HISTORIA del MISAL ROMANO

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El día 3 de abril de 1969, feria V in Coena Domini, el papa Pablo VI firmaba la constitución apostólica Missale Romanum, para promulgar el libro litúrgico más esperado de cuantos han sido reformados según los decretos del concilio Vaticano II. La expectación estaba justificada a cau­sa de la importancia que para la unidad en el culto y en la fe (lex orandi­ lex credendi) tiene el libro, destinado a regular y a nutrir la celebración de la eucaristía. Por otra parte, el misal es, después del Leccionario de la palabra de Dios, el más importante instrumento pastoral para la partici­pación activa, consciente y fructuosa de los fieles en el sacramento de nues­tra fe (cf SC 48-49).

 

Cuatro siglos antes, exactamente el 13 de julio de 1570, otro papa, san Pío V, había promulgado el Missale Romanum, que estuvo en vigor hasta la aparición del actual. El misal de 1570, que algunos llaman de San Pío V para distinguirlo del misal de Pablo VI, es el antecesor directo de este último, pero existen entre am­bos diferencias muy notables. La primera afecta al carácter específico del libro: el Missale Romanum de 1570 era un misal plenario; el actual ya no lo es, al estar compuesto de varios volúmenes: el libro del altar u oracional, el Leccionario y el Gra­duale Simplex. No obstante el título Missale Romanum ex decreto... que encabeza el Leccionario (desde el Ordo Lectionum Missae hasta cada uno de los tomos de que consta) y el Graduale, la expresión misal roma­no se viene dando de hecho al libro de altar u oracional.

 

Otras diferencias entre el misal de 1570 y el actual se refieren a la amplitud del contenido, a la utilización del material eucológico anterior y a los criterios de distribución y selección de textos, etc. Estas diferencias tienen su origen no sólo en los condicionamientos históricos y doctri­nales de 1570, sino sobre todo en el gran avance moderno de los estudios litúrgicos y sobre las fuentes de la tradición eucológica occidental.

 

El Missale Romanum promulga­do en 1969 por Pablo VI fue publicado un año después (decreto Cele­brationis Eucharisticae, de 26 de marzo de 1970). En 1969 tan sólo se había dado a la luz el Ordo Missae juntamente con la Institutio Generalis Missalis Romani (Ordenación ge­neral del Misal Romano) y el Ordo Lectionum Missae, con el fin de que el 30 de noviembre, domingo 1 de adviento y fecha de entrada en vigor del nuevo Calendarium Romanum, se pudiese poner en práctica la reno­vación de la estructura de la misa y se empezase a usar el orden de lectu­ras con el comienzo del año litúr­gico.

 

Lamentablemente, en el tiempo que media entre la promulgación del misal por Pablo VI y la publicación de la edición típica se produjo una verdadera tempestad contra el Ordo. Missae y la IGMR (= OGMR), desencadenada por los sectores más opuestos a la reforma litúrgica em­prendida por el Vaticano II. Los principales ataques, en los que no faltaron opúsculos anónimos y otros dirigidos por nombre de eminentes personalidades eclesiásticas[1] ,contenían la gra­vísima acusación de que la "nueva misa" significaba una ruptura con la doctrina católica sobre la santa misa, tal como ésta fue formulada en la sesión XXII del concilio de Trento. Varios liturgistas, historia­dores y teólogos salieron al paso de estos ataques, interviniendo incluso el propio Pablo VI en una enérgica alocución en defensa del Ordo Missae, pronunciada en la basílica vati­cana el 19 de noviembre de 1969.

 

No es justo, por tanto, contraponer ambos misales, y menos aún pretender descalificar uno en nombre del concilio, o de la autoridad del papa que está detrás del otro. Del mismo modo que Trento tiene ver­dadera continuidad en el Vaticano II, el misal promulgado por san Pío V, que alimentó la piedad litúrgica de cuatro siglos, tiene también conti­nuidad en el misal de Pablo VI. Las circunstancias históricas y la finali­dad inmediata de las reformas litúrgicas de Trento y del Vaticano II no son las mismas, pero la autoridad apos­tólica de san Pío V y de Pablo VI es idéntica; y uno y otro papa la ejercieron legítimamente al promulgar el misal.

 

I. Historia del Misal Romano

 

El término missale y las expresiones liber missalis, missale plenarium o plenum indican, a partir del s. x, los libros litúrgicos que contienen todos los textos necesarios para la celebración de la misa: lecturas, cantos y oraciones, con sus rúbricas correspondientes. Este tipo de libro vino a sustituir a los sacramentarios propiamente dichos, en los cuales únicamente se encontraban las ple­garias destinadas a la eucaristía y a la administración de los sacramen­tos. Los restantes textos se encontraban en los respectivos libros litúrgicos.

