Homilía del Santo Padre durante la concelebración del domingo 15 en la plaza de San Pedro
1. "Nos bendiga el Señor, fuente de la vida".
Amadísimos hermanos y hermanas, esta invocación, que hemos repetido en el Salmo responsorial, sintetiza muy bien la oración diaria de toda familia cristiana, y hoy, en esta celebración eucarística jubilar, expresa eficazmente el sentido de nuestro encuentro.
Habéis venido aquí no sólo como individuos, sino también como
familias. Habéis llegado a Roma desde todas las partes del mundo, con la
profunda convicción de que la familia es un gran don de Dios, un don
originario, marcado por su bendición.
En efecto, así es. Desde los albores de la
creación, sobre la familia se posó la mirada
y la bendición de Dios. Dios creó al hombre y a la
mujer a su imagen, y les dio una tarea específica para el desarrollo de la
familia humana: "Los bendijo y les dijo: Creced, multiplicaos y
llenad la tierra" (Gn 1, 28).
Vuestro jubileo, amadísimas familias, es
un canto de alabanza por esta bendición originaria. Descendió sobre vosotros,
esposos cristianos, cuando, al celebrar vuestro matrimonio, os prometisteis amor
eterno delante de Dios. La recibirán hoy las ocho parejas de diferentes partes
del mundo, que han venido a celebrar su matrimonio en el solemne marco de este
rito jubilar.
Sí, que os bendiga el Señor, fuente de
la vida. Abríos al flujo siempre nuevo de esta bendición, que encierra una
fuerza creadora, regeneradora, capaz de eliminar todo cansancio y asegurar lozanía
perenne a vuestro don.
2. Esta bendición originaria va unida
a un designio preciso de Dios, que su palabra nos acaba de recordar:
"No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que
le ayude" (Gn 2, 18). Así es como el autor sagrado presenta en el
libro del Génesis la exigencia fundamental en la que se basa tanto la
unión conyugal de un hombre y una mujer como la vida de la familia que nace de
ella. Se trata de una exigencia de comunión. El ser humano no fue creado
para la soledad; en su misma naturaleza espiritual lleva arraigada una vocación
relacional. En virtud de esta vocación, crece en la medida en que entra en
relación con los demás, encontrándose plenamente "en la entrega sincera
de sí mismo" (Gaudium et spes, 24).
Al ser humano no le bastan relaciones
simplemente funcionales. Necesita relaciones interpersonales, llenas
de interioridad, gratuidad y espíritu de oblación. Entre estas, es fundamental
la que se realiza en la familia: no sólo en las relaciones entre los
esposos, sino también entre ellos y sus hijos. Toda la gran red de las
relaciones humanas nace y se regenera continuamente a partir de la relación con
la cual un hombre y una mujer se reconocen hechos el uno para el otro, y deciden
unir sus existencias en un único proyecto de vida: "Por eso
abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán
los dos una sola carne" (Gn 2, 24).
3. ¡Una sola carne! ¡Cómo no
captar la fuerza de esta expresión! El término bíblico "carne" no
evoca sólo el aspecto físico del hombre, sino también su identidad global
de espíritu y cuerpo. Lo que los esposos realizan no es únicamente un
encuentro corporal; es, además, una verdadera unidad de sus personas. Se trata
de una unidad tan profunda que, de alguna manera, los convierte en un reflejo
del "Nosotros" de las tres Personas divinas en la historia (cf. Carta
a las familias, 8).
Así se comprende el gran reto que plantea el debate de Jesús con los fariseos en el evangelio de san Marcos, que acabamos de proclamar. Para los interlocutores de Jesús, se trataba de un problema de interpretación de la ley mosaica, que permitía el repudio, provocando debates sobre las razones que podían legitimarlo. Jesús supera totalmente esa visión legalista, yendo al núcleo del designio de Dios. En la norma mosaica ve una concesión a la sklhrokard|a, a la "dureza del corazón".
Pero Jesús no se resigna a esa dureza. ¿Y
cómo podría hacerlo él, que vino precisamente para eliminarla y ofrecer al
hombre, con la redención, la fuerza necesaria para vencer las resistencias
debidas al pecado? Jesús no tiene miedo de volver a recordar el designio
originario: "Al principio de la creación Dios los creó hombre y
mujer" (Mc 10, 6).
4. ¡Al principio! Sólo él,
Jesús, conoce al Padre "desde el principio", y conoce también al
hombre "desde el principio". Él es, a la vez, el revelador del Padre
y el revelador del hombre al hombre (cf. Gaudium et spes, 22). Por eso,
siguiendo sus huellas, la Iglesia tiene la tarea de testimoniar en la historia
este designio originario, manifestando que es verdad y que es practicable.
