| AL SERVICIO DE UNA FE MAS VIVA
«Creo; ayuda a mi poca fe» (Mc 9, 24)
CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA
BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA
CUARESMA - PASCUA DE RESURRECCIÓN, 1997
IV
¿QUÉ ES CREER EN DIOS?
35. También hoy, como
en todos los tiempos, el ser humano es un problema para sí mismo.
Hay algo que le pide
justificarse a sí mismo y dar un sentido a su existencia. «¿Por que he nacido?, ¿de
dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿qué se quiere de mí?, ¿qué me espera?» La cultura
secular ha ido eliminando la respuesta religiosa a estas preguntas, pero no aporta un
saber capaz de darles respuesta adecuada. Cada hombre o mujer ha de buscar su respuesta
personal. Nosotros vamos a hablar de la respuesta del creyente. La fe no es una reacción
automática ante la vida; es una decisión personal que se despierta y madura en cada
individuo. No hay dos formas iguales de vivir ante el misterio de Dios. Cada creyente ha
de hacer su propio recorrido. No pretendemos ahora analizar el acto de fe ni exponer una
teología de la fe cristiana. Sólo queremos recordar algunos aspectos que nos ayuden a
todos a entender mejor el proceso que lleva a creer en Dios.
Dios no está lejos de
nadie
Lo primero que queremos
recordar es que la fe no se debe al esfuerzo generoso que realiza la persona. No es el
resultado de su trabajo de búsqueda. El ser humano anhela y busca. Pero «creer» es
regalo de Dios. Una manera de vivir, que nace y se alimenta de su gracia.
- Dios está ahí desde
el inicio
36. La persona sólo
inicia su movimiento hacia Dios porque, desde el primer momento, Dios está en el fondo de
su ser, atrayéndola hacia su propio Misterio. Es su presencia amorosa la que origina y
sostiene su itinerario hacia Dios. Buscamos a Dios «a tientas», pero él «no está
lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,
27-28). Sin su luz, tenuemente anunciada o presentida, aunque sólo sea bajo forma de
preguntas que brotan en el corazón humano, nadie buscaría su rostro. Sin su presencia,
percibido oscuramente en el fondo de la conciencia, nadie daría paso alguno hacia él.
Todo hombre o mujer, lo
sepa o no, está habitado por esta presencia de Dios. Aun el más indiferente, el más
mediocre, el más incrédulo, vive envuelto por la gracia de Dios que lo acoge y lo ama
sin fin. Ese Dios no fuerza ni coacciona. Sólo se ofrece, sin retirar nunca su amistad.
Ni siquiera el pecado destruye su presencia. Sólo impide que nos abramos a ella.
Sería una
equivocación pensar sólo en una acción secreta de Dios en lo más íntimo de nuestro
ser. En realidad, Dios se ofrece y nos busca permanentemente y de mil maneras a todos y
cada uno de nosotros, a través de personas, experiencias y acontecimientos que alientan
nuestra existencia, nos interpelan y nos atraen hacia él.
- La acogida del hombre
37. Por eso, el
esfuerzo de la persona que quiere creer no se dirige a «conseguir» algo, a «poseer» a
Dios, a «entender» por fin el misterio de la vida. Se orienta, más bien, a hacerse
disponible, a escuchar y acoger, a sintonizar con la llamada que se le hace, a dejarse
buscar por Dios. No se trata de conocer a Dios, sino, más bien, de reconocerlo: «Dios
estaba ahí, y yo no lo sabía» (Gn 28, 16).
Quien se orienta hacia
Dios vive una experiencia difícil de explicar, pero cada vez más inconfundible. Busca,
pero sobre todo es buscado. Llama, pero sobre todo es llamado. Da pasos, pero atraído y
conducido por Alguien. No es él la fuente de la búsqueda. Lo que mejor define su postura
es la acogida.
- La fe es don gratuito
38. La fe no es el
resultado de nuestras investigaciones. No nace en nosotros porque hemos sabido discurrir
de forma correcta o hemos hecho las debidas averiguaciones. La fe brota siempre como una
confianza cada vez más viva que Dios mismo va despertando al revelarse en nosotros. Por
eso, para creer, lo importante es ponerse ante Dios. Acoger su amor y su llamada. Como
dice san Ignacio, «no es el mucho saber» lo que importa, sino «el gustar y sentir las
cosas interiormente».9
La fe no es tampoco una
decisión que tomamos convencidos por el testimonio o la argumentación de otros
creyentes. No son ellos los que «despiertan» nuestra fe. Sólo pueden invitarnos a
escuchar al que está ya presente en nosotros. Lo decisivo es el encuentro con Dios, esos
momentos de sinceridad ante él, que pueden cambiar nuestra vida más que todos los
argumentos. Esa escucha de su invitación puede ser el camino más corto para despertar y
reavivar nuestra fe.
Hemos de decir, pues,
que la fe es un don gratuito. Pero hemos de entender bien esto. La fe no es una conquista,
una posesión, algo exigible a lo que tenemos derecho porque nos lo hemos merecido; la fe
nos viene dada, es regalo de Dios. Pero ello no significa que Dios la ofrece
arbitrariamente a unos mientras la niega a otros, como si hubiera personas que, aun
deseando creer, no pueden hacerlo porque Dios no lo quiere. Todo hombre ha sido creado por
Dios y lleva en su mismo ser una llamada a buscarlo y encontrarlo. Sin ese encuentro, no
se salva como hombre. Por eso, hemos de decir que Dios, siendo gratuito, es lo más
precioso y necesario para el ser humano, pues es su plenitud y salvación.
Adhesión confiada a
Dios A veces olvidamos que la fe no consiste primordialmente en creer algo, sino en
creerle a Alguien. Lo primero no es adherimos a un credo o afirmar un conjunto de
doctrinas, sino confiar radicalmente en Dios. Lo decisivo es siempre la adhesión confiada
al Dios vivo a quien los cristianos encontramos encarnado en Jesucristo.
- Religados a Dios
39. La misma palabra
«religión» nos puede ayudar a entender mejor lo que es la fe religiosa. La religión,
antes de ser una explicación del mundo, una teoría sobre Dios o un fenómeno social,
consiste en aceptar y vivir nuestra religación a Dios. En su última esencia, creer es
aceptar vivir desde esa realidad última que nos da el ser y a la que llamamos «Dios».
Ésta es la experiencia
básica del creyente: Yo no soy todo; no soy la medida de todas las cosas; no soy el
dueño de mi ser ni su origen. No puedo alcanzar con mis propias fuerzas lo que anhela mi
ser. Llevo en mí un misterio mayor que yo mismo. Pero confío. Acepto ser desde esa
Realidad que me hace ser. Reconozco mi finitud. No soy el centro. Mi origen y mi destino
están en ese Dios que me da el ser. El es el fundamento sobre el que descansa todo.
Por eso, el verdadero
pecado contra la fe consiste bien en desesperar y no confiar, o bien en querer
«desligarse» de esa Realidad que fundamenta nuestro ser; pretender «deshacerse» de ese
Misterio fundante que es Dios con el fin de hacer del propio yo el centro de todo.
- Confianza radical
40. La fe es, por
tanto, confianza radical. El creyente se ve movido a confiar en ese Misterio que no se
deja captar y que llamamos Dios. Siente su propia indigencia y finitud, pero, al mismo
tiempo, percibe la dignidad y la consistencia que puede encontrar en Dios. En esa
confianza absoluta descubre la forma lograda de ser y de vivir.
Hemos de entender bien
qué significa este «creer» en Dios, pues esta palabra puede encerrar diversos
significados. Cuando digo «creo que hay vida en otros astros», quiero decir que no sé
con certeza, pero que sospecho o intuyo que será así. Cuando digo a alguien «te creo»
estoy diciendo mucho más: «me fío de ti, creo en lo que me dices». Si digo a alguien
«yo creo en ti», estoy diciendo todavía algo más: «yo pongo mi confianza en ti, me
apoyo confiadamente en ti».
A veces se piensa que
«creer en Dios» es más o menos sentir y decir esto: «No sé si Dios existe y no lo
puedo comprobar con certeza, pero yo pienso que sí, que algo tiene que existir».
Entonces la fe sería una «forma débil» de conocer, inferior a otros conocimientos,
incapaz de competir con la ciencia, pues no puede probar «científicamente» lo que
afirma.
Sin embargo, cuando el
creyente dice a Dios desde el fondo de su ser: «Yo creo en ti», está diciendo: «No
estoy solo. Tú eres el fundamento de mi ser. Tú estás en mi origen y en mi destino
último. Tú me conoces y me amas. No me abandonarás nunca. En ti apoyo mi ser. Nada ni
nadie podrá separarme de tu amor y de tu gracia.» Esta fe es de un orden diferente al de
la ciencia. El creyente busca el encuentro personal con el Misterio que fundamenta su ser.
Y la ciencia es insuficiente para llevar a este encuentro. La ciencia me ayuda a conocer
cada vez mejor el funcionamiento de las cosas, pero me deja encerrado en mi propio
misterio, aislado de la Realidad última que me hace ser.
Por eso, la fe
religiosa aporta al creyente una plenitud de sentido que la ciencia no puede generar. En
el fondo último de la realidad está Dios dando sentido a todo. El mundo asume una forma
nueva y amistosa a los ojos del que cree. Dios está ahí dando cobijo y privando a la
existencia de su aparente sinsentido. El creyente se sabe acogido: «De ti, Señor, viene
la salvación» (Sal 3, 9).
- El encuentro con el
Dios vivo
41. La fe en Dios no se
queda en los sentimientos o las afirmaciones de cada persona. En cada tradición religiosa
-también en el cristianismo- la fe en Dios va cristalizando a lo largo de la historia en
fórmulas y proposiciones concretas. Pero siempre hemos de tener claro que la fe no
consiste en creer propiamente esas fórmulas acerca de Dios, sino en Dios mismo. Las
fórmulas de fe son «caminos» que nos permiten orientar nuestro ser hacia Dios. El
creyente no se queda encerrado en la afirmación de esas fórmulas, sino que se abre a ese
Dios al que ellas apuntan.
