DISCURSO
A los capitulares de los cuatro institutos de la familia
marista, Castelgandolfo, lunes 17 de septiembre
El lunes 17 de septiembre, Juan Pablo II recibió en audiencia, en el palacio pontificio de Castelgandolfo, a 360 miembros de los cuatro institutos de la familia marista (Padres Maristas, Religiosas Maristas, Hermanos Maristas de las Escuelas y Religiosas Misioneras de la Sociedad de María), que están celebrando sus respectivos capítulos generales; por primera vez, los cuatro capítulos se están celebrando en el mismo año y en el mismo mes.
Al comienzo de la audiencia, el superior general de la Sociedad de María
(Padres Maristas), p. Joaquín Fernández, pronunció unas palabras de saludo al
Santo Padre en nombre de todos, en las que presentó a los otros superiores
generales: hermana Gail Reneker, hermano Benito Arbués y hermana Patricia
Stowers, así como los diversos apostolados en los que los religiosos y
religiosas están comprometidos.
Su Santidad les dirigió en francés el discurso que publicamos.
Queridos religiosos y religiosas de los institutos de la familia marista:
1. Saludo con alegría a todos los representantes de la familia marista en
esta feliz ocasión, en que coinciden los capítulos generales de vuestros
cuatro institutos y que permite vuestra visita común al Sucesor de Pedro. Se
trata de un signo del Espíritu y una llamada a dejaros guiar por los caminos de
una mayor comunión y de una colaboración más intensa. Agradezco al padre
Joaquín Fernández, superior general de la Sociedad de María, sus cordiales
palabras, que reflejan el espíritu con que vivís vuestros capítulos, vuestro
arraigo mariano y vuestra solicitud misionera.
Fidelidad
al carisma de los fundadores
2. Habéis elegido en la Iglesia la vida consagrada, siguiendo el ejemplo
de María, con fidelidad a las intuiciones de vuestros fundadores y al carisma
de vuestros institutos. Vuestros predecesores se dedicaron a la evangelización
en las parroquias, a la educación de los niños y a la promoción de la mujer.
Después, comprometieron generosamente a toda la
familia marista en el anuncio del Evangelio a los pueblos de Oceanía
occidental, dejando en esa obra su impronta, principalmente con la educación en
el fervor cristiano y con el interés por las vocaciones locales. La Iglesia
acoge hoy con gratitud la labor misionera realizada y los dones de la gracia de
Dios manifestados en la vida de vuestros institutos. Ha reconocido de manera
particular estos dones como frutos de santidad en san Pedro Chanel y en san
Marcelino Champagnat.
3. Hoy os corresponde manifestar de un modo original y específico la
presencia de la Virgen María en la vida de la Iglesia y de los hombres, y, para
ello, tener una actitud mariana. Esta se caracteriza por una disponibilidad
gozosa a las inspiraciones del Espíritu Santo, por una confianza inquebrantable
en la palabra del Señor, por un camino espiritual en relación con los diversos
misterios de la vida de Cristo, y por una atención materna a las necesidades y
a los sufrimientos de los hombres, especialmente de los más humildes. "La
relación filial con María es el camino privilegiado para la fidelidad a la
vocación recibida y una ayuda eficacísima para avanzar en ella y vivirla en
plenitud" (Vita consecrata, 28). Por tanto, sólo dirigiéndoos
a María con fidelidad y audacia y dejándoos guiar por ella a "hacer lo
que él os diga" (cf. Jn 2, 5), encontraréis sendas nuevas para la
evangelización de nuestro tiempo.
Es
preciso discernir las urgencias
4. Al ponerse rápidamente en camino hacia las montañas de Judea para ir a
visitar a su prima Isabel, María nos enseña la libertad espiritual. En efecto,
es importante que no os dediquéis exclusivamente a administrar la herencia del
pasado, sino que discernáis lo que conviene abandonar, con espíritu de
pobreza, pero sobre todo con la libertad evangélica, que nos dispone para las
inspiraciones del Espíritu. En efecto, frente a la multiplicidad de exigencias,
es necesaria una verdadera libertad para discernir las urgencias. "¡Rema
mar adentro!": estas palabras que Jesús dirigió a Pedro nos invitan
a "avanzar con esperanza" por las sendas del mundo, seguros de que
"en este camino nos acompaña la santísima Virgen" (cf. Novo millennio ineunte, 58).
