El Observador
Periodismo
católico para la familia de hoy
22
de julio de 2001 No. 315
SUMARIO
Diez
razones para tener otro hijo
¿CÓMO DIJO? La
dignidad de
la Mujer poco
importa
EN
EL PRINCIPIO, LA PALABRA El eclipse de la obediencia
Carlos Fuentes o el despotismo
intelectual
DEBATE Mitos de la «psicología
pop»
DILEMAS
ÉTICOS Los colombianos evitaron que los malos se salieran con la suya
PENSAR
EN CRISTIANO Hacer de esto un apostolado
ORIENTACIÓN
FAMILIAR Una hija terrible
Diez
razones para tener otro hijo
Steve
Mosher, experto en demografía y presidente del Population Research Institute,
publicó un artículo en el que da a los cristianos diez razones para
pensar seriamente en la posibilidad de tener más hijos que el promedio actual.
Aquí se condensan:
1.
Tener otro hijo, permite unirse a Dios en la creación de un alma
inmortal». «Los padres tienen la oportunidad increíble de asistir a Dios en
la creación de un alma inmortal y, como lo dijera el cardenal Mindszenty, ni
los ángeles recibieron tal gracia.
2.
Un nuevo hijo trae alegría a la vida. Uno se maravilla ante la perfección de
ese pequeño ser y de la facilidad con la que uno lo ama. Uno queda encantado
con cada pequeño aspecto de su apariencia. El color del cabello, la forma de la
nariz, su sonrisa.
3.
Un nuevo hijo permite crecer en santidad y virtud. Los niños dan la oportunidad
de practicar la misericordia corporal y espiritual. Llegan al mundo desnudos y
los vestimos, hambrientos y los alimentamos, sedientos y les damos de beber.
4.
Los niños son cada vez menos debido a la contracepción y el aborto; segmentos
completos de la sociedad se vuelven menos sensibles al gozo y la esperanza que sólo
los niños pueden brindar. En este clima, la anticoncepción y el aborto se
alimentan a sí mismos.
5.
Tener otro hijo da un hermano a los hijos que ya tiene la pareja, y así pueden
aprender a compartir, a poner las necesidades de los demás por encima de las
propias. La unión entre los hermanos es para toda la vida.
6.
Los hijos permiten que en la ancianidad no se esté solo. La gente que tiene
hijos no tiene que buscar extraños para que cuiden de ella cuando es anciana.
Además, los hijos se convierten en padres de los nietos, y los nietos traen
gozo, alegría y risas.
7.
Los humanos son bendecidos con los regalos del intelecto y la libertad, y así
descubren soluciones creativas a los problemas. Las personas sin hijos deben
recordar que el hijo de otros es el médico que les salva la vida, el bombero
que ayuda, o el ingeniero del tren.
8.
La familias con hijos inyectan la economía. Sin jóvenes que ingresen a la
fuerza laboral el sistema de seguridad social falla. Sin niños que asistan al
colegio los maestros no tienen empleo. Muchas industrias descansan en negocios
de y para niños.
9.
Tener un hijo más ayuda a enfrentar la despoblación global adveniente. América
no está superpoblada; toda la población del mundo puede vivir en Texas, en
casas adecuadas a cada familia. El problema a largo plazo no será por tener
muchos niños, sino pocos.
10.
Tener un hijo ayuda a poblar el Cielo. El niño que se tiene con generosidad
se acepta de Dios y regresará a Él, después de una vida de amor, servicio y
obediencia en la Tierra para pasar la eternidad con Dios en el Cielo.
¿CÓMO
DIJO?
La
dignidad de
la Mujer poco
importa
(Columna
colectiva. Responsable: Jaime Septién)
* Utilizan a la mujer y
luego lo justifican con frases huecas. * ¿Puede llamarse «trabajo» a la
prostitución? * Y, por supuesto, los medios de información, felices.
La
prostitución de la mujer es una de las lacras más dolorosas y denigrantes de
la historia humana. Se hacen chistes, burlas, y se zahiere de mil maneras a
quienes han tenido que padecer este mal social. Ha sido siempre un buen negocio
para lenones y proxenetas, a veces bajo el amparo del poder. De la culpabilidad
de la mujer y la villanía machista que esconde ya Sor Juana ha disertado con
agudeza y talento. Pero la villanía mayor es el querer justificar la utilización
sexual de la mujer amparándola con un reconocimiento social. Ahora la
prostitución ya no se tiene como abuso y ofensa a la dignidad de la mujer, sino
que se le justifica como un trabajo o servicio sexual.