El riesgo de muchos
puede estar precisamente ahí, en quedar satisfechos con afirmar teóricamente un conjunto
doctrinal, entendido como un sector acotado de lo que hay que tener por verdadero, y no
abrirse a una relación personal con Dios. Se nos olvida que Dios es mayor que todos
nuestros conceptos, esquemas e imágenes y que las fórmulas más excelsas y sublimes son
insuficientes para captar su Misterio. Sólo sirven para mostramos la orientación que
hemos de seguir para superar nuestras falsas ideas acerca de Dios y para abandonarnos
confiadamente a él.
Con todo el corazón
La fe es siempre una
experiencia personal. No basta con seguir rutinariamente la tradición religiosa en la que
se ha nacido. Implica una novedad en la historia de cada individuo. Esta decisión
personal no puede ser reemplazada por nada ni por nadie. Podemos conocer una determinada
tradición religiosa y escuchar a otros creyentes. Pero, al final, siempre hemos de
preguntarnos: «¿En quién creo yo? ¿Creo en Dios, o creo en aquellos que me hablan
acerca de él?»
- Adhesión de toda la
persona
42. La fe sucede en lo
más íntimo de cada persona. En su nivel más profundo. Allí donde se juega su ser o no
ser. Donde hay una decisión radical ante el origen y el fundamento de su ser. Por eso, la
fe compromete a la persona en su totalidad y es el acto personal más intenso. La fe
proyecta todo el ser de la persona hacia el misterio de Dios. No se cree sólo con el
sentimiento, con la voluntad, con la razón o la intuición. La fe consiste en la entrega
incondicional y confiada de toda la persona a Dios.
Por eso, la Biblia dice
que la fe tiene que ver con el «corazón»: «Buscarás al Señor, tu Dios, y lo
encontrarás si lo buscas de todo corazón» (/Dt/04/29). El corazón es el centro de la
persona. Ese punto donde todo su ser queda como unificado y anudado. Desde el corazón
decide la persona la orientación que quiere imprimir a su vida. Desde el corazón se
sitúa ante lo bueno y lo malo, ante lo verdadero y lo falso, ante la vida y la muerte. Es
el corazón del ser humano el que cree en Dios o lo rechaza 10.
- Trayectoria del
creyente
43. El que busca a Dios
«con todo el corazón», lo hace con todas sus facultades y su capacidad: la voluntad, la
mente, la capacidad de amar, la sensibilidad. No es posible describir aquí el proceso que
puede seguir el creyente. Sólo recordamos algunos aspectos.
En el trasfondo del
acto de creer se producen experiencias como éstas: la persona presta atención a lo mejor
de sí misma; no contenta con explicar el funcionamiento de las cosas, se hace las
preguntas más radicales: «¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿qué me espera?»
Consciente de su indigencia y finitud, se siente remitida más allá de sí misma.
El proceso de creer
requiere, por otra parte, una atención y un cuidado mayor que el que se necesita para
otras decisiones, pues el ser humano se siente concernido como en ninguna otra
experiencia. No es una decisión más, sino la decisión que orienta a la persona ante su
realidad última.
En la trayectoria de la
fe se pueden vivir experiencias muy variadas: alegría o sufrimiento; entusiasmo o
serenidad; seguridad absoluta o duda turbadora; sentimiento de plenitud o de indignidad;
agradecimiento o invocación; temor o fascinación. En medio de todo está la presencia
inconfundible de Dios y su invitación que reclama respuesta y consentimiento.
- Diversas formas de
creer
44. La estructura y el
temperamento de cada persona condicionan mucho su forma de creer. Por eso, cada creyente
ha de hacer su propio recorrido.
Hay personas que no
necesitan reflexionar mucho, ni detenerse en largos análisis para captar lo esencial de
la fe; pronto intuyen que lo importante es confiar en Dios. Otros, sin embargo, necesitan
razonarlo todo, analizarlo, comprobar la razonabilidad del acto de creer; sólo entonces
se abren al Misterio de Dios.
Hay personas que
reaccionan con prontitud ante un mensaje esperanzador; escuchan el Evangelio de Jesucristo
y pronto se sienten movidas a una respuesta confiada. Otros, por el contrario, necesitan
madurar más lentamente sus decisiones; escuchan el mensaje cristiano, pero han de ahondar
en su contenido y sus exigencias antes de asumirlo como principio inspirador de sus vidas.
Hay algunos con gran
capacidad de «vida interior»; no les resulta difícil hacer silencio, escuchar a Dios en
el fondo de su ser y abrirse a la acción del Espíritu. Pero muchos son de temperamento
activo; éstos descubren más fácilmente a Dios como llamada al compromiso práctico, al
amor concreto al hermano, al esfuerzo por un mundo más humano,
Certeza y oscuridad de
la fe
Sin que se pierda la
certeza como trasfondo, la fe puede verse sacudida por la oscuridad y la duda. Son las
horas de crisis en que ese Dios, tan cercano y presente, se ausenta y queda oculto. La
duda penetra en el corazón del creyente: «¿Serás tú para mí como un espejismo, aguas
no verdaderas?» (Jr 15. 18).
- La experiencia de la
duda
45. La fe no es
producto de la razón humana, pero tampoco es un salto en el vacío. Es una actitud
plausible que no se opone a la razón, sino que responde de forma razonable y coherente a
cuestiones, interrogantes y anhelos reales que lleva dentro de sí el ser humano. Por eso,
la fe viene acompañada, de forma habitual, por una experiencia de seguridad y certeza.
Esta certeza del
creyente adquiere su consistencia sólo en el interior de la fe. No es una
«reconstrucción racional» hecha desde fuera, que pueda ser presentada como prueba de la
fe a otro interlocutor que no conoce esa experiencia cristiana. La certeza del creyente
proviene de un conjunto de experiencias reflexionadas e interpretadas desde la fe. El
creyente puede comprobar en sí mismo sus efectos: se siente acogido en medio de la
soledad; experimenta el perdón que lo libera del peso de la culpa; se ve fortalecido en
su debilidad y estimulado para vivir desde el amor y el servicio; puede situarlo todo en
su verdadera perspectiva; es capaz de afrontar con esperanza el sufrimiento y la muerte.
Pero la fe no está
hecha sólo de certezas. La adhesión del creyente es firme y real; su experiencia
religiosa es fuente de luz y claridad. Pero también él padece la oscuridad de la fe,
pues Dios, Misterio trascendente, siempre desborda y supera nuestra capacidad finita. Por
ello, puede siempre surgir la duda como experiencia dolorosa en el seno mismo de la
adhesión de fe: «Y si no fuera verdad ... » Esta duda es como «el reverso de la fe»,
su otra cara, ya que la fe nunca es evidente.
La fe implica, pues,
certeza y oscuridad. El creyente mantiene en su corazón la confianza, la convicción
segura, el amor. Sigue invocando y agradeciendo. Permanece fiel. Pero su fidelidad
consiste precisamente en superar constantemente la oscuridad y la duda: «Mi alma te
ansía de noche» (Is 26, 9).
- Lejanía de un Dios
cercano
46. Además, la
cercanía de Dios es experimentada bajo forma de lejanía. Por una parte, la fe exige
entrega total, pero esta entrega nunca se realiza de forma perfecta durante esta vida
fragmentada y dispersa. El ser humano se experimenta a sí mismo tejido de tensiones y
contradicciones; nuestro anhelo es mayor que nuestro ser. Pero, sobre todo, Dios es mayor
que todos nuestros anhelos. Al ser humano, finito y limitado, se le escapa el Misterio
insondable e infinito de Dios. El Misterio se hace presentir pero no se deja poseer. Por
eso, el creyente vive la experiencia de un Dios cercano e íntimo, pero que constantemente
se sustrae. Dios se nos entrega, pero sigue siendo un «Dios escondido» (Is 45, 15). No
podemos disponer de él. Por eso, el creyente vive su fe desde la invocación: «¿Hasta
cuándo me ocultarás tu rostro?» (Sal 13, 2).
- Siempre es posible
creer,
47. Por muy grandes que
sean las dificultades y la oscuridad, el creyente termina por decir: «Yo creo.» Pero no
siempre ocurre así. Hay personas que, en un momento determinado, sienten la lucha
interior y honradamente se preguntan: «¿Yo creo de verdad.?» Es cierto que la fe da un
sentido último a todo, pero la vida sigue apareciendo muchas veces absurda y sin sentido.
La persona acude a Dios, pero Dios permanece callado. No está cuando más lo necesitamos.
¿No será todo un sueño'? Es el momento de la crisis y de la tentación. O se deja todo
o la persona se abandona confiadamente al silencio de Dios, ¿Qué hacer?
No hemos de olvidar que
la fe es un proceso. Un camino hacia Dios, que tiene su propia historia a lo largo de la
vida de la persona. Puede suceder que, en un momento determinado, el creyente no pueda
honradamente asumir todo lo que la fe significa. Son muchas las preguntas sin respuesta;
demasiada la oscuridad y el silencio. El creyente no ha de inquietarse entonces por su
perplejidad; desde su inseguridad, habrá de seguir abierto al Misterio de Dios con las
últimas fuerzas de su espíritu.
Esta crisis es siempre
dolorosa pero pertenece a la vida misma de la fe y puede contribuir a su purificación y
crecimiento. La crisis nos revela que no somos capaces de «poseer» la verdad última de
Dios. Aquí no sirven las certezas que manejamos en otros órdenes de la vida. Ante el
misterio último de la existencia hay que caminar con humildad y sinceridad: «¿Por qué
te quedas lejos, Señor, y te escondes en el momento de la angustia?» (Sal 10, l).
