Exhortación de los obispos de Nicaragua
con ocasión de las elecciones generales

 

"Para la libertad nos liberó Cristo Jesús" (Ga 5, 1).

Introducción


En la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos, tan amada por nuestro pueblo, y obedientes a la voz de la Madre que nos enseña a hacer lo que "el supremo pastor y obispo de nuestras almas" (cf.

 1 P 2, 25) nos dice (cf. Jn 2, 5), los obispos de Nicaragua hemos venido reflexionando sobre las huellas de Dios en la historia de nuestra patria, manifestadas en las diversas situaciones por las que atraviesa el país.
En esta ocasión nos preocupa la campaña electoral a celebrarse en los próximos meses, en ocasión de las elecciones generales de este año 2001. En las ya cercanas elecciones se decide el futuro de nuestra patria, ya que, al ejercer el ciudadano el derecho del sufragio, se determina en gran parte el bienestar del país. Nicaragua será lo que los nicaragüenses deseemos, y las futuras generaciones tendrán mañana la sociedad que nosotros hoy decidamos.
Nuestra reflexión desea iluminar algunos principios que deben ser conocidos por todos los nicaragüenses.

Política en sentido amplio


A veces, mucha gente critica con disgusto y otros se preguntan con perplejidad si la Iglesia puede o debe meterse en política. Cuando se habla así, de una manera general, se está entendiendo por Iglesia a los obispos y a los sacerdotes. Sabemos que un laico que participa en política es también Iglesia. Planteemos la pregunta que se hacen algunos en forma más precisa: 

¿pueden los obispos y los sacerdotes entrometerse en política? Para responderla con fidelidad tendremos que ver sus dos aspectos: 
Política en sentido amplio
La política es una tarea noble y necesaria, porque la política es la ciencia que busca el bien de la sociedad, su organización, su progreso. Hasta tal grado la Iglesia valora la política, que la considera como la forma más alta de la caridad. Desde este punto de vista, todos tenemos que hacer política, en orden a los valores humanos, morales y cristianos que deben inspirar el orden temporal.
En consecuencia, hablando en sentido amplio, es decir, en el de orientar y luchar por el bien y el progreso de la sociedad, los obispos y los sacerdotes tienen, no sólo el derecho, sino también la obligación de hacerlo.
Política en sentido restringido
Esta es la que tiene que ver con la organización de partidos, de lucha por conquistar el poder para gobernar una sociedad. En este último sentido, la Iglesia es muy clara:  ni los sacerdotes ni los obispos están llamados a hacer política. Esto toca a los laicos católicos de manera directa.

Democracia

 

¿Qué es la democracia? Cuando hablamos de democracia pretendemos referirnos a una forma determinada de organización de Estado en donde es fundamental la participación política del pueblo en la designación de sus gobernantes y en el control del poder conferido a los mismos mediante el sufragio universal (democracia  política). Esta democracia política propicia la democracia social y económica, las cuales colocan al ciudadano en mejores condiciones de tener su propia opinión personal y expresarla y hacerla valer conforme al bien común. En efecto, la democracia social y económica implica la participación efectiva del pueblo no sólo en el ejercicio del poder político, sino también del poder social y económico (democracia integral).
La Iglesia ve con buenos ojos aquella democracia que objetiva una organización política del Estado y que mejor asegura la realización de la concepción cristiana del hombre y la sociedad. En efecto, el funcionamiento eficaz de la democracia pasa ineludiblemente por los derechos fundamentales de la persona, tales como libertad de pensamiento, de expresión, de asociación, de movimiento, de elección y de participación en el campo socio-económico y en el de la libertad religiosa.
Ejercer de forma recta la democracia no es tarea fácil ni sencilla; no es algo que surge de la noche a la mañana; más bien, es un proceso continuo hasta encontrar la manera efectiva en que la ciudadanía pueda ejercer sus derechos y cumplir con sus deberes. Muchas veces nuestra democracia ha tenido que bregar en contra de intereses opuestos:  explotación de la ignorancia de quienes tienen el deber de elegir, el soborno, los fraudes, presiones políticas y económicas ejercidas sobre los electores. De ahí que, el temor ciudadano ante los procesos democráticos se da porque algunos candidatos a ocupar cargos en los poderes del Estado, una vez que son elegidos, encuentran mil formas de eludir las responsabilidades asumidas con los electores, buscando únicamente intereses personales. La construcción de la democracia pasa por los hechos de la vida cotidiana y va más allá del momento de las elecciones. Por lo tanto, la verdadera democracia exige una activa participación ciudadana y no puede, ni debe reducirse a "arreglos de cúpulas".
Dentro del sistema democrático es básica la formación política del ciudadano, porque facilita la apertura y esta favorece el diálogo sobre diferentes ideas políticas, para llegar al consenso.