José
Luis Martín Descalzo refiere que fue objeto de una regañina de un lector
porque escribió que «a Dios se le puede agradar en todos los trabajos»; que
«al menos —le increparon— debía decir trabajos honestos, pues
seguramente los carteristas y médicos abortistas no agradan a Dios mucho con su
trabajo». Y él comenta: «¡Pero, hombre! ¿Y usted se atreve a manchar la
palabra trabajo aplicándola a esos menesteres? Los carteristas roban, no
trabajan. Los abortistas asesinan, no trabajan. Trabajar es construir, elevar el
mundo, imitar la labor de Dios en su creación. Y añadir el adjetivo honesto
al sustantivo trabajo es tan innecesario como colocar tras el vocablo nieve
los epítetos de fría y blanca» (Razones para la esperanza, p.132).
Llamar
trabajo a la prostitución es no sólo envilecer el trabajo, sino justificar a
los explotadores de la dignidad de la mujer. ¡Ahora los lenones y proxenetas
resultan ser empresarios y contratistas! Hasta este punto de cobardía e
hipocresía hemos llegado en nuestro vocabulario oficial, político, demagógico,
social y laboral. Y, lo que es peor, en nuestro corazón. Así intenta
justificar nuestro sistema político, social y laboral la ofensa inferida a la
mujer. Y, por supuesto, los medios informativos, felices.
San
Agustín: gobernantes culpables
San
Agustín tiene una observación aguda y certera para los gobernantes paganos,
pero que es válida para nuestro tiempo: «Buscan, dice, que haya prostitutas
públicas en abundancia, bien sea para todos los que deseen disfrutarlas o,
sobre todo, para aquellos que no pueden mantener una privada» (De Civ. Dei.
II, XX). La pura verdad. Los poderosos pueden mantener mozas y concubinas; el
pueblo, que acuda a los burdeles. La dignidad de la mujer poco importa.
Nuestro sistema social supera esta vileza: le da un estatuto y reconocimiento
social: ¡Sexoservidoras! ¿Habremos podido caer más bajo? El olvido de Dios,
ha dicho el Papa, lleva al envilecimiento de la humanidad. Ahí estamos.
EN EL PRINCIPIO, LA PALABRA
El
eclipse de la obediencia
Por Jaime Septién
Crespo
La
obediencia es una virtud a la baja en el mundo de hoy. Obedecer es, más bien,
signo de debilidad. Se rebelan los hijos contra los padres, los alumnos contra
los maestros, los católicos contra el magisterio, los ciudadanos contra el
Estado, los hombres contra Dios. Es un torneo de fuerza: el que desobedece más
lleva el premio del reconocimiento de su gremio: será llamado (por unos
minutos) el más valiente, el mejor, el ejemplo a seguir... Hasta que venga otro
y lo sustituya con una desobediencia superior.
Es
cierto: la desobediencia del hombre con el hombre puede tener mil justificantes.
Los padres que no educan, los maestros que no enseñan, los sacerdotes que no
dan testimonio, los gobernantes que roban, Dios que permanece en silencio...
Todas ellas valen, sí, pero solamente para los espíritus débiles, los que se
conforman con el lado negativo de la obediencia, los que siempre, siempre,
siempre han de formular la misma pregunta: ¿por qué yo debe hacer caso, contra
mi voluntad, de aquél que me manda hacer esto o lo otro?
El
católico ama, si es católico, la obediencia. Es Cristo, «el obediente», el
que le señala el camino. Y es que en Cristo —como señala Raniero
Cantalamessa— la obediencia engloba toda su vida. Él no vino a la Tierra a
hacer su voluntad sino la voluntad del Padre. Él no vino a ser servido sino a
servir. Obedeciendo encontró la libertad más sublime: la que consiste en hacer
la voluntad de Dios.
No
pierdo de vista que la duda del católico, la duda que a todos nos corroe,
persiste: ¿debo obedecer a aquel que tiene la autoridad pero la ejerce en
contra de mi voluntad? Es, desde luego, una duda razonable. Jesucristo, en su
extremo dolor del Gólgota, le grita al Padre que por qué lo ha abandonado.
Antes, en Getsemaní, pidió ser apartado del cáliz amargo que iba a beber.