La crisis, por otra
parte, pone a prueba nuestra libertad. Ante Dios nadie me puede sustituir. Soy yo quien
tengo que decidir libremente y pronunciar un «sí» o un «no». Soy yo quien he de
orientar mi vida hacia Dios y su verdad. Hay algo que os queremos recordar a quienes
vivís en vuestra propia carne esta crisis de fe: quien, a pesar de la oscuridad y la
duda, quiere creer, ante Dios es ya creyente. Dios conoce el corazón humano: el deseo de
creer es una forma humilde pero auténtica de vivir en verdad ante Dios. La soberbia, por
el contrario, impide al ser humano abrirse confiadamente a Dios.
Fe y conversión
No hay fe sin
conversión radical. No se nace cristiano. Uno se va haciendo cristiano. La fe consiste
precisamente en «estrenar un corazón nuevo y un espíritu nuevo» (Ez 18, 3 l).
- La conversión
fundamental
48. «Conversión»
quiere decir, antes que nada, «giro del corazón». Pasar de la autoafirmación al
abandono confiado a Dios. Dejar de ser el centro de uno mismo para vivir desde Dios.
Entender y vivir la existencia, no en referencia a uno mismo ni al mundo, sino en
referencia al Misterio de Dios. Por eso, hay una manera radicalmente falsa de vivir la
religión y consiste en que la persona siga siendo el centro de sí misma y sólo acuda a
Dios para sus propios intereses.
Esta conversión
exigida por la fe es una especie de «nuevo nacimiento» (/Jn/03/35). Una actitud nueva
ante el mundo, diferente de la de aquel que no cree. Una manera nueva de mirar, de pensar
y de juzgar la realidad: Dios no es la explicación concreta de los fenómenos que se dan
en el mundo, pero sí el que les da su sentido último más auténtico y trascendente. Un
modo nuevo de ser y de vivir: Dios es el horizonte y la medida de la criatura; desde él
quedamos confrontados a la verdad y al bien; desde él somos invitados al amor.
En esta conversión no
hemos de ver sólo «exigencia ética». Convertirse a Dios es, antes que nada, curarse de
la falsa autosuficiencia y de la inautenticidad. Ponerse ante Dios ayuda al ser humano a
conocerse a sí mismo, a descubrir su pequeñez pero también su grandeza, a enraizar su
vida en la verdad y a esperar con confianza su último destino.
- Exigencias de la fe
49. Esta conversión a
Dios tiene lugar dentro de la vida de cada persona y, por tanto, cuando se da, modifica
esa vida dándole más autenticidad. Cuando la persona se abre a Dios se hace más humana.
Sin esta conversión ética la fe puede ser pura ilusión. No se puede vivir ante Dios sin
sentirse responsable ante el hermano. El criterio decisivo de la fe cristiana en un Dios
Creador y Padre es el amor al hermano y la apertura a su necesidad: «Quien no ama no ha
conocido a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4, 8).
Por otra parte, la fe
cambia el talante ético de la persona. Lo que el creyente busca no es atenerse a unos
principios éticos, sino responder a la invitación de Dios. Su conversión no consiste en
un remordimiento cerrado y estéril, sino en retomar al Padre y acoger su perdón
regenerador. Su compromiso no es esfuerzo solitario, sino obediencia a Dios, acompañada y
sostenida por su gracia.
La fe en Dios, por otra
parte, para que no se atrofie, exige formas religiosas concretas para reconocer su
presencia, invocar su nombre, alabar su grandeza y adorar su misterio. No es el momento de
describir «la práctica religiosa». Sólo diremos que ésta siempre exige una cierta
«ruptura de nivel» o distanciamiento de otras actividades en las que el ser humano busca
utilidad, posesión, provecho o rendimiento. En la religión se busca encuentro con Dios.
Por eso, el «corazón de la religión» es la oración. Y, junto a ella, la celebración.
Por último, no hemos
de olvidar que la fe implica siempre un contenido. No es posible creer en Dios sin creer
en lo que Dios nos revela. Por eso, el creyente va configurando su adhesión a Dios, su
concepción del hombre y de la historia, y su visión del mundo a la luz de la revelación
de Dios en Jesucristo.
V
¿CÓMO REAVIVAR LA FE
EN DIOS?
50. También hoy Dios
habita el corazón del ser humano. De forma callada pero real, él está en cada uno de
nosotros. Sin embargo, son tantos los prejuicios y obstáculos de orden cultural,
religioso y personal, que a muchos se les hace difícil creer en él. ¿Es posible
reavivar la fe y recomponer la experiencia cristiana de Dios en circunstancias al parecer
tan desfavorables? El clima social y el estilo generalizado de vida condicionan tanto que,
aunque bastantes sienten vacío, sinsentido y un malestar grande de fondo, esa experiencia
no se convierte en llamada para iniciar la búsqueda de Dios. En algunos, incluso, Dios
sigue suscitando tanto resentimiento y malos recuerdos que, cuando se plantean «algo
nuevo» en su vida, su insatisfacción los lleva más a huir de Dios que a buscarlo; mejor
olvidar ya la religión y buscar más bienestar en otra parte. Ésta es la pregunta que
nos hacemos: ¿cuáles son los caminos que nos pueden llevar hoy hacia Dios? La actual
crisis religiosa que parece ocultar a Dios, ¿no puede convertirse en llamada para buscar
su rostro? ¿Dónde y cómo encontrar hoy signos e indicios de su presencia entre
nosotros?, ¿cómo creer en él?
El presentimiento de
Dios
51. El primer camino
para encontrar a Dios somos nosotros mismos y nuestra experiencia de la vida. El hombre no
es sólo un problema a descifrar científicamente. Es un misterio al que buscamos una
respuesta. Siempre en busca de seguridad, y siempre desamparado. Nacido para vivir, y
abocado a la muerte. Capaz de las mayores grandezas, y también de las mayores miserias y
mediocridad. Buscando la verdad, y errando constantemente. Anhelando libertad, y con miedo
para disponer de ella. Capaz de dominar el mundo, y sin acertar a ser dueño de sí mismo.
Hecho para amar, y empequeñecido por el egoísmo. ¿No estamos los hombres, aun sin
saberlo, buscando a Dios y anhelando su salvación? ¿No es él el único que puede
responder a nuestros interrogantes y anhelos más profundos? ¿El único capaz de iluminar
nuestra verdad última?
El hombre es también
tarea. Un ser en busca de liberación, que no logra orientar su historia hacia aquello que
lo puede hacer más humano. Al hombre contemporáneo le resulta cautivador atribuirse a
sí mismo el protagonismo total y exclusivo de construir la historia y alcanzar su
salvación. Pero ¿no es esto atribuirle un poder excesivo, que desborda sus posibilidades
y puede llevarlo a una mayor alienación? ¿Puede el ser humano alcanzar con solas sus
fuerzas la libertad que busca? ¿No ha de abrirse más bien a una Libertad más plena que
puede acoger como don? El hombre está clamando por un destino absoluto. Desde el fondo de
su ser anhela una plenitud total que siempre queda malograda en su existencia concreta.
¿No está pidiendo toda la historia humana desembocar en una Plenitud infinita? ¿Hemos
de aceptar como lo más humano y normal una existencia que no sea sino fluir desde la nada
hacia la nada? ¿No será más bien nuestra existencia un fluir desde Dios hacia Dios? Lo
decíamos ya en otra ocasión. «Suprimiendo a Dios ¿no queda el hombre reducido a una
pregunta sin respuesta, un proyecto imposible, un esbozo inacabado que se desvanece en la
nada? Al final de todos los caminos, en el fondo de todos nuestros anhelos, en el interior
de nuestros interrogantes más hondos, ¿no está Dios como único posible Salvador del
hombre?11
52. También nuestra
experiencia de la realidad que nos rodea es camino hacia Dios. En la actualidad, los seres
humanos vivimos dentro de un mundo hecho en gran parte por nosotros mismos. Por eso mismo
nos cuesta trabajo sentir nuestro arraigo en Dios. Pero si nos asomamos a la gran
naturaleza, a la vida universal, al origen de la creación, del orden, de la belleza, del
deseo infinito de la vida y felicidad que nos anima, percibimos que en el origen de todo
hay un misterio de Ser, de Vida, de Belleza y de Amor que es el origen de todo, que
sostiene todo lo que existe y cuya comunicación es la única fuente de vida que tenemos
delante de nosotros. Este descubrimiento inicial de Dios está al alcance de todos y, de
una manera confusa, lo llevamos todos en el origen de nuestra vida intelectual y moral.
Jesucristo, camino que
lleva al Padre
Para los cristianos, el
camino decisivo que lleva a Dios es Jesucristo. En él se nos revela ese Dios presentido
en la conciencia del ser humano. Estamos convencidos de que para muchos que viven hoy su
fe de forma débil y vacilante, o han abandonado la práctica religiosa, conocer mejor a
Jesús, escuchar sin prejuicios su mensaje, dejarse ganar por su espíritu, sintonizar con
su estilo de vida, puede ser el camino más seguro para encontrarse con Dios. Nadie se
acerca al Padre, sino por él (Jn 14, 6).
-
Jesucristo,«camino,verdad y vida»
53. En Jesucristo
encontramos ante todo un acontecimiento capaz de interpelar de raíz nuestra existencia:
el Hijo amado de Dios compartiendo nuestra condición humana hasta la muerte. «En esto se
ha manifestado el amor que Dios nos tiene: en que Dios ha enviado al mundo a su Hijo
único para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4, 9). Por eso, en Jesucristo encontramos
nosotros el camino para acercamos al Misterio de Dios. «A Dios nadie lo ha visto nunca;
el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1, 18). La persona
de Jesús, sus gestos, su actuación, su mensaje, su vivir, su morir y resucitar, nos
sitúan ante la presencia misteriosa del Dios vivo, encarnado y manifestado en él,
«Quien ve a Jesús ve al Padre» (Jn 14, 9).