 

Varias fueron las causas que dieron origen a la fusión de todos los libros en uno; el misal. En primer lugar, la multiplicación de las misas privadas no sólo en las iglesias grandes y bien dotadas de clero, sino también en las pequeñas iglesias rurales, en las que no había más que un sacerdote. Esta multiplicación de misas privadas, se produjo también en los monasterios en virtud de las obligaciones que contraían con los fundadores o sostenedores, especialmente en sufragio de los difuntos. La facilidad práctica, la celebración en silencio y la comodidad influyeron en la aparición, primero, de libelli missae o fascículos con una serie de misas completas, votivas o de difuntos, y más tarde de todo el conjunto de formularios siguiendo el orden del libro principal. Hacia el s. XIII puede decirse que el proceso del paso del sacramentario al misal plenario alcanzó la culminación.

 

No es difícil imaginar el éxito de este tipo de libro litúrgico en una época en que se había perdido el sentido comunitario y participativo de la celebración eucarística, apareciendo ésta como una acción reservada al sacerdote, el cual, por si fuera poco lo que tenía que hacer como presidente, asumía todos los restan­tes papeles: lector, cantor, ministro, etcétera.

 

Por otra parte, al faltar una autoridad que ordenase y unificase todo el proceso de confluencia de los antiguos libros litúrgicos en el misal, los abusos y los particularismos se multiplicaban a pesar de las disposiciones de algunos concilios particulares. La necesidad de corrección y de reforma de los, misales se hizo sentir a lo largo de la baja edad media y durante todo el s. xv. Esta ne­cesidad se agudizó en extremo al aparecer el protestantismo. El concilio de Trento (1545-1563) tenía conciencia de este grave problema; pero no llegó a abordarlo, dejando en manos del papa Pío IV la reforma proyec­tada. Como se verá en seguida, el fruto de aquella decisión conciliar, por lo que a la misa se refiere, fue el Missale Romanum de 1570.

 

1. ANTECEDENTES DEL “MISSALE ROMANUM”.

 

El misal promulgado en 1570 por san Pío V significa el punto de llegada de una ordenación del calendario y de los textos de la misa que se remonta, en lo esencial, al papa san Gregorio Magno y al arquetipo del llamado Sacramentario Gregoriano, cuyo manuscrito más completo y representativo de esta tradición eucológica es el Sacramentario Gregoriano Adrianeo (Cambrai, Bibl. municip., cod. 164), copiado el año 812 a partir del ejem­plar enviado por el papa Adriano I a Carlomagno hacia el 785.

 

Este sacramentario papal y estacional, es decir, adaptado a la liturgia local de la ciudad de Roma, fue provisto de un suplemento por san Benito de Aniano, y no por Alcuino, como se sostenía hasta hace poco La finalidad de este suplemento fue dotar de formularios aquellos días litúrgicos en que la liturgia pa­pal carecía de ellos. El Sacramentario Gregoriano con Suplemento alcanzó gran difusión, pero coexistió junto con otros sacramentarios mixtos, que forman la familia de los Gelasianos del s. VIII.

 

La situación, cuando empiezan a aparecer los primeros misales plenarios, es de total confusión. Sin em­bargo, por la fuerza de la sencillez y del carácter práctico, a finales del s. XIII se empezó a adoptar por toda Europa un misal preparado por los frailes franciscanos, que resultó ser el Missale secundum consuetudinem Curiae, el misal usado en la capilla papal hacia la mitad del siglo. Este misal es heredero directo del Gregoriano Adrianeo con el Suplemento, y tuvo el honor de ser impreso por primera vez en 1474, constituyendo por tanto la "edición príncipe" del misal romano.

 

La comisión creada por Pío IV para la reforma del misal, de acuer­do con los deseos del concilio de Trento, ampliada después por san Pío V, -trabajó fundamentalmente sobre los ejemplares impresos de 1474. El Missale Romanum ex Decreto Sacrosancti Concilii Tridentini restitutum Pii V Pont. Max. iussu editum, promulgado mediante la bula Quo primum Tempore[2], del 14 de julio de 1570. No obstante, la comisión redactora había incluido también las Rubricae generales Missalis y el Ritus servandus in celebratione Missae, sirviéndose para este apartado del Ordo Missae del maestro de las ceremonias pontificias Juan Burcardo, asegurando así la uniformidad del rito y la desaparición de la mayor parte de los abusos, objetivos larga­mente perseguidos desde mucho tiempo antes.

 

Es preciso destacar también algunos ajustes realizados en el santoral, la organización del Commune sanctorum, la eliminación de secuencias y la restricción de misas votivas.

 

No faltó tampoco la consulta de manuscritos litúrgicos -dentro de las posibilidades de la época-, como ase­gura san Pío V en la bula Quo primum Tempore. Esta consulta proporcionaba una base científica a la reforma del misal; pero, sobre todo, confería carta de antigüedad y de entronque con la tradición litúrgica, aspecto importantísimo, que permitía afirmar al papa que la revisión del misal lo ha­bía restituido ad pristinam sanctorum Patrum norman ac ritum.

 

Esta expresión de la bula Quo primum fue recogida por el Vaticano II como criterio fundamental de la reforma del Ordo Missae (cf SC 50), y por Pablo VI en la constitución apostólica de promulgación del misal, invocando la necesidad de aprovechar todo el riquísimo caudal que ofrecen hoy las fuentes litúrgicas, mucho mejor conocidas hoy que hace cuatro siglos.