Pero en la cruz encomienda a su padre el Espíritu, y en el huerto reconoce que
es la voluntad del Padre la que debe llevarse a cabo (para nuestra salvación).
La
regla de oro, la que Cristo enseñó y practicó, es la que debe regir
nuestros débiles pasos: obedece la voluntad del Padre, encarnada en una
autoridad. Si la autoridad no encarna la voluntad de Dios, sigue obedeciendo
la voluntad de Dios por encima de la autoridad. Que no se haga tu voluntad ni
la de ellos (de las autoridades), sino la Suya. Obviamente esto es muy difícil
de llevar a cabo en un entorno —como el nuestro—, que otorga galardones a
la irreverencia y que privilegia, por encima de todo, el placer y lo visible.
¿Cómo obedecer la voluntad de Dios a quien no se ve? Sirviendo al otro, al
que sí se ve. Como apunta el padre Cantalamessa: La medida y el criterio de
la obediencia a Dios es el sufrimiento.
Carlos
Fuentes o el despotismo intelectual
Qué
bueno que lea a san Juan de la Cruz, a Pascal, a Simone Weil y a
san Juan; pero su inteligencia agnóstica le impide entenderlos en su
justa medida.
Por el Pbro. Prisciliano
Hernández Ch., ORC
El inefable novelista Carlos
Fuentes, ilustrado decimonónico,
exponente de la narrativa mexicana, autor de varias obras, entre las que se
pueden enumerar “La región más transparente”, “La muerte de Artemio
Cruz”, “Zona sagrada”, “Tiempo mexicano” y otros cuentos y ensayos, en
un artículo aparecido en el periódico Reforma (6 de julio del 2001) confunde
las líneas divisorias entre la realidad y la fantasía, entre el saber y el
respeto que merece todo interlocutor, porque la Iglesia no es una abstracción.
El
tolerante deviene en intolerante cuando habla de la Iglesia. ¡Qué pena!
Pareciera que el improperio lo coloca en un lugar destacado dentro de los
ilustrados que ofrecen la tiranía de sus juicios,
más allá de los cuales no se puede traspasar porque están sellados con
el non plus ultra del intelectual despótico, aunque
novelista.
Predeterminar
la realidad desde la fantasía, la ideología liberal y la narrativa ágil,
presta un huero servicio a la historia, a la verdad y al mismo presidente Fox
que busca defender. Se eleva en este artículo
como el Goliat de la desmesura.
Su
visión parcializada absolutiza su narrativa como el repetidor de mitos
sacralizados por el poder, del cual ha pretendido desmarcarse, quedándose en él,
para recibir el aplauso de los vencedores.
Con
su lenguaje pontifical y definitorio habla de la obra de David Brading “Mexican
Phoenix” como “el
estudio definitivo sobre el guadalupanismo”. La declaración tajante es
necesaria para su seguridad, como si ya sobre este tema no se pudiera decir o
escribir nada más: adiós a Miguel León Portilla, a José Luis Guerrero,
a todos los testimonios guadalupanos del
S. XVI hasta el inicio del tercer milenio y los que habrán de venir: no
más. Carlos Fuentes detiene el pensamiento y la historia,
porque se introduce otra vez en el mito de lo definitivo, lo insuperable,
como si, ontológicamente, de momento
su escritor Brading fuera dios, porque él —otro dios—, se codea sólo
con dioses del Olimpo, de
Meztlixico-Tenochtitlan, o de los astros de Holywood. El Imperator
verborum, dixit seu loqui.
Por
supuesto que toda love story ha de respetarse en cuanto vida de personas,
por todo aquello de Nouwen: “Toda historia humana es sagrada”. Pero ni
el Vaticano —de donde dependen y donde
trabajan hoy bajo el carisma de Juan Pablo II cerca de 3500 personas que
tilda de fanáticos e hipócritas por servir a la catolicidad con amor y
respeto—, ha condenado a Fox, ni Fox se ha desmarcado de la Iglesia —porque
sigue yendo a Misa, aunque no comulgue—, a la que nuestro ilustrado escritor,
ataca: a la Iglesia de ayer y a la de hoy, que al parecer no conoce, sino en
pasquines.
Qué
bueno que lea a san Juan de la Cruz, el sereno de la espesura de la noche; a
Pascal; a Simone Weil y a san Juan; pero parece que
su inteligencia agnóstica le impide entenderlos en su justa medida
porque “es parte del honor del hombre crear la idea de Dios”, como
escribe en dicho artículo; más
bien tal tesis es del materialista
Feuerbach, de la izquierda hegeliana, nada espiritual por cierto.