Jesús nos enseña
cómo se puede vivir en toda su hondura esta existencia frágil y caduca desde Dios y para
Dios, como hijos de un Padre que sólo busca nuestra dicha y nuestra salvación. En él se
nos ofrece la verdad de Dios, se nos comunica su vida y se nos revela el camino que lleva
hasta él. Para acoger plenamente a Dios es necesario seguir a Jesús, vivir su
experiencia, practicar su vida, dejarnos animar por su Espíritu. Sólo quien vive como
Jesús acoge al Dios de la vida. Sólo quien ama como él, se abre al Dios del amor. Sólo
quien vive la fraternidad y se acerca a los abandonados, obedece al «Padre de los
pobres».
Quienes hoy se
distancian de la Iglesia porque se encuentran incómodos dentro de ella o porque discrepan
de sus actuaciones o directrices concretas, quienes han abandonado la práctica religiosa
porque ha perdido para ellos todo interés vital, no deberían, por ello, abandonar a
Jesucristo. Cuando se pierden otros puntos de referencia, puede ser decisivo no perder
contacto con él. Dichoso el que no se sienta defraudado por él (Mt 11, 6).
- El rostro verdadero
de Dios
54. La imagen de Dios
llega hasta cada uno de nosotros configurada por una determinada tradición, educación y
ambiente religioso, a veces con destellos luminosos, otras con ambigüedades peligrosas.
¿Cómo liberar esa imagen de Dios de falsas adherencias? ¿Cómo dar un contenido más
verdadero a ese nombre de «Dios» que hemos escuchado desde niños? ¿Cómo llenarlo de
vida, cuando lo hemos vaciado con nuestra fe superficial y nuestra mediocridad?
Lo primero es dejarle a
Dios ser Dios. No empequeñecerlo con nuestras ideas y cálculos. Dejar que sea más
grande y más humano que lo más grande y humano que hay en nosotros. No representámoslo
a partir de nuestra mediocridad y resentimientos. Buscar su verdadero rostro siguiendo a
Jesús. Muchos hombres y mujeres, cuya visión religiosa está impregnada de sospecha y
desconfianza y para quienes Dios es un ser amenazador y oscuro, y la religión un mundo
complicado y triste, descubrirían en Jesucristo y en su Evangelio la Buena Noticia de un
Dios Padre, Amigo y Salvador del hombre. Hace unos años os escribíamos una Carta
Pastoral titulada: «Creer hoy en el Dios de Jesucristo». En ella os hablábamos del Dios
que se nos revela en Jesucristo: un Dios que sólo busca la salvación del ser humano; un
Dios amigo de la vida; cercano a las necesidades más hondas del hombre; respetuoso de la
libertad humana; un Dios Padre de todos los hombres y de todos los pueblos; un Dios de los
pobres y abandonados; un Dios que quiere introducir en la historia su reinado de justicia,
fraternidad y paz; un Dios crucificado por nuestra salvación; un Dios resucitador; un
Dios misterio insondable de amor trinitario, en quien podemos poner nuestra última
esperanzas 12.
- Llamados a creer
55. Jesucristo es una
llamada a la conversión. Todo su mensaje puede resumirse en estas palabras: «El tiempo
se ha cumplido. El Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc
1, 15). Algo nuevo se ha puesto en marcha. Dios está cerca. Su reinado de justicia, de
libertad, de amor y fraternidad comienza a abrirse camino entre los hombres. Lo que se nos
pide es creer esta Buena Noticia. Reaccionar. Acoger a Dios. Creer desde el fondo de
nuestro ser que todos somos hijos de un Padre y que nuestra felicidad y último destino es
vivir como hermanos.
Es mucho más que
arrepentirnos de algún pecado concreto y corregirlo. Se nos invita a pasar de la
increencia a la fe, de la indiferencia a la decisión, de la soledad a la amistad con
Dios, del individualismo egoísta al amor fraterno, de la desesperanza a la confianza en
Dios nuestro Salvador.
Esta conversión no es
algo forzado. Es la transformación que se va dando en nosotros en la medida en que
aceptamos a Dios como alguien que quiere hacer nuestra vida más humana y feliz. En esta
conversión, lo primero no es intentar, ante todo, «ser mejor», sino abrirse a ese Dios
que nos quiere a todos mejores y más humanos. Por eso, la conversión a Dios no es algo
triste que coarta y estrecha nuestra vida. No es «dejar de vivir», sino comenzar a
intuir todo lo que significa vivir más humanamente. Descubrir cómo y hacia dónde vivir;
tenemos un Padre en quien confiar. Ciertamente podemos desechar esta llamada. Pero
habremos equivocado el sentido último de nuestro ser.
Actitud de búsqueda
56. Dios siempre nos
está buscando. Busca al que está lejos y al que está junto a él. Pero sólo se deja
encontrar por quien, sostenido por su gracia, lo busca de todo corazón. Sólo «habita»
allí donde se le deja entrar. De ahí la promesa de Jesús: «Buscad y hallaréis; llamad
y se os abrirá. Porque... el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá»
(/Mt/07/07-08).
Para muchos Dios está
hoy como tapado. Encubierto por toda clase de prejuicios, dudas e incertidumbres. Para
encontrarse con él no bastan los discursos prefabricados de siempre; a muchos apenas les
dice ya algo el lenguaje eclesiástico. Por otra parte, la propia vida, mediocre y
superficial, puede ser el mayor obstáculo. Lo primero es adoptar una postura de
búsqueda. Dios dirige y sostiene esa búsqueda. Él es «lámpara para tus pasos y luz en
tu sendero» (Sal 119, 105). Más aún. Aunque desoigas todas sus llamadas y tu fe se siga
apagando, Dios no te abandonará.
- Búsqueda personal
57. Para caminar hacia
Dios es necesaria la experiencia personal. De lo contrario, la persona siempre habla «de
oídas», oye sin comprender, y termina dudando de todo. No sirven las discusiones
teóricas ni los argumentos de otros. Cada uno ha de hacer su propio recorrido y vivir su
propia experiencia.
No basta criticar lo
que uno descubre de falso e incoherente en la forma concreta de vivir la religión. No es
suficiente destruir imágenes falsas e infantiles de Dios. Es necesario buscar
personalmente su verdadero rostro, abrirnos confiadamente a su presencia. Sólo entonces
comienza a intuirse el camino: nos veíamos en un laberinto oscuro y complicado, y el
Misterio de Dios es puro y simple; lo imaginábamos habitando un mundo extraño y lejano,
y es un Dios cercano; queríamos comprobar su existencia con argumentos, y no sabíamos
saborear su amistad. Cuando durante años se ha vivido la fe como un deber o como un
estorbo para disfrutar, sólo esta experiencia personal nos puede desbloquear: poder
comprobar, aunque sólo sea de forma germinal y humilde, que la fe hace bien, que es bueno
creer, que Dios puede realmente ser para mí el mejor estímulo y la fuerza más vigorosa
para vivir de manera acertada y esperanzada. El ser humano termina siempre creyendo en
aquello que le hace vivir en plenitud.
- Deseo de Dios
58. Quien busca
sinceramente a Dios se ve envuelto, más de una vez, por la oscuridad, la duda o la
inseguridad. Pero si sigue buscando es porque hay en él un deseo de Dios y un deseo de
creer que no quedan destruidos por la duda, el cansancio o el propio pecado. Por eso, el
gran obstáculo para la búsqueda de Dios es la indiferencia, el cerrar los oídos a toda
llamada que nos invita a buscar la verdad última de nuestra vida. el temor a la búsqueda
sincera y noble.
Hay búsqueda de Dios
donde hay deseo. Ese deseo de Dios puede transformar cada duda, cada oscuridad o cada
interrogante en punto de partida para una búsqueda más profunda, en estímulo para
abrirse con más fe al Misterio. Lo más auténtico que puede hacer el ser humano ante
Dios es buscar. No cerrar ninguna puerta, no desechar ninguna llamada. Seguir buscando,
tal vez con el último resto de sus fuerzas y de su fe; tal vez desde la mediocridad o el
desaliento. Con frecuencia lo único que el hombre puede ofrecer a Dios es su deseo.
Nuestra fe crece no
cuando hablamos de Dios o discutimos «sobre religión», sino cuando crece nuestro deseo
de abrimos a él. Este deseo de Dios se hace siempre oración: «Señor, que vea» (Mc 10,
51). Dios no se esconde de quien lo busca así. Dios está en el interior mismo de esa
búsqueda.
- Desde la debilidad y
la duda
59. Si somos sinceros,
todos hemos de confesar que casi siempre hay una distancia grande entre el creyente que
profesamos ser y el creyente que somos en realidad. Nuestra fe está muchas veces
contagiada de rutina e indiferencia o debilitada por la duda y la vacilación. No hemos de
desesperar. Podemos seguir buscando a Dios aunque sea «a tientas» (Hch 17, 27). Dios es
más grande que nuestra debilidad o nuestra duda. No hay que esperar a que nuestras dudas
queden resueltas, o a que nuestra debilidad quede fortalecida, para vivir en verdad ante
Dios. Hemos de aceptar humildemente «la compañía» de la oscuridad, y la debilidad de
nuestro corazón. Aunque el deseo de creer no pueda traducirse inmediatamente en realidad,
Dios conoce el «corazón sincero» y sigue actuando. Recordemos las palabras de Jesús:
«Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37).
Atención a lo interior
Para encontrarse con
Dios es necesario descender al fondo de uno mismo y saber exponerse al misterio que se
encierra dentro de nosotros. Quien no encuentra a Dios en su interior, no lo encontrará
en lugar alguno. Si, por el contrario, percibe ahí su presencia, lo podrá presentir en
medio de la vida. Configurados por una cultura que nos arrastra siempre hacia lo exterior,
hemos de desarrollar más nuestra «capacidad de interioridad», es decir, la capacidad de
interpretar y vivir la propia vida desde dentro.
