HOMILÍA
Durante
la misa en la parroquia de Nuestra Señora del Sufragio y San Agustín de
Canterbury, domingo 1 de abril
El día 1 de abril, V domingo de Cuaresma, Juan Pablo II visitó la parroquia romana de Nuestra Señora del Sufragio y San Agustín de Canterbury, situada en las afueras de la ciudad. Es fruto de la fusión, hace tres años, de dos parroquias. Tiene dieciocho mil habitantes, en su mayoría inmigrantes extracomunitarios y obreros. El nuevo edificio parroquial fue consagrado por el cardenal Camillo Ruini, vicario del Papa para la diócesis de Roma, el 11 de abril de 1999. La parroquia está encomendada a los sacerdotes diocesanos: el párroco es don Giulio Ramiccia. Hay en ella varias comunidades de religiosas. Entre las actividades parroquiales figuran la visita a las familias, los centros de escucha del Evangelio, el centro juvenil con actividades catequísticas, caritativas, culturales y recreativas, etc. La comunidad parroquial se preparó a la visita pastoral del Santo Padre con celebraciones y adoraciones eucarísticas, liturgias penitenciales, reflexiones, vigilias de oración y vía crucis.
Juan Pablo II llegó al templo, acompañado del prefecto de la Casa pontificia y
del prefecto adjunto, los obispos James M. Harvey y Stanislaw Dziwisz,
respectivamente. Lo acogieron el cardenal vicario Camillo Ruini; el obispo del
sector, Cesare Nosiglia, vicegerente de Roma; y el párroco.
El
Vicario de Cristo dio la vuelta en coche en torno al complejo parroquial. Antes
de entrar en la iglesia saludó a varios feligreses, entre ellos algunos niños
recién bautizados: Su Santidad bendijo a todas las familias y aludiendo a
los pequeños señaló que quedaba demostrado que a la parroquia se entra por el
bautismo. Dentro del templo, presidió la celebración de la misa; concelebraron
con él el cardenal vicario, el vicegerente y el párroco, el cual, al
principio, le dirigió unas palabras; lo saludó también un joven; ambos le
dieron la bienvenida y le manifestaron el agradecimiento de los fieles de la
parroquia. El Santo Padre pronunció la homilía que ofrecemos en esta página.
Una vez
concluida la celebración, en la sacristía Juan Pablo II saludó a los miembros
del consejo pastoral. Entre los dones que ofrecieron al Santo Padre había un cáliz,
una patena y unas flores que los scouts habían recogido en la montaña. Fuera
de la iglesia, bendijo a la multitud, que esperaba para despedirlo; dio las
gracias a todos por la acogida y les deseó una buena Pascua, ya cercana.
1. "El
Señor ha estado grande con nosotros" (Sal 126, 3). Estas palabras,
que hemos repetido como estribillo del Salmo responsorial, constituyen una
hermosa síntesis de los temas bíblicos que propone este quinto domingo de
Cuaresma. Ya en la primera lectura, tomada del llamado "Deutero-Isaías",
el anónimo profeta del exilio babilónico anuncia la salvación preparada por
Dios para su pueblo. La salida de Babilonia y el regreso a la patria serán como
un nuevo y mayor Éxodo.
En aquella
ocasión Dios había liberado a los judíos de la esclavitud de Egipto,
superando el obstáculo del mar; ahora guía a su pueblo a la tierra prometida,
abriendo en el desierto un camino seguro: "Mirad que realizo algo
nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos
en el yermo" (Is 43, 19).
"Algo
nuevo": los cristianos sabemos que el Antiguo Testamento, cuando
habla de "realidades nuevas", se refiere en última instancia a la
verdadera gran "novedad" de la historia: Cristo, que vino al
mundo para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado, del mal y de la
muerte.
2. "Mujer,
(...) ¿ninguno te ha condenado? (...) Tampoco yo te condeno. Anda, y en
adelante no peques más" (Jn 8,
10-11). Jesús es novedad de
vida para el que le abre el corazón y, reconociendo su pecado, acoge su
misericordia, que salva. En esta página evangélica, el Señor ofrece su don de
amor a la adúltera, a la que ha perdonado y devuelto su plena dignidad humana y
espiritual. Lo ofrece también a sus acusadores, pero su corazón permanece
cerrado e impermeable.
Aquí el
Señor nos invita a meditar en la paradoja que supone rechazar su amor
misericordioso. Es como si ya comenzara el proceso contra Jesús, que
reviviremos dentro de pocos días en los acontecimientos de la Pasión:
ese proceso desembocará en su injusta condena a muerte en la cruz. Por una
parte, el amor redentor de Cristo, ofrecido gratuitamente a todos; por otra, la
cerrazón de quien, impulsado por la envidia, busca una razón para matarlo.
Acusado incluso de ir contra la ley, Jesús es "puesto a prueba":
si absuelve a la mujer sorprendida en flagrante adulterio, se dirá que ha
transgredido los preceptos de Moisés; si la condena, se dirá que ha sido
incoherente con el mensaje de misericordia dirigido a los pecadores.