La bula Quo primum imponía el Missale Romanum como obligatorio para todas las iglesias locales y órdenes religiosas de rito latino, con la única excepción de aquellas zonas que pudiesen contar con peculiaridades litúrgicas propias con una an­tigüedad no inferior a los doscientos años. De este modo se logró, por primera vez en la historia de la liturgia, la existencia de un misal unificado y común a toda la iglesia latina. Las circunstancias del momento y el mismo proceso que se obser­va en los siglos precedentes así lo pedían.

 

Después de 1570 el Missale Romanum sufre algunas modificacio­nes bajo los pontificados de Clemente VIII (1605), Urbano VIII (1634) y Benedicto XV (1920). Estas modificaciones consistieron, generalmente, en cambios de rúbricas, en la adición de las misas de los nuevos santos y en la inclusión de algunos prefacios. Durante el s. XVIII, bajo el influjo de la ilustración, especialmente en Francia y en Italia, se hicieron intentos de renovación de la celebración eucarística y de reforma del misal. Se deseaba una mayor participación del pueblo, la introducción de la lengua vernácula, un mayor uso de la Escritura, la revisión de algunos textos del misal, una mayor sobriedad de los ritos y la desaparición de las prácticas de piedad durante la misa, objetivos que después volvió a tomar el movimiento litúrgico y que se han hecho realidad en la reforma litúrgica del Vaticano II.

 

San Pío X quiso hacer una revisión general del misal, similar a la reforma realizada en el breviario, pero su muerte en 1914 le impidió impulsar la tarea. Hasta Pío XII no volverá a haber más cambios. En efecto, este papa instituyó en 1948 una comisión para la reforma litúrgica, en la que figuraba ya un hom­bre que sería clave en los trabajos preparatorios del Vaticano II en el campo litúrgico, y después del concilio, en la reforma litúrgica: P. Aníbal Bugnini. La comisión creada por Pío XII tuvo doce años de vida, realizando su tarea en el más absoluto secreto. Fruto de sus trabajos fue la restauración de la vigilia pascual en 1951, la reforma de toda la semana santa en 1955 y la publicación del Código de Rúbricas en 1960, esto último por mandato del papa Juan XXIII.

 

La reforma de la semana santa se incluyó en la última edición típica del Missale Romanum de 1570, efec­tuada en 1962[3]. Ésta es la edición objeto del indulto dado el 3 de octubre de 1984 para usar el misal de san Pío V a juicio del obispo diocesano[4], (AAS 76/1984, 1088-1089).

 

2. LA PREPARACIÓN DEL "MISSALE ROMANUM" DE 1970.

 

Todavía está por hacer la historia de cada uno de los libros litúrgicos promulgados después del Vaticano II, historia que comienza, ciertamente, en el aula conciliar, durante los trabajos de debate y aprobación de la constitución Sacrosanctum concilium. Después de la promulgación de este documento, verdadera piedra miliar en la historia de la liturgia, la investigación tendrá que rastrear todos los documentos de aplicación de la reforma litúrgica y meterse a fondo en los esquemas de trabajo y en las relaciones de los distintos coetus que funcionaron en el seno del Consilium ad exsequendam constitutionem de Sacra Liturgia, creado por Pablo VI en 1964.

 

Por lo que se refiere al misal, la historia de su elaboración comprende cuatro grandes capítulos: las reformas parciales que se introdujeron antes de la promulgación del Missale Romanum de 1970 (concelebración, comunión bajo las dos especies, nuevas plegarias eucarísticas), el Ordo Missae, el conjunto de la eucología y el antifonario, y el orden de lectu­ras y cantos interleccionales. En este artículo vamos a centrarnos únicamente en dos de estos grandes capítulos: los que se refieren al Ordo Missae y al oracional (eucología y antifonario).

 

a) El "Ordo Missae" Sin duda, el punto más delicado de toda la reforma litúrgica. La constitución Sa­crosanctum concilium había deter­minado: "Revísese el ordinario de la misa, de modo que se manifieste con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes y su mutua conexión y se haga más fácil la pia­dosa y activa participación de los fieles. En consecuencia, simplifíquense los ritos, conservando con cuidado la sustancia; suprímanse aquellas cosas menos útiles que con el correr del tiempo se han duplicado o añadido; restablézcanse, en cambio, de acuerdo con la primitiva norma de los santos padres, algunas cosas que han desaparecido a causa del tiempo, según se estime conveniente o necesario" (SC 50).

 

Para dar cumplimiento a este man­dato fue constituido el coetus n. 10 del Consilium, el primero de los grupos que habrían de trabajar en la reforma del misal. El coetus, en el que se encontraban los mejores es­pecialistas en la historia de la misa, basta citar al P. Jungmann y a mons. Righetti, se puso en seguida a trabajar en abril de 1964; de manera que en septiembre de 1965, después de seis sesiones de estudio en diferentes lugares, se presentó el primer esquema de lo que entonces se llamó la missa normativa. Se denominaba así a la forma de celebración eucarística que debía servir de base (de norma) para las restantes formas de celebración. Más tarde se desechó la citada denominación, prefiriéndose la que ha quedado en el misal de misa con el pueblo.

