| EVANGELIZAR EN
TIEMPOS DE INCREENCIA
CARTA
PASTORAL DE LOS OBISPOS DE
PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA
PASCUA DE RESURRECCIÓN, 1994
INTRODUCCION
1. Conscientes de
nuestra responsabilidad de alentar y dirigir a nuestras Iglesias diocesanas según el
espíritu de Cristo resucitado, queremos proclamar en voz alta y recordar a todas nuestras
comunidades cristianas que también hoy, en momentos difíciles para la fe, «evangelizar
constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella
existe para evangelizar» 1.
Convocados a
evangelizar
2. Queremos convocaros
a todos a la tarea más esencial de la Iglesia: «proclamar la Buena Noticia de Dios» 2
al hombre de hoy. Esa es la preocupación que ha de centrar y unificar de manera nueva y
vigorosa todos nuestros esfuerzos, trabajos y actividades: hacer presente en medio de la
sociedad el Evangelio de Jesucristo que «es fuerza de salvación para todo el que cree»
3. El mandato del Resucitado tiene que resonar en nuestros corazones como la encomienda
más gozosa, la obligación más grave y la llamada más urgente: «Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Noticia a toda la creación» 4. «Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo» 5.
En tiempos de
increencia
3. En pocos años ha
cambiado profundamente el clima religioso que se respiraba entre nosotros. Los intensos
cambios sociales y culturales de estas últimas décadas están produciendo un
debilitamiento de la fe de no pocos cristianos y un deterioro de la vida moral, personal,
familiar y social. Son bastantes los que hoy viven su vida al margen de Dios y de
cualquier referencia cristiana. No parecen necesitar de El para dar sentido a su
existencia. Un tono de indiferencia y desafección religiosa impregna la cultura
dominante, el pensamiento, las convicciones más generalizadas, la conducta y el género
de vida de no pocos.
Durante estos últimos
años, los Obispos de Euskal-Herria os hemos querido ayudar con nuestras Cartas Pastorales
a «creer en tiempos de increencia» 6. Nos hemos esforzado por examinar y comprender
mejor los motivos y experiencias que han conducido a tantos a la indiferencia. Os hemos
animado a reavivar vuestra fe y a redescubrir la riqueza de la experiencia cristiana en
medio de ese clima de increencia que nos puede estar trabajando incluso a quienes nos
decimos cristianos. Hemos querido rescatar la fe en el Dios vivo, tan desprestigiada
socialmente, y purificar su imagen tantas veces deformada por el corazón humano 7. Nos
hemos esforzado por mostrar cómo nos puede ayudar el Evangelio de Jesucristo a afrontar
hoy nuestra tarea humana con sentido más pleno, responsabilidad más lúcida y esperanza
más gozosa 8.
4. Pero no basta con
vivir la fe. Hemos de comunicarla. Queremos poner a nuestras Iglesias diocesanas en
dirección a un objetivo: «evangelizar en tiempos de increencia». Este quiere ser
nuestro primer empeño en estos tiempos. En diversas ocasiones os hemos dado a conocer las
preguntas que nacen en nuestra conciencia de creyentes y de pastores ante una crisis
religiosa tan profunda: Estos hombres y mujeres aparentemente tan desinteresados por la
religión, ¿ya no la necesitan? ¿Qué queda en ellos de aquella fe que un día habitó
su corazón? ¿Se han cerrado para siempre a Jesucristo? ¿Qué es lo que está alejando a
las nuevas generaciones de nuestra Iglesia? ¿Por qué no llegan a descubrir a Dios como
«el mejor guardián y el mayor amigo del hombre?» 9.
Estas preguntas nacen
de una interpelación de fondo que nos llega desde el mandato mismo de Cristo de proclamar
el Evangelio a todo hombre. Una interpelación que ha de resonar en todas y cada una de
nuestras comunidades cristianas: ¿Cómo puede el Evangelio ser noticia y noticia buena en
esta sociedad? ¿Cómo anunciar a Cristo a hombres y mujeres que, habiendo oído hablar de
El, hoy le dan la espalda? ¿Cómo hacer creíble su Evangelio a personas que lo rechazan
después de haber escuchado, de alguna manera, su mensaje? ¿Cómo presentar la salvación
cristiana a quienes no parecen necesitarla? En definitiva, ¿cómo anunciar y ofrecer al
hombre de hoy el Evangelio de la vida y la salvación de Jesucristo de tal manera que
pueda ser acogido, vivido y experimentado ya desde ahora, dentro de los límites y
fragilidad de nuestra existencia, como promesa de Vida eterna?
Una inquietud de toda
la Iglesia
5. No es sólo
inquietud nuestra. En toda la Iglesia se deja sentir hoy de manera nueva y urgente la
necesidad de centrar el trabajo y los esfuerzos pastorales en la acción evangelizadora.
De manera repetida e insistente, el Papa viene recordando a las Iglesias «la actual
urgencia de una nueva-evangelización» 10. En su encíclica «Redemptoris missio» decía
así: «Preveo que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la
nueva evangelización y a la misión ad gentes» 11. Lo mismo afirmábamos los Obispos
hace unos años: «La hora actual de nuestras Iglesias tiene que ser una hora de
evangelización» 12, y nos hacíamos las mismas preguntas que ahora queromos compartir
con vosotros: «¿cómo hablar de Dios y de su Reino en el mundo actual? ¿Cómo suscitar
en nuestros hermanos cristianos un mayor dinamismo evangelizador y misionero? ¿Cómo
intensificar nuestro servicio al mundo en que vivimos?» 13.
6. Un esfuerzo renovado
de evangelización y difusión de la fe verdadera es la mejor contribución que nosotros
podemos hacer al desarrollo profundo y al crecimiento verdaderamente humano de nuestra
sociedad. Por eso, al invitaros a centrar todos los esfuerzos en una pastoral de
evangelización, no nos desentendemos ni apartamos de los problemas que nos acucian y
atormentan a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Al contrario, nos esforzamos por
ofrecer al hombre de hoy el servicio más urgente y de consecuencias más hondas que la
Iglesia puede prestarle, pues estamos convencidos de que la acogida de la gracia y la
salvación de Dios, y la adhesión a Jesucristo son la luz más clara, el estímulo más
vigoroso y el camino más acertado para desarrollar una vida individual y social más
humana.
Nueva etapa histórica
7. Antes que nada,
queremos que nuestras diócesis tomen conciencia de que comienza una etapa histórica
nueva para nuestra Iglesia. Hasta hace poco, nuestras parroquias y comunidades cristianas
y todos nosotros hemos vivido en el interior de una cultura nacida más o menos
directamente de la fe cristiana. Hoy no es así. Todos percibimos ya de manera clara cómo
esa situación cultural está siendo sustituida por otra nacida, en gran parte, del
agnosticismo y la increencia.
Está concluyendo entre
nosotros un ciclo cultural en el que la fe cristiana se vivía, se enseñaba y transmitía
de una forma casi espontánea. A nosotros nos toca hoy comenzar una nueva etapa en la
historia de nuestra Iglesia con el ardor, la fe y el espíritu de los primeros tiempos. La
tarea evangelizadora es la de siempre. Pero hablamos de «nueva evangelización» porque
hemos de anunciar y ofrecer la salvación de Jesucristo en condiciones nuevas y a un
hombre culturalmente diferente. No se trata sólo de nuevos métodos y movilizaciones
pastorales. El Papa nos invita a «una nueva calidad de evangelización» 14 y a «una
nueva síntesis creadora entre el Evangelio y la vida» 15. Es importante que captemos
bien la importancia y el significado de este tiempo eclesial. Se trata de ponernos en
condiciones de comunicar el Evangelio de Jesucristo al hombre de hoy, de buscar juntos
cómo hemos de revitalizar y configurar nuestra Iglesia para que sea «signo e
instrumento» eficaz de evangelización en la sociedad actual, cómo renovarnos para
servir fielmente a ese Cristo que «sale al encuentro del hombre de toda época, también
de nuestra época, con las mismas palabras: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará
libres»» 16.