Pero Jesús
no cae en la trampa. Con su silencio, invita a cada uno a reflexionar en sí
mismo. Por un lado, invita a la mujer a reconocer la culpa cometida; por otro,
invita a sus acusadores a no substraerse al examen de conciencia: "El
que esté sin pecado, que le tire la primera piedra" (Jn 8, 7).
Ciertamente,
la situación de la mujer es grave. Pero precisamente de ese hecho brota el
mensaje: cualquiera que sea la condición en la que uno se encuentre,
siempre le será posible abrirse a la conversión y recibir el perdón de sus
pecados. "Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más" (Jn 8,
11). En el Calvario, con el sacrificio supremo de su vida, el Mesías confirmará
a todo hombre y a toda mujer el don infinito del perdón y de la misericordia de
Dios.
3. Amadísimos
hermanos y hermanas, me alegra estar hoy aquí con vosotros, en vuestra
parroquia, fundada recientemente. Surgida de la fusión de las parroquias de
Nuestra Señora del Sufragio y de San Agustín de Canterbury, fue consagrada
hace dos años por el cardenal vicario, al que saludo con afecto. Saludo,
asimismo, a monseñor Nosiglia, vicegerente, a vuestro querido párroco, don
Giulio Ramiccia, y a los sacerdotes que colaboran con él. Doy las gracias de
corazón a cuantos me han dado la bienvenida en vuestro nombre, al comienzo de
la santa misa.
Saludo y expreso mi gratitud a las religiosas que viven y trabajan en este territorio: Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio, Hijas del Sagrado Corazón, religiosas de la Congregación de la Madre del Carmelo, hermanas Hospitalarias de la Misericordia y Comunidad Adsis. Abrazo con afecto a las personas hospedadas en los centros de asistencia presentes en el ámbito parroquial, y a los que les prestan su servicio diariamente. Saludo a los miembros del consejo pastoral y a los del consejo para los asuntos económicos, así como a los componentes de los diversos grupos y asociaciones de vuestra comunidad.
Os saludo
a vosotros, niños, muchachos y muchachas, y a todos los presentes. Extiendo mi
saludo a los habitantes de todo el barrio de Torre Maura.
4. Realizo
esta visita en el domingo que nuestra diócesis dedica de modo particular al
testimonio de la caridad. En vuestra parroquia, como en otras zonas de la
periferia de la ciudad, no faltan situaciones negativas: la drogadicción,
la usura, la prostitución, el malestar juvenil, el desempleo y la no siempre fácil
integración de los inmigrantes.
En esos
frentes vuestra comunidad es muy activa, y trata de dar respuestas concretas a
quien vive en graves dificultades. Queridos hermanos, en este tiempo de Cuaresma
intensificad vuestra atención a los necesitados. Juntamente con el ayuno y la
oración, la caridad es uno de los elementos característicos del itinerario
cuaresmal. Por eso, difundid cada vez más el bien, y haced que vuestra atención
a los "últimos" sea uno de los ejes de vuestra acción pastoral.
Con todos
los medios posibles, ayudad a los habitantes de vuestra zona a descubrir que
Cristo y su Evangelio responden a las necesidades reales del hombre y de la
familia. Que este espíritu anime la iniciativa de las visitas a las familias,
que comenzó con ocasión de la Misión ciudadana y ahora estáis prosiguiendo
oportunamente.
Pienso
ahora, con especial afecto, en vosotros, queridos jóvenes, que fuisteis los
protagonistas de la pasada Jornada mundial de la juventud, en el corazón del
gran jubileo. Sé que habéis acogido, en el ámbito de la parroquia, a cerca de
mil quinientos jóvenes procedentes de diversas partes del mundo. Me congratulo
con vosotros por todo lo que hicisteis con espíritu de abnegación, dando también
a los adultos un testimonio de buena voluntad. Seguid influyendo en la comunidad
con vuestra fidelidad evangélica para que, gracias a vosotros, muchos de
vuestros coetáneos puedan encontrarse con Jesús. Os espero el próximo jueves,
junto con todos los jóvenes de Roma, en la plaza de San Pedro, a fin de
prepararnos para celebrar la Jornada mundial de la juventud que, como sabéis,
será el domingo próximo, domingo de Ramos.
5. "Todo
lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús,
mi Señor" (Flp 3, 8). ¡Conocer a Cristo! En este último tramo del
itinerario cuaresmal nos sentimos más estimulados aún por la liturgia a
profundizar nuestro conocimiento de Jesús y a contemplar su rostro doliente y
misericordioso, preparándonos para experimentar el resplandor de su resurrección.
No podemos quedarnos en la superficie. Es necesario hacer una experiencia
personal y profunda de la riqueza del amor de Cristo. Sólo así, como afirma el
Apóstol, llegaremos a "conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y
la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día
a la resurrección de entre los muertos" (Flp 3, 10-11).
Como san Pablo, todo cristiano está en camino; la Iglesia está en camino. Queridos hermanos y hermanas, no nos detengamos ni reduzcamos el paso. Al contrario, dirijámonos con todas nuestras fuerzas hacia la meta a la que Dios nos llama. Corramos hacia la Pascua ya cercana. Nos guíe y nos acompañe con su protección María, la Virgen del Camino. Ella, la Virgen que veneráis aquí como "Nuestra Señora del Sufragio", interceda por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte, de nuestro encuentro supremo con Cristo. Amén.