 

El esquema de la misa normativa era muy sencillo y transparente. De hecho, el actual Ordo Missae sigue fielmente aquel esquema, salvo algunos puntos que entonces no estaban claros, como, por ejemplo, el puesto del Kyrie, o los retoques del canon romano. En junio de 1966, Pablo VI dispuso que se, buscase una fórmula para integrar el Kyrie en el acto penitencial y que no se tocase el canon romano. En cambio ordenó también que se buscasen o elaborasen dos o tres nuevas plegarias eucarísticas. Pablo VI tomó también por entonces otra gran decisión: la de que se consultase a las conferencias episcopales sobre el proyecto de la misa normativa. La consulta se canalizó a través de la Secretaría del Sínodo de los Obispos, de manera que en la primera asamblea del Sínodo, en 1967, los padres sinodales pudieron expresar su parecer perso­nal sobre una serie de cuestiones. Al mismo tiempo pudieron asistir a una celebración experimental de la misa normativa en la Capilla Sixtina el 24 de octubre. La celebración fue prácticamente un fracaso, y la impresión negativa que produjo en muchos padres influyó sin duda en las votaciones a las preguntas formuladas sobre el mantenimiento del canon romano sin retoques, sobre algunos cambios en las palabras de la consagración, sobre la estructura de la misa, sobre el acto penitencial, sobre el número de lecturas y sobre las antífonas de entrada, ofertorio y comunión.

 

A finales de 1967 se reemprendieron los trabajos, asumiendo los resultados de la consulta al Sínodo y sometiendo a la decisión del papa una serie de puntos. Durante 1968, el esquema del Ordo Missae fue también examinado por las congregaciones romanas, hasta que, finalmente, en el consistorio del 28 de abril de 1969, Pablo VI anunció la publicación del Ordo Missae. Juntamente con él se publicaron la constitución apostólica Missale romanum[5] y la Institutio generalis Missalis Romani, documentos que habrían de figurar también en la edición típica del misal en 1970.

 

Mientras se preparaba el Ordo Missae, se realizaron reformas parciales en el ordinario de la misa del Missale Romanum de 1570, en cum­plimiento de algunas disposiciones conciliares y de los primeros documentos de la reforma litúrgica: la introducción de la lengua vulgar, la diversificación de ministerios, la simplificación de ritos, la distin­ción entre la liturgia de la palabra y del sacrificio, las formas de celebración, etc., motivaron la aparición de los siguientes ordines, que estuvieron en vigor hasta la aparición del misal en 1970: Ordo Missae. Ritus servandus in celebratione Missae el de defectibus in celebratione Missae occurrentibus, Typis Polyglottis Vaticanis 1965; Ritus servandus in concelebratione Missae el Ritus Communionis sub utraque specie, Typis Polyglottis Vaticanis 1965; Variationes in Ordinem Hebdomadae Sanciae inducendae, Typis Polyglottis Vaticanis 1965; Variaciones in Ordinem Missae inducendae ad norman Instructionis S. R. C. diei 4 maii 1967, Typis Polyglottis Vaticanis 1967; Preces eucharisticae el praefationes, Typis Polyglottis Vaticanis 1968.

 

La reforma del Ordo Missae se guió por el principio conciliar general de introducir "nuevas formas desarrollándolas orgánicamente a partir de las ya existentes" (SC 23). Este principio, que indudablemente alargó el proceso y produjo, no sólo aquí, sino en otros campos, la impresión de que los cambios no acababan nunca, permitió afianzar firmemente todos los pasos sobre bases seguras. Prueba de ello es que nin­guna reforma introducida hubo de ser retractada.

 

Sobre la base de la distinción en tre las dos grandes partes de la misa, liturgia Verbi y liturgia eucharistica (cf SC 56), las cuales tienen como puntos de referencia sendos lugares de celebración: el ambón y el altar, la misa encontró una línea más dinámica y participativa. Los ritos iniciales se simplificaron, el padre­nuestro se convirtió en plegaria de preparación de la comunión, se simplificó la fórmula de la distribu­ción de la comunión y la misa se concluyó con la bendición del sacerdote. Importantísima fue también la determinación de la obligatoriedad de la homilía y la introducción de la oración de los fieles (cf SC 52-53).

 

Ahora bien, los aspectos más espectaculares de la reforma del Ordo Missae, sobre algunos de los cuales se centraron los ataques de los oponentes a la reforma litúrgica, fueron éstos: a) los ritos del ofertorio, jamás tocados hasta ese momento. Se trató de eliminar todo lo que pareciese anticipación de los elementos sacrificiales y ofertoriales propios de la plegaria eucarística; b) los ritos iniciales se estructuraron para hacer más patente la intervención de la, asamblea y destacar también la función presidencial del celebrante principal. El acto penitencial dejó de ser un acto privado de los ministros, para convertirse en un rito de toda la asamblea; los ritos preparatorios de la comunión se hicieron más participativos, especialmente en la conclusión del embolismo del padrenuestro y en el rito de la paz.

