente señalar que este grupo, que bien pudiese llamarse “el
de los 59”, se ha ocupado de crear un club, desde varios lustros, dedicado a
poner de rodillas a la economía. Ha puesto en jaque a gobiernos, a ciudadanos y
a industrias con un insumo que es, por su naturaleza y su importancia económica,
estratégico: el azúcar.
A decir del secretario de Agricultura, Javier
Usabiaga: “La decisión de expropiar 27 ingenios azucareros se tomó por
las prácticas indebidas de un grupo de personas dedicadas a la agroindustria
que han afectado profundamente al sector”.
¿Qué hay detrás de esta decisión? Un
dilema ético, por varias razones:
Por un lado, para el gobierno federal el tener
que tomar una decisión de esta naturaleza es echar atrás el modelo neoliberal,
que propone quitar del escenario productivo al gobierno.
Para los azucareros, el haber incurrido en el
despilfarro contra la modernización del sector. El haber obtenido
ganancias en cantidades extratosféricas, que difícilmente el lector se podría
imaginar, sin haber devuelto en inversiones cantidades proporcionales que
preparasen hacia el futuro, hacia el DESARROLLO. Estos industriales son una
pobre muestra o una muestra pobre de que la producción creativa de una mente
humana, sumada a la producción creativa de otras mentes humanas, en torno a una
visión, a un propósito común compartido, ha sido ignorada con todo lujo, ha
sido su mayor despilfarro. Lo anterior constituye la base del corazón y la
mente de la empresa ultramoderna.
¿Por qué en pleno 2001 se tienen que tomar
estas medidas? ¿Por qué no terminamos de ver y no queremos ver que no podemos
seguir en el mismo modelo anterior?
Jesús nos regaló la parábola del “Hijo pródigo”
no para que despilfarremos nuestras vidas, nuestras riquezas, nuestras empresas.
Nos la regaló para que nos anticipemos, como católicos, a nuestros actos, a
nuestros juicios en relación a cuanto tenemos bajo nuestra responsabilidad.
Bien dice la Biblia: “Al que más se le dé más se le va a exigir”.
Esta decisión del Gobierno Federal pone en
entredicho su credibilidad, pero nos deja a usted y a mí una reflexión: ¿Estaremos despilfarrando?
ALACENA
Once de septiembre de 2001: la caída de los ídolos
Por Humberto M. Marsich, misionero javeriano
Hoy el terrorismo ganó su guerra. Logró humillar a
la humanidad entera. Quienes pertenecemos a la raza humana, hoy nos sentimos
indignados. Hemos superado toda imaginación y todo límite. El mal, diabólicamente
diseñado, ha desplazado su misma perversidad. Hemos caído en lo absurdo,
asistiendo, impotentes y consternados, a la escenografía más alucinante: el
desplome calculado de aviones y torres gemelas, llenas de humanidad inocente.
Truncar la vida a miles de inocentes,
destrozar la existencia de un sinnúmero de familias y lastimar el alma de todo
ser humano ha sido obra del «demonio humano». Hoy el «demonio humano» se ha
disfrazado de Dios y ha tomado su lugar. No puede ser auténtico un Dios que
justifica la catástrofe; no puede ser auténtico un Dios que bendice la
venganza; no puede ser auténtico un Dios que alimenta el odio y sacraliza la
guerra. No es verídico un Dios de muerte.
Nuestro Dios cristiano es vida, es amor, es
fraternidad, es perdón, es justicia. Sin embargo, este nuestro Dios, hoy, se ha
eclipsado... pero su impotencia es debida al hombre. Dios, hoy, ha llorado con
nosotros. Dios, quien nos ha creado libres y racionales, por amor respeta
nuestra libertad e inteligencia y soporta el uso que de ellas hagamos.
Osama Bin Laden, el sospechoso número uno de
todos los atentados de este infeliz día, no es más que el símbolo de toda la
humanidad enfermiza y alocada. No puede ser tal una humanidad que, poco a poco,
ha reemplazado a Dios con falsos ídolos. Las fetichizaciones, más o menos
inconscientes, del dinero, del poder y del placer desordenado han socavado hábilmente
el corazón del hombre y mermado los grandes valores del espíritu. El homo
demens (el hombre demente) es el resultado de esta obra nefasta de destrucción
de Dios y de su proyecto.
Hoy, con las torres gemelas, se nos han caído
los ídolos. Se nos ha quitado la tierra bajo nuestros pies y padecemos el vértigo
de existir... no hay donde atraparnos porque a Dios lo hemos marginado. La
perspectiva de un tercer conflicto global nos angustia y nos apanica. El mal
nunca se acaba hasta que sobrevive el hombre. Un mal moral trae siempre otro
males.
La satanización del enemigo se convierte en
un estímulo poderoso para acabar con él. Dentro de las psicopatologías
sociales, el fanatismo religioso es, sin lugar a dudas, el más nefasto: la
persona se convence de que su tétrico deseo de venganza y destrucción coincide
con la voluntad de Dios, y a Dios no se le debe desobedecer.