Al
autodefinirse agnóstico o ateo por la gracia de Dios para disculpar su cinismo,
entiendo que más bien es un gnóstico;
eso sí, ilustrado en la noche del
racionalismo, pues juguetea con la fantasía de su gnosis como otrora los
gnósticos contra los que polemizó san Ireneo de Lyon; gnosis
que le permite mitificar a
la historia, a Dios; o denostar al
Vaticano o reducir las leyes sólo al ámbito civil, cuando existen otros ámbitos,
como el deportivo o el religioso, que también tienen sus leyes;
para los católicos se compendian en el
Derecho Canónico, porque así se llama el conjunto de normas de la
Iglesia donde se fundamenta jurídicamente
la comunión de la Iglesia
católica.
La
Iglesia, don Carlos, no se aggiornó a partir de su homónimo
expresidente Salinas, sino, gracias a Dios, con el concilio Vaticano II. Es de
sabios corregir. Si su amor a la verdad le da tiempo, lea al menos la
constitución Gaudium et Spes para conocer
la postura de la Iglesia ante el mundo moderno; de paso, no le vendría
mal leer la “Familiaris consortio” y la “Poenitemini”, de
Juan Pablo II, y así pasmarse con las indicaciones misericordiosas y paternales
sobre los divorciados vueltos a casar.
Por
la eclesiología —perdóneme pero, por su artículo, noto que la ignora—
entendemos que la Iglesia es el Pueblo de Dios, pastores y creyentes. Por eso la
Iglesia es ese niño travieso y devoto que reza el Padrenuestro; el joven
que vitorea a Juan Pablo II, urbi et orbi; el enfermo que abraza su
crucifijo como expresión de su vinculación con el Jesús, no sólo de la
historia —que usted dice conocer—, sino el Cristo de la fe; la religiosa que
atiende amorosamente al enfermo de SIDA, como la madre Teresa de Calcuta, que
también es la Iglesia que usted dice conocer; los matrimonios que son fieles a
la palabra dada a pesar de las cruces de la vida, o de aquellos que han sufrido
el trauma de la separación; o los pastores —obispos, presbíteros—, que
quizá han leído alguna de sus
novelas, cuentos o ensayos, que saben de literatura, de filosofía, de historia
y son especialistas en humanidad; que hasta tienen un concepto mejor que el de
usted sobre el hombre porque lo entienden persona,
con el peso específico de una dignidad que reconocen desde la concepción hasta
la muerte; por eso son fanáticos
del antiaborto; fanatismo que los ennoblece, porque defienden a los sin voz,
y entienden, con san
Ambrosio y santo Tomás de Aquino, que
“todo lo verdadero, no importa quién lo diga, viene del Espíritu Santo”
(S. Th. I-II, q.109, a.1,ad 1) y
que la mentira no es huérfana, pues tiene por padre a Satán y por madre
a la soberbia. Que es Iglesia de santos y pecadores, de pobres, de mártires, de
reyes, de presidentes y de intelectuales, como Chesterton o nuestra
Edith Stein —santa Teresa Benedicta de la Cruz—, discípula de
Husserl, conocedora y traductora de santo Tomás y de san Juan de la Cruz, entre
otros; religiosa carmelita martirizada por los nazis intolerantes ante la
diferencia. Hasta la casa editorial Fondo de Cultura Económica
tuvo a bien publicar
“Ser finito y ser eterno” de esta intelectual, mártir y santa
Patrona de Europa con santa Brígida de Suecia y santa Catalina de Siena. Ojalá
la lea usted, señor Fuentes; le recomiendo esta obra majestuosa del
pensamiento: puede ayudarle a sanarse definitivamente de su autodiagnóstico de
agnosticismo —aunque nadie es buen juez en su propia causa, menos médico—
pues creo, más bien, que su enfermedad es
un delirium gnosticum.