Democracia y elecciones


Se subraya frecuentemente la importancia que tienen los procesos electorales y la concurrencia de los ciudadanos a las urnas, en las que los candidatos contienden por el poder político. Un vínculo importante entre elecciones y democracia es la posibilidad que tiene la ciudadanía de elegir, como sus gobernantes, a los candidatos y partidos de su preferencia, a quienes juzga por sus características, cualidades y capacidades de honestidad, responsabilidad y competencia. Una de las formas más significativas de participación ciudadana es asistir a las elecciones y ejercer su responsabilidad y derecho al voto; de esa manera la democracia avanza en su proceso de consolidación.


Las elecciones constituyen también una fuente de legitimidad. Para ello necesitan cumplir ciertas condiciones que aseguren y garanticen la limpieza y la equidad. Las elecciones son parte indivisible de los derechos humanos que, en la tipología de clasificación, se denominan derechos políticos: 

elegir y ser elegidos en elecciones periódicas y optar a cargos públicos.
Siendo que las elecciones constituyen uno de los presupuestos fundamentales del sistema democrático, uno de sus frutos es contribuir a mantener la estabilidad política y la paz social, pues sólo el gobernante que goza del consentimiento expreso mayoritario y la aceptación de los opositores, tiene mejores posibilidades de gobernar en bien de la colectividad.
Con esto, los obispos de la Conferencia episcopal reiteramos que sólo es posible una auténtica democracia en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Todavía es palpable en la memoria de muchos nicaragüenses que cuando se aplastan los valores de la democracia, esta se convierte fácilmente en un totalitarismo visible o encubierto, que niega la dignidad de la persona en todos sus ordenes.

La campaña electoral


El proceso electoral debe ser un período de fiesta cívica en el cual todos participamos en el debate abierto, civilizado, informado y profundo sobre el futuro de nuestro país. Para ello debe prevalecer un clima de paz y deben realizarse todos los esfuerzos para que haya respeto, libertad y orden, que faciliten la pacífica continuación del sistema democrático, puesto que este se corresponde más con la naturaleza de la persona como ser personal y social, y está conforme con la dignidad humana.


En consecuencia, la campaña electoral debe iluminar a los ciudadanos sobre las posibles opciones políticas y conocer a los gestores de estas, a fin de que se asegure la participación responsable de los ciudadanos en la elección de sus propios gobernantes. La campaña electoral debe promover iniciativas propositivas, iniciativas que deben partir de propuestas éticas, pues por encima de todo, como bien superior, están las convicciones éticas y la dignidad del ser humano.


No todo es lícito en la campaña electoral por el sólo hecho de que tenga que ser eficaz; es decir, el ganar votos y arrancarlos al adversario político. Debe excluirse el engaño, la manipulación y la mentira. Se puede hacer una campaña electoral de principios, de ideas, de decencia y de ética. Una campaña de plataforma con los diagnósticos y las respuestas que el país necesita.


