El Montañero

 
 

Cuentan que un alpinista, apasionado por conquistar una altísima montaña, inició su travesía después de años de preparación, pero quería toda la gloria solo para él, y por eso quiso subir sin ningún compañero.

Empezó la ascensión, y se le fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo, y oscureció. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver casi nada. Todo era negro, y las nubes no dejaban ver la luna y las estrellas.

Cuando estaba a solo unos pocos metros de la cima, resbaló y se deslizó a una velocidad vertiginosa. El alpinista solo podía ver veloces manchas oscuras y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos los episodios gratos y no tan gratos de su vida. Pensaba en la cercanía de la muerte, y rogó a Dios que le salvara.

De repente, sintió un fuerte tirón de la larga soga que lo amarraba de la cintura a las estacas clavadas en la roca de la montaña. En ese momento de quietud, suspendido en el aire, gritó : "¡¡¡Ayúdame, Dios mío!!!"

De pronto, una voz grave y profunda de los cielos le contestó: "¿Y qué quieres que haga?" El montañero contestó: "Sálvame, Dios mío". Y escuchó una nueva pregunta: "¿Realmente crees que yo te puedo salvar de ésta?" Y el hombre contestó: "Por supuesto, Señor". Y oyó de nuevo a la voz que le decía: "Pues entonces corta la cuerda que te sostiene...".

Hubo un momento de silencio. El hombre se aferró más aún a la cuerda. Cuenta el equipo de rescate, que al día siguiente encontraron a un alpinista muerto, suspendido de un cuerda, con las manos fuertemente agarradas a ella... y a tan sólo un metro del suelo...

 
 

DON DE PIEDAD

Es aquella predisposición que nos hace sinceros ante Dios.

Nos invita a fiarnos totalmente de El y a ponernos en sus mano

Fortalece nuestra confianza en Dios y siembra en nosotros una certeza: Dios nunca falla.

No es una ruptura entre Dios y el hombre. La piedad hacia Dios exige la piedad con lo que nos rodea.

Pone nuestra existencia en manos de Dios. Su presencia, con este don, es cercana, amigable, necesaria.

San Francisco Javier, San Pablo, San Francisco de Asís bebían tanto de este don que, a continuación, se sentían llamados a dar a conocer el nombre y el amor de Dios en Jesús.

Este “don” nos conduce a la oración, a la meditación de la Palabra de Dios, a disfrutar a solas con Jesús.

El adversario de este don es la dureza de corazón.