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Una
“ola” de jóvenes que
pasó por Roma
El año 2000 tuvimos la ocasión de estar en el gran Jubileo de los jóvenes
en Roma, con el Papa, junto a más de 2 millones de “compañeros de
acampada”. Jornadas emotivas y de grandes cosas, que necesitan tiempo para
digerirse... por aquellos días escribí algunas de esas impresiones,
difíciles de transmitir con la fuerza de allí, en Tor Vergata, que así se
llama la zona de Roma que ocupamos, uno de los campus universitarios.
Por cierto, que la policía encontró en el “campo de batalla” dinero
(30.000 dólares, tarjetas de crédito), documentos de todo tipo, un billete
de avión... que intentó devolver a sus dueños. Es sintomático que no
hubiera vandalismo ni robos. Me decían unas chicas que dejaron todo por el
suelo (máquinas de fotos, dinero...), en la zona que ocupaban, y fueron
corriendo mucho más adelante, para ver al Papa de cerca, y que en ningún
momento se les pasó por la cabeza que no lo encontrarían a la vuelta,
cuando ya había pasado bastante rato... era el clima de confianza del
momento, había sensación de estar en familia.
¿Qué ha quedado después de aquella “revolución”?¿Qué quedó al acabar todo?
Más bien yo diría que aquello no ha acabado sino que ha empezado, que ha
aparecido una cara de juventud distinta de la que intentan hacernos ver
continuamente de delincuencia, droga y accidentes de fin de semana... otro
rostro de la juventud, que no está marcado por una imagen triste y sin
futuro... apareció una nueva ola, una generación que floreció en Tor
Vergata, hija de la del 68 y que es rebelde en otro sentido: no le bastan
las mentiras de promesas de felicidad fáciles, sino que quiere luchar por
la verdadera felicidad, una generación que busca a Jesús. Un cambio en la
orientación del curso de la historia, un mundo lleno de esperanza, que
sabe dónde ir.
Uno de los asistentes me decía: “parece mentira que un anciano de 80 años,
enfermo, que nos convoca para una Misa (que no parece tan divertido como
una de las fiestas musicales de esas tantas que se organizan), tenga tanto
éxito y nos reúna a dos millones. Y que lo que nos dice –las palabras de
un solo hombre- vayan a cambiar el mundo”. Lo decía convencido de que el
compromiso que tomábamos de llevar a término esos retos que nos proponía
el Papa, lo íbamos a llevar adelante hasta el final. Y no era un
entusiasmo sensiblero. Las lágrimas de emoción del Papa en su ingreso al
encuentro se trasladaban a las caras emocionadas de los jóvenes que le
veían de cerca, y eran los mismos jóvenes que se habían preparado en el
Circo Máximo con el Sacramento de la Confesión, pues hacía falta una
conversión del corazón para entender ese “laboratorio de la fe” que lleva
a una opción de vida de fe y de encuentro con Jesús, que interpela y
provoca seguimiento entusiasta.
“Roma no olvidará este clamor”, comentaba Juan Pablo II con humor. Unos
millares de fanáticos de fútbol pueden desbaratar una ciudad entera y
dejarla hecha un desastre. En cambio, ahí, dos millones de jóvenes que
asaltaron pacíficamente Roma dejaron un regusto de dulzura y de paz. Yo
tuve que hacer gestiones por la ciudad y comprobé ese apoyo entusiasta.
Yendo en coche, pregunté a uno cómo entrar en una avenida y me indicó que
le siguiera. Me puse detrás de su coche y al rato, al llegar al punto
donde iba, bastantes minutos más tarde, me dijo que se volvía atrás por
donde había venido. Le dije que no tenía porqué haberse molestado... y me
contestó con alegría: “por este Papa es necesario hacer todo lo posible”.
Mientras pasaban los peregrinos hacia Tor Vergata, los romanos, que tienen
fama de impasibles ante los visitantes extranjeros, salían para ofrecer
agua o regar a los jóvenes acalorados. Los voluntarios se portaron de
maravilla: al llegar un sacerdote con un grupo, cargado de problemas
debido a que el lugar de recepción donde los acreditaban ya estaba
cerrado, fue a otro punto de voluntariado y la chica le dijo sonriendo,
quitando hierro al asunto: “le resuelvo todo a cambio de que me celebre
una misa”.
Todo era fácil, había aquel punto de locura necesario para que no
existieran los nervios en medio de una marea de problemas que no se veían
como tales. Cuando nos íbamos, al lado de la caravana de peregrinos
saliendo de Tor Vergata iban saludando esos voluntarios, dando la mano
sonriendo felices, muchos con lágrimas en los ojos.