El espejismo de un paraíso hermoso en el más
allá, donde el hombre podrá, finalmente, gozar de todo lo que el enemigo
humano no le ha permitido, es propuesta onírica suficiente para lanzarse,
dentro de un avión, contra el enemigo. El fanatismo, de la religión que sea,
siempre será cínico e inhumano. Siempre será condenable. Dos mil años de
cristianismo no han sido suficientes para bendecir a la humanidad y sanar su espíritu.
Hoy, más que nunca sacudidos por el desplome
del World Trade Center de New York, trastornados por el gigantismo de la
perversión del hombre sin Dios, angustiados por lo que podrá suceder, nos
hincamos a los pies de Jesús, manso y humilde de corazón, suplicando su
intervención. Que detenga la mano de Caín.
Mañana volveré a jugar con mis niños de la
escuela para recobrar el optimismo perdido y recuperar la esperanza frustrada. Sólo
su inocencia y su candor, hoy, pueden reconciliarnos con la vida. Sus sonrisas
son presencia de Dios y aliento a seguir luchando por otra humanidad.
¿Cómo sanciona la Iglesia al aborto?
Uno
de los aspectos más ignorados de la doctrina de la Iglesia son las penas
fulminantes dirigidas contra quienes promueven, cooperan o practican el aborto.
¿Cuál
es el pensamiento de la Iglesia católica sobre el aborto? Unánimemente, a lo largo de toda la historia, los
Padres de la Iglesia, sus pastores y sus doctores han condenado el aborto al que
calificaron de homicidio. Los más antiguos documentos de la Iglesia denunciaron
al aborto con severísimas palabras por ser contrario a la ley natural y a la
ley divina. Pueden consultarse al respecto: la Didaché apostolorum; Atenágoras,
En defensa de los cristianos, 35, P.G. 6, 970; Tertuliano, Apologeticum,
IX, 8, P.L. I, 371-372, y santo Tomás de Aquino, Comentario sobre las
Sentencias, Libro IV, dist. 31, exposición del texto.
¿Qué
sanciones prevé la Iglesia contra quienes practican el aborto? «Quien procura el aborto, si éste se produce,
incurre en excomunión ‘latae sententiae’, es decir, automática (sin
que medie sentencia). La excomunión afecta a todos los que cometen este
delito conociendo la pena» (cfr. Código de Derecho Canónico, canon
1398; Enc. Evangelium vitae, n. 62).
La
excomunión significa que un católico queda privado de recibir los sacramentos
mientras no le sea levantada la pena: no se puede confesar válidamente, no
puede acercarse a comulgar, no se puede casar por la Iglesia, etc.
La
Iglesia reserva el levantamiento de la excomunión al obispo diocesano o al
sacerdote en quien éste delegue.
¿Y qué
penas reciben quienes aconsejaran, incitaran o directa e indirectamente
provocaran un aborto? Conforme la Encíclica “Evangelium
vitae” (n. 62), «la excomunión afecta a todos los que cometen este
delito conociendo la pena, incluidos también aquellos cómplices sin cuya
cooperación el delito no se hubiera producido».
Tómese
en consideración que el Código de Derecho Canónico no establece ninguna
excepción referida a los motivos que llevaron a practicar el aborto. La
excomunión, por lo tanto, alcanza también a quienes realizan el aborto en
todos aquellos casos muchas veces presentados como excepcionales: violación o
peligro de vida de la mujer, deformidades en el no nacido, etc.
Dicha
pena recae sobre todos los que conscientemente han prestado colaboración
indispensable para que se cometa el aborto, tanto de forma material
(profesionales médicos y personal sanitario), como moral o psicológica
(marido, novio, padres, etc.)
(Fuente:
Cristiandad.org)
OPINIÓN
La violencia en nuestros corazones
Por Yusi Cervantes
Vemos
las imágenes y no podemos creerlo. Parecieran
escenas tomadas de una película con brillantes efectos especiales.
¡Estamos tan acostumbrados a esa violencia que los Estados Unidos
promueven en sus películas y series de televisión!
Cuesta trabajo caer en la cuenta de que son reales.
Como
real ha sido la violencia en el Pérsico, en el Medio Oriente, en Europa
Oriental… Tantas guerras, tantos
atentados, tanto odio entre hermanos.
Pero
ahora el atentado fue en territorio de Estados Unidos, en puntos verdaderamente
estratégicos. Y el mundo está
consternado. Y de pronto cabe
preguntarse: ¿Por qué no nos
consternamos así por los actos de violencia cometidos en otras partes del
mundo? ¿Por qué no nos
consternamos, por ejemplo, ante ese otro tipo de violencia que provoca que miles
de niños mueran a causa de la pobreza?
Estados
Unidos ha sembrado violencia. Eso
no justifica la violencia contra ellos. Dos
males jamás serán un bien.
Aunque
hablar del bien respecto a Estados Unidos es delicado, puede prestarse a
confusiones. Preocupa el
discurso de Bush acerca de que «Esta es una lucha monumental del bien contra el
mal, pero el bien prevalecerá». Es esa ceguera impresionante respecto al
resto de la humanidad. Ellos son
los buenos, los representantes del bien, como en una mala película de vaqueros.