5. María se entregó totalmente al Señor, confiando sin reservas en la
palabra de Dios. ¿Podría no enseñaros a permanecer en la fuerza de esta
Palabra y a elegir, como la otra María, la mejor parte? (cf. Lc 10, 42).
En el mundo actual los discípulos de Cristo están muy expuestos al peligro de
dispersión, porque la abundancia de los bienes materiales puede apartarlos de
lo esencial y los compromisos pastorales son múltiples. Como escribí
recientemente a toda la Iglesia, necesitamos contemplar el rostro de Cristo (cf.
Novo millennio ineunte, cap. II), buscar más la profundidad de su
misterio, dado que es la fuente verdadera de donde podemos sacar el amor que
queremos dar. ¡No dejéis que se rompa este vínculo esencial de consagración
a Cristo! Elegid más bien seguir humildemente al Señor, con la misma discreción
de María. Trabajad con ella para lograr la unidad de vuestra vida en el Espíritu,
ya que, como recuerda san Francisco de Sales, "una de las condiciones
requeridas para recibir el Espíritu Santo es la de estar con María" (Sermón
I para Pentecostés), y permitidle que os configure más a Cristo. Así
vuestra vida y vuestra misión cobrarán su sentido profundo y darán frutos
para los hombres y las mujeres de hoy.
Adaptarse
a los jóvenes y a sus expectativas
6. Conservad viva la tradición misionera de vuestra familia. Juntamente
con María, os lleva a estar particularmente atentos a las necesidades de
nuestros contemporáneos, de aquellos que, en nuestras sociedades modernas,
carecen de dignidad, de reconocimiento y de amor.
La Iglesia os necesita especialmente en un campo esencial para la familia
marista: el de la educación de los niños y los jóvenes. Esta prioridad
misionera está arraigada en el espíritu de María, madre y educadora de Jesús
en Nazaret y, luego, en la primera comunidad cristiana. El mundo de la educación
es difícil y exigente, pues obliga sin cesar a los educadores a adaptarse a los
jóvenes y a sus expectativas. No os abatáis ante las dificultades del momento
actual, las de la edad, que os aleja aparentemente de los más jóvenes, y las
de la falta de medios y sobre todo de obreros para trabajar en la viña. Mirad,
más bien, a los jóvenes con los ojos del buen Pastor, como una multitud que
anda sin pastor (cf. Mt 9, 36),
pero también como el campo maduro para la siega y que dará fruto a su tiempo (cf.
Jn 4, 35-38). Asimismo, formad a los laicos que trabajan con vosotros
para que vivan del carisma que os anima. Con vuestra existencia, estáis
llamados a hacer que los jóvenes descubran la alegría que se experimenta al
seguir a Cristo en la vida consagrada. ¡No tengáis miedo de proponer este
camino a la juventud que busca la verdad!
7. Los capítulos generales que vivís valoran la fidelidad al espíritu de
la fundación, pero también la renovación necesaria, conservando y
enriqueciendo el patrimonio espiritual de los institutos. Que os ayuden a
encontrar los signos nuevos de la comunión entre vuestros cuatro institutos y a
fortalecer una colaboración que dé frutos para el cumplimiento fiel de vuestra
misión. Que la Virgen os guíe por estos caminos de encuentro.
8. Con estos sentimientos me alegra saludaros, y saludar, a través de
vosotros, a los miembros de la gran familia marista, esparcidos por todo el
mundo en diversos apostolados. Saludo en particular, y con gratitud, a vuestros
superiores generales, padre Joaquín Fernández, hermano Benito Arbués, hermana
Gail Reneker y hermana Patricia Stowers, que han ejercido durante estos últimos
años el difícil servicio de la autoridad en vuestros institutos. Expreso mis
mejores deseos también a sus sucesores, que serán elegidos próximamente, para
que, a ejemplo de María, guíen con audacia y fidelidad a la familia
marista a lo largo de los caminos del nuevo milenio.
Encomendándoos a Nuestra Señora de Fourvière, que vio nacer a vuestros
institutos, os imparto de buen grado una particular bendición apostólica a
vosotros y a toda la familia marista.