 

b) El misal u oracional. Como ya se ha dicho, comprende no la to­talidad del Missale Romanum, sino los textos eucológicos y los cantos de entrada y comunión, además del Ordo Missae y de los restantes do­cumentos a los que se aludirá más adelante en la descripción del libro.

 

Fueron varios los coetus o grupos de trabajo del Consilium que se ocuparon de la preparación del misal: el coetus 13, que trató de las misas votivas; el 14, de los cantos; el 18, de los formularios comunes (de santos, etc.); el 18 bis, de las oraciones y prefacios, y el 19, de las rúbricas del misal. Estos tres últimos grupos tra­bajaban también para el oficio divi­no, dado que muchos textos habrían de ser compartidos en la misa y en la liturgia de las Horas. Naturalmente, buena parte de los trabajos de estos coetus dependía también de la revisión del calendario litúrgico (coetus 1) y de la revisión de algunos ritos del año litúrgico, como la semana santa (coetus 17). Tenía que ver también con los trabajos del misal la tarea del coetus 12, que se ocupó de la restauración de la oración de los fieles.

 

Para la historia del misal, los as­pectos más interesantes son los relacionados con la  eucología, es decir, con las oraciones y prefacios. El misal contiene mil seiscientas oraciones y ochenta y un prefacios, más del doble que el Missale Romanum de 1570. De hecho, prácticamente to­dos los textos eucológicos del misal anterior se encuentran en el actual, aun cuando muchos han sufrido retoques.

 

El coetus 18 bis, al que se le confió la eucología del misal, estaba presidido por el P. Plácido Bruylants, autor de varias obras sobre esta materia. El coetus comenzó sus trabajos en 1965 con las oraciones del propio del tiempo, viniendo después las co­rrespondientes a las misas votivas, a los comunes, etc. Las grandes líneas de todo el trabajo fueron expuestas por el P. Bruylants al pleno del Consilium en octubre de 1966. Se pretendía aumentar el número de textos para evitar repeticiones; revisarlos de acuerdo con las fuentes, restituyéndoles su sentido original, cuando fuera necesario, y sustituir expresiones difícilmente comprensibles hoy.

 

Se quería también recuperar una buena parte del depósito eucológico de los antiguos sacramentarios y componer textos nuevos. En cuanto a los prefacios, la intención era dotar de ellos a los principales formularios del misal por tiempos litúrgicos, domingos y solemnidades.

 

Estos criterios para comenzar a trabajar fueron definidos mejor conforme se avanzaba en la tarea. El Consilium examinó por última vez los trabajos del misal en 1968, continuando éstos,, hasta la víspera misma de la publicación del misal, de la mano de otro gran experto, el P. C. Braga -el P. Bruylants había fa­llecido en 1966, apenas presentado el primer esbozo del misal-. Vale la pena conocer en detalle los criterios de elaboración del conjunto de la eucología del misal.

 

El Vaticano II había ofrecido ya unos principios generales, que se aplicaron al misal de modo particular: "Para conservar la sana tradición y abrir el camino a un progreso legítimo, debe preceder siempre una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral acerca de cada una de las partes que se han de revi­sar" (SC 23). Esta investigación se hizo en orden a garantizar la pureza doctrinal de los textos (lex orandi­lex credendi); la recuperación del patrimonio eucológico de la misa romana, sin olvidar la apertura a otras tradiciones como la hispánica y la ambrosiana, y finalmente la revi­talización del libro del ministro principal de la eucaristía, es decir, del presbítero presidente.

 

Concretando aún más, y de forma esquemática, he aquí los criterios que presidieron la elaboración del oracional de la misa:

 

A) Oraciones y prefacios: En cuanto a los principios de la revi­sión: 1) Verdad y autenticidad de los textos, tanto en sentido histórico crítico -fidelidad a las fuentes- como en sentido funcional -fidelidad al tipo de plegaria o género eucológico-, sin olvidar los aspec­tos teológico-doctrinales -fidelidad a la doctrina eclesial- y los aspectos históricos -en el caso de las oraciones de las misas de los santos-. 2) Sencillez y claridad, que en la práctica consistían en cuidar el estilo y la precisión de los textos eucológicos más modernos, evitando la retórica y la artificiosidad. 3) Lenguaje adap­tado a la mentalidad de nuestro tiempo, lo cual exigía mantener la riqueza de matices de las expresiones litúrgicas consagradas, introducir expresiones que respondan a contenidos recuperados por la teología de los sacramentos (por ejemplo, memoriale, signum, etc.), o modificar todo lo que pudiese sonar a desprecio de las realidades humanas (por ejemplo, terrena despicere). 4) Musicalidad del cursus para facilitar el canto. 5) Sentido pastoral, es decir, facilidad para que al traducirse los textos a las lenguas modernas se pudiesen captar los grandes temas de la plegaria litúrgica no sólo tra­dicional, sino también de nueva creación (por ejemplo, en las oraciones del santoral y en las misas por diversas necesidades).