Hay que hacer un esfuerzo por convertir la campaña en un diálogo abierto, de aprendizaje, de comunicación y, sobre todo, con capacidad de sorprender con alternativas. Campaña con proyectos e ideas, que prueben la calidad de estadista de los candidatos. Se debe luchar por construir una sociedad de libertades e igualdad y de una política civilizada, la que empieza precisamente por las campañas electorales, en donde se practique el diálogo.

 

Participación ciudadana


Participar en las elecciones es un deber del ciudadano y una responsabilidad del cristiano por la instauración de un orden más armonioso y más acorde con el amor de Dios hacia la humanidad. Para animar cristianamente el orden temporal, los fieles laicos no pueden abdicar de la participación en la política como un derecho y un deber, en diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades.


Una política para la persona y la sociedad encuentra su criterio básico en la consecución del bien común, como bien de todos los hombres y de todo el hombre. Los fieles no pueden eximirse del serio compromiso en la promoción de la justicia y del bien común. No deben, tampoco, rehuir de las realidades temporales, pues son ellas precisamente el lugar en que vive su fe, impregnándolas del espíritu evangélico. Descuidar sus deberes para con el mundo es grave, como lo pone de manifiesto el concilio Vaticano II:  "El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo, falta sobre todo a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación" (

Gaudium et spes, 43). La opción abstencionista es condenable éticamente porque es un abandono de la propia responsabilidad en la consecución del bien común, por el deber de solidaridad. Más todavía:  el abstencionismo no es una actitud viable en la contienda electoral que se realiza en la Nicaragua de hoy en día.
El cristiano debe votar con libertad, conciencia y coherencia que exige la fe. Con libertad, porque el acto de votar es siempre y esencialmente un acto libre del ciudadano, en el que se manifiesta por cauces cívicos la voluntad de un pueblo. Esto implica una gran responsabilidad cívica. Con conciencia, porque los nicaragüenses han de discernir con sumo cuidado la decisión de quiénes serán las futuras autoridades, quiénes regirán el destino de nuestra nación, responsabilidad que no nos exime en conciencia.
El cristiano debe votar con coherencia porque el ejercicio de la libertad es inseparable de la búsqueda de la verdad, de la justicia y de la fidelidad moral que lleva a actuar respetando y promoviendo la dignidad humana y el bien común.
Para alcanzar la coherencia es necesario esforzarse en valorar las diversas opciones, desde la capacidad previsible y los programas ofrecidos para servir al bien común. Ninguna opción política es moralmente neutra ni los candidatos son merecedores de la misma confianza; por eso, en la valoración se ha de buscar la máxima coherencia con la fe cristiana y con los valores personales y sociales implicados en el bien común. Solamente así se evita el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, porque una democracia sin valores es un totalitarismo visible o encubierto.
Elegir es abrir una puerta al porvenir. Es discernir entre lo malo y lo bueno, entre lo bueno y lo mejor. Se elige solamente haciendo uso de la libertad ciudadana, que es la que hace efectiva la soberanía de la nación. Por eso, a los pastores de la Iglesia les preocupan los aspectos morales de la actividad política y del hecho electoral, ya sea el acto de votar o hacer campaña para ser votado. En estos aspectos morales es en donde se juega el verdadero valor del obrar humano en cualquier campo de la vida, también en el campo político.

Idoneidad de los candidatos


En la opción política el ciudadano debe atender y considerar la ideología, la filosofía, y las promesas y el programa de gobierno que se ofrece, pero es también de suma importancia conocer la personalidad de los candidatos, sus cualidades, capacidades y sus experiencias. Hay que tener en cuenta tres factores: 