Confiando en el
EspÍritu
8. La tarea de
evangelizar la sociedad actual nos puede parecer excesiva y desproporcionada para nuestras
fuerzas. Nos puede estar trabajando interiormente la sensación de que el hombre de hoy es
incapaz de escuchar la llamada de Dios y responder a esa fuerza transformadora y salvadora
que la resurrección de Cristo ha introducido en la historia. Podemos sentir la tentación
de Moisés: «No me creerán»; «no sé hablar»; «no escucharán mi voz» 17, y
dejarnos paralizar por la cobardía, pensando que no sabremos estar a la altura de nuestra
tarea hoy.
Sin embargo, lo que se
nos pide no es un esfuerzo que está por encima de nuestras posibilidades. El Espiritu de
Dios está actuando ya en esa cultura agnóstica e indiferente antes de que nosotros
empecemos a organizar nuestra pastoral evangelizadora. Lo que a nosotros se nos pide es
secundar su acción e impulsar la conversión que nos haga portadores más creíbles de la
Palabra y el amor de Dios. No hemos de olvidarlo: la verdadera evangelización es siempre
servicio y participación en la acción salvadora que el Espíritu de Dios está llevando
a cabo en la historia.
Por eso, la «nueva
evangelización» no es tampoco un acto de voluntarismo que de pronto nos moviliza a
todos. Es una experiencia que el Espíritu viene preparando de manera más explícita a
partir, sobre todo, del Concilio Vaticano II. Lo que se nos pide ahora es tomar conciencia
más lúcida y responsable de nuestra misión evangelizadora, y ahondar en la renovación
eclesial necesaria para hacer presente la fuerza salvadora del Evangelio en la sociedad
actual.
Dos objetivos muy
precisos
9. Desde el principio
os queromos indicar los dos objetivos que constituyen el hilo conductor de nuestra Carta
Pastoral y que todos hemos de tener muy presentes en estos momentos 18. En primer lugar,
recuperar la conciencia evangelizadora. Durante mucho tiempo han venido funcionando entre
nosotros mecanismos que tradicionalmente servían para «transmitir» la fe.
Los sacerdotes
predicaban a los fieles congregados en la misa dominical, los padres educaban
cristianamente a los hijos, los catequistas y maestros enseñaban la doctrina cristiana a
sus alumnos. Parecía suficiente. Bastaba el ambiente cultural para que se practicara la
religión. No se sentía la necesidad de una acción realmente evangelizadora. Nuestras
Iglesias centraban entonces sus esfuerzos en los servicios y la atención a los
practicantes. La preocupación principal de la pastoral era instruir esa fe que se
suponía en todo individuo y conservarla viva mediante la práctica de los sacramentos.
Poco a poco, las parroquias se polarizaron casi exclusivamente en la catequesis, en el
culto y en las prácticas religiosas, perdiendo dinamismo misionero y olvidando cada vez
más la tarea propiamente evangelizadora.
Desde nuestra
responsabilidad de pastores diocesanos y nuestra voluntad de escuchar con fidelidad el
mandato evangelizador de Jesús, os queremos decir: lo que hemos venido haciendo durante
tantos años, con tanto esfuerzo y generosidad, cumpliendo nuestra tarea de entonces, hoy
ya no es suficiente para hacer presente el Evangelio en una sociedad indiferente y
descreída. Por eso, la crisis actual puede ser hora de gracia y estímulo que nos lleve a
recuperar la conciencia evangelizadora y descubrir otra vez con gozo la verdadera misión
de la Iglesia y de las comunidades cristianas en el mundo.
10. En segundo lugar,
aprender a evangelizar hoy. La evangelización siempre es la misma y «debe contener
siempre como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo, una clara proclamación de
que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación
a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios» 19.
Pero el momento
cultural y el hombre al que hay que proclamar éste Evangelio son diferentes. Por eso,
nuestra primera tarea, humilde pero urgente en estos momentos, es aprender a evangelizar.
Aprender a poner en marcha la evangelización que reclama esta sociedad, un día
tradicionalmente cristiana y hoy indiferente en gran medida a Dios. Nos falta experiencia.
No nos resultará fácil desprendernos de actitudes y esquemas de actuación propios del
pasado. Acostumbrados a presentar la fe a personas que la aceptaban sin dificultad, no
sabemos cómo dialogar con los increyentes y cómo anunciar a Jesucristo a los
indiferentes. Entramos en una fase abierta y creativa, llena de posibilidades y
estimulante. Un tiempo en el que todos nos hemos de sentir llamados a participar, cada uno
desde su propia responsabilidad y colaboración. Nosotros queremos por nuestra parte,
ofreceros algunas líneas de fuerza que nos ayuden a abrir caminos nuevos de
evangelización.
A quiénes nos
dirigimos
11. Nos dirigimos, en
primer lugar, a nosotros mismos y a vosotros, los sacerdotes, nuestros primeros
colaboradores en la responsabilidad pastoral y apostólica. Se nos pide hoy dar un giro
importante en el trabajo pastoral para introducir en nuestras parroquias y comunidades
cristianas un mayor espíritu misionero y evangelizador. Tarea urgente en la que, tal vez,
no hemos pensado suficientemente y que nos exige a todos «renovar el carisma de Dios que
está en nosotros por la imposición de las manos» 20. Os convocamos también a las
comunidades de religiosos y religiosas. Desde vuestra vocación de seguimiento radical a
Cristo estáis llamados a introducir en nuestra sociedad «los signos del Reino de Dios»
con especial intensidad. Nuestras Iglesias necesitan de vuestro trabajo y colaboración
generosa. Pero os necesitamos, sobre todo, como «testigos excepcionales de la
trascendencia del amor de Cristo» 21 y como «fermento permanente de renovación
salvífica» 22.
Queremos también que
nuestra llamada llegue hasta las familias. No pocos padres y madres sufrís en vuestro
propio hogar el desgarro de seres queridos que ya no comparten vuestra fe. Queromos
despertar vuestra responsabilidad esperanzada y animaros a revitalizar la fe en vuestros
hogares. Nada puede sustituir al clima religioso que podéis crear en vuestras casas y al
testimonio de fe vivida que podéis dar a vuestros hijos. Estamos convencidos de que la fe
o la increencia de las nuevas generaciones se juega, en buena parte, en la familia.
Pero la responsabilidad
de anunciar y hacer presente el Evangelio en esta sociedad es de todos los que os sentís
cristianos. Pensamos en todos los seglares que, con tanta generosidad, trabajáis en
nuestras parroquias y comunidades cristianas: catequistas, monitores, educadores,
colaboradores en la celebración litúrgica, en la pastoral de la caridad y en otros
servicios. Y en todos los que, insertos en sus propias comunidades y formando parte de
movimientos apostólicos, os esforzáis en la evangelización de los ambientes. Cada uno
desde vuestro propio trabajo estáis llamados a colaborar de maneras diferentes en esta
tarea común: ir construyendo unas comunidades más evangélicas y con más fuerza
evangelizadora.
Y pensamos también en
todos los que podéis ser testigos del Evangelio desde vuestro compromiso profesional,
cultural, político o social. Al escribir esta Carta no olvidamos la afirmación del
Concilio: «Los laicos tienen como vocación especial el hacer presente y operante a la
Iglesia en los lugares y circunstancias donde ella no puede llegar a ser la sal de la
tierra sino a través de ellos» 23.
Sin vuestro testimonio
y compromiso difícilmente llegará el anuncio y la fuerza salvadora del Evangelio hasta
el entramado de la sociedad.
Estructura de la Carta
12. Ante todo, tratamos
de acercarnos a la sociedad actual a la que vemos debatirse entre el rechazo y la
necesidad del Evangelio (capítulo 1). Ante esta situación, la única reacción posible,
si somos fieles a Cristo, es sentirnos llamados de nuevo a evangelizar (capítulo 2). De
ahí, nuestro esfuerzo por descubrir mejor ¿qué es evangelizar? (capítulo 3). Sólo
desde una visión clara de la evangelización podemos trazar algunas Iíneas de fuerza
para evangelizar hoy (capítulo 4) y concretar los cambios necesarios para impulsar el
giro hacia una pastoral evangelizadora (capítulo 5).
I
ENTRE EL RECHAZO Y LA
NECESIDAD DEL EVANGELIO
13. Nuestra llamada a
la evangelización nace de una profunda convicción: Dios ama al hombre de hoy con igual
amor con que rodeó al hombre de ayer y abrazará al hombre de mañana. Por eso nos
acercamos al mundo actual de manera cordial y esperanzada. Sabemos que es un mundo que
rechaza de muchas maneras a su Salvador, pero necesita más que nunca salvación.