Sobre
Pío XII y el nazismo, bástele conocer el testimonio de Paolo Mieli, director
de la “RCS”, la casa editorial más grande de Italia e ilustre periodista
italiano, quien recientemente afirmó ( Zenit. org. Roma, 30 de junio del 2001)
al hablar en la presentación del
libro de Andrea Tornielli Pío XI,. el Papa de los judíos: “Vengo
de una familia de origen judío y he tenido
parientes que murieron en los campos de concentración ... Ese Papa y la Iglesia
que tanto dependía de él, hicieron muchísimo por los judíos. Se calcula que
algo menos de un millón, entre 700 y 800 mil judíos fueron salvados por la
Iglesia y por ese pontífice. Cuando se recuerda a las personas que hicieron
algo para salvar físicamente a los judíos, muy pocos pueden enorgullecerse
de lo que hizo la Iglesia de Pío XII.”
Pienso con Paul Jonson, en su
obra “Los Intelectuales” (Vergara, 2000), que a los intelectuales
como a Rousseau, Marx, Sartre, Hemingway, Ibsen, Bertolt Brecht, y otros:
“no hay que darles importancia a sus juicios sobre líderes políticos o
acontecimientos importantes. Debemos recordar lo que los intelectuales
habitualmente olvidan: que las personas importan
más que los conceptos y deben ser colocadas en primer lugar. El peor de todos
los despotismos es la tiranía desalmada de las ideas”. ¿No lo cree, señor
Fuentes?
DEBATE
Mitos
de la «psicología pop»
Por
Andrés Silva
Cuando
uno entra en una librería cualquiera se encuentra en los estantes de autoayuda
con numerosos libros que promueven, entre otras muchas cosas, una suerte de «psicología
pop». Estos libros, que son el éxito editorial absoluto de los últimos años,
están llenos de medias verdades y de mitos.
Mito
1: No han nada malo en los seres humanos.- Melody Beattie, autora del
exitoso Codependent No More («No más co-dependencia»), dice que «estamos
bien. Es maravilloso ser quienes somos. Nuestros pensamientos están bien.
Nuestros sentimientos son apropiados. Estamos exactamente donde debemos estar
hoy, en este momento. No hay nada malo en nosotros. No hay nada fundamentalmente
malo en nosotros».
Cuando
leemos la Sagrada Escritura comprendemos que no somos, en principio, buenos,
como enseñan los psicólogos pop, ni tampoco somos esencialmente malos, como
algunas corrientes protestantes desean hacernos creer. Nosotros somos pecadores
y podemos corregirnos.
Mito
2: Valgo porque existo.- En el libro titulado Autoestima, Matthew
McKay y Patrick Fanning afirman: «yo valgo la pena porque respiro y siento y
estoy consciente». Bien, ¿no se aplica también esto a los animales? ¿Y
pierdo mi autoestima si detengo la respiración? En cierto sentido, esta
afirmación está tomada de la declaración de René Descartes, «pienso, luego
existo». Ellos parecen decir: «yo soy, por consiguiente, valgo la pena».
La
autovaloración, sin embargo, es diferente. Nuestro valor como seres humanos
tiene que ver con el hecho de que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios.
Nuestro valor nunca fluctúa porque está anclado en el hecho de que el Creador
nos hizo.
Mito
3: No debemos juzgar a nadie.- En su libro titulado Autoestima,
Matthew McKay y Patrick Fanning sostienen que los juicios morales sobre la gente
son inaceptables: «Duro como suena, usted debe abandonar las opiniones morales
sobre las acciones de otros. Cultive, en cambio, la actitud de que ellos han
elegido la mejor opción disponible, dado su conocimiento y necesidades del
momento. Comprenda que, aunque su conducta puede no parecer o ser buena para
usted, no es mala». Según esto no existe el mal salvo cuando se trata de
distinguir lo que está mal de lo que no. Por eso, esto debe ser erradicado
dejando la más completa libertad a los errores del prójimo.
Obviamente,
debemos evitar caer en una constante crítica de los defectos del prójimo, pues
no es caritativo y está completamente mal. Pero esa crítica desmesurada de la
que debemos escapar, es muy diferente a la comprensión cabal de qué está bien
y qué no para intentar eliminar todo aquello que es contrario al Espíritu de
Dios y, por consiguiente, a todos nosotros.
Mito
4: No hay que sentir culpa.- Según el psicólogo Dyer, «la culpa no es una
conducta natural», y nuestras «zonas de culpa» deben ser «exterminadas,
lavadas y esterilizadas para siempre», pues la culpa es «una herramienta
conveniente para la manipulación» y una «fútil pérdida de tiempo».