la persona, el contenido y el estilo. ¿Cómo gobernaría este hombre? ¿Qué hay en su historia pasada que demuestre estar capacitado o no para realizar las funciones inherentes al cargo de presidente de la República o de diputado y cumplir con las promesas? ¿Los hechos respaldan sus palabras? ¿El candidato ha tenido siempre esa actitud y posición, o es simplemente un cambio de dirección con fines electoreros? Incluso las ofertas pueden ser parecidas:  salud, vivienda, trabajo, bienestar, estabilidad, paz..., promesas casi idénticas. Lo que puede hacer la diferencia y lo que cambia es la persona del candidato, la historia de cada uno y las gentes que le rodean. Ahí hay notables diferencias.
En Nicaragua se ven políticos que, llevados por su odio o por su rencor o por sus ambiciones desmedidas o intereses meramente personales, se hacen oferta de cualquier partido que les dé acogida, aun cuando por la ideología de cada uno sea una simbiosis contra natura. Enemigos que fueron aparentemente irreconciliables hoy resultan aliados. En este caso, y otros parecidos, no se salva la coherencia cristiana cuando se adhiere o se vota a partidos que la niegan.
Hay políticos que asumen una actitud de egoísmo, pensando exclusivamente en los intereses personales, sin atender a las consideraciones éticas. Tomar los propios intereses o conveniencias como criterio decisivo o exclusivo, cuando está en juego el bien de todos, no es más que un modo de querer hacer prevalecer esos intereses sobre las necesidades de los demás. Cuando se trata del bien común, el individualismo, o sea, la errónea filosofía del cada uno a lo suyo, es profundamente inmoral.
La sagrada Escritura enseña que el árbol se conoce por sus frutos (cf. Mc 6, 43-45). Todo árbol bueno produce buenos frutos, y todo árbol malo da malos frutos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos. El árbol que no da buenos frutos debe ser cortado y echado al fuego (cf. Mt 3, 10; 7, 15-20; 21, 18-19).

Reconciliación y perdón


El perdón es condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con el hombre, sino también en las recíprocas relaciones entre los hombres. Sin embargo, el perdón no anula las exigencias objetivas de la justicia. La reparación del mal, del escándalo, el resarcimiento por la injuria, la satisfacción del ultraje, etc., son condición del perdón (cf.

Dives in misericordia, 14). Ciertamente es posible, y exigible en el cristiano, la conversión; pero esta debe ir acompañada de signos de cambio, como san Pablo, que dejó de perseguir a los cristianos, y Zaqueo, que regresó cuatro veces lo robado (cf. Hch 22, 17-21; Lc 19, 8). Reconciliación y perdón sólo son posibles cuando se permanece en actitud de conversión, asumiendo el estado de ánimo del hijo pródigo, que resuelve levantarse e ir donde su padre (cf. Lc 15, 18-19).