 

En cuanto a las fuentes de donde se habían de tomar las oraciones y prefacios, se produjo la siguiente gradación de criterios: 1) Reutilización de los textos del Missale Romanum de 1570. 2) Recuperación de textos antiguos que habían quedado relegados a la tradición litúrgica; estos textos se han buscado en los primitivos sacramentarios romanos; pero no se han olvidado testimonios como los misales de las órdenes religiosas y algunos misales locales, como el famoso misal de París de 1736. 3) Utilización de textos procedentes de todas las tradiciones eucológicas occidentales no romanas: liturgia hispánica, liturgia galicana, liturgia ambrosiana. 4) Creación de textos nuevos, empleando diver­sos procedimientos: 1. Centonización de frases procedentes de varios textos (dos o tres) eucológicos, a veces originarios de tradiciones diferentes; 2. Transposición de textos bíblicos, patrísticos, conciliares (Vat. II) o de algún papa; 3. Composicio­nes totalmente nuevas.

 

B) Las antífonas El misal sólo contiene una doble serie de antífonas, las del introito y las de la comunión. Se omitió la serie de antífonas del ofertorio, porque éstas se justifican cuando hay procesión de ofrendas. Los criterios empleados para seleccionarlas fueron los siguientes: 1) Elección de textos funcionales, ricos en teología y en sentimientos humanos, especialmente en las antífonas de entrada. Las antífonas de la comunión han sido buscadas por sus referencias eucarísticas, respetándose el criterio tradicional de tomarlas del evangelio del día. Cuando son tres los ciclos de lecturas, a veces son también dos o tres las antífonas de comunión. 2) Conservación de todos los textos bíblicos del antifonario anterior. 3) Recuperación de textos procedentes de los antiguos antifonarios de la misa e, incluso, del ofi­cio. 4) Creación de textos nuevos tomados del salterio o del Antiguo Testamento para la antífona de entrada, y del evangelio para la antífo­na de comunión; también se han hecho antífonas independientes, es decir, no bíblicas. 5) Se ha procurado que los textos no sólo puedan ser cantados, sino también ser recitados individual o comunitariamente, e incluso ser incorporados a la monición de entrada por el celebrante. En el misal no figuran los salmos que pue­den cantarse con las antífonas; éstos están indicados en el Ordo Cantus Missae y en el Graduale Simplex. C) Las bendiciones solemnes: El misal ha recogido en un apéndice al ordinario de la misa un grupo de ben­diciones que constituyen una novedad en la liturgia romana. Junto a ellas se encuentran las tradicionales bendiciones u oraciones super populum. Las bendiciones solemnes, de origen hispánico y galicano, tenían lugar antes de la comunión como pre­paración de los que iban a participar en ella y despedida de los que no comulgaban. El breve puñado de textos, apenas uno por, cada tiempo litúrgico o grupo de solemnidades, tiene una presencia más bien testi­monial, aunque consiguen enrique­cer el rito de despedida. Los textos han sido tomados de la edición del Corpus Benedictionum Pontificalium y del Suplemento del Sacramentario Gregoriano con muy pocos retoques meramente estilísticos.

 

Il. Descripción del "Missale Romanum" de 1970

 

El libro del altar, o libro del celebrante, o el oracional, en su primera edición típica de 1970, comprende una sección introductoria con los documentos de promulgación del libro y las respectivas normas, el cuer­po del misal donde están los formu­larios litúrgicos y un apéndice, al que siguen los índices.

 

El volumen se abre con una pági­na en blanco, a la que sigue otra en la que figura solamente la frase Missale Romanum, como en el lomo del libro. Después viene un bello grabado a toda página, de corte moderno, que representa la última cena, del mismo autor que los otros once grabados distribuidos por todo el misal, sin contar los de las guardas interiores. A continuación del primer grabado está la página del título completo del libro: Missale Romanum ex Decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum auctoritate Pauli PP VI promulgatum. Editio Typica. Typis Polyglot­tis Vaticanis MCMLXX. El volumen está encuadernado en material plástico, mide 25 X 18 cm. y tiene 968 páginas. En 1971 se hizo la primera reimpresión del misal con idénticas características técnicas, si bien se utilizó un papel de menor grosor, con lo que el volumen resultó más manejable y menos pesado.

 

1. LA SECCIÓN DOCUMENTAL.

 

El primer documento que figura es el decreto de la Sagrada Congregación para el Culto Di­vino de 26-111-1970, por el que se declara típica la edición. Este decreto figura obligatoriamente en todas las ediciones oficiales del misal en lenguas modernas.

 

Después aparece la constitución apostólica "Missale romanum"; de Pablo VI, por la que se promulga el conjunto del Missale, o sea, todos los libros que se usan en la misa, y se especifican las palabras esenciales de la plegaria eucarística que constituyen la consagración. En este importante documento, el papa justifica la reforma del misal y hace historia de ésta desde san Pío V hasta el concilio Vaticano II. Después explica las principales innovaciones: plegarias eucarísticas, simplificación del Ordo Missae, homilía, oración de los fieles, acto penitencial, ampliación del leccionario y del gradual. Termina ofreciendo el Missale Romanum a toda la iglesia como un instrumento de unidad aun dentro de la diversi­dad de lenguas en las que iba a ser traducido.