1. Rechazo del
Evangelio
Nuestro país,
caracterizado tradicionalmente por una profunda religiosidad, ha vivido estos años de
manera acelerada el proceso de secularización que se ha producido en las sociedades
occidentales. Indicamos brevemente algunos hechos fáciles de captar por todos y que
reflejan el oscurecimiento y retroceso de la fe entre nosotros.
Indiferencia religiosa
14. Lo primero que
constatamos es el carácter generalizado que reviste ya la increencia en nuestra sociedad.
Lo afirmado por el Vaticano II es una realidad entre nosotros: «Muchedumbres cada vez
más numerosas se alejan prácticamente de la religión. Negar a Dios o la religión, o
bien prescindir de ellos, no constituye ya, como en épocas anteriores, un algo insólito
e individual» 24. Es cierto que la mayoría de las gentes sigue creyendo de alguna manera
en Dios, pero es fácil observar que la cultura actual divulga entre nosotros una visión
del mundo, del hombre y de la historia que imprimen a la vida una orientación no
creyente. La ciencia, el arte y la literatura que se produce, los medios de comunicación
que invaden los hogares, propagan, por lo general, una cultura que presupone o favorece la
increencia.
Lo que percibimos no es
tanto un rechazo abierto y sistemático de Dios, cuanto una actitud de indiferencia y
falta de sensibilidad ante el planteamiento mismo de la fe en él. En no pocas personas,
Dios no suscita apenas interés alguno. Poco a poco se va imponiendo un estilo de vida,
sin ningún horizonte de trascendencia, instalado en la contingencia de cada día, sin
más atractivo ni valores convincentes y operantes que la felicidad inmediata, fundada
sobre todo en la posesión y disfrute de abundantes bienes materiales. Mientras tanto, la
fe en Dios que en otros tiempos venía ofreciendo sentido, fundamentación moral y
esperanza de salvación, va siendo abandonada como algo desfasado que cada vez tiene menos
relevancia. Incluso, cuando su existencia es admitida, Dios no es percibido como Amigo ni
Salvador. Dios no es Buena Noticia 25. No es tampoco coherente el comportamiento de muchas
personas indiferentes o alejadas que celebran matrimonio sacramental o presentan a sus
hijos para su bautizo y primera comunión. Ese alejamiento de la vida cristiana coexiste,
así, con la celebración de algunos sacramentos que quedan empobrecidos de su verdadero
significado y con el riesgo de verse reducidos a actos sociales más que religiosos.
Vaciamiento ético
15. Junto a esta
indiferencia religiosa, la cultura dominante de carácter racionalista y un estilo de vida
pragmático y hedonista van vaciando progresivamente las conciencias de una inspiración
cristiana y de todo contenido ético. La producción técnica, la racionalidad económica
y la acción política pretenden imponer su propia lógica de eficacia y rendimiento sin
permitir apenas intervención alguna de carácter ético. Se extiende entonces la
persuasión de que los valores éticos y particularmente los inspirados en la fe cristiana
son un freno para la eficacia y el progreso, o un estorbo para una vida liberada y de
disfrute. Al mismo tiempo, no es difícil constatar una creciente «secularización de las
conciencias». Dios tiene cada vez menos peso determinante al decidir el propio
comportamiento. Son bastantes los que, al adoptar sus pautas de conducta, no sienten
necesidad de recurrir a la enseñanza moral transmitida por la Iglesia. En no pocas
personas, se puede hablar incluso de un «vacío ético», pues, privadas de criterios
sólidos, van cayendo en la insensibilidad moral o se dejan arrastrar por puros intereses
individuales o de grupo. No es extraño, entonces, que la llamada a la conversión sea
percibida más como mutilación del ser humano que como oferta de vida más plena y
liberada 26.
Crisis en la
transmisión de la fe
16. En este contexto
socio-cultural es fácil constatar una profunda crisis en la transmisión de la fe. La
familia y la escuela ya no son, con frecuencia, ámbitos donde las nuevas generaciones
puedan aprender a creer. Por otra parte, a pesar de los esfuerzos pastorales que se
realizan, son pocos los jóvenes que recorren un camino de iniciación que les conduzca a
vivir su fe en Jesucristo de manera convencida en el seno de una comunidad cristiana.
Este es el dato
doloroso. A la vez que las comunidades cristianas difícilmente logran enraizar en la fe a
nuestros jóvenes, la sociedad los va iniciando a una comprensión de la existencia y un
estilo de vida alejados del Evangelio. Neutralizada rápidamente por la presión social la
educación cristiana que han podido recibir, las nuevas generaciones creen encontrar la
buena noticia de su liberación no en el Dios encarnado en Jesucristo sino en los ídolos
del dinero, el sexo, la droga o el consumismo sin medida, nueva «religión popular» que
atrae, fascina y a la que se sacrifica todo.
De vuelta del
cristianismo
17. La indiferencia
religiosa de nuestros tiempos no es, por lo general, fruto de una decisión personal ni
conclusión de un razonamiento teórico. Es más bien el resultado práctico de un clima
donde lo religioso se ha ido tornando irrelevante al ir perdiendo importancia y prestigio
sociales
El proceso comienza por
el abandono callado de la práctica religiosa. Le siguen el alejamiento de la Iglesia, la
disolución del contenido de la fe y el deterioro de la conciencia y del comportamiento
moral. Desaparecen del horizonte de la persona el Dios revelado en Jesucristo, la
preocupación por la salvación, el mensaje del Evangelio. Esas personas «no parecen
sentir inquietud religiosa ni advierten por qué han de ocuparse de la religión» 27.
Pero esta indiferencia de los adultos, es importante recordarlo, es un estado al que se ha
llegado después de un contacto preciso con el cristianismo, aunque éste se haya reducido
a una educación bastante superficial y una práctica rutinaria, más o menos
«obligada». Son personas que creen conocer el cristianismo y afirman saber por
experiencia la vaciedad de las palabras que repite la Iglesia y el aburrimiento de la
liturgia cristiana. No guardan buen recuerdo de su experiencia religiosa. De ser cierto lo
que dicen, el Dios que han conocido no ha sido para ellos gracia, liberación, fuerza y
alegría para vivir, ni esperanza para morir.
2. Necesidad de
salvación
18. Pero este hombre de
hoy, como los hombres de todos los tiempos, sólo puede alcanzar su plenitud en el
encuentro amoroso con el Dios de la gracia y en la acogida de su voluntad salvadora. Por
eso, cuando la cultura moderna niega a Dios y olvida la trascendencia, está cerrando al
ser humano el único camino que le puede llevar hasta su último y pleno destino: la vida
eterna.
No es ésta sólo la
convicción fundamental de una Iglesia que «cree que Cristo, muerto y resucitado por
todos, da al hombre luz y fuerzas por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima
vocación; y que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre en el que
haya que salvarse» 28. Es, al mismo tiempo, una realidad que se puede entrever de
diversas maneras en la experiencia misma del hombre contemporáneo.
Sin luz
19. El hombre de hoy,
configurado por el pensamiento científico, se esfuerza por conocerlo y dominarlo todo,
pero no puede conocer ni dominar el origen, el sentido y el destino de su existencia. Al
contrario, se diría que el progreso científico no hace sino agigantar aún más su
necesidad de ser iluminado por otra luz. Al negar a Dios, el hombre actual se queda sin
respuesta al misterio de la vida, sin luz para vislumbrar el «desde dónde» y el «hacia
dónde» de la existencia. ¿No necesita esa Palabra que es «luz verdadera que ilumina a
todo hombre que viene a este mundo»? 29.
No sólo de pan
20. El hombre de hoy
busca alimentar pragmáticamente su vida de todo aquello que parece útil para satisfacer
sus necesidades. De hecho, el desarrollo orienta a las personas a una búsqueda imparable
de bienestar material. Pero, al mismo tiempo, se escuchan ya preguntas inevitables:
¿Hacia dónde nos dirigimos con todo nuestro progreso? ¿Estamos respondiendo a las
verdaderas necesidades del ser humano? ¿Sabemos siquiera dónde está y en qué consiste
nuestro último bien? ¿No es cierto también hoy que «no sólo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»? 30.