La
Sagrada Escritura hace una distinción entre dos tipos de culpa: la culpa
verdadera y la culpa falsa. En 2 corintios 7,10
san Pablo dice: «Pues la tristeza según Dios es causa de penitencia
saludable, de que jamás hay por qué arrepentirse; mientras que la tristeza según
el mundo lleva a la muerte». Cuando no existe culpa, no hay
arrepentimiento.
(Resumido
de un artículo de Cristiandad.org)
DILEMAS ÉTICOS
Los colombianos evitaron que
los malos se salieran con la suya
Por
Sergio Ibarra
En
estos días se ha estado jugando la Copa América de futbol en su edición número
40, resultado de que hubo un hombre que tuvo las agallas de asumir el liderazgo
que le corresponde a todo presidente de un pueblo, que particularmente ha
“cargado” con una mala fama a nivel mundial.
Seguramente
que Juanito, ahora convertido en “che” y en asesor de algún
dirigente de futbol argentino, hizo de las suyas para evitar que el
representativo de aquel país, ante los hechos ocurridos en forma previa a este
hechos de impacto internacional, se aprovechó para ganar protagonismo. En este
sentido me refiero al secuestro, no de uno, sino del encargado de organizar la
Copa América en Colombia. Como era de esperarse, inmediatamente hubo una reacción
contra aquel país, y en menos de 24 horas ya Brasil estaba más que apuntado, y
hasta se llegó hablar de México. Afortunadamente el presidente colombiano se
echó su país a las espaldas, como le corresponde, sacó la cara y no sólo
evitó que le retiraran la sede, no sólo evitó que la cambiaran de fecha, logró
algo que me parece inédito: que la Copa América se llevara a cabo como estaba
previsto. Y no faltó quién afirmara que había sido por cuestiones de los
intereses económicos de una cadena televisora. Imagínese usted, amigo lector,
que en un acto de estos, ante el tremendo dilema que significó este momento político-deportivo,
se tomaran estas decisiones por algún contrato televisivo. No pienso que haya
sido así. Evitaron que los malos se salieran con la suya.
Defender
una nación es una las máximas causas que podemos tener los seres humanos
durante nuestra vida, es uno de los valores que se nos han inculcado desde
nuestra infancia, y así los hacemos con nuestros hijos. No me diga que estaría
usted de acuerdo en educar a su hijo como “gringo”. Vaya, defender a nuestra
nación es una obligación.
Sin
excepción, las naciones acumulan defectos y cualidades. Pero tampoco puede uno
descalificar a una nación como si cualquier colombiano fuera un narcotraficante
armado.
Bien
por los colombianos. Nos han dado un estupendo ejemplo ante un dilema ético.
Que Dios les bendiga y que esta competencia deportiva
concluya sin sobresaltos. Bien por los países que se solidarizaron con
nuestros hermanos colombianos, entre ellos el nuestro, que ni siquiera se
cuestionó si se asistiría o no. ¿Y los argentinos? Que luego no se quejen
de la fama que se han granjeado de arrogancia.
PENSAR EN CRISTIANO
Hacer
de esto un apostolado
Por
Rodrigo Guerra López
Uno
de los aspectos en los que la cultura cristiana se ha retraído con mayor fuerza
es el ámbito del pensamiento. Hubo épocas en las que la vanguardia en la física,
en la química, en la biología, en la astronomía, en la genética, en la matemática,
en la política, en la historia, en la pintura, en la música, en la poesía y
en la filosofía era una vanguardia cristiana. No me refiero aquí solo a la
Edad Media, sino que, aun en épocas posteriores, como el Renacimiento y la
modernidad, para hombres como Miguel Angel, Mendel, Novalis, Heisenberg o
Adenauer la experiencia de la fe no solo no era ajena a su desempeño sino que
era precisamente el fundamento de éste.
La
desvinculación entre fe cristiana y pensamiento muchos la explican como parte
del proceso de secularización que ha vivido la sociedad moderna. Desde este
punto de vista, la ciencia no puede desarrollarse con propiedad si existe la
influencia o interferencia de un dato que provenga de una instancia no-científica.
