EL PAPA A LOS GOBIERNOS DEL MUNDO
Juan Pablo II nos ha ofrecido un extenso y realista balance de la situación internacional, al encontrarse el pasado jueves 10 de enero con los embajadores de los 172 países acreditados ante la Santa Sede, facilitado por la Sala de Prensa en todas las lenguas. Reflexionamos hoy sobre una selección de textos breves del balance magistral.
La luz de la Navidad -comenzó afirmando el Romano Pontífice- da sentido a todos los esfuerzos humanos realizados para que nuestra tierra sea más fraterna y más solidaria, para que se pueda vivir bien en ella y que la indiferencia, la injusticia y el odio no tengan jamás la última palabra. Pero la luz que emana de la gruta de Belén -admite el Papa después- ilumina también, y de modo implacable, las ambigüedades y los fracasos de nuestras iniciativas. En este principio de año, constatamos que la humanidad se encuentra en una situación de violencia, de desesperación y de pecado.
¿Qué dijo Juan Pablo II sobre los complejos conflictos en Tierra Santa?
Leemos:
En la noche de Navidad, hemos acudido espiritualmente a Belén y nos hemos entristecido al constatar que la Tierra Santa, donde el Redentor vio la luz, es siempre, por culpa de los hombres, una tierra de fuego y de sangre. Como ya he dicho muchas veces -añade después-, sólo el respeto del otro y de sus legítimas aspiraciones, la aplicación del derecho internacional, la evacuación de los territorios ocupados y un estatuto especial garantizado internacionalmente para los lugares más sagrados de Jerusalén, son capaces de ofrecer un principio de pacificación en esta parte del mundo y de romper el ciclo infernal del odio y de la venganza.
¿Y qué es lo que propone?
Yo deseo -nos dice- que la comunidad internacional, con medios pacíficos y apropiados, sea capaz de desempeñar su papel insustituible, siendo aceptada por todas las partes en conflicto. Unos contra otros, israelíes y palestinos no ganarán la guerra. Los unos con los otros, pueden ganar la paz.
Y añade ahora su valiente propuesta:
Deseo reiterar aquí, ante toda la comunidad internacional, que matar en nombre de Dios es una blasfemia y una perversión de la religión, y repito esta mañana lo que expuse en mi mensaje del 1 de enero: “Es una profanación de la religión proclamarse terroristas en nombre de Dios, hacer en su nombre violencia al hombre. La violencia terrorista es contraria a la fe en Dios Creador del hombre; en Dios que lo cuida y lo ama”. Esta situación contrastante de nuestro mundo comprometido con el tercer milenio tiene una ventaja, si puede decirse así -reflexiona el Papa en voz alta- nos pone frente a nuestras responsabilidades. Todos se ven obligados a plantearse las verdaderas cuestiones: la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre.
Primero, nos desvela Juan Pablo II la verdad sobre Dios:
Dios no está al servicio de un hombre o de un pueblo, y ningún proyecto humano puede pretender apropiarse de Él. Los hijos de Abraham saben que Dios no puede ser patrimonio de nadie. A Dios, lo recibimos todos nosotros. Ante el pesebre, los cristianos perciben mejor, que Jesús mismo no se ha impuesto a nadie y que se ha negado a emplear los instrumentos del poder para promover su reino.
Después, precisa con esta reflexión la verdad sobre el hombre:
El hombre sólo es verdadero cuando se pone ante Dios en actitud de pobreza. Sólo es consciente de su dignidad cuando reconoce en él y en los demás la impronta de Dios, que lo creó a su imagen. Esta es la razón por la que he querido que el tema del perdón fuera el centro del tradicional Mensaje por la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, del 1 de enero de 2002. Los cristianos ofrecen a todos esta verdad sobre Dios y sobre el hombre, especialmente a sus hermanos y hermanas, fieles del Islam auténtico, religión de paz y de amor al prójimo.
Concluye Juan Pablo II:
Confío a Ustedes estas reflexiones que nacen de mi oración y de las confidencias de los que me visitan. Les ruego que las hagan llegar a sus gobiernos. No nos dejemos abatir por las dificultades del momento presente. Al contrario, abramos nuestro corazón y nuestra inteligencia a los grandes desafíos que nos esperan: -la defensa del carácter sagrado de la vida humana en toda circunstancia, en particular ante las manipulaciones genéticas; -la promoción de la familia, célula fundamental de la sociedad; -la eliminación de la pobreza, mediante esfuerzos constantes en favor del desarrollo, de la reducción de la deuda y de la apertura del comercio internacional; -el respeto de los derechos humanos en todas las situaciones, con especial atención a las categorías de personas más vulnerables, como los niños, las mujeres y los prófugos; -el desarme, la reducción de las ventas de armas a los países pobres y la consolidación de la paz una vez terminados los conflictos; -la lucha contra las grandes enfermedades y el acceso de los menos pudientes a las curas y los medicamentos básicos; etc.