El riesgo de perderse
21. A pesar del
admirable progreso científico y técnico, no parece que el hombre consigue ser más
humano. Al contrario, queda con frecuencia despojado de su humanidad, reducido a puro
instrumento, prisionero de su propio poder, empujado a una lucha de competitividad
insolidaria. Es entonces cuando «el mundo actual se muestra, al mismo tiempo, poderoso y
débil, capaz de realizar lo mejor y lo peor, pues tiene ante sí el camino hacia la
libertad o la esclavitud, el progreso o el retroceso, la fraternidad o el odio» 31. De
ahí, esa mezcla de sentimientos en la cultura moderna: por una parte, el orgullo del
poder adquirido por el hombre; por otra, la inseguridad e incertidumbre ante el futuro.
¿Se basta el hombre a sí mismo? ¿No necesita abrirse a una Realidad mayor que él? ¿No
sería todo distinto si se enraizara de nuevo en el Absoluto y orientara su existencia
desde la fe en ese Dios de Jesucristo que sólo busca su plena realización? ¿No
necesitamos de ese Hijo enviado por Dios a los hombres «para que el mundo se salve por
medio de él»? 32
¿Qué tipo de hombre?
22. Aun en medio de una
profunda crisis de valores morales, no podemos dejar de preguntarnos qué tipo de hombre
queremos ver nacer y qué tipo de sociedad queromos configurar. ¿Cómo definir y luchar
por objetivos sociales o políticos inmediatos, si no sabemos o no queremos saber cuál es
la razón de ser, el sentido o el proyecto humano de la vida de las personas? El hombre de
hoy, como el de siempre, necesita conocer cuáles son los valores auténticos que ha de
perseguir para caminar hacia la liberación real y plena del ser humano. No basta para
ello con dejarnos llevar por valores subjetivos, imprecisos y fluctuantes. No basta
tampoco con lograr en cada momento un nuevo consenso social y legal, sin las adecuadas
referencias a valores objetivos. En una sociedad guiada por tantos intereses de signo
diverso y atraída por tantas apetencias de carácter hedonista, ¿quedará así asegurada
la defensa de toda vida y la dignidad de toda persona? ¿No es necesaria la referencia a
algún Valor absoluto? ¿No es necesario Jesucristo como «el camino, la verdad y la
vida» del ser humano? 33.
Anhelo de libertad
23. El anhelo
profundamente humano del hombre moderno de alcanzar auténtica libertad no siempre se
traduce en liberación. No son pocos los que, después de haber roto con su pasado
religioso, terminan sometiendo sus vidas a nuevas servidumbres, ideologías y
conformismos, sin crecer en responsabilidad individual y social. Lejos de ver surgir un
hombre más lúcido y responsable, estamos constatando con frecuencia el nacimiento de
«esclavos-satisfechos», poco dueños de sí mismos y de su crecimiento humano. Nos apena
de modo particular la vida de no pocos jóvenes tan deteriorada y alejada de la realidad.
¿No es ésta una «liberación» vacía de libertad? ¿Qué futuro más libre pueden
construir hombres esclavos de tantas cosas? ¿No necesita el hombre de hoy «conocer una
verdad que le haga más libre»? 34.
Crisis de esperanza
24. Quizás el rasgo
más sombrío del momento actual es la crisis de esperanza. La historia de estos últimos
años se ha encargado de desmitificar el mito del progreso, piedra angular de la
civilización moderna. Las grandes promesas no se han cumplido. Hemos creado bienestar,
pero también marginación, paro, soledad, masificación, individualismo, desigualdad.
Hemos hecho la vida más larga, pero también más vacía y superficial. Se extiende poco
a poco una convicción: el hombre actual no está acertando en su manera de entender la
vida y de buscar felicidad. La crisis de la cultura moderna es, en gran parte, crisis de
una sociedad que se está quedando sin horizonte, sin metas ni puntos de referencia en su
búsqueda de un futuro mejor para la humanidad. ¿Dónde encontrar fuerza, sentido,
horizonte para seguir trabajando por un hombre mejor? ¿Cómo recuperar la esperanza en
esa salvación eterna y definitiva de la que el hombre está necesitado? ¿No necesitan
los hombres de hoy encontrarse con Jesucristo, venido «para que tengan vida y la tengan
en abundancia»? 35.
¿Qué hacer con la
culpa?
25 También el hombre
de hoy conoce la experiencia de la culpa, pero no sabe qué hacer con ella. Por lo
general, tiende a olvidar su propio pecado para atribuir todos los males a la sociedad o a
la actuación injusta de los demás. Busca por todos los medios ser libre, pero luego
trata de eludir su propia responsabilidad. Sin embargo, ésta es la mejor manera de vivir
engañados, separados de la propia verdad, incapacitados para una renovación. ¿No
necesita el ser humano confesar su propio pecado, saberse perdonado, ser aceptado con sus
errores y miserias, y verse restituido de nuevo a su ser más auténtico? ¿No necesita
conocer la experiencia del perdón de Dios y el anuncio evangélico: «Tus pecados te son
perdonados»? 36.
¿Sólo esta vida?
26. El hombre actual no
quiere pensar en la otra vida. Prefiere ocuparse sólo del momento presente, organizar lo
mejor posible este mundo, disfrutar al máximo de esta vida y olvidar cualquier otro
planteamiento. Sin embargo, sabe que no puede eludir la pregunta más seria que llevamos
los hombres dentro de nosotros: ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? ¿Qué
final nos espera? Es ante la muerte donde aparece «la verdad» de esta civilización que
no sabe qué hacer con ella si no es ocultarla al máximo para ignorar su trágico
desafío. Este hombre que busca vivir mucho, vivir bien, vivir feliz, pero que tanto teme
la vejez y la muerte, ¿no está necesitando escuchar «palabras de vida eterna»? 37 ¿no
necesita escuchar la promesa de Jesucristo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que
cree en mí, aunque muera, vivirá»? 38.
II
LLAMADOS DE NUEVO A
EVANGELIZAR
27. En diferentes
ocasiones os hemos invitado a vivir nuestros tiempos como una «hora de gracia y de
interpelación». Hace unos años os decíamos que la crisis religiosa contemporánea nos
ayuda a descubrir las insuficiencias e incoherencias de nuestra fe, y nos urge a purificar
nuestro seguimiento a Jesucristo y nuestra fidelidad al Evangelio 39. Hoy os queremos
invitar a vivir estos tiempos como una «hora de evangelización».
1. Reacciones
inaceptables
Sabemos que sois muchos
los creyentes, sacerdotes, religiosos y seglares que, sin eludir la dureza de los tiempos,
trabajáis con fidelidad y constancia esforzándoos por llevar el Evangelio al hombre de
hoy. Valoramos vuestros esfuerzos por renovar la vida de las parroquias y comunidades, y
por dinamizar la acción pastoral. En algunos casos es todavía un trabajo de búsqueda
pero que señala ya la dirección hacia una Iglesia más preocupada por el anuncio
evangelizador. A todos os animamos a seguir escuchando la llamada del Espíritu.