Sin embargo, conforme han pasado los años, hombres tan diversos como Max
Horkheimer, Samuel Huntington o Alesdair MacIntyre han descubierto que el
pensamiento científico, aparentemente aséptico a la fe, recayó en ella
aceptando de manera acrítica un conjunto de mitos que conformaron buena parte
del paradigma reinante en los dos últimos siglos al interior de muchas
ciencias. Evidentemente esta recaída no consistió en el redescubrimiento de
una fe como la cristiana, centrada en el encuentro con la persona de Jesucristo,
sino en una fe natural que, con confianza ciega, afirmaba que la razón humana
es capaz de dar explicación de toda realidad. Esta seguridad racional,
curiosamente, no logró encontrar un fundamento convincente en la propia ciencia
o en la filosofía que nació para justificarla (Kant). Muy por el contrario, la
racionalidad moderna se tornó mítica y se desplomó (teórica y prácticamente)
manifestando su insuficiencia radical.
La
caída de este paradigma científico-racional ha engendrado una poderosa reacción:
la postmodernidad. Con este nombre se trata de encuadrar una gran cantidad de
tendencias que rechazan el ideal científico-racionalista, que gobernó hasta
hace muy poco prácticamente todos los espacios de pensamiento en nuestro país
y en el mundo. El rechazo al que hacemos mención en ocasiones va acompañado de
un giro irracionalista sumamente radical, lo que invita a pensar que, si bien
el racionalismo se agotó, su contraparte irracional no constituye una
salida auténtica al problema.
Este
escenario de crisis es una importante llamada de atención para los
cristianos. Si nuestra fe no ilumina activamente el pensamiento en sus
expresiones de mayor vanguardia en la actualidad no es porque no pueda, sino
porque los propios cristianos nos hemos automarginado aceptando, tácita o
explícitamente, que si Dios existe, no cabe en el mundo actual, no cabe en la
complejidad de sus problemas, no cabe en la tecnicidad de sus soluciones. Los
cristianos tenemos que reaprender dos cosas: a vivir la secularidad, la
inserción en el mundo, como nuestra manera ordinaria de ser cristianos, y a
pensar en cristiano. Esta última expresión es una invitación a que todos,
especialmente los fieles laicos, trabajemos con nuestra inteligencia en el
esclarecimiento del misterio del mundo, del hombre y de Dios. Trabajar con
nuestra inteligencia, pensar en cristiano, hacer de esto un apostolado, es uno
de los retos que tenemos por delante.. Dejar este campo vacío no solo
desplaza la fe del escenario cultural, sino que dificulta que Cristo sea una
propuesta creíble para nuestra sociedad, tan cargada de preguntas y tan
urgida de respuestas.
ORIENTACIÓN FAMILIAR
Una
hija terrible
Por
Yusi Cervantes Leyzaola
Estoy
casada y bien con mi esposo, pero me preocupan mucho mis papás. Los recuerdo
con amorosísimos cuidados, dándonos una vida digna para que pudiéramos llegar
a servir y amar a Dios. Un día una hermana –que ahora tiene 25 años-
comenzó a tratar mal a mamá: le contestaba, la remedaba, no aceptaba
amonestaciones sin gritos maldicientes. Comenzó a alejarse de todos nosotros y
a manipularnos. A la menor le aconsejaba que no hiciera caso a lo que mamá le
decía, ya que mamá sólo quería amargarle la vida, no dejarla tener amigos y
que no se vistiera como quisiera. Mi hermana siempre ha dicho que nunca la dejé
platicar con mamá. Siempre mi madre ha sido mi confidente y tal vez la
acaparaba un poco, pero nunca con el afán de ofender a mi hermana.
Mi
hermana tenía relaciones sexuales con su novio y dejó de estudiar, engañando
a mis papás con que aún asistía a clases. Mamá habló con papá, pero él no
le hizo caso, le creyó más a mi hermana. Se agravó la tensión; mi hermana no
aceptó que mi mamá la quisiera cuidar y la insultaba de mil maneras. Le decía
que mamá le envidiaba su cuerpo, que no era mujer para mi papá, que ojalá se
muriera, y unos insultos que no
puedo reproducir aquí. Más de una vez mamá la golpeó en la cara o le tiró
una cubeta de agua para ver si reaccionaba, de cómo se ponía a vociferar y
gritar y llorar con rencor. También
tuvo pleitos con mis hermanos, con golpes e insultos. Cuando por fin papá se
dio cuenta, la corrieron de la casa. La
llevaron con un psicólogo, quien dijo que estaba enferma en su afectividad y
que no sólo ella estaba mal, sino toda la familia.
