Fuente: www.e-cristians.net 29-11-2001
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TEMAS DE LA SEMANA |
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La escritora y periodista Pilar Rahola, en su artículo “Dios empieza a ser una lata”, publicado en “El País” en su edición para Catalunya el pasado 3 de noviembre, lanza un furibundo ataque contra la persona de Josep Miró i Ardèvol, presidente del Consejo Gestor de e-cristians, a quien “acusa” de liderar una “nueva cruzada católico-apostólica”, con el ánimo de “recatolizar” a los catalanes, por el hecho de expresar una serie de valores desde una identidad cristiana acorde con el contenido de e-cristians. Cuestiona Rahola en su artículo la presencia de Dios en la esfera pública “Permitir que asome la oreja en lo público y, sobre todo, permitir que intervenga en lo público es poner en peligro el primer fundamento de la democracia” y relega su presencia a la intimidad individual de la vida privada.
El artículo ha merecido una justa respuesta por parte de Josep Miró, enviada también a “El País”. En su artículo “Es cierto, Dios es una lata”, Miró afirma que “Quien descalifica a bulto, quien niega el derecho elemental de ‘asomar la oreja en público y sobre todo permitir que intervenga en lo público’ como dice Rahola por el simple hecho de escribir sobre el Dios de los cristianos, demuestra que sus ganas de dañar son superiores a su capacidad de razonar”.
Dios empieza a ser una lata (Pilar Rahola)
Es cierto, Dios es una lata (Josep Miró)
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Reconozco que hay dos elementos específicos causantes de esta fatiga teológica que ahora siento: la pronunciación masiva del nombre de Dios en vano, en estos tiempos de dioses del caos y la guerra, y la abundancia de artículos beatíficos y sacrosantos de ese peculiar ex consejero que, en sus ratos libres, intentó crear una especie de ejército catalán. La nueva cruzada católico-apostólica liderada por Miró i Ardèvol en toda la prensa que le da cancha es, junto con las exitosas conspiraciones de salón de Ricard Maria Carles, lo más prominente y, ¡ay!, latoso que últimamente ha surgido bajo palio. No es que una tenga interés en polemizar con Miró, cuyos argumentos para recatolizar la sociedad son tan manidos como históricamente obtusos, pero una está tan harta de estos salvadores de la moral, auténticos usurpadores del concepto, como si los no creyentes no tuviéramos una densa e inquebrantable moral, que me ha parecido interesante pararme en el tema. Al fin y al cabo, van a ser cuestiones de esta naturaleza, valores, pactos sociales, las fronteras de lo que Francia llama el 'pacto republicano', lo que va definir o no una nueva Cataluña. Por supuesto, no sólo estoy por garantizar el Estado laico, sino sobre todo por redefinir las bases de esa laicidad para fortalecer su necesaria solidez. Si mezclamos a Dios con lo mundano, todos vamos a salir heridos, y eso no sólo vale para la geopolítica, tan sobrecargada de dioses mundanos, sino también para la microsociedad. ¿Cataluña es una nación católica? Ya sé que desde las épocas gloriosas de Torres i Bages nadie más, excepto el bueno de Miró, considera preceptiva tal definición. No sólo hemos conquistado la separación entre las leyes y los dioses, y con dificultad hemos relegado los dioses a los altares de la intimidad, sino que además nos hemos convertido en una sociedad compleja, heterodoxa, multirreligosa. Parecería, pues, que a pesar de la cruzada mironiana y de algunos sustos montserratinos, Cataluña es una nación laica. Sin embargo, me permito levantar la pluma para hablar de esa condición, la laicidad, y de sus muchos peligros.