Hay, sin embargo,
quienes, desconcertados por el clima actual, sienten nostalgia de tiempos pasados en que
todo parecía más claro y seguro. Es explicable también la actitud defensiva que adoptan
otros, atemorizados tal vez por un mundo indiferente y a veces hostil a la fe. Pero, ¿no
hemos de escuchar una llamada más honda y urgente de Aquel que nos pidió ser «luz del
mundo» y «sal de la tierra»? 40. Hay también quienes tratan de recuperar la audiencia
y el prestigio perdidos adaptando la fe a los criterios del mundo moderno, con el riesgo
de configurar el mensaje evangélico desde ideologías más aceptadas hoy, y de sustituir
la salvación y la esperanza cristiana por el logro de metas históricas concretas. Pero,
¿no es ésta una manera grave de «desvirtuar la sal» y «ocultar la luz» que necesita
precisamente el hombre de hoy? 41
No es difícil
encontrar quienes viven abatidos porque piensan que la incredulidad avanzará sin remedio
destruyendo la presencia de la Iglesia de Dios en nuestra sociedad. Otros se enquistan en
sus propias posiciones sin revisar su forma de proceder y sin tratar de interpretar
correctamente el significado y las exigencias de los nuevos tiempos. Otros se lanzan a
ensayos desesperados que desnaturalizan la palabra del Evangelio, debilitan la unidad de
la Iglesia y aumentan todavía más las dificultades de la evangelización. ¿No es el
momento de aunar fuerzas y escuchar juntos la llamada a evangelizar, sabiendo que el
Señor está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo? 42
2. Hora de
evangelización
28. Con Juan Pablo II,
os queremos decir a todos: «Esta es la hora de Dios, la hora de la esperanza que no
defrauda. Esta es la hora de renovar la vida interior de vuestras comunidades eclesiales y
de emprender una fuerte acción pastoral y evangelizadora en el conjunto de la sociedad
española» 43. No hemos de dejarnos llevar por el optimismo fácil, pero menos aún por
el pesimismo desesperanzado. La gracia y el amor de Dios están trabajando siempre los
corazones de los hombres y mujeres preparando el camino a la conversión y salvación. No
es difícil ver en el hombre de hoy actitudes y aspiraciones nobles y valiosas que lo
preparan para acoger la fuerza salvadora del Evangelio de Jesucristo.
Antes que nada, os
invitamos a descubrir y valorar adecuadamente el interés de la cultura moderna por la
defensa del hombre y de su dignidad personal como primer valor que ha de inspirar la
historia y la convivencia social. Las perversiones que luego se producen históricamente
no nos han de distraer de esta intención fundamental. De hecho, si la cultura actual
tiende a eliminar a Dios o ignorarlo es porque rechaza todo lo que percibe como negativo
para el ser humano. Esta exaltación moderna del hombre no coincide siempre con la manera
cristiana de entender la dignidad y el valor de la persona como imagen de Dios, pero es
precisamente este interés por el hombre y lo humano lo que hace posible el anuncio de
Dios como Buena Noticia, si realmente es ofrecido y comunicado como el mejor Amigo del
hombre y de su plena realización.
El hecho mismo de la
secularización, entendida como legítima autonomía del mundo y las realidades
temporales, puede ser considerado como una cierta «preparación evangélica», pues nos
permite e induce a confesar y anunciar con más nitidez nuestra fe en el misterio de Dios,
en su gratuidad absoluta y en su designio de amor sobre los hombres, sin mezclarlo con
otros intereses de utilidad y funcionalidad de carácter ambiguo. La crisis actual nos
llevará a creer y anunciar a Dios con más pureza y verdad. Es gozoso también comprobar
hoy el reconocimiento generalizado del valor y la dignidad de la libertad como rasgo
esencial del ser humano. También ahí hemos de descubrir «semillas de la Palabra» que
nos permiten presentar el Evangelio de Jesucristo como una fuerza de libertad que sana la
voluntad del hombre y nos ayuda a plantearnos la propia existencia con el atractivo y la
dignidad de una existencia verdaderamente libre y liberadora.
También percibimos
otros «gérmenes del Reino de Dios» en la sociedad actual: los ideales de justicia,
igualdad y fraternidad, la visión abierta y progresiva de la historia, el reconocimiento
de la plena dignidad de la mujer, el respeto a la naturaleza o el rechazo de toda forma de
guerra y violencia. Todos ellos son valores sinceramente apreciados por el hambre
contemporáneo, que tienen un arraigo cristiano y pueden ser camino para redescubrir la
fecundidad de la revelación cristiana y de la gracia salvadora de Dios que se nos ofrece
en Cristo. Lo mismo que Juan Pablo II, también nosotros percibimos que «Dios abre a su
Iglesia horizontes de una humanidad más preparada para la siembra evangélica ... al
afianzar en los pueblos los valores evangélicos que Jesús encarnó en su vida» 44
3. Tres objetivos
urgentes
29. A la luz de estas
consideraciones hemos de preguntarnos si, a pesar de todos los esfuerzos realizados, no
estamos dejando pasar demasiado tiempo sin estudiar detenidamente el reto del momento
presente y sin promover los cambios pastorales que exige la evangelización del hombre de
hoy. En nuestras diócesis la llamada a la evangelización se concreta en estos momentos
en tres objetivos urgentes: recuperar el carácter central y constituyente de la
evangelización para nuestras Iglesias; entender y promover la evangelización como tarea
de todos los creyentes; impulsar una pastoral evangelizadora.
a) Carácter central y
constituyente de la evangelización
30. Después de tantos
años en que no se sentía entre nosotros la necesidad de evangelizar, la crisis religiosa
actual nos va a llevar a redescubrir y profundizar algo que en gran parte habíamos
olvidado: la evangelización como misión esencial de la Iglesia. Es cierto que nuestras
diócesis han sentido siempre con fuerza la llamada a colaborar en esa evangelización que
se lleva a cabo en «países de misión». Pero no nos ha sido fácil persuadirnos que
también aquí lo que constituye y define esencialmente a la Iglesia es su misión
evangelizadora.
Y, sin embargo, es
así. No hemos de pensar que nuestro pueblo está ya evangelizado y que nuestras Iglesias
están perfectamente configuradas y constituidas viviendo y manteniendo su fe en
Jesucristo, para, en un segundo momento, ser llamadas a evangelizar. No. La misión de
evangelizar no les es algo añadido. Es la «identidad más profunda» de nuestras
Iglesias, lo que las constituye y las hace subsistir. Sin acción evangelizadora, la
Iglesia no está haciendo lo suyo. Estrictamente hablando, hay que decir que no es la
Iglesia la que tiene la misión de evangelizar, sino que es esa misión la que genera y
recrea permanentemente a la Iglesia. Ser Iglesia consiste en acoger permanentemente y en
comunicar con ardor el Evangelio de Jesucristo en su entorno y en el mundo entero.
Esta conciencia puede
resultar «novedad» hoy entre nosotros. Pero es lo primero que hemos de recuperar. Poca
fuerza y consistencia tendrán las acciones pastorales y campañas que podamos poner en
marcha, si no nacen del dinamismo de una Iglesia que ha descubierto que no está
respondiendo a su ser más profundo si no evangeliza. No se trata, por tanto, de recuperar
el prestigio o la influencia perdida, sino de recuperar la misión evangelizadora como
dimensión central y esencial de la Iglesia. Esta es la convicción que hemos de
introducir en las comunidades cristianas: no podemos renunciar a hacer presente a
Jesucristo y los valores del Reino de Dios en la sociedad actual sin traicionar la esencia
misma de nuestras Iglesias diocesanas.
b) La evangelización,
tarea de todos los creyentes
31. La responsabilidad
de la evangelización recae sobre todos los creyentes. Es toda la comunidad de los
cristianos la que existe para evangelizar. Todos hemos recibido el don del Evangelio y
también la responsabilidad de transmitirlo sin que nadie pueda ser sustituido por otro en
esa responsabilidad. Esto no significa que todos tengamos que realizar la misma tarea,
pero sí que todos y cada uno estamos llamados desde la propia vocación y servicio a ser
testigos que anuncian a Jesucristo y fermento del Reino de Dios en la sociedad. No son los
sacerdotes y religiosos los únicos esforzados que han de echar sobre sus hombros todo el
peso de la nueva evangelización.
Esta conciencia de que
todo el Pueblo de Dios es el portador activo de la evangelización y de que todos estamos
llamados a evangelizar representaría hoy entre nosotros una novedad de gran alcance.
Hemos de confesar que son muchos los cristianos, incluso practicantes convencidos, que
viven su fe sin sospechar siquiera que ellos puedan tener alguna responsabilidad de
comunicar algo a otros. Se adhieren a la doctrina revelada por Dios y enseñada por la
Iglesia, se esfuerzan por cumplir los diversos preceptos, pero no tienen conciencia de que
todo cristiano, por el mero hecho de serlo, participa de la condición de enviado de
Jesucristo, apóstol, evangelizador.
