CARTESIANISMO

La acción de Descartes en la historia del espíritu no se limita a haber sido el filósofo de moda en el s. xvii francés. El c. es antes bien un comienzo y un modelo de la actitud de la conciencia moderna en general. Su estimacíón oscila, hoy como antes, entre dos extremos, según como se juzguen las tendencias fundamentales de la edad moderna: o como promesa o como decadencia. Ello es signo de la perenne actualidad del c., que pide de cada generación una nueva toma de posiciones; pero a la vez dificulta esta toma de posición. Además los impulsos procedentes del c., que marcan una época en la historia, no se limitan a las intuiciones e intenciones originales de Descartes. La máscara que, a los 23 años, el filósofo confesaba haberse puesto (larvatus prodeo: O x 213 ), la investigación no ha logrado hasta hoy quitársela del todo. E. GILSON ha descubierto las múltiples dependencias del gran innovador respecto de la tradición, y precisamente de la escolástica (Index Scolastico-Cartésien, 1912; NY 21964; Études sur le róle de la Pensée médiévale dans la f ormatíon du Syst1me Cartésien, P 1930). Lo decisivo, sin embargo, por encima de los pormenores, es el impulso que Descartes comunicó a unos pocos principios metódicos y sistemáticos, vertiendo en ellos, como en focos, las lineas progresivas de la ciencia y de la conciencia general de su tiempo. Y dándoles así nueva fuerza. Aquí radica sin duda la grandeza, no menos que el límite de su obra de pensador. Un examen y deslinde crítico de estos principios es siempre, por las razones apuntadas, una empresa sujeta a revisión.

El metadológico s. xvii halló en Descartes su teórico supremo. Las Regúlae ad directionem ingenii (1628, publicación póstuma) y el famoso esbozo Discours de la méthode (1637) programan un método único, dominado por el modelo de conocimento deductivo de la matemática, que lleva paso a paso, con una consecuencia que no se salta nada, del análisis a la síntesis. Esta concentración metodológica pudo dar fuerzas a la moderna investigación científica para recorrer su ascendente carrera. Pero descubre también el peligro de un monismo metódico (ya la ilustración del s. xviii reprocha al c. su -> dogmatismo), que, en el fondo, no puede desde luego achacarse sólo al c., pues irrumpe con todo cultivo decidido de la ciencia. El respeto transitorio a la moral tradicional cristiana por parte de Descartes fue en todo caso un dique demasiado débil contra la pretensión de universalidad de su propio método racionalista.

El escepticismo que profesó Montaigne y el libre pensamiento del tiempo, lo organiza Descartes en su obra capital Meditationes (1641), para destruir metódicamente toda certeza aparente o insuficiente, hasta que la duda misma se elimina en la infalible certeza que de sí mismo tiene el que duda: cogitoexisto (en el Discours con el equívoco «luego»: je pense, done je suis). Esta fundamentación del conocimiento en la propia conciencia, no obstante fórmulas paralelas en Agustín y pensadores medievales, es considerada con razón como lema de la filosofía de la «subjetividad», que halló sus puntos culminantes en el método transcendental de Kant y, sobre todo, en la universal metafísica del espíritu del idealismo alemán.

Contra una reducción muy difundida pero superficial del móvil fundamental de Descartes a la autonomía debiera precavernos el hecho mismo de que, en el fondo, la certeza de sí va enlazada con el conocimiento vivo de la idea de Dios. El antropocentrismo es relativo, está referido al ser; la autonomía humana es, a par, teonomía. La idea del Dios infinito no sólo se le imprime al espíritu humano externamente, no sólo es «innata» en él, sino que constituye además el resorte más íntimo de su naturaleza dinámica (cf. Med. 3: O. vii 51s). También la otra prueba de la existencia de Dios, la ontológica, no obstante la falsa interpretación refleja como puro conocimiento conceptual apriorístico por Descartes mismo (y posteriormente por Kant), se funda en una primigenia y válida experiencia espiritual del ser (cf. Med. 5: ¡bid. 115120; sobre el tema, p. ej., W. KERN, «Scholastík» 39, 1964, p. 91-97). Sin embargo, habrá que objetar con Jaspers que Descartes dejó perder, casi insensiblemente, el profundo sentido y la rica posibilidad escondidos en la certeza primera; y con Heidegger, que la verdad vino a convertirse demasiado en mera exactitud. Esto - y no el muy discutido «círculo», que se supone ¡legítimoes lo que también hay que objetar al criterio de verdad de la «percepción clara y distinta», tal como de hecho lo manejaba Descartes. Descartes ya era excesivamente un «racionalista cartesiano».

Las Meditationes y luego (1644) los Principia desarrollan la tajante oposición entre espíritu y materia, entre la res cogitans y la res extensa. Estas demensiones como substancias completas están en el hombre con una conexión, no óntica, sino solamente operativa (teoría psicológica de la interacción), mientras los animales no pasan de autómatas ingeniosísimos. Este dualismo sobre todo, dadas las dificultades que suscitaba, determinó la problemática del c. en el s. xvII. £1 empujó a sistemas más consecuentes y contrapuestos: al dualismo ocasionalista y dualista de Malebranche y al monismo «neutralista» de Espinosa (--> espinosismo). En una posterior y mucho más amplia influencia sobre la conciencia moderna, el pensamiento de Descartes, que preferentemente concebía como «cosas» los constitutivos de la realidad y desdeñaba los principios ontológicos y las «formas substanciales» de la tradición aristotélica, ha contribuido a una nivelación de las, diferencias en los seres del mundo a la manera de los monismos materialistas, en contra absolutamente de sus primigenias tendencias. Por otra parte, el sistema de la mecánica del mundo construido en los Principia es expresión y ejemplo de un proyecto de investigación, siempre necesario en el terreno de las ciencias especiales, donde el carácter unilateral de los métodos está compensada por la apertura de nuevos caminos, si bien los pormenores materiales, p. ej., las siete leyes del impulso no hayan resistido, ni aun dentro de la física clásica, la prueba de la experimentación. En este mismo campo físico, la identificación entre materia y extensión agitó a los teólogos en tiempo de Descartes por las consecuencias que implicaba para la doctrina eucarística.

De su fe en la revelación cristiana Descartes apenas abrogó nada más que lo usual en los eruditos de su tiempo (y si alguna vez fue más lejos, eso ha de explicarse ante todo por su naturaleza irénica). Pero el hecho de que en principio él uniera una fe moderada en la revelación con una posición filosófica muy consecuente (e incluso extrema) y con múltiples investigaciones científicas, atestigua una tensión pluralista que en el futuro será valorada como cristianismo objetivo mucho más de lo que era posible en el pasado.

Walter Kern