- El encuentro con uno
mismo
60. Vivir «desde
dentro» no significa vivir replegado sobre uno mismo y cerrado a la vida, sino hallar el
«espacio» donde la persona puede encontrarse con Dios y desde donde puede comenzar a
vivir su existencia entera con un sentido, una fundamentación y un horizonte último.
Para ello es necesario aprender a detenerse, hacer silencio y crear ese clima de
recogimiento personal indispensable para reconstruir nuestro interior. Lo primero es
encontrarnos con nosotros mismos. Quien no se encuentra consigo mismo y con su propio
misterio difícilmente se encontrará con Dios. Este encuentro con uno mismo sólo es
posible cuando la persona se atreve a poner en orden su confusión interior, haciéndose
las preguntas fundamentales de todo ser humano: «¿Qué busco yo en la vida?, ¿por qué
me afano?, ¿qué me espera?, ¿dónde pongo yo mi felicidad última?» Estas preguntas se
nos pueden hacer insoportables. Es fácil experimentar sensación de vacío, mediocridad,
fracaso o desesperanza. Pueden, además, aparecer ante nosotros actuaciones que están
arruinando nuestra vida. No es esto lo que hubiéramos querido. En el fondo, deseamos algo
mejor, más consistente, más gozoso. ¿Qué hacer? Nos da miedo ir hasta el final y tomar
más en serio nuestra existencia.
No hemos de olvidar que
también ahora Dios está junto a nosotros en ese silencio. Por eso, incluso cuando, al
bajar a su interioridad, la persona sólo encuentra soledad profunda y vacío, «algo
sucede» en ella. Experimentar la propia fragilidad, la incapacidad de conocer y dominar
nuestro destino, o el misterio que por todas partes penetra nuestra existencia, puede
abrirnos más a la trascendencia, aunque de momento no sepamos darle un nombre concreto.
- Acoger el misterio
personal de Dios
61. El hombre
contemporáneo está olvidando el misterio. Occidente ha desarrollado de manera
extraordinaria la razón técnica, pero está perdiendo sabiduría para captar el
misterio. Sin embargo, el misterio nos acompaña. En la vida no sólo hay «enigmas» y
«problemas». La vida nos remite a un misterio último. El hombre puede conocer y dominar
científicamente la realidad. Pero no puede conocer y dominar ni su origen ni su destino
último. No se reduce todo a razón. Lo más razonable sería movemos humildemente en el
horizonte de ese misterio último.
Ante el misterio
último de la realidad son posibles diversas posturas. El misterio puede llevar al
ateísmo. Dios no es evidente. Al no poder comprobar su existencia como se comprueban
otros fenómenos de nuestro mundo, la persona puede concluir que no hay Dios. Estamos
solos. La realidad termina donde termina nuestra capacidad de entender y verificar. No hay
más.
El misterio puede
llevar, por el contrario, a una postura religiosa de abandono, pero sin apertura a un Dios
personal. Es la experiencia de las religiones orientales. El individuo se sumerge en el
misterio buscando la profundidad de su ser, pero no invoca a un Dios personal.
Sencillamente se abandona al misterio. No es Dios el que salva. Es el individuo el que se
redime a sí mismo abandonándose a lo insondable del ser. Pero el misterio puede también
despertar en el corazón humano la invocación a un Dios personal. Es la postura
cristiana. Diferentes religiones dicen: «El misterio del mundo se llama Dios». Jesús
concreta: «El misterio de Dios es Amor». Lo profundo de la realidad no es «algo», es
amor de un Dios Padre. Por eso, el cristiano no sólo se abandona al misterio. Se confía
a un Padre. Se sabe acogido y amado por un Dios para quien no sabemos encontrar un nombre
mejor: «Padre». En el misterio último de la realidad el cristiano vislumbra el amor de
un Padre y a él invoca: «En ti, mi Dios, confío, no quede yo defraudado» (Sal 24, 2).
Caminar en la verdad
En el fondo, todos
intuimos que lo más acertado ante el misterio de Dios es vivir en la verdad. Por eso,
también hoy lo decisivo en medio de la crisis religiosa es «ser de la verdad» (Jn 18,
37) y «hacer la verdad» (Jn 3, 21).
- Sinceros con Dios
62. La verdad de Dios
no está en una fórmula o en un dogma. No se encuentra en los libros ni en los credos. En
realidad, no se trata de esforzarnos por «poseer» la verdad de Dios, sino de dejar que
su verdad se adueñe de nosotros y nos vaya transformando. Esto sólo es posible cuando
nos acercamos a Dios con corazón limpio. Para ello, hemos de cultivar una sana sospecha
ante nuestros autoengaños y justificaciones. No es bueno vivir de falsas consignas:
«Todo da igual», «lo importante es sentirse bien», «no se puede saber nada». Hemos
de reconocer nuestras incoherencias y contradicciones, y, sobre todo, hemos de ponemos
ante Dios. Él y yo a solas, allí donde ningún otro puede penetrar. Dejando a un lado
toda máscara. ¿Cómo íbamos a ir disfrazados a su encuentro? Así dice san Agustín:
«Puedes mentir a Dios, pero no puedes engañarle. Por tanto, cuando tratas de mentirle,
te engañas a ti mismo.»
En el núcleo de toda
fe auténtica hay siempre «verdad humilde». No se puede experimentar la cercanía de
Dios si no es con humildad. Una bella oración litúrgico de la Iglesia expresa bien este
sentimiento: «Señor, ten misericordia de nosotros, que no podemos vivir sin ti, ni vivir
contigo». Esta es la verdad. No podemos vivir sin Dios y no acertamos a vivir con él.
- Reconocer el pecado
63. No es fácil salir
de la mentira cuando se llevan años viviendo una relación superficial con uno mismo y
con Dios. Pero Dios nos sigue buscando, tal vez bajo forma de «insatisfacción». Algo
nos impide descansar satisfechos. Más aún. Siempre hay momentos de gracia en que una luz
interior nos ilumina con claridad ineludible y nos revela que en nuestra vida falta
bondad, belleza, amor. Esta conciencia de pecado es saludable. Nos significa. Por otra
parte, no todo es ruín en nosotros. Siempre hay rendijas abiertas a lo bueno, a lo bello,
a lo humano. Por esas rendijas se nos acerca Dios.
Lo que detiene a más
de uno ante él es la conciencia de pecado. ¿Cómo acercarse a Dios conociendo la propia
mediocridad y miseria? A veces imaginamos a Dios tan pequeño como somos nosotros. Alguien
que sólo ama a quienes lo aman, que permanece indiferente ante quienes viven en la
indiferencia, que abandona a quienes lo abandonan. Es un error. Dios sigue siendo amor
insondable e infinito. Sólo amor. En el interior mismo de nuestro pecado, Dios nos sigue
buscando, llamando, amando. Así se revela en Jesús: «Yo no he venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores» (Mc 2,17). Esto no significa que el pecado sea algo banal y
sin consecuencias en nuestra vida. Dios no se aleja. Su amor perdonador está siempre
ahí. Pero nuestro pecado nos encierra en nosotros y nos impide abrirnos a su gracia. El
encuentro con Dios se da en el arrepentimiento sincero y humilde: «Oh Dios, ten
compasión de mí, que soy pecador» (/Lc/18/13).
- La experiencia del
perdón
64. La fe sólo crece
en la experiencia del perdón. Para no pocas personas que se han ido alejando de Dios, es
ésta la experiencia que puede restituirlos de nuevo a su ser de creyentes. Por una parte,
la decisión sincera: «Volveré a mi Padre» (Lc 15, 18). Por otra, la escucha gozosa del
perdón: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (Me 2, 5). Esta experiencia puede
encontrar su expresión más honda en el sacramento de la reconciliación, recuperado en
su forma más auténtica.
El creyente, como todo
ser humano, vive de la gracia, no de sus méritos. Su fe se alimenta y se renueva en el
perdón de Dios. Por eso, no es la autosuficiencia lo que lo caracteriza sino la
invocación: «Ten misericordia de mí, oh Dios, según tu bondad. Lávame a fondo de mi
culpa, limpia mi pecado. Crea en mí un corazón limpio. Renuévame por dentro.
Devuélveme la alegría de tu salvación» (Sal 50).
Del miedo a la
confianza La fe, como hemos venido insistiendo, descansa en un «sí» confiado a Dios.
Creer es confiar radicalmente en la vida y en Aquel que la fundamenta y la sostiene.
¿Cómo recuperar esta confianza cuando se va debilitando o apagando en nosotros?
- Confiar en Dios
65. Ante la vida hay
una primera postura posible. Se llama resignación y consiste en contentamos con lo que
vivimos aceptando la finitud. Naturalmente, para ello tenemos que acallar cualquier rumor
de trascendencia y desoir toda llamada que provenga del Misterio. Hay otra actitud
posible. Es la desesperación. Querer «salvar» mi vida con mis propias fuerzas, y
comprobar, una y otra vez, que no puedo darme todo lo que anhela mi ser. Hay otra actitud.
La confianza absoluta. No desesperar. Abrirnos a lo más hondo del Misterio. Acoger a Dios
como Salvador.
Esta actitud no es algo
espontáneo. Confiarse a Dios es una decisión radical e incondicional que no brota en
nosotros de cualquier manera, a partir de pruebas y argumentos. Cuando la persona se
confía a Dios está superando todo lo que esas razones y pruebas le pueden aportar.
Cuando la cosa es sencilla es fácil la seguridad: dos y dos siempre son cuatro. Cuanto
más profundo es el misterio tanto más nos hemos de abrir a él, prepararnos
interiormente, desasirnos de nosotros mismos, acoger con todo el corazón, escuchar toda
llamada por humilde que parezca.