 

Sigue la Institutio generalis Missalis Romani, el mismo documento aparecido en 1969, pero ahora dotado de un Proemium de quince puntos, en el que se muestra históricamente la identidad y continuidad de la tradición católica desde Trento hasta el actual misal, al tiempo que se explican algunas realizaciones y cambios, recordando cómo la acentuación del aspecto memorial no significa exclusión del sacrificio o de la presencia real. Para no dar lugar a dudas se introducen algunas modificaciones de lenguaje en los nn. 7, 48 y 55d de la IGMR. El documento consta de ocho capítulos que describen todos los elementos de la celebración de la misa y exponen todas las principales normas para su desarrollo ritual.

Como complemento a las normas de la misa se publican también el motu proprio Mysterii paschalis[6] y las Normae Universales de Anno Liturgico et de Calendario, así como el Calendarium Romanum Generale. También se incluye una página con las principales fiestas movibles desde 1970 hasta 1999.

 

2. EL CUERPO DEL MISAL.

 

Com­prende ocho grandes bloques: el Proprium de tempore, el Ordo Missae, el Proprium de sanctis, los Communia, las Missae rituales, las Missae et orationes ad diversa, las Missae votivae y las Missae de functorum. La distribución es idéntica a la del Missale de 1570, si bien hay grupos de formularios que este misal no tenía, como las misas rituales. Al repasar cada bloque, tan sólo es posible señalar las características más sobresalientes.

 

a) El "Proprium de tempore" : Es la parte fundamental del misal, el ciclo que desarrolla el misterio salvador en su totalidad en torno al sa­grado recuerdo de la vida y de la obra de Cristo (cf SC 102). Todas las secciones han sido enriquecidas al máximo, dotando de formulario completo, o al menos de colecta, a todas las ferias de adviento, navidad y pascua, ya que el misal anterior sólo hacía esto en la cuaresma. Al mismo tiempo se hace descansar toda la fuerza de cada tiempo litúrgico en los domingos, revalorizados y elevados de categoría litúrgica, especialmente en adviento y pascua (cf SC 106).

 

El adviento tiene tres grupos de formularios: el formado por los cuatro domingos, el formado por las ferias hasta el 16 de diciembre y el que comprende las ferias desde el 17 has­ta el 24 en la misa de la mañana. Este grupo y el primero contienen formularios completos; el segundo ofrece una colecta propia para cada día de la semana, siendo comunes los textos restantes. La orientación de los textos está marcada por el predominio del tema de la última venida de Cristo en la primera parte del adviento, y por la preparación de la navidad a partir del 17 de di­ciembre. Destaca el domingo IV de adviento por su colorido mariológico y, en general, la temática cristológica de todos los textos.

 

El tiempo de navidad-epifanía comprende una serie de formularios festivos y otra serie para las ferias. La serie festiva reutiliza bastantes textos del misal anterior, especialmente el día de navidad en las cuatro misas, pero incorpora bellísimas pie­zas del Sacramentario Veronense atribuidas a san León Magno. Las novedades mayores de este ciclo es­tán en las misas de los dos domingos de navidad, en la solemnidad del 1 de enero y en la fiesta del bautismo del Señor, el domingo que cierra el ciclo. La serie ferial contiene una doble serie de colectas, una para las ferias antes de la epifanía y otra para los días siguientes. La temática es la propia del ciclo.

 

La cuaresma representa una recu­peración de los elementos bautismales, especialmente desde el domingo III. Ha desaparecido el tiempo de pasión y todo el conjunto ofrece una mayor unidad centrada en los domingos. Es en todos ellos, dotados de prefacio propio, donde se advierte mejor la renovación de la cuaresma; si bien las ferias, comenzando por el miércoles de ceniza, contienen también una gran riqueza eucológica, aunque se han reutilizado en gran parte las oraciones del misal de 1570. Los formularios son completos y siguen el orden normal de su utilización, estando los formularios de las ferias a continuación del domingo que abre la respectiva semana. El domingo de ramos y la misa crismal aparecen dentro de la cuaresma.

 

Los formularios del triduo pascual hacen de gozne entre la cuaresma y el tiempo de pascua, que comienza, destacado tipográficamente, con la vigilia pascual. Los formularios presentan una simplificación mayor incluso que la del Ordo de la semana santa de 1955, habiendo bastantes textos nuevos y estando modificados algunos, como las oraciones solemnes del viernes santo. La vigilia pascual, estructurada más claramente que en la reforma de 1951, separa cada parte, indicándolo expresamente y conteniendo unas moniciones antes de la primera y de la segunda. Las oraciones reutilizan textos procedentes de las vigilias de pascua y de pentecostés del misal de 1570, y ofrecen, siguiendo el orden de lecturas, la posibilidad de elegir entre dos o tres fórmulas. La plegaria de bendición del agua es una refundición de la antigua plegaria contenida en el Sacramentario Gela­siano.