Al final del segundo milenio, hubo algo grande en este encuentro de la
juventud, algo que algunos no captaron (un ejemplo es la poca información
que dedicaron algunos canales de televisión, en cambio otras sí que
retransmitieron bien la vigilia y la misa del domingo). En Italia se
portaron muy bien, con gran elegancia y apertura mental a un evento de
tanta trascendencia. En medio de aquel calor espiritual, del clima de
oración y recogimiento, los periodistas iban preguntando cosas, a veces
inoportunas como me decían unos que contestaron a los periodistas
preguntones: “mirad, no os enteráis porque se necesita un poco de fe para
entender esto, dejadnos gozar en paz de esta fiesta y no metáis la
política en todo...” Otros periodistas entendían perfectamente la
sinceridad de esos jóvenes, esa búsqueda de verdad sin componendas, seguir
a Jesús.
“¿Qué habéis venido a buscar aquí? ¿A quién?” preguntó el Papa,
haciéndonos pensar, mientras le llegaba a cada uno la traducción en su
idioma, siguiendo la frecuencia oportuna en la radio. “Veo en vosotros los
centinelas de este nuevo milenio”, seguía diciendo. Y recordaba este siglo
lleno de mentiras y de guerras, intentos de sustituir la esperanza
cristiana con ideologías que se demostraron un verdadero infierno (el
comunismo por ejemplo), y nos decía: “estáis aquí para decir que en este
siglo nuevo no os dejaréis engañar para ser instrumentos de violencia y de
destrucción, defenderéis la paz aunque sea pagando con la vida...” Éramos
conscientes de que este encuentro configuraba un compromiso de lucha por
vivir según el mensaje de Jesús y según un encuentro personal que a su vez
cada uno de nosotros tenía con Jesús, dentro del encuentro general de las
Jornadas: éste era el “laboratorio de la fe” que nos sugería, una
experiencia de Cristo: “es Jesús a quien buscáis cuando soñáis deseos de
felicidad, es aquel a quien esperáis cuando nada os satisface de todo
aquello que encontráis”, y mientras consideraba la dificultad de creer en
un mundo como el de hoy, nos preguntaba: “¿es difícil creer en un mundo
así? ¿en el 2000 es difícil creer? Sí, es difícil, no hemos de esconderlo.
Pero con la ayuda de la gracia es posible”. Era el reto, y todos
aplaudíamos haciéndolo nuestro, en diálogo con el Papa, pues íbamos
interrumpiéndolo con aplausos, cantos, subrayando aquellas cosas que más
nos gustaban.
Aquella vigilia nos dejó un recuerdo del Papa, un Evangelio dedicado, que
nos cambiamos con el que teníamos al lado, en señal de ese compromiso de
transmitir la fe; un polaco me ofreció el suyo, y –sin que pudiéramos
entendernos más que por señas, por el muro infranqueable del idioma- yo le
di el mío, intercambiándonos una sonrisa que era otra forma de
comunicación.
A media noche, ya acabado el acto y los fuegos artificiales, fuimos allá
lejos, de donde salía una luz de focos que surcaban el cielo, donde había
una exposición al Santísimo, y muchos jóvenes postrados o arrodillados
adoraban a Jesús mientras algunos sacerdotes seguían confesando, al mismo
tiempo que otros jóvenes dormían, pues era “su territorio” donde también
les tocaba descansar. Aquello era una noche mágica, en la que algunos no
querían dormir hasta muy tarde, les parecía un desperdicio.
Me decía uno: “esto es un milagro. Yo estaba acobardado, con miedo de
mostrar mi fe. Estoy reconfortado viendo tanta gente que piensa como yo,
tanta gente contenta y no como la que veo en otros ambientes alejados de
Dios, con una alegría más superficial, vacía”. Resonaba el grito de guerra
del Papa al comienzo de aquellos días inolvidables: “¡no tengáis miedo!
¡Abrid de par en par vuestros corazones, vuestra vida a Cristo! Cada uno
de vosotros es precioso para Cristo, él os conoce personalmente y os ama
tiernamente, incluso cuando no os deis cuenta... incluso cuando lo
decepcionamos”. El Papa habló de entrega a Jesús, que llama, de seguirle
de cerca. Muchos se sintieron llamados en aquellos momentos.
Llucià Pou Sabaté
LLUCIAPOU@terra.es |