Conclusión


Pedimos a nuestros fieles perseverar y ser asiduos en la oración (

Hch 2, 46), para que el testimonio cristiano y la búsqueda de la santidad renueve los corazones y las estructuras sociales.
Los jóvenes son el presente y el futuro de nuestra sociedad. En muchos ambientes juveniles se percibe un desencanto generalizado, que tiene su origen en la retórica populista, el antitestimonio de muchos mayores y la falta de oportunidades reales de participación y desarrollo. El poder de seducción que el placer, el arribismo político y el dinero fácil ejercen sobre los jóvenes, disminuye su sentido crítico y paraliza su acción.
Con el Santo Padre decimos a nuestros jóvenes:  "Es propio de la condición humana, y especialmente de la juventud, buscar lo absoluto, el sentido y la plenitud de la existencia. Queridos jóvenes, no os contentéis con nada que esté por debajo de los ideales más altos. No os dejéis desanimar por los que, decepcionados de la vida, se han hecho sordos a los deseos más profundos y más auténticos de su corazón. Tenéis razón en no resignaros a las diversiones insulsas, a las modas pasajeras y a los proyectos insignificantes. Si mantenéis grandes deseos para el Señor, sabréis evitar la mediocridad y el conformismo, tan difundidos en nuestra sociedad" (Mensaje a los jóvenes para la XVII Jornada mundial de la juventud, 2002).
Instamos a los padres de familia a que no ahorren esfuerzos para invitar a sus hijos a que expresen sus opciones por Nicaragua a través del voto, y que no sea el conformismo, la apatía o la irresponsabilidad los que se adueñen de la vida de sus hijos con capacidad de votar.
Es indispensable, en este momento de gracia que vive la patria, que con prudencia y valor muestren los padres de familia, con su palabra y con su testimonio de vida, que el esfuerzo a favor de la verdad, del bien común y de la justicia colaboran a la consecución de la auténtica felicidad de los hijos de esta "pequeña" pero "grande nación".
A los medios de comunicación, "el primer areópago del tiempo moderno" (Redemptoris missio, 37), les instamos también a colaborar en la educación para la democracia. Cuando los medios de comunicación colaboran unilateralmente con un solo tipo de propuesta política o económica traicionan su compromiso con la construcción de una sociedad más plural, sanamente crítica y capaz de trabajar a favor de la paz, la cordura, la verdad que necesita en estos momentos el pueblo nicaragüense. La información proporcionada por los medios de comunicación debe ser veraz y honesta, respetando la dignidad de las personas.
La posibilidad de errar en la elección disminuye significativamente si, a las reglas del juego electoral, se preserva la libertad de prensa, de información y de expresión. El electorado tiene de esta manera más puntos de vista y referencias para normar su criterio y para evaluar la sinceridad de los aspirantes. Es lícito a todo ciudadano dar a conocer el currículo de cualquier candidato a cargo público.
Exhortamos a los miembros de la policía y ejército nacionales a mantenerse al margen de la política partidaria, conforme lo manda la Constitución política de la nación, ya que tienen la grave responsabilidad de garantizar la continuidad del proceso democrático y cumplir con el sagrado deber de mantener el orden social, colaborando así con el desarrollo normal del proceso electoral, desde su inicio hasta la toma de posesión de quien resultare elegido.
Exhortamos a nuestros sacerdotes, a los religiosos y religiosas a fomentar la paz y a no entrar en el juego político partidista (cf. can. 287), sino, fieles a su vocación, a fomentar la paz y a orientar a nuestros fieles sobre los valores de la democracia desde el estudio del Magisterio de la Iglesia. En esto también nos toca ser "sal de la tierra y luz del mundo" (cf. Mt 5, 13-16). A ellos les rogamos elevar al Señor, los jueves y domingos, después de cada eucaristía, en unión con su pueblo, esta oración que imperamos: 

Oración por las elecciones


"Oh Dios, Padre nuestro, que con admirable providencia gobiernas y diriges todas las cosas, mira con amor y misericordia a tu querido pueblo nicaragüense que se prepara a elegir a sus autoridades y que quiere reconstruir su futuro con la verdad, la institucionalidad y los valores morales.


Danos la sabiduría y la claridad para elegir a las personas más idóneas, que se destaquen por su honestidad, por el conocimiento de las necesidades del país, y que presenten propuestas claras y realistas, promoviendo la reconciliación, la justicia, el progreso y el bien común.


Bendice a nuestro pueblo y haz que iniciemos una nueva etapa, preocupándonos por regenerar nuestra patria en la institucionalidad y el Estado de derecho, promoviendo los valores cívicos, morales y religiosos, la democracia y participación de todos, y buscando el bien común, especialmente de los más pobres y necesitados. Amén".


En esta solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen al cielo, concluimos esta exhortación a nuestro pueblo católico y a todas las personas de buena voluntad que aman a Nicaragua, uniéndonos con gratitud a la Virgen María, que brilla como esperanza segura para la humanidad entera y Estrella de nuestra evangelización en su cántico de alabanza al Señor (cf.

Lc 1, 46-48. 51-53). Que esta alegría y gratitud nos ayuden a tener la confianza y la generosidad necesarias frente a los grandes retos que estas nuevas elecciones imponen a los hijos de esta patria.
Dado en Managua, a los quince días del mes de agosto, solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen al cielo, del año del Señor dos mil uno.
Los obispos de Nicaragua