Esta escucha es
indispensable. Aunque, con frecuencia, hablamos de «encuentro» con Dios, esta imagen
supera en mucho la experiencia habitual de la fe; hay, incluso, creyentes que se
desalientan al no poder identificar con esa palabra lo que ellos viven. La Biblia habla,
más bien, de «escuchar» a Dios. La escucha sugiere mejor la invitación, la búsqueda
atenta, la apertura confiada del corazón. La confianza en Dios se despierta cuando
sabemos «escuchar».
- Del miedo al amor
66. Pero lo que impide
a no pocos esa confianza en Dios es el miedo. Lo hemos dicho ya. Dios se les presenta,
sobre todo, como un ser amenazador, temible y peligroso. Este miedo no es el temor al Dios
santo, del que habla la Biblia. Es un miedo infundado que desfigura el amor de Dios y
genera una religión en la que lo importante es mantenerse puros ante él, no transgredir
sus mandatos, expiar las culpas y protegerse así de su posible reacción.
Lamentablemente, ésta es, en parte, la religión que han conocido no pocos.
Bien diferente es la
experiencia de quienes descubren en Jesucristo el rostro verdadero de un Dios Padre,
misterio de amor fascinante, el único que quiere y busca el bien y la felicidad total del
ser humano. La fe en este amor gratuito de Dios suscita una religión donde lo primero es
alabar a Dios, dar gracias, cantar su bondad. Dios no es una amenaza. Es un alivio y un
consuelo saber que está ahí, siempre de nuestra parte, siempre buscando nuestro bien,
siempre poniendo en nosotros fuerza y alegría para vivir. La primera conversión que
necesitan hoy muchos creyentes es este paso de un falso miedo a Dios a la confianza en su
amor gratuito. Hemos de escuchar con más fe ese mandato de Jesús, cargado de misterio y
de promesa: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor» (Jn
15, 9). Sólo descubriendo a este Dios amigo se despertará la fe de muchos. Así dice san
Agustín: «Vivir cerca o lejos de Dios no es una cuestión de espacio, sino de afecto.
¿Amas a Dios? Estás cerca de él. ¿Lo has olvidado? Estás lejos de él.»
Esta fe no conduce al
laxismo o a la permisividad. Al contrario, sólo quien se sabe amado así por Dios, es
capaz de asumir la exigencia radical de la fe. Sólo quien saborea la amistad de Dios se
convierte de corazón. Sólo quien «encuentra» el tesoro escondido «vende todo lo que
tiene» para adquirirlo» (Mt 13, 44).
- Vivir dando gracias
67. La gratitud es un
sentimiento profundamente arraigado en el ser humano, la actitud más noble ante el regalo
de la vida y uno de los rasgos más característicos de toda fe auténtica en Dios. La fe
crece en nosotros cuando crece nuestra capacidad de agradecer a Dios. De los diez leprosos
curados por Jesús sólo el que vuelve «glorificando a Dios», escucha estas palabras:
«Levántate y vete. Tu fe te ha salvado» (Lc 17, 19). Quien no es capaz de alabar y
agradecer a Dios vive todavía una fe apagada. Para agradecer, lo primero es captar lo
bueno, lo positivo y hermoso que hay en la vida, en la mía y en la de los demás, a pesar
de los sufrimientos, injusticias y contradicciones del ser humano. Es necesario, además,
percibirlo como don proveniente de Dios, fuente y origen de todo bien. El agradecimiento
pide reaccionar expresando nuestra alegría y alabanza a Dios por su grandeza y su amor. A
todos, creyentes o indiferentes, de fe firme o vacilante, os decimos con palabras de San
Pablo: «En todo, dad gracias a Dios, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere
de vosotros» (1 Ts 5, 18).
¿Dónde encontrar a
Dios?
Ésta es la pregunta de
no pocos. En realidad hay muchos caminos para abrirse a Dios. Tantos como personas. Cada
vida puede ser un camino hacia ese Dios amigo que está en el fondo de todo ser humano.
Hace unos años os sugeríamos algunas pistas para buscarlo en el corazón humano, en la
naturaleza, en los acontecimientos de la vida, en el sufrimiento o en el gozo. Ahora
queremos ahondar más en algunas experiencias.13
- En la fuente de la
vida
68. A Dios hay que
buscarlo siempre en la fuente de la vida. Ésa es la dirección acertada. A través de los
diferentes acontecimientos, experiencias o encuentros con personas, hemos de andar hacia
la fuente. Dios está ahí. Cuando el ser humano trabaja y lucha, cuando ama, goza o
sufre, cuando vive y cuando muere, no lo hace solo, sino acompañado y sostenido por la
presencia de Dios. Nosotros podemos estar atentos o no prestarle atención alguna, podemos
acogerlo o rechazarlo, pero el Espíritu de Dios está ahí, siempre como «dador de
vida».
Lo importante es no
pasar superficialmente junto a lo esencial. Escuchar. Estar atentos a todo lo que es
origen, crecimiento y despliegue de vida más humana y liberada. Dios está ahí: en ese
deseo de vivir de forma más honesta y generosa; en el esfuerzo por una convivencia más
justa y pacífica; en la comunicación más respetuosa y cercana a los demás-, en la
búsqueda de mayor transparencia interior; en la defensa firme de la dignidad de toda
persona humana; en la capacidad de dar y recibir, de amar y ser amado; en el acercamiento
servicial y solidario al necesitado que sufre; en la capacidad de renovarse y vivir con
esperanza a pesar del desgaste, el pecado y las contradicciones de la vida.
En la experiencia del
vivir diario
69. No hace falta
añorar experiencias extraordinarias. Con ojos limpios y sencillos, a Dios se le puede
intuir en experiencias normales de la vida cotidiana: en nuestras tristezas inexplicables,
en el deseo insaciable de felicidad, en nuestro amor frágil e inconstante, en las
añoranzas y anhelos, en las preguntas más hondas, en el mal sabor del pecado oculto, en
nuestras decisiones más responsables, en la búsqueda sincera. Hemos de recuperar aquella
verdad del viejo catecismo: «Dios está en todas partes.» Está, sin duda, en las mil
experiencias positivas de la vida: en el hijo que nace, en la fiesta compartida, en el
trabajo bien hecho, en el acercamiento íntimo de la pareja, en el paseo que relaja, en el
encuentro amistoso que renueva, en el disfrute de la música. ¿Por qué no elevar el
corazón a Dios y dar gracias?
Pero está también en
las experiencias más dolorosas y duras. A veces podemos captar su cercanía en nuestra
propia soledad. En el fondo, todos estamos solos ante la existencia. Esa soledad última
sólo puede ser visitada por Dios. Si penetramos hasta el fondo en nuestro desamparo, tal
vez escuchemos la invitación a reconocer la presencia del Amigo fiel que acompaña
siempre. ¿Por qué no abrirnos a él? Otras veces podemos encontrar a Dios en nuestra
mediocridad. Van pasando los años, y siempre la misma pobreza. Cambian las cosas pero
nosotros no cambiamos. Y llega el desgaste, el envejecimiento interior y el cansancio.
Siempre esa dificultad para creer y esa resistencia a amar. Siempre el mismo pecado. Dios
está también ahí. Su presencia es respeto, amor y comprensión. ¿Por qué no
invocarle?
Podemos también
intuirlo a través de nuestras dudas y confusión. Cuando todo parece tambalearse y no
acertamos ya a creer en nada ni en nadie, queda Dios. Cuando nadie puede ayudar, cuando
parece que no hay salida y todo es inútil, Dios está ahí. No pienses si eres creyente o
no. Dios entiende, ama y lo conduce todo hacia el bien. ¿Por qué no confiar en él?
Paradójicamente también en el sufrimiento puede el corazón humano orientarse hacia
Dios. El mal físico o moral nos desgarra. No hemos nacido para sufrir. La muerte de un
ser querido, el anuncio de una enfermedad incurable, la frustración de un amor, el
fracaso de una empresa importante... son acontecimientos que pueden despertar la
desesperación, pero son también experiencias que nos ponen en contacto con nuestra
caducidad en toda su desnudez y nos invitan a una respuesta más radical. También entre
lágrimas se puede escuchar la presencia de Dios: No temas. Yo estoy contigo. Soy tu Dios
y tu Salvador. Eres precioso a mis ojos, y yo te amo (Is 43). ¿Por qué no quejarnos ante
él?, ¿por qué no buscar su salvación?
- Experiencias de
especial «densidad»
70. Dentro del vivir
diario, pueden darse momentos en los que la invitación a advertir la presencia de Dios
puede ser más perceptible. La vida misma, vivida con suficiente hondura, ofrece
experiencias que, por su densidad, nos pueden remitir más allá de nosotros mismos.
Algo de esto puede
suceder cuando, en medio de trabajos y penas, perseveramos en una vida digna desde una
fuerza cuyo origen no acertamos a abarcar; cuando hemos perdonado sin que ese perdón
callado haya sido valorado por nadie; cuando nos hemos sacrificado por alguien sin que
nuestro gesto haya merecido reconocimiento alguno, e, incluso, sin sentir satisfacción
interior; cuando nos hemos arriesgado en una decisión noble siguiendo exclusivamente la
voz de la conciencia, sin poder dar más explicaciones a nadie; cuando hemos hecho algo
por «puro amor» aunque nuestro gesto pudiera parecer absurdo o ingenuo; cuando sufrimos
el mal sin desesperar, apoyados en «algo» que se nos escapa; cuando oramos en medio de
las tinieblas y «sabemos» que estamos siendo escuchados aunque no podemos mostrar
ninguna prueba que lo verifique.