Esta posición, sin embargo, no es exclusiva de los líderes del país vecino.
Desgraciadamente es una posición frecuente en nuestra vida cotidiana.
¿Cuántos padres de familia hay que enseñan a sus hijos que ellos, los
padres, son quienes saben lo que es bueno y lo que es malo, lo que les conviene
y lo que no, sin tomarlos realmente en cuenta?
¿Cuántas parejas hay que asumen la arrogancia de creerse los poseedores
de la verdad y se imponen y someten a su cónyuge? ¿Cuántas personas hay, “las buenas conciencias”,
que condenan y rechazan a quienes consideran que están mal?
Pensemos también en las agresiones en el tráfico citadino, en la
competencia laboral desleal, en la pobreza, en la corrupción, en el narcotráfico;
por supuesto, en la violencia intrafamiliar…
en las muchas formas de violencia cotidiana, en las muchas formas que
encontramos para imponernos al prójimo y pasar sobre él.
No
hemos entendido que el hombre se humaniza a través del diálogo; y que el diálogo
implica amor, respeto y humildad. Diálogo
no significa depositar en la mente del otro mi verdad, sino juntos encontrar una
parte de la verdad que nos trascienda y nos permita construir el mundo.
En
este panorama, surgen sin embargo voces de conciencia, como la de Scott Saunders,
director asociado de psicología traumática de la Universidad de California,
que dijo: «Pienso que esto cambia nuestra perspectiva. La pregunta es si
esto nos va a hacer más humildes o incluso más arrogantes y nos llevará a
querer salir y hacer algo realmente terrible a la gente».
Estos
hechos dramáticos deben llamar nuestra atención respecto a que violencia no es
sólo la que ocurrió allá, en las Torres Gemelas y el Pentágono; ni siquiera
la de todas las guerras y atentados. Debemos
condenar esa violencia, es evidente. Pero
tenemos también que luchar por erradicar la violencia que se manifiesta de
muchas maneras en la sociedad contemporánea, por erradicar la violencia que
hiere a nuestras familias y que anida en nuestros corazones.
ORIENTACIÓN
FAMILIAR
Mi marido quiere tiempo para pensar
Por Yusi Cervantes Leyzaola
Estoy
separada de mi marido. El vive en
USA y yo en México. Me pidió tiempo para pensarlo, pero él está con
amistades que son solteros y les gusta la fiesta y el vino. Yo no sé que hacer,
a veces me desespero y le llamo y le digo que cuándo regresa, pero él jamás
me dice. ¿Que se supone que debo hacer?
Es muy
poca información la que me das, habría que analizar más detenidamente algunas
situaciones. Por ejemplo, si tuvieron una buena relación de noviazgo, si se
casaron muy seguros de lo que estaban haciendo y si esto significa que hay
cierta solidez en la relación, tal vez valga la pena esperar.
Pero todo parece indicar que no es así.
Que él no toma en serio está relación ni le importa gran cosa lo que tú
estés sufriendo. Eso de irse a
pensarlo es antes del matrimonio, no después.
Tú no tienes por qué sufrir esta incertidumbre.
Aun si tienes hijos, incluso por ellos, ya que su padre los abandonó, al
menos que tengan una madre tranquila, feliz.
Cómo tú sabes, la Iglesia no permite el divorcio —estoy suponiendo
que están casados por la Iglesia—, pero sí admite la separación cuando es
el mal menor. Y en tu caso, tu
tranquilidad es sumamente importante.
Yo te
aconsejo que le llames y le digas que se acabó su tiempo para pensar, que tú
ya no vas a seguir esperando. Dile
que si tienen problemas con su matrimonio, hay que enfrentarlos y resolverlos,
no huir de ellos. Si te pregunta
que si ya no lo quieres, dile que sí, que lo quieres mucho (supongo que así
es, ¿no?) Pero que también te
quieres mucho a ti misma y no puedes permitir que él pase por encima de tu
dignidad como persona.
No te
olvides de que eres hija de Dios y mereces respeto.
PINCELADAS
Asno con piel de león
Justo López Melús *
Con
frecuencia resulta muy cómica la realidad. Hay personas que visten lujosos
vestidos, pero son un maniquí que está vacío por dentro. Todo es falsedad y
oropel. Se pintan y repintan, y dentro no hay nada. Sepulcros blanqueados, los
llamó el Señor. Bonitos por fuera y podredumbre en el interior. Ensanchan sus
filacterias para lucirse y aparentar. Dan risa. Se pilla antes a un mentiroso
que a un cojo.
Puede
ocurrir lo que le sucedió a aquel asno, que se cubrió con la piel de un león
que encontró en el camino. Todos decían: «¡Qué león!». Hombres y bestias
huían. Pero sopló el viento, la piel se levantó y todo el mundo pudo ver que
se trataba de un asno. El pobre fue por lana y salió trasquilado. No sólo se
rieron todos de él, sino que lo acorralaron furiosos y lo molieron a palos.
Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
* El
autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.
(FIN)
EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
es una publicación semanal de Clip Art de Querétaro, S. de R.L. de
C.V.
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D.R. Clip Art de Querétaro S. de R.L. de C.V.