Nos falta recorrer un
largo camino pastoral para lograr que todos los cristianos descubran de manera práctica
que evangelizar no es un deber o una consecuencia que hay que sacar de la fe sino que
creer en Jesucristo es quedar constituido en su testigo para anunciar de palabra y con la
vida su salvación. Sin embargo, recuperar esta conciencia de todos los cristianos es
fundamental si queremos echar las bases de una nueva evangelización. Esta es la
idea-fuerza a introducir en nuestras parroquias y comunidades cristianas: hay que
despertar la conciencia y el potencial evangelizador de las personas, los grupos
cristianos, las familias y las instituciones.
c) Promover una
pastoral evangelizadora
32. Por lo general, la
pastoral que se promueve en nuestras diócesis está concebida y funciona más para
ofrecer los servicios de culto y catequesis que necesita una sociedad sociológicamente
cristiana que para impulsar una acción misionera en medio de una sociedad que se ha ido
alejando de la fe. Por eso, el gran reto y la gran urgencia para nuestras Iglesias es
pasar de una pastoral de mantenimiento a una pastoral netamente evangelizadora.
La pastoral de
mantenimiento que venimos desarrollando da por supuesta la condición de creyentes de
aquellos a los que se dirige. Es una pastoral que, al presuponer la fe, no se centra en la
conversión de las personas a Jesucristo sino que se ocupa, sobre todo, de ayudar a los
cristianos a practicar su religión y a vivir una conducta moral coherente con sus
creencias.
La pastoral
evangelizadora, por el contrario, tiene como centro principal de los diversos esfuerzos y
actividades el anuncio del Evangelio y la llamada permanente a la conversión a
Jesucristo. Por ello, es una pastoral que se dirige expresamente a los no creyentes y a
los indiferentes, pero también a aquellos cristianos que, aun siendo practicantes, viven
su fe de manera apagada o sin coherencia vital.
En esta pastoral
misionera, la evangelización es el punto de referencia de toda actividad eclesial y
constituye una dimensión de todas las tareas pastorales. La liturgia, la catequesis, la
acción caritativa, todo queda orientado hacia la evangelización. Ni siquiera «la vida
íntima la vida de oración, la escucha de la Palabra y de las enseñanzas de los
Apóstoles, la caridad fraterna vivida, el pan compartido tiene pleno sentido más
que cuando se convierte en testimonio, provoca la admiración y conversión, se hace
predicación y anuncio de la Buena Nueva» 45. Más adelante hablaremos de la conversión
pastoral que todo esto lleva consigo en la revitalización de la fe de los creyentes, en
su incorporación a la tarea evangelizadora, en la experimentación de nuevos cauces
directamente ordenados a evangelizar. Ahora queremos apuntar una pregunta que habría de
estar muy presente en nuestro trabajo pastoral: ¿esta acción, esta catequesis, este
servicio, esta liturgia son realmente evangelizadoras?
III
¿QUÉ ES EVANGELIZAR?
33.Estamos hablando de
«evangelizar», pero no siempre está claro para todos qué significa esta expresión.
Entre nosotros se oye hablar de evangelización con sentidos y concepciones bastante
diferentes. Es, pues, necesaria una reflexión: ¿qué es lo que queremos decir cuando
hablamos de la necesidad de desarrollar en nuestras Iglesias un nuevo e intenso esfuerzo
de evangelización?
1. El primer
evangelizador
34. En su origen,
«evangelizar» quiere decir literalmente «anunciar una buena noticia». Pero, más en
concreto, entre los cristianos significa anunciar y hacer creíble la Buena Noticia que
Jesús anunció a los hombres. Por eso, la manera más adecuada de clarificar qué es
evangelizar consiste en acercarnos a la actuación de Jesús, pues toda su vida fue
evangelizar. «Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y más grande
evangelizador» 46. El sigue siendo para nosotros la norma y el criterio de toda
evangelización.
Anuncio del Reino de
Dios
35. Lo que Jesús
anuncia, ante todo, es el Reino de Dios. Esto es lo absoluto. Todo «lo demás» es dado
por añadidura. El Reino de Dios es la realidad central, el origen y el horizonte último
de toda su actividad evangelizadora. Este es el resumen de toda su actuación y
predicación: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y
creed en la Buena Nueva» 47. ¿Qué significa esto? Como núcleo y centro de todo está
el anuncio de la Salvación como el gran don de Dios al hombre. Los anhelos de vida,
justicia, liberación y felicidad que se encierran en la humanidad se van a hacer
realidad. Esta es la Buena Nueva. Dios quiere intervenir en la vida del hombre como
Salvador.
La Buena Noticia de
Dios
36. Esta es la mejor
noticia que el mundo puede escuchar, pues este Dios no es como los falsos ídolos que
conducen a la injusticia, la esclavitud y la muerte. Es el Dios de la vida, un Padre que
quiere la salvación y la vida eterna para todos y cada uno de los hombres porque El los
ha creado y son sus hijos.
Más concretamente, las
gentes captan en el anuncio y la actuación de Jesús una imagen nueva de Dios y un nuevo
acceso posible a El. No es el antiguo Dios de la Ley. Es un Dios de bondad insondable que
«es bueno con los desagradecidos y malvados» 48. Un Dios que ofrece a los hombres su
gracia, más allá de lo prescrito y exigido por la Ley. El anuncio de este Dios lleva
igualmente a Jesús a denunciar cuanto se opone a su voluntad: el pecado farisaico, el
cumplimiento vacío de la Ley, la plegaria puramente exterior, el desprecio a los
pequeños, el abuso de los poderosos, el odio y todo cuanto contradice el amor fraterno.
Llamada a la
conversión
37. Esta Buena Nueva no
puede dejar a los hombres indiferentes. Exige conversión, un giro total en la manera de
entender y orientar la vida. El hombre ha de acoger a este Dios de la gracia, creer en su
promesa de salvación y escuchar sus exigencias. De la acogida o del rechazo de este Dios
depende la salvación o la perdición eterna del hombre. La acogida de Dios exige, sobre
todo, vivir el mandamiento del amor a Dios como Padre y el amor al prójimo como hermano.
Con palabras y hechos
38. Jesús anuncia la
Buena Noticia de Dios con sus palabras y sus obras. Habla del Dios del perdón y de la
misericordia en parábolas, pero, al mismo tiempo, con su acogida incondicional a los
pecadores y su servicio sanador y humanizador a todos los necesitados, él mismo se
convierte en «parábola viviente» de ese Dios.
Si Jesús puede
presentar y comunicar el misterio de Dios como Buena Nueva creíble para los hombres es
porque las gentes pueden escuchar en «las palabras llenas de gracia que salen de su
boca» 49 el anuncio nuevo de un Dios gratuito y salvador, y porque pueden ver aparecer en
sus obras «la benignidad de Dios y su amor a los hombres» 50.
Una vida que evangeliza
39. Con su palabra y
actuación, Jesús, no sólo anuncia el Evangelio de Dios, sino que él mismo viene a ser
«Evangelio», pues en él y a través de él se va haciendo presente entre los hombres la
salvación de Dios. Es la vida misma de Jesús la que evangeliza. Es su vida la que
irradia gracia y la que contiene fuerza para ofrecer y comunicar a Dios como Buena
Noticia.
¿Dónde reside esta
fuerza? Los evangelistas destacan algunos rasgos: su experiencia radical de un Dios Padre
de todos los hombres; su trayectoria de servicio incondicional a todo hombre necesitado;
su acogida y ofrecimiento de perdón gratuito a los pecadores; su libertad para buscar
siempre el bien; su misericordia no condicionada por ningún otro interés que la
salvación del hombre; su voluntad de poner verdad en la vida humana; su capacidad de
contagiar esperanza; su fidelidad al Reino de Dios hasta el olvido de sí mismo y su
entrega a la muerte.
Los pobres son
evangelizados
40. Toda la vida de
Jesús puede ser captada como Buena Nueva de Dios, pero hay en su actuación un rasgo que
encierra un contenido especialmente significativo: Jesús ofrece la Buena Nueva de Dios de
manera preferente a «los pobres». Son ellos los primeros que han de experimentar su
verdad. No son mejores que los demás, no tienen más méritos. Son, sencillamente, los
que más sufren la ausencia del Reino de Dios: los pecadores despreciados por la sociedad;
los empobrecidos por las injusticias y el egoísmo de los poderosos; los desposeídos de
salud y maltratados por la vida. Dios sólo puede ser anunciado como Padre de todos y su
justicia ser introducida entre los hombres, haciendo justicia a los que nadie hace. Cuando
se anuncia al verdadero Dios, «los pobres son evangelizados /M/11/05 /Lc/04/18» 51.