- La experiencia del
amor
71. No hemos de olvidar
que Dios es Amor. Por ello, el amor o la amistad verdadera pueden ser la mejor experiencia
para vislumbrar a Dios. Creados a imagen de ese Dios Amor, la experiencia amorosa puede
ser punto de partida, siempre imperfecto pero auténtico, para elevar el corazón hacia el
verdadero Dios. En la medida en que dos seres se aman sinceramente, purificando su amor de
egoísmos y posesividad, podrán captar en su intercambio amoroso, de forma tenue pero
real, el amor mismo de Dios. Si ahondan en su experiencia, tal vez perciban que en su amor
hay «algo más» que lo que ellos se pueden comunicar; tal vez intuyan que es el Amor la
fuente oculta y misteriosa de la que provenimos y a la que estamos llamados.
En el fondo de toda
ternura compartida, en todo encuentro amistoso, en la solidaridad generosa, en el deseo
último enraizado en la sexualidad humana, en el amor de los esposos, en el afecto entre
padres e hijos, en la entraña de todo amor, ¿no está vibrando, de algún modo, el amor
creador de Dios? Así dice san Juan: «A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos
mutuamente, Dios está con nosotros y su amor está realizado entre nosotros; y esta
prueba tenemos de que estamos con él y él con nosotros, que nos ha hecho participar de
su Espíritu» (1 Jn 4, 12-13).
- El amor al que sufre
necesidad
72. Pero Dios no es
amor de cualquier manera. Es amor gratuito. Por eso, el mejor camino para acercarnos a él
es abrirnos gratuitamente a la necesidad del hermano. Sería una equivocación quedarnos
sólo en el amor que busca ser correspondido. Es necesario aprender a amar buscando
desinteresadamente el bien del otro, trabajando por un mundo más justo y solidario,
sirviendo al necesitado. Podemos decir que el lugar privilegiado para encontrar a Dios es
el pobre, el necesitado, el que ha sido excluido del amor interesado de todos. Este amor
real y gratuito al prójimo que no nos puede corresponder se convierte en el criterio
decisivo y purificador de todo otro camino o experiencia. A Dios lo hemos de buscar no
donde nosotros quisiéramos, sino donde mejor puede ser encontrado.
Queremos recordaros la
conocida parábola de Jesús sobre el juicio final. Según el relato, son declarados
«benditos del Padre» los que han hecho el bien a los necesitados: hambrientos,
extranjeros, desnudos, encarcelados, enfermos; no han actuado así por razones religiosas,
sino por compasión y amor al que ven sufrir. Los otros son declarados «malditos» no por
su incredulidad o falta de religión, sino por su falta de corazón ante el sufrimiento
ajeno (/Mt/25/31-46).
Dios, amor gratuito,
encamado en Jesús, está, precisamente por ello, identificado con el pobre. Lo que se
hace a uno de esos pequeños, se le hace a él. Por eso, lo que conduce hacia Dios es el
amor al que sufre. Nunca la religión podrá suplir la falta de este amor. En estos
momentos en que no pocos viven una fe vacilante y sin caminos claros hacia Dios, os
queremos recordar a todos este mensaje esencial de Jesús: hay un camino que siempre
conduce a él: el amor al necesitado. Éste es el camino universal, accesible a todos. Por
él peregrinamos hacia el Dios verdadero creyentes y no creyentes.
Recuperar la oración
La fe se debilita y apaga de muchas maneras, pero sólo se reaviva volviendo a la
comunicación sincera con Dios. No es posible un encuentro más vivo con Dios sin
recuperar la oración. ¿Qué podemos hacer?
- Las dificultades
73. «Orar, ¿para
qué?» Es lo primero que brota de muchas personas. ¿Es que la oración me va a resolver
los problemas? ¿Para qué hacer algo que no sirve para nada útil? Así pensamos cuando
nos dejamos llevar por el pragmatismo de lo inmediato. Pero, «no sólo de pan vive el
hombre» (Mt 4, 4); o ¿es que las personas ya no necesitan hoy paz interior, perdón,
fuerza para renovarse, esperanza?
«¿Orar? No tengo
tiempo.» Es la sensación de muchos. No hay tiempo para orar; vivimos totalmente
ocupados. ¿Es realmente así? Decir «no tengo tiempo para orar», ¿no equivale, casi
siempre, a decir: «Dios no me interesa»? Pero, si la persona no tiene nunca tiempo para
«estar ante Dios», ¿cómo podrá vivir con hondura ante sí misma?, ¿dónde
alimentará su fe?
«¿Orar? Yo no sé
rezar. ¿Qué le puedo decir a Dios?» Muchos hablan así. No saben cómo comunicarse con
Dios. Se les hace imposible. Las razones pueden ser diferentes. Pero casi siempre se
esconde en el fondo una verdad: el temor a encontrarme a mí mismo a solas con Dios. Pero
¿es bueno vivir huyendo de Dios y de mi propia mediocridad?
Detrás de estas
dificultades y otras semejantes, es fácil percibir la crisis religiosa de fondo: la
sensación de un Dios irreal, la fe dormida o vacilante, la religión reducida al mínimo.
De ahí la importancia de recuperar la oración confiada a Dios.
- ¿Por dónde empezar?
74. ¿Qué se puede
hacer cuando uno lleva años sin rezar de verdad? Tal vez lo primero que se nos pide es
decir interiormente un «sí» a Dios. «Yo quiero volver a Dios.» Este «sí» pequeño
y humilde no cambia todavía nuestra vida, pero pone nuestro corazón a la búsqueda de
Dios.
Podemos tener la
experiencia de que también lo hemos intentado otras veces, y siempre hemos vuelto a la
mediocridad. No hemos de apoyarnos en nuestras fuerzas. Esta vez hemos de confiar en Dios.
«Enséñame tú a buscarte.» Lo importante es «buscar a Dios», más allá de los
métodos, los libros y las fórmulas: «Dios mío, enséñame a conocerte. » Esta
oración de búsqueda ha de estar envuelta en una confianza total en Dios. El me conoce y
me mira con amor. No tiene sentido tratar de defenderme o de engañarle. Me acepta como
soy. Puedo estar seguro de su amor insondable: «Soy tuyo, sálvame» (Sal 119, 94).
Ante Dios me tengo que
presentar tal como soy de verdad. Con lo que vivo y siento en esos momentos. Con mis
deseos y necesidades. Con mis miedos y mis dudas. Con mis alegrías y mis penas. Todo lo
que es parte de nuestra vida puede ser ocasión de oración: un momento feliz, una
desgracia, un problema, una necesidad. Así, la oración es a veces invocación; a veces,
acción de gracias; otras, alabanza o petición de perdón. Para orar no es necesario
decirle a Dios muchas cosas. Lo más importante es escuchar. Hacer silencio. Estar ante
él. Disponemos a percibir su presencia amorosa. Por lo demás, bastan pocas palabras
repetidas una y otra vez, despacio y con fe: «Dios mío, te necesito.» «Tú conoces mi
debilidad.» «Enséñame a vivir.» «Tú sólo eres grande y bueno.» «Ten compasión
de mí, que no soy capaz de cambiar.» «Te doy gracias porque nos amas.» «Tu fuerza me
sostendrá siempre.» «Guíame por el camino recto.» «Despierta en mí la alegría de
tu salvación.»
La oración de la
mayoría
75. Cuando Jesús nos
invita a «orar siempre sin desanimarse», pone el ejemplo de una mujer sencilla y en
apuros, que insiste en su petición hasta lograr lo que necesita (Lc 18, 1-8). Así es la
oración de muchos. Una oración sencilla y humilde, llena de distracciones, sin gran
hondura ni pretensiones de contemplación: la oración de los que no saben profundizar en
sí mismos. Un rezo hecho de fórmulas repetidas con sencillez. Es la oración de los
momentos de angustia, cuando uno está desbordado por los problemas o cuando siente el
miedo, la depresión o la soledad. La oración en la crisis matrimonial o en el conflicto
doloroso con los hijos. La oración ante la sala de operaciones o junto al ser querido que
se muere. Esta oración, a veces poco valorada, es la oración de la mayoría en todas las
religiones. Para muchos, la forma concreta de confesar la propia finitud y de reconocer a
Dios como único Salvador. Esta oración llega hasta el corazón de Dios que «entiende»
al ser humano y «escucha» su necesidad de salvación.
- El «Padre nuestro»
76. Cuando los
discípulos piden que les enseñe a rezar, Jesús les enseña el «Padre nuestro» como
una oración que sus discípulos han de rezar de corazón cada día. Esta oración,
desgastada por la rutina e incluso casi olvidada por quienes ya no rezan, es el mejor
camino para aprender a orar.
«Padre nuestro»: Es
el primer grito que brota del creyente cuando su corazón está habitado no por el miedo,
sino por la confianza propia de un hijo. Un grito en plural. Dios es Padre «nuestro», de
todos. Esta invocación nos enraiza en la fraternidad universal y nos hace más
responsables ante todos los hermanos.
«Santificado sea tu
Nombre»: No es una petición más. Es la primera. El alma de toda oración de Jesús, su
aspiración suprema. Que el «Nombre» de Dios, es decir, su misterio insondable de amor y
su fuerza salvadora, se manifiesten en toda su gloria y su poder. No es posible decir esto
desde la indiferencia. Hay que abrirse a Dios.
«Venga tu Reino»: Que
no reine en el mundo la violencia ni el odio destructor. Que reine Dios y su justicia. Que
el Primer Mundo no oprima a los países marginados. Que el poderoso no abuse del débil.
Que no domine el rico al pobre, ni el varón a la mujer. Que se abran caminos a la paz, al
perdón y a la solidaridad. Esto se dice de corazón cuando uno se esfuerza día a día en
«buscar el Reino de Dios y su justicia» (Mt 6, 33).
«Hágase tu
voluntad»: Que no encuentre tanto obstáculo y resistencia en nosotros. Que hombres y
mujeres obedezcan a la llamada de Dios que, desde el fondo de la vida, los llama a su
verdadera salvación. Que mi vida sea hoy mismo búsqueda sincera de esa voluntad de Dios.