 

El tiempo pascual contiene dos series de misas: una dominical, en la que se incluye también la solemnidad de la ascensión -trasladable a domingo-, y otra ferial. Esta última serie comprende tres bloques de formularios: para las ferias de las semanas II, IV y VI de pascua, para las semanas III y V y para la semana VII. De este modo se incluyen colectas propias para cada día, siendo comunes las otras dos oraciones (super oblata y poscomunión) dentro de cada día de la semana. Hay que destacar la riqueza eucológica de todo el tiempo, advirtiéndose una gran reutilización del material de los antiguos sacramentarios, dado que el misal de 1570 no ofrecía textos más que para los domingos de pascua, la octava de pascua y la octava de pentecostés. Por cierto, al desaparecer esta última en la reforma del calendario y del año litúrgico, buena par­te de sus textos han pasado a las ferias de la semana VII de pascua. Hay que notar también el reforzamiento de la temática bautismal no sólo en la octava de pascua, y la insistencia con que se alude al misterio pascual y a los sacramentos pascuales. Los formularios de la ascensión y de pentecostés resultan extraordinariamente ricos.

 

La última sección del Proprium de tempore la comprenden los formularios de los domingos del tiempo per annum y los de las solemnidades del Señor que tienen lugar en este tiempo: Santísima Trinidad, Corpus Christi, Corazón de Jesús y Cristo Rey. Los formularios de los treinta y cuatro domingos -en realidad, treinta y dos, ya que el domingo I es la fiesta del bautismo del Señor, y el treinta y cuatro la solemnidad de Cristo Rey; en su lugar hay un formulario para la semana correspondiente- forman un bloque sucesivo, de manera que se resuelve fácilmente la interrupción de la serie al llegar la cuaresma. Los textos proceden del antiguo misal en su mayor parte. En cuanto a los formularios de las solemnidades del Señor, ofrecen pocas novedades, entre las que hay que destacar los textos de la misa del Corazón de Jesús.

 

b) El "Ordo Missae': Comprende el Ordo Missae cum populo, con los cincuenta y un prefacios que no tienen un lugar propio en el misal y las cuatro plegarias eucarísticas, el Ordo Missae sine populo, el apéndice con fórmulas de saludo, de acto penitencial, etc., y las bendiciones solemnes y oraciones super populum. El conjunto del Ordo Missae se encuentra situado hacia la mitad del misal, entre el Proprium de tempore y el Proprium de sanctis, salvando el inconveniente del misal de 1570, que lo tenía entre la vigilia pascual y el domingo de resurrección.

 

c) El "Proprium de sanctis": Ocupa un bloque compacto, distribuyendo los formularios por meses, a partir de enero, y no desde el 29 de noviembre, como en el viejo misal. En conjunto, es más reducido, dada la revisión del calendario romano general, que ha remitido a los calendarios particulares aquellas celebraciones de santos que no tienen tanto relieve universal. Sin embargo los textos son de una riqueza extraordinaria, siendo normalmente la colecta el texto clave. Algunos santos cuen­tan con formulario completo (super­oblata, poscomunión y, en casos con­tados, prefacio), y otros con formulario para la vigilia además del propio del día: san Juan Bautista, san Pedro y san Pablo y la Asunción de María.

 

Para preparar el Proprium de sanctis, que comprende, no hay que olvi­darlo, las fiestas fijas del Señor (2 de febrero, 25 de marzo, 6 de agosto, 14 de septiembre y 9 de noviembre) más todas las solemnidades, fiestas y memorias de la Santísima Virgen (excepto el 1 de enero), se revisó  todo el material del misal anterior para conservar todos los textos que mereciesen ser conservados, aunque en no pocos hubo que realizar retoques terminológicos referentes al calificativo del santo o a la descripción de su carisma teniendo en cuenta la mentalidad moderna. Son muchos también los textos nuevos inspirados incluso a la letra en textos de los propios santos para destacar mejor el mensaje que poseen. En las fiestas y memorias de la Virgen se ha querido resaltar, ante todo, el misterio de María, por encima de notas legendarias o devocionales: esto es obser­vable en las misas del 11 de febrero, 16 de julio, 15 de septiembre, 7 de octubre, 21 de noviembre. Respecto de las fiestas de los apóstoles, cuando no ha sido posible individualizar el carisma personal del apóstol, se ha destacado el papel eclesial de su figura, por ejemplo, Felipe y Santiago,, Matías, etc.

 

d) Los "Commcinia" Esta parte del misal comprende siete conjuntos de formularios, comunes a otras tantas categorías de santos. Ahora bien, la serie se abre con el Común de la dedicación de la iglesia, que aparen­temente no parece encajar bien aquí, sino entre las misas rituales. No obstante, se ha preferido respetar esta colocación, que procede del misal an­terior, porque la utilización más frecuente de este común es sin duda la fiesta aniversario de la dedicación de la catedral. Viene a ser de hecho un común de una celebración del Señor.

 

Muy significativa es, en cambio, la cólocación a la cabeza de todos los comunes de los santos del Común de la Santísima Virgen, que en el misal de 1570 figuraba al final de la serie con el nombre genérico de Missae de Santta Maria in sabato. Los siete formularios de que consta el actual común de la Virgen están distribuidos por tiempos litúrgicos, y su, utilización no está restringida a los sábados, sirviendo también para las misas votivas. En cuanto al origen de los textos, los más originales son los correspondientes al tiempo pascual, procediendo los restantes del misal anterior, e incluso de otros