Reunir a los dispersos
41. La acción
evangelizadora de Jesús aparece inspirada y sostenida por la voluntad de ir congregando a
los hijos del mismo Padre. Su acercamiento a los excluidos, sus comidas con pecadores, su
acogida a los impuros, la formación del grupo de discípulos son gestos orientados a
reunir a los dispersos, reconciliar a los divididos y congregar a todos en un solo pueblo
de hermanos, «el nuevo Israel», signo del Reino de Reino de Dios en la tierra.
Jesús, constituido
Evangelio de Dios
42. Jesús, portador
del Evangelio de Dios, muerto por esta razón con la muerte de un crucificado, al ser
resucitado por el Padre a la vida misma de Dios, ha venido a ser la Buena Nueva definitiva
para la humanidad. Ha quedado así constituido para siempre en Salvador, Evangelio de Dios
para los hombres. Por eso se puede decir que «evangelizar quiere decir proclamar la Buena
Nueva de la salvación, anunciar a Jesucristo, que es el Evangelio de Dios» 52.
2. El proceso
evangelizador
43. Si queremos seguir
con fidelidad el camino evangelizador de Jesús, hemos de evitar la comprensión parcial o
fragmentaria de la evangelización. «Ninguna definición parcial y fragmentaria refleja
la realidad rica, compleja y dinámica que comporta la evangelización si no es con el
riesgo de empobrecerla e incluso mutilarla» 53. Por ello, teniendo como referencia a
Jesús y al hilo de la «Evangelli nuntiandi», vamos a recordar los elementos esenciales
del proceso evangelizador.
Anuncio explícito
44. Ante todo, hemos de
recordar que no hay evangelización plena si no hay anuncio explícito del Reino de Dios.
La evangelización no es muda. No puede reducirse a presencia testimonial silenciosa o
compromiso transformador callado. «La evangelización debe contener siempre como
base, centro y a la vez culmen de su dinamismo una clara proclamación de que en
Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a
todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios» 54
Hemos de recuperar para
la evangelización este anuncio explícito de la salvación en toda su riqueza y la fe en
la fuerza salvadora de la Palabra de Dios, anunciada como don liberador hecho a los
hombres. Sin este anuncio, nuestra evangelización queda inacabada y priva a los hombres
de la gracia de la Palabra de Cristo. En una sociedad como la nuestra, tienen plena
vigencia las palabras de S. Pablo: «¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído?
¿Cómo oirán sin que se les predique?... La fe viene de la predicación, y la
predicación, por la Palabra de Cristo» 55.
Testimonio vivido
45. Inmediatamente
hemos de decir que el anuncio evangelizador ha de brotar del testimonio que es «un
elemento esencial, en general el primero absolutamente en la evangelización» 56. Una
evangelización reducida a palabras vacías difícilmente puede anunciar la Buena Nueva
del Dios vivo. Al contrario, el testimonio de una vida de seguimiento fiel a Jesucristo en
sus rasgos esenciales «constituye ya por sí una proclamación silenciosa, pero también
muy clara y eficaz, de la Buena Nueva» 57. Para quienes viven alejados de la fe es
especialmente necesario el testimonio de unos creyentes que la viven de manera gozosa y
responsable. Los gestos más asequibles para ellos no son los sacramentos, el lenguaje
más inteligible no es el religioso. Lo primero que pueden captar son los gestos y el
lenguaje de una vida humana digna, liberada, comprometida, esperanzada. De ahí el valor
evangelizador que encierra: una vida fiel a Jesucristo en medio de la persecución y el
rechazo social; la entrega abnegada y gratuita al servicio de los últimos; el seguimiento
radical a Cristo plasmado en la vida de los religiosos y religiosas; la consagración a la
vida contemplativa; el celibato al servicio del Reino de Dios en medio de una sociedad
hedonista.
Compromiso
transformador
46. No hemos de ignorar
tampoco otro elemento esencial. «Evangelizar significa, para la Iglesia, llevar la Buena
Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro,
renovar a la misma humanidad» 58. El compromiso por transformar la sociedad promoviendo
en ella el Reino de Dios no es mera exigencia ética de la evangelización o mera
preparación para que a través de ella se acepte el anuncio de la salvación. Pertenece
al mismo ser de la evangelización acoger y realizar bajo las condiciones de la historia
lo que se anuncia y se espera en la consumación final: el Reino de Dios, reino de amor,
justicia y fraternidad.
En nuestra sociedad no
se puede llevar a cabo una verdadera evangelización sin promover la justicia del Reino de
Dios. Lo que oculta el rostro de Dios entre nosotros no es sólo la indiferencia
religiosa, sino también la injusticia en sus diversas formas de marginación, violencia y
atentados a la dignidad de la persona. Dificilmente se puede proclamar de manera creíble
la Buena Nueva de Dios para la vida eterna sin que, de alguna manera, se pueda captar ya
su contenido salvador en las condiciones limitadas y precarias de esta vida. Allí donde
los pobres no son evangelizados, faltan señales de la presencia del Reino.
Conversión al Dios
vivo
47. La evangelización
no desarrolla toda su fuerza más que cuando la Buena Nueva de Dios hace nacer, en quien
la recibe, una adhesión de corazón. Este es el objetivo central y primario de la
evangelización: la conversión al Dios revelado en Jesucristo y la acogida del Evangelio
como forma de vida. «En una palabra, adhesión al reino, es decir, al «mundo nuevo», al
nuevo estado de cosas, a la nueva manera de ser, de vivir juntos, que inaugura el
Evangelio» 59.
No hemos de silenciar
esta primacía de la conversión personal a Dios. El objetivo primero no es desarrollar la
eficacia temporal del Evangelio, menos aún extender la influencia social del
cristianismo, sino hacer nacer la fe. Ahora bien, no hay propiamente fe sin esa
experiencia inicial que llamamos «conversión a Dios». Conversión religiosa y no sólo
moral; encuentro con el Dios vivo y no sólo cambio de conducta; sentido nuevo a la vida
desde Jesucristo y no sólo arrepentimiento.
Entrada en la comunidad
48. La adhesión a la
Buena Nueva «no puede quedarse en algo abstracto y desencarnado, se revela concretamente
por medio de una entrada visible en una comunidad de fieles» 60, Acoger el Evangelio no
es aceptar cada uno individualmente el mensaje de Jesucristo, ni buscar cada uno
aisladamente el Reino de Dios y su justicia, sino agregarse a la comunidad de convertidos
convocada por Jesús y establecida por su resurrección: la Iglesia.
No hemos de olvidar,
pues, que la evangelización busca establecer la comunidad fraterna de convertidos al
Evangelio. No se trata de imponer la pertenencia eclesial como una obligación, sino de
ofrecer la comunidad cristiana como un don, pues «aquellos cuya vida se ha transformado
entran en una comunidad que es en sí misma signo de transformación, signo de la novedad
de vida: la Iglesia, sacramento visible de la salvación» 61.
La entrada en la
comunidad eclesial se expresa a través de «muchos otros signos que prolongan y
despliegan el signo de la Iglesia» 62. En esta comunidad, «signo e instrumento de la
íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» 63, el sentido de
pertenencia y las relaciones mutuas se van consolidando por medio de los sacramentos que
no sólo suponen la fe, sino que, a la vez, la alimentan, la robustecen y la expresan.
3. Evitar malentendidos
49. Tal vez ahora
estamos en mejores condiciones para aclarar malentendidos y formas equivocadas de concebir
la evangelización.
La rutina pastoral
Ante todo, hemos de
superar una manera excesivamente cómoda de entender la evangelización, que consiste en
continuar haciendo más o menos lo mismo, cambiando sólo las palabras, como si todo lo
que ya estamos haciendo fuera en realidad una verdadera pastoral de evangelización.
Sin embargo, utilizar
una terminología nueva y atractiva sin contrastar nuestra actuación con la acción
evangelizadora de Jesús sería rehuir hoy la llamada que el Señor nos hace. No toda
pastoral es verdadera evangelización. Si queremos responder a las exigencias de ésta,
hemos de entenderla en toda su verdad originaria, aceptando con realismo lo que tiene de
nuevo y exigente para nuestros tiempos.