El primer peligro, los restos. Hay restos antipáticos y persistentes de nación católica en los entresijos de la nación, entre ellos algunos tan notorios como incomprensibles. Detalles: ¿qué hace todo el consistorio del Ayuntamiento de Barcelona en la misa de la Mercè escuchando el sermón, generalmente intervencionista, del arzobispo de turno, y repitiendo un ritual católico que nada tiene que ver con la ciudad moderna? ¿No habíamos quedado en que el Ayuntamiento era el de todos, creyentes multiusos, apocalípticos varios y hasta ateos? Es decir, el Ayuntamiento de la ciudad de Barcelona ¿tiene que mantener esa prepotencia católica que bendice su fiesta mayor como si el personal tuviera que ser católico por decreto? Más detalles: por mucho que mi querido Joan Gaspart sea el primer católico de la historia, ¿qué puñetas hace el Barça entregando copas y triunfos a la Mercè? Extraña promiscuidad esa que mezcla a Dios con bonitas miserias terrenales. Pero la lista es tan larga que sólo con recordar algunos titulares sonantes me explico de sobras: Montserrat usada para fregados y barridos nacionales, discursos parapolítico-religiosos, profesores de religión espiados en su vida pública, subvenciones a lindas escuelas opusdeicas que practican el segregacionismo sexista, etcétera... Sólo nos faltaba que llegaran las cruzadas mironianas y, alertándonos del peligro de Sodoma, nos intentaran recatolizar.
Resumo y concluyo. Cataluña aún es demasiado católica en su práctica pública, tanto que ni notamos la prepotencia con que una de las religiones se impone a las otras. Lo que pasó con el centro Abraham olímpico reconvertido en la iglesia Abraham es un simpático ejemplo. Y sin embargo, creo que en el compromiso laico, necesariamente redefinido vistos los muchos cambios sociales, en ese compromiso, nos jugamos la libertad. Cataluña va a ser cada vez más compleja en términos culturales y religiosos. Tanto que la complejidad religiosa puede ser su máxima definición de pluralidad o su peor cortapisa de libertad. Si ahora somos estrictos con nuestra laicidad y dejamos de juguetear con los restos del naufragio católico, podremos enfrentarnos a los muchos retos que la multirreligiosidad va a comportar. Las religiones son intervencionistas por naturaleza, algunas especialmente, y no nos equivoquemos: van a intentar coartar el Estado de derecho en función de sus creencias. Pero ¿cómo vamos a garantizar los principios de libertad individual por encima de las fes colectivas si no somos radicalmente laicos? Con Dios no se puede jugar, es como el fuego en manos de niños: no alumbra, quema. Permitir que asome la oreja en lo público y, sobre todo, permitir que intervenga en lo público es poner en peligro el primer fundamento de la democracia.
Reinventemos el pacto republicano, consolidemos la laicidad si no queremos que los dioses de cada uno invadan el espacio compartido. Si garantizamos ese pacto y si la laicidad se solidifica en los fundamentos de la ley, los Miró y Ardèvol de cada religión -imames tiene Dios en todas las fes- no asustarán, sino que divertirán: al fin y al cabo, entre ellos y la pitonisa Lola, con sus velas negras y sus pronósticos apocalípticos, no hay mucha diferencia...
(Artículo publicado en ''El País'', edición Cataluña, el 3 Noviembre 2001)
Ver la respuesta de Josep Miró a este artículo en “Es cierto, Dios es una lata”
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La tentación de titular a este artículo ''la lata de la Rahola'' ha existido, no ha sido muy fuerte, pero ahí estaba, bien viva, sobre todo por la facilidad del camino que señalaba. Pero hubiera sido un pésimo comienzo, una contribución al circo mediático basado en el grito que no se escucha. Y además no habría sido una buena aproximación a la realidad, porque no sería un trato justo. Pilar Rahola no es ninguna lata. Nadie lo es, incluso quienes hacen posible espectáculos tan degradantes como ''Moros y Cristianos''. En la medida que existe en nosotros la necesidad de proyectarnos a los demás, de hacernos oir, eso nunca puede ser una lata. Esta necesidad humana tiene un nombre. Se llama trascender y todo el cuerpo central del pensamiento contemporáneo que tiene a la persona como eje, de Mounier a Lavinas pasando por Marcel, se fundamenta en el reconocimiento de esa necesidad. Pero trascender significa ''ir más allá'', o literalmente ''ascender más allá'', y en el final de ese ascenso está Dios. Por tanto, lo que impele a Rahola, a mí, y a tantos otros a escribir, a hablarnos y, en consecuencia, a que nos escuchen -porque la soledad es peor que la muerte- es lo que conduce en último término a Dios. Él es el horizonte de sentido de nuestra necesidad de ser escuchados.