Al hacerlo, la Iglesia no desconoce las
dificultades y los dramas que la experiencia histórica concreta registra en la
vida de las familias. Pero también sabe que la voluntad de Dios, acogida y
realizada con todo el corazón, no es una cadena que esclaviza, sino la
condición de una libertad verdadera que tiene su plenitud en el amor.
Asimismo, la Iglesia sabe -y la experiencia diaria se lo confirma- que cuando
este designio originario se oscurece en las conciencias, la sociedad sufre un daño
incalculable.
Ciertamente, existen dificultades. Pero Jesús
ha proporcionado a los esposos los medios de gracia adecuados para superarlas.
Por voluntad suya, el matrimonio ha adquirido, en los bautizados, el valor y
la fuerza de un signo sacramental, que consolida sus características y sus
prerrogativas. En efecto, en el matrimonio sacramental los esposos, como harán
dentro de poco las parejas jóvenes cuya boda bendeciré, se comprometen a
manifestarse mutuamente y a testimoniar al mundo el amor fuerte e indisoluble
con el que Cristo ama a la Iglesia. Se trata del "gran misterio",
como lo llama el apóstol san Pablo (cf. Ef 5, 32).
5. "Os bendiga Dios, fuente de la
vida". La bendición de Dios no sólo es el origen de la comunión
conyugal, sino también de la apertura responsable y generosa a la vida.
Los hijos son en verdad la "primavera de la familia y de la sociedad",
como reza el lema de vuestro jubileo. El matrimonio florece en los hijos:
ellos coronan la comunión total de vida ("totius vitae consortium":
Código de derecho canónico, c. 1055, 1), que convierte a los esposos en
"una sola carne"; y esto vale tanto para los hijos nacidos de la relación
natural entre los cónyuges, como para los queridos mediante la adopción.
Los hijos no son un "accesorio" en el proyecto de una vida conyugal.
No son "algo opcional", sino "el don más excelente" (Gaudium
et spes, 50), inscrito en la estructura misma de la unión conyugal.
La Iglesia, como se sabe, enseña la ética
del respeto a esta institución fundamental en su significado al mismo
tiempo unitivo y procreador. De este modo, expresa el acatamiento que debe dar
al designio de Dios, delineando un cuadro de relaciones entre los esposos
basadas en la aceptación recíproca sin reservas. De este modo se respeta,
sobre todo, el derecho de los hijos a nacer y crecer en un ambiente de amor
plenamente humano. Conformándose a la palabra de Dios, la familia se transforma
así en laboratorio de humanización y de verdadera solidaridad.
6. A esta tarea están llamados los
padres y los hijos, pero, como ya escribí en 1994, con ocasión del Año de la
familia, "el "nosotros" de los padres, marido y mujer, se
desarrolla, por medio de la generación y de la educación, en el
"nosotros" de la familia, que deriva de las generaciones
precedentes y se abre a una gradual expansión" (Carta a las familias,
16). Cuando se respetan las funciones, logrando que la relación entre los
esposos y la relación entre los padres y los hijos se desarrollen de manera
armoniosa y serena, es natural que para la familia adquieran significado e
importancia también los demás parientes, como los abuelos, los tíos y
los primos. A menudo, en estas relaciones fundadas en el afecto sincero y en la
ayuda mutua, la familia desempeña un papel realmente insustituible, para que
las personas que se encuentran en dificultad, los solteros, las viudas y los
viudos, y los huérfanos encuentren un ambiente agradable y acogedor. La
familia no puede encerrarse en sí misma. La relación afectuosa con los
parientes es el primer ámbito de esta apertura necesaria, que proyecta a la
familia hacia la sociedad entera.
7. Así pues, queridas familias
cristianas, acoged con confianza la gracia jubilar, que Dios derrama
abundantemente en esta Eucaristía. Acogedla tomando como modelo a la familia
de Nazaret que, aunque fue llamada a una misión incomparable, recorrió vuestro
mismo camino, entre alegrías y dolores, entre oración y trabajo, entre
esperanzas y pruebas angustiosas, siempre arraigada en la adhesión a la
voluntad de Dios. Ojalá que vuestras familias sean cada vez más verdaderas
"iglesias domésticas", desde las cuales se eleve a diario la alabanza
a Dios y se irradie a la sociedad un flujo de amor benéfico y regenerador.
"¡Nos bendiga el Señor, fuente de vida!". Que este jubileo de las
familias constituya para todos los que lo estáis viviendo un gran momento de
gracia. Que sea también para la sociedad una invitación a reflexionar en el
significado y en el valor de este gran don que es la familia, formada según el
corazón de Dios.
Que la Virgen María, "Reina de la familia", os acompañe siempre con su mano materna.