«Danos el pan de cada
día»: El pan y todo lo que necesitamos para vivir de manera digna. Y no sólo a los del
Primer Mundo, sino a todos los pueblos de la Tierra. Todo esto dicho no desde el egoísmo
acaparador, sino desde la voluntad de compartir más lo nuestro con los necesitados.
«Perdónanos»: El
mundo necesita el perdón de Dios. Los seres humanos sólo podemos vivir pidiendo perdón
y perdonando. Sólo quien renuncia a la venganza se abre al perdón de Dios.
«No nos dejes caer en
la tentación»: No en las pequeñas tentaciones de cada día, sino en la permanente
tentación de abandonar a Dios, olvidar el Evangelio de Jesucristo y seguir un camino
equivocado.
«Y líbranos del
mal»: Dios está con nosotros frente a todo mal- Es nuestro Salvador. Este grito de
auxilio dirigido a él queda resonando en nuestra vida.
Alimentar la fe
La fe no puede arraigar
ni consolidarse si no es alimentada. Para crecer en una fe viva y perseverar en ella es
necesario cuidarla.
- La comunidad eclesial
77. Siendo una
decisión absolutamente personal, la fe se vive en comunidad. En el camino de la fe no se
avanza hacia la salvación en solitario. La búsqueda de Dios lleva a la búsqueda de la
comunidad de los que creen. La adhesión a Dios invita a la adhesión a la Iglesia. No se
trata sólo de buscar la «ayuda del grupo» con el fin de animarse mutuamente en la fe y
sostenerse en la vida cristiana. Se trata de algo más profundo y real: encontrar el
espacio de salvación en el que el Dios revelado en Jesucristo manifiesta de forma más
explícita y operante sus designios de salvar a la humanidad. «No hay más que un sólo
Cuerpo y un sólo Espíritu... un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, un sólo
Dios y Padre» (Ef 4, 4-6).
Comprendemos a quienes
dicen: «Cristo sí; Iglesia no.» Esta expresión revela probablemente prejuicios y
sospechas en quien la pronuncia, y pecado y antitestimonio en la Iglesia que él conoce.
Por nuestra parte, hemos de reconocer que la Iglesia lleva sobre sí el pecado de quienes
pertenecemos a ella y la manchamos con nuestra mediocridad e infidelidad. Este pecado toma
también cuerpo en las instituciones, la mentalidad y las costumbres eclesiales. No
queremos minimizarlo con un recurso fácil a la fragilidad humana.
Sin embargo, dentro de
esta Iglesia necesitada siempre de conversión, Dios sigue actuando. Esto es lo más
importante que encontraréis en ella: una comunidad donde después de veinte siglos se
sigue escuchando «la Buena Noticia de Dios» proclamada por Jesús; un credo que recoge
la fe cristiana desde su origen; una tradición en que se transmite con fidelidad su
contenido esencial; unos sacramentos donde podréis vivir de forma más consciente y
eficaz el encuentro con Dios y la acogida de su gracia. La Iglesia de Jesucristo no es una
institución que transmite una simple tradición religiosa. Habitada por el Espíritu de
su Señor, ella es testigo que atrae a los hombres y mujeres a la fe, comunidad que los
dispone para el Bautismo y los incorpora a Cristo para que crezcan hasta la plenitud por
el amor.
Cada uno ha de decidir
su camino y ver si quiere caminar en solitario o entrar en la comunidad eclesial,
conocerla mejor, trabajar por purificarla, y hacer de ella signo más claro de Jesucristo.
¿Podrá la fe vacilante de muchos reavivarse si no encuentra una comunidad donde poder
compartirla? 14
- La Eucaristía
dominical
78. Estamos convencidos
de que la Eucaristía dominical puede ser para muchos la mejor experiencia para alimentar
hoy su fe. Por eso queremos escuchar los motivos que llevan a tantos a su abandono. Antes
que nada hemos de recoger la verdad que encierran bastantes quejas: Iglesia poco
acogedora, celebraciones mal preparadas, actuación poco cuidada del celebrante, homilías
pesadas, clima poco religioso. Es un descontento real que hemos de escuchar quienes
podemos y debemos mejorar la celebración de nuestras parroquias y lugares de culto. Pero
hay algo más que hemos de discernir.
«A mí la misa me
aburre. ¿No se debería hacer algo más vivo y espontáneo?» Es cierto el riesgo de caer
en la rutina. Y todos hemos de esforzamos por llenar los signos y las palabras de
espíritu y de vida. Pero ¿es rutinaria la misa para quien viene a pedir perdón por sus
pecados concretos, a dar gracias a Dios por lo vivido durante la semana, a pedir luz y
fuerzas para enfrentarse a la vida?
«La misa me parece una
hipocresía. Los que van a misa no son mejores que los demás.» Cierto. Es en la vida
real donde cada uno ha de mostrar con hechos la fe que lleva en su corazón. Pero ¿es
hipócrita escuchar cada semana el Evangelio, recordar sus exigencias, ponerse ante Dios y
pedir fuerza para ser más fiel y coherente?
«A mí la misa me
parece algo mágico. No veo qué pueden decir hoy esos ritos extraños y ese lenguaje
anacrónico.» Es verdad. Hemos de conocer mejor el significado de los gestos, dar vida a
las oraciones y los cantos, aprovechar bien todos los recursos y posibilidades que ofrece
la acción litúrgica. Pero ¿es algo mágico reavivar la fe en el encuentro con Cristo y
en el contacto con la comunidad creyente?
«¿Por qué esa
obligación de ir a misa precisamente el día en que podemos descansar?» El creyente no
toma parte en la Eucaristía porque hay un «precepto», sino porque necesita comulgar con
Cristo, dar gracias a Dios, confesar su fe junto a otros creyentes y reavivar su esperanza
en el Resucitado. Se entiende lo que decía un grupo de cristianos del siglo IV: «No
podemos vivir sin celebrar el día del Señor.» 15
- La escucha de la
Palabra de Dios
79. A Dios lo podemos
escuchar», de alguna manera, a través de la creación entera; Alguien grande y bueno se
oculta detrás de esa realidad. Lo percibimos mejor en la historia apasionante de la
Humanidad; el ser humano no camina solo, Dios lo acompaña hacia la Salvación. La Palabra
de Dios la escuchamos con más claridad en la historia concreta de uno de los pueblos de
la Tierra, Israel; en su vida, sus leyes, su oración, sus profetas, podemos captar mejor
el mensaje de Dios. En ese pueblo nace Jesús, el hombre en el que se encarna el Hijo de
Dios. Desde él nos habla Dios. Por eso, la Biblia, que recoge la experiencia religiosa de
Israel (Antiguo Testamento) y la actuación, el mensaje, la muerte y la resurrección de
Jesucristo (Nuevo Testamento), es camino privilegiado para escuchar a Dios. Cuando el
creyente se acerca a ella no es para leer un libro, sino para abrir su corazón a Dios; no
para aprender una doctrina sino para dejarse transformar por la Palabra de Dios.
¿Qué puede hacer una
persona que, sin preparación alguna, desea leer la Biblia? Lo mejor sería, sin duda,
encontrar un grupo cristiano donde poder hacer esta experiencia. Pero también puede uno
personalmente acercarse a la Biblia comenzando por la lectura de los evangelios. ¿Por
qué no va a conocer uno directamente lo que dijo y lo que hizo Jesús? Para comprender
correctamente la Biblia es necesario tener en cuenta el lenguaje y los géneros literarios
que se emplean, el contexto vital en que ha sido escrito el libro y todo cuanto nos pueda
ayudar a conocer mejor el sentido original sin caer en una falsa interpretación literal y
sin hacer decir al texto lo que a nosotros nos parece. De ahí la importancia de tener en
cuenta la tradición, el magisterio de la Iglesia y la aportación de la exégesis. Al
tomar la Biblia en las manos es necesario recordar: «No voy a leer un libro cualquiera.
Voy a escuchar a Dios.» Esto lo cambia todo. Hay que leer muy despacio, tratando de
captar lo que dice el texto. Las frases oscuras o difíciles de entender es mejor pasarlas
por alto. Un día comprenderemos lo que ahora se nos escapa. Lo más importante es pararse
después de leer un trozo, y hacerse preguntas. La Palabra de Dios a veces se presenta
como verdad; entonces me tengo que preguntar: «Señor, ¿qué me quieres enseñar?,
¿qué aspecto de mi vida quieres iluminar?» Otras veces, esa Palabra se me ofrece como
camino de vida; me he de preguntar: «¿A qué me llamas?, ¿qué esperas de mi?, ¿en
qué debo cambiar?» La Palabra de Dios puede también ser promesa; las preguntas pueden
ser estas: «Dios de mi vida, ¿qué confianza quieres despertar en mí?, ¿qué esperanza
me quieres infundir?» Pero la actitud permanente de quien busca a Dios es siempre la
misma: «Creo, pero ayúdame tú en mi falta de fe» (Mc 9, 24).
9. San Ignacio de
Loyola, Ejercicios Espirituales, 2.
10. Ver Concilio
Vaticano II, Constitución Dei Verbum sobre la Divina Revelación, n. 5.
11. Carta Pastoral En
busca del verdadero rostro del hombre (Cuaresma-Pascua, 1987), o.c., p. 624.
12. Carta Pastoral
Creer hoy en el Dios de Jesucristo (Cuaresma-Pascua, 1986), o.c., p. 557-574.
13. Ibíd., p. 579-582.
14. Ver la Carta
Pastoral Seguir a Jesucristo en esta Iglesia (Cuaresma-Pascua, 1989), o.c., p. 720-781.
15. Ver la Carta
Pastoral Celebración cristiana del domingo (Cuaresma-Pascua, 1993), o.c., p. 1046-1099.
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