Por escribir en estos términos y otros parecidos, Pilar Rahola me descalifica como persona, me llama en sus páginas ''obtuso, usurpador, cruzado” entre otros detalles de respeto. La única razón de tanta agresividad y deformación de los hechos es simplemente que no pensamos igual y, según Rahola, esto ya me confiere el carácter de peligroso. Es una curiosa manera de defender la libertad individual por la que tanto clama. Su exabrupto es paradójico: nos acusan a los creyentes de ser intolerantes y contrarios a la libertad, cuando resulta que a la hora de la verdad son nuestros acusadores quienes pretenden negarnos el derecho fundamental a la libertad de conciencia y a la libre expresión de nuestras ideas. Nunca se me ha ocurrido argumentar que quienes no tienen religión o proclaman su ateismo entrañen un peligro, aunque el siglo XX, es decir, ahora mismo, es el periodo de mayores masacres realizadas en nombre de la laicidad ideológica y la supremacía del estado. Rahola, en su discurso, defiende la libertad restringida a ''los míos'', lo que la convierte en una simple parodia. Si tan republicana se considera podría comenzar por asumir a Voltaire, quien afirmaba que cada uno debe defender sus ideas aceptando que el otro puede tener razón. Quien descalifica a bulto, quien niega el derecho elemental de ''asomar la oreja en público y sobre todo permitir que intervenga en lo público'', como dice Rahola por el simple hecho de escribir sobre el Dios de los cristianos, demuestra que sus ganas de dañar son superiores a su capacidad de razonar. Esta forma de proceder se llama intolerancia y entraña un grave peligro para la sociedad convivencial, para la sociedad surgida del pacto constitucional.
Rahola todavía no ha entendido que la laicidad no es un estadio superior de la conciencia humana, sino simplemente una de las opciones posibles en un estado aconfesional como el nuestro, que confiere al hecho religioso reconocimiento y trato positivo. Por eso, y por respeto a la diferencia y al pluralismo, ha de aprender a convivir, sin agresiones verbales, ni descalificaciones a las personas que piensan distinto, a las gentes que concebimos el sentido del mundo y de la historia en términos religiosos.
Pilar Rahola parece descubrirme ahora. Es una actitud original después de tantos años. Soy el mismo a quien ella, en su día, pidió consejo para tomar una decisión importante: la de si abandonaba el entorno convergente y asumía el riesgo de presentarse a las elecciones por Esquerra Republicana. ¿Si entonces valoró mi criterio tanto como para reclamarlo, qué ha cambiado? Yo soy el mismo. ¿Entonces por qué ahora me descalifica? ¿Quizás porque hablo de Dios? Las razones que entonces le di, que ahuyentara todo temor a las consecuencias e hiciese lo que su conciencia le dictaba, son las mismas por las cuales yo escribo lo que escribo, y que ella debería respetar como ejercicio de mi libertad, en lugar de acudir al exabrupto, que además es inútil porque a mi no me daña y a ella la descalifica. Lo que irrita a Rahola -lo suficiente como para invertir 6.000 espacios- es que escriba sobre Dios. Es respecto a Él, más que respecto a mi, contra quien arremete, sin la menor posibilidad de triunfo, porque su propio exceso es el negativo de la pasión por Dios. ¿Acaso alguien llama a rebato ante un hecho inane? Tanto tiempo anunciando la muerte de Dios y resulta que despierta las mismas pasiones de siempre.
Rahola tiene razón cuando afirma que Dios es una lata. Lo es por lo que decía al inicio, porque constituye la llamada que nos empuja a salir de nosotros mismos, aunque no queramos. Es el ansia de infinito nunca satisfecha, hasta darnos de bruces con Él. Dios es una lata porque sólo es accesible desde la humildad y eso, necesariamente, irrita al orgulloso, al que va sobrado, como el rey -la reina en este caso- desnudo del cuento, que aún no ha reparado en sus limitaciones y fracasos que le recomiendan el acceso acelerado a la virtud de la humildad por un elemental sentido de prudencia. Dios es una lata porque en la relación con Él, esto es, el sentido religioso, es donde se forja la conciencia personal, el fundamento ético del estado y el horizonte de sentido de la democracia, como han explicado Masaryk y Havel. Y esto es así porque la cuestión religiosa en nuestro tiempo es el problema del sentido de la vida para cada uno de nosotros, al que nadie puede dar respuesta si no es uno mismo. Y en la construcción de la respuesta se forja la conciencia, libre de la intromisión del estado, de toda ideología. Por eso es una lata. A más concepción totalitaria, más lata es Dios y su forja de conciencias.