El retorno al pasado
50. Hay que descartar
también aquellas interpretaciones de la evangelización que la confundan con las formas
históricas con que se realizó en el pasado. Querer que el Reino de Dios se extienda en
nuestra sociedad y que la fe se difunda también hoy en las nuevas generaciones no
significa en modo alguno querer recuperar para la Iglesia espacios y zonas de influencia
socio-política perdidos para desempeñar de nuevo un papel que no le corresponde. El
Reino de Dios que anuncia Jesús no se establece por imposición o prestigio social, sino
por la fuerza del Espíritu que envía a Jesús a ofrecer la salvación de Dios en una
actitud de servicio.
La llamada a la
evangelización, entendida como el deseo de una vuelta al esplendor social y al poder
político de la Iglesia, alegra a algunos que entienden así la mejor garantía del orden
social, y asusta a otros que temen se pierda el patrimonio del Vaticano II en la
purificación religiosa de la Iglesia y en el justo reconocimiento de la autonomía de la
cultura y de las instituciones seculares.
A unos y a otros
queremos decirles, de manera clara y rotunda, que nuestra llamada a desarrollar una
pastoral de evangelización se inscribe en la mejor tradición de la Iglesia, de la cual
forma parte irrevocablemente el Concilio Vaticano II y sus grandes documentos doctrinales
y pastorales. La evangelización que queremos promover en nuestras Iglesias diocesanas ha
de inspirarse en aquel que «no vino a ser servido sino a servir» 64 y ha de
desarrollarse, según el espíritu conciliar, como servicio al mundo y «a las
dificultades y problemas que más oprimen y angustian a los hombres» 65,
Un proyecto puramente
temporal
51. Es tentador para
algunos reducir la acción evangelizadora a las dimensiones de un proyecto puramente
temporal: «reducir sus objetivos a una perspectiva antropocéntrica; la salvación, de la
cual ella es mensajera y sacramento, a un bienestar material; su actividad olvidando
toda preocupación espiritual y religiosa a iniciativas de orden politico o social»
66,
Sin embargo, una
evangelización preferentemente orientada a dimensiones políticas, sociales o culturales,
que deje en segundo plano el misterio del hombre en toda su profundidad ni le ayude a
abrirse al Absoluto que es Dios, estaría privada de su originalidad más profunda y de su
finalidad más específica.
La actuación de Jesús
no es realización de un proyecto temporal, no es siquiera denuncia social o acción
filantrópica. Sus palabras y sus gestos evangelizadores nacen de su experiencia radical
de Dios como Amor incondicional al hombre y tienen como objetivo conducir a los hombres al
Padre haciendo realidad, ya desde ahora, su voluntad de fraternidad y justicia.
Anuncio sólo doctrinal
52. Hemos de superar
también una concepción excesivamente doctrinal de la evangelización como si evangelizar
fuera exclusivamente transmitir la doctrina de Jesucristo a aquellos que todavía no la
conocen o la conocen de manera insuficiente. Sin duda, evangelizar significa hablar,
predicar, anunciar verbalmente un mensaje. Pero el Evangelio no es sólo ni, sobre todo,
una doctrina. Es la persona misma de Jesucristo, la salvación de Dios que en él se nos
ofrece, la fuerza salvadora, sanadora y transformadora que de él nos llega.
Por eso, evangelizar es
hacer presente en la vida de los hombres, en la sociedad, en la historia humana, el
anuncio de Jesucristo y la fuerza salvadora que se encierra en El y en su Evangelio. De
ahí la necesidad de cuidar los gestos sacramentales donde se nos ofrece de manera eficaz
la gracia de Dios. Pero de ahí también la necesidad de realizar signos eficaces de su
amor incondicional al hombre. Donde se defiende el valor absoluto de la persona por encima
de todo interés político o económico, donde se busca la reintegración de los excluidos
a una convivencia más justa y solidaria, donde se trabaja en favor de los más débiles y
olvidados, ahí está llegando el Reino de Dios 67 continúa
1. Pablo Vl, La
evangelización en el mundo contemporáneo. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi,
n. 14.
2. Mc 1, 14.
3. Rm 1, 16.
4. Mc 16, 15.
5. Mt 28, 19-20.
6. Creer en tiempos de increencia (Cuaresma-Pascua, 1983); Salvación y existencia
cristiana. Gozo y esperanza (Cuaresma-Pascua, 1990); Convertíos y creed la Buena Noticia
(Cuaresma-Pascua 1991) en Al servicio de la Palabra. Cartas Pastorales y otros documentos
conjuntos de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria
(1975-1993), pp. 664-714, 800-852 y 864-919 respectivamente.
7. Creer hoy en el Dios de Jesucristo (Cuaresma-Pascua, 1986), o.c., pp. 536-590.
8. En busca del verdadero rostro del hombre (Cuaresma-Pascua, 1987), o.c., pp. 597-650; Al
servicio de una vida más humana (Cuaresma-Pascua, 1992), o.c., pp. 975-1028.
9. Ibid., p. 600.
10. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Chnstifideles laici, nº. 34-35.
11. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris missio, n. 3. 12. Testigos del
Dios Vivo. Reflexión sobre la misión e identidad de la Iglesia en nuestra sociedad.
Conferencia Episcopal Española, n.53.
13. Ibid., n. 5.
14. Carta a los Presidentes de los Episcopados de Europa (2-1-1986), en EcclesIa 2.253
(1986), p. 114.
15. Discurso al Convenio de las Conferencias Episcopales de Europa (11-X-1985), n. 2, en
EcclesIa 2.242 (1985), p. 1321.
16. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptor hominis, n. 12. 17. Ex 4.
18. Os lo recordábamos también en nuestra Carta Pastoral Creer en tiempos de increencia
(Cuaresma-Pascua, 1988), no. 67-68, en Al servicio de la Palabra, pp. 706-707.
19. Pablo Vl, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 27.
20. Cf. 2 Tm 1, 6.
21. Pablo Vl, Exhortación apostólica Evangelica testificatio, n. 3.
22. Juan Pablo II, Redemptoris donum, n. 14.
23. Lumen gentium. n. 33 24. Gaudium et spes, n. 7.
25. Para un análisis más detallado de la increencia religiosa ver nuestra Carta Pastoral
Creer en tiempos de increencia (Cuaresma-Pascua, 1988), no. 1-35, en Al servicio de la
Palabra, pp. 664-686.
26. Ver nuestra Carta Pastoral Seguimiento de Jesús y conciencía moral (Cuaresma-Pascua,
1985), en Al servicio de la Palabra, pp. 492-535.
27. Gaudium et spes, n. 19 28. Ibid., n. 10.
29. Jn 1,9.
30. Mt 4,4.
31. Gaudium et spes. n. 9.
32. Jn 3, 17.
33. Jn 14.6.
34. Cfr. Jn 8, 32.
35. Jn 10, 10.
36. Mc 2,9.
37. Jn 6, 68.
38. Jn 11, 25.
39. Ver nuestra Carta Pastoral Creer en tiempos de increencia (Cuaresma-Pascua. 1988). en
Al servicio de la Palabra. pp. 664-714.
40. Mt 5, 13-14.
41. Ibid
42. Cf. Mt 28,20.
43. Discurso a los Obispos en la Sede de la Conferencia Episcopal Española (15-VI-1993),
n. 2, en La hora de Dios (B.A.C.), p. 186.
44. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris missio, n. 3.
45. Pablo Vl, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 15.
46. Ibid. n. 7.
47. Mc 1, 15.
48. Lc 6,.35.
49. Lc 4,22.
50. Tt 3,4.
51. Mt 11,5; Lc 4,18.
52. Juan Pablo II, Carta a la XV Asamblea General de los religiosos de Brasil (I
I-VII1989), p. 3.
53. Pablo Vl, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 17.
54. Ibid., n. 27. 55. Rm, 10, 14. 17.
56. Pablo Vl, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 21.
57. Ibid.
58. Ibid., n. 18.
59. Ibid. n 21
60. Ibid.
61. Ibid.
62. Ibid.
63. Lumen gentium, n. 1.
64. Mc 10, 45.
65. Christus Dominus, n. 13.
66. Pablo Vl. Exhortación apostólica Evangelli nuntiandi, n. 32.
67. Cfr. Lc 11, 20.
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