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Toda la vida detrás de una zanahoria... (necesitamos la esperanza)
Toda la vida tras una zanahoria
Recuerdo de pequeño la imagen del burro, al que oía con frecuencia pues
era de un vecino que hacía cestos. Me gustaba subirme a él, tenía un
encanto especial y oía con satisfacción sus rebuznos, que procuraba
imitar. Me sorprendió ver en los tebeos la imagen del burro que va con una
zanahoria "a cuestas", se la ponen delante de los ojos para que vaya
adelante, siempre adelante... ahora pienso que nosotros pasamos toda
nuestra vida siguiendo zanahorias de metas y de propósitos, y al rebuscar
en la memoria encontramos que lo que nos prometía la imaginación no era lo
que nos dio la realidad: nos planteábamos "consigue esto y serás feliz"...
y a veces no conseguimos aquello, pero otras muchas sí, y a pesar de
conseguir estos objetivos no tenemos aquella "felicidad"... Esto lleva a
veces a una frustración o desengaño, sobre todo cuando se han puesto
muchas ansias en alcanzar a cualquier costo aquel objetivo, sacrificando
cosas que luego vemos que eran más importantes, y nos acordamos de lo de
la canción: "no és això, companys, no és aixó..." ("no se trata de eso,
compañeros, no es eso...") el ganar, el beneficio, la meta. Hay metas
nobles, para el perfeccionamiento personal y el bien social, y es difícil
mantener el equilibrio de ver qué es "medios" y qué es "fin". Sabemos que
la frustración genera formas de marginación como drogas, homicidios, etc.
El alma del hombre es infinita y los anhelos de algo grande no pueden
satisfacerse con lo limitado, con lo material. Dios es infinito.
Hace unos días participé en un Congreso sobre escatología ha tomado
últimamente un lugar importante en los estudios de la teología. Las causas
han sido dos: por un lado, se ha profundizado en el fuerte carácter
escatológico de la predicación de Jesús; y también se ha puesto una
atención particular a la esperanza, como ancla de salvación en una
sociedad inmersa dentro del torbellino de mejorar la posición de bienestar
temporal. Es decir, se mira el hombre -y por él a la creación entera-
desde su fin último sobrenatural, es decir no sólo en cuanto es sino sobre
todo en cuanto a lo que está llamado a ser. Ante la pregunta: ¿Por qué
nada del mundo constituye para el hombre un fin que le satisfaga?, se
responde que la esperanza le lleva siempre más allá de sus logros, es una
sed de infinitud que no puede ser colmada dentro del horizonte de este
mundo, y el corazón del hombre se acoge a la esperanza que lo dirige más
allá, hacia el final de los tiempos.
La llamada a ser hijo de Dios está en la más profundo de la dignidad de la
persona. ¿Podríamos hablar incluso de una cierta intuición en el hombre,
en la que ve de algún modo ese deseo de filiación divina? Algunos paganos
escriben en esa línea, y hablan de hombres que tienen deseo de ser dioses
o hijos de dioses. Lo que está claro es que el sentimiento de "endiosarse"
lleva a la osadía de las cosas grandes; se trata de un sentimiento que
incluso ha tenido manifestaciones históricas equivocadas, pero que posee
una fuente real, sobrenatural, que la misma naturaleza de algún modo
atisba. Y la toma de conciencia de la filiación divina da coraje en la
vida, y de ahí que esa conciencia de ser hijos de Dios y la habitual
consideración de este misterio sublime, pueda y deba considerarse el
fundamento y médula de la piedad cristiana (J. Escrivá de Balaguer).
Constituye un endiosamiento: "Si hemos sido hechos hijos de Dios, hemos
sido hechos dioses" (S. Agustín). Y Basilio El Grande se refiere a que,
así como "los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos de
luz, se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son
llevadas e ilustradas por el Espíritu Santo se vuelven también ellas
espirituales y llevan a los demás la luz de la gracia. Del Espíritu Santo
proviene la inteligencia de los misterios, la comprensión de las verdades
ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la
conversación con los ángeles. De Él, la alegría que nunca termina, la
perseverancia en Dios y, lo más sublime que puede ser pensado, el hacerse
Dios".
Llucià Pou Sabaté
LLUCIAPOU@terra.es |