Mi
hermana continuó su vida disipada y hablando mal de mamá. Papá la buscaba y
le ayudaba con dinero, tiempo, carro, cosas. Un día mi hermana regresó
a la casa, pidió perdón a todos. Contó que su novio se masturbaba todos los días,
que ella lo había engañado con otros hombres, que sentía gran miedo de tener
SIDA, que una amiga había abortado y casi moría… Dijo que ella no sabía que
esas cosas estaban mal y por eso hizo caso al maravilloso mundo que el novio le
mostró. Mamá dijo que ella había recibido toda la formación del mundo, y mi
hermana respondió que no, que nunca había recibido tal información. Mi
hermana volvió con el novio, comenzó a mentir diciendo que estaba estudiando,
pero en realidad salía con él a robar
cosas de la casa... Papá tuvo que sacarla de nuevo de la casa.
Papá
le ha retirado el dinero a mamá. La humilla. Se enoja si preguntamos sobre mi
hermana. Dice que la quiere salvar, pero a mamá no le quiere dar para ayudar a
mis hermanas en sus estudios. Siempre está tenso o enojado. Culpa a mamá
porque mi hermana no puede volver a la casa. Le dice que es de un corazón muy
duro, y él se culpa del comportamiento de mi hermana. Veo cómo están
sufriendo, cómo se pierde el
respeto y se llega a la violencia en un matrimonio donde hubo amor y ahora hay
ruptura. A todos nos afecta esta situación.
Quisiera ayudarlos.
Hay
un problema grave, evidentemente, y la que paga el más alto costo es tu
hermana. Parece la villana de la película, y en realidad ha cometido muchos
errores, pero es, tal vez, también la parte más sensible, donde recayeron los
problemas de la familia.
Entiendo
tu posición; sin embargo, me parece que tu punto de vista es parcial, favorable
a tu mamá, a quien pareces ver como la víctima inocente. No sé qué paso ahí,
pero sí puedo decirte que una hija así no sale de la nada —sería realmente
extraordinario que así ocurriera— y que los errores son responsabilidad de
los dos padres. Para tener una opinión más justa, tendrías que escuchar
realmente a tu padre y a tu hermana. Aunque no es a ti a quien le corresponde
afrontar este problema.
El
de tu hermana parece ser un grito desesperado, por caminos equivocados, por
encontrar afecto y aceptación. Tal
vez a tu papá le ha faltado firmeza y a tu mamá le ha sobrado dureza. Por
ejemplo, ese momento que cuentas donde tu hermana regresa pidiendo perdón no
era el indicado para acusarla diciendo que tenía la formación necesaria. Ahí
había que acogerla y comprenderla. Quizá
tu hermana sienta que su peor enemiga es su madre, y eso es terrible para un
corazón humano. Tu mamá podrá
decir que fue tu hermana quien se rebeló y se puso contra ella, es cierto; pero
no hay que olvidar quién es la madre y quién la hija.
Es decir, yo pienso —tal vez me equivoco— que tu madre, desde su
mayor madurez y su amor de madre, pudo haber encontrado caminos para llegar al
corazón de su hija.
En
cuanto a tus padres, esta situación me hace pensar que hay un viejo problema de
falta de comunicación y que no hubo tal vez nunca una verdadera relación de
pareja. Al resumir tu larga carta
quité la parte donde recuerdas a tu mamá “pronta, amando todo lo que el hacía,
apoyándolo y callada”. Después mencionas que tu papá no la escuchaba y
ahora hasta la humilla. Son estas cosas las que me hacen pensar que lo primero
que tus padres tienen que hacer es reconstruir o construir su relación de
pareja. Tendrán mejores posibilidades de ayudar a tu hermana si ellos están
unidos. Creo que el psicólogo que vieron tiene razón. Toda la familia necesita
ayuda. Tal vez puedan encontrar en tu ciudad un psicólogo especialista en
terapia familiar. Sería muy bueno
para todos. Una de las primeras
cosas que este especialista haría sería ayudarles a entender que tu hermana no
es la mala del cuento. Esto es
importante, porque para aceptar cualquier ayuda, tu hermana necesita sentir que
se le valora y respeta. Y esto
puedes hacerlo tú, desde ahora.
Pidan
mucho a Dios por toda la familia y procuren verse unos a otros con los ojos con
que El los ve.
La psicóloga Yusi Cervantes Leyzaola responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de El Observador; Reforma 48, apdo. 49, Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68 Correo electrónico: yusicervantes@terra.com.mx