Cuántas veces solemos escuchar aquello de: “No es sabio quien sabe; sabio es  aquel que va al  fondo de las cosas”.

Con qué frecuencia  nos quedamos clavados y mediatizados por lo puramente externo. Estamos tan pendientes de las sensaciones que olvidamos aquello que las produce.

 
 

EL HOMBRE DE LAS MANOS VACIAS

 
 

Pronzato dice que en los nacimientos de tradición provenzal, hay un personaje típico: el “Ravi”, o sea, el extasiado, el embelesado, el encantado, sabio de las cosas de Dios.  El que no tiene nada que llevar, pero acarrea lo más importante: el asombro y la percepción de Dios . Cuando llega, un poco cansado, a visitar al niño Jesús apenas nacido, con las manos vacías, tiene que aguantar los reproches de todos.  Su presencia molesta. Así cuenta la narración popular: “Y el encantado alzaba los brazos hacia lo alto diciendo:

 
 

-Dios mío, qué  hermoso es ver que un hombre que era holgazán y a quien le han entrado ganas de trabajar

            -Tú, Ravi, empiezas a fastidiarme, refunfuña alguno.

            Si te molesto, te pido perdón. 

            –Precisamente, tú que hablas de trabajo, no has hecho nunca nada en la vida. 

            –He mirado a los demás y les he animado.  Les he dicho que eran hermosos  y que hacían cosas muy bellas

            –No te has cansado mucho…¡ Y ni siquiera has traído un regalo! 

            Pero la Virgen María le dijo: -No hagas caso.  Tú has sido puesto en la tierra para maravillarte.  Has cumplido tu misión, Embelesado, y tendrás una recompensa.  El mundo será maravilloso mientras existan personas como tú, capaces de maravillarse y de gustar las cosas de Dios. Tú has actuado con la Sabiduría de Dios.

 
 

EL DON DE SABIDURÍA

La sabiduría nos empuja a intuir y descubrir los signos de la presencia de Dios frente a esa otra cultura que pretende arrinconarle.

La sabiduría es un termómetro que analiza la temperatura en el conocimiento de Dios.

La sabiduría es no concebir la vida sin la presencia de Aquel que habla, dirige, auxilia, sopla y anima: DIOS.

La sabiduría, como DON DEL ESPÍRITU, no se conserva en la mente ni se hace fuerte con el estudio. Germina y crece en el corazón. Y, con éste, se saca gusto a la presencia de Dios.

Cuentan de San Francisco que, cada vez que pronunciaba el nombre de Dios o de Jesús, sentía en su paladar un gusto mil veces más dulce que la miel o que el azúcar.

Lo que aborta este don espiritual es la locura. Alguien, con cierta razón, dijo que ésta es la llave que cierra las puertas a la discreción y al gusto.