LECTIO
Primera lectura: Isaías 42,1-7
Éste es mi
siervo a quien sostengo,
mi elegido en quien me complazco.
He puesto sobre él mi espíritu,
para que traiga el derecho a las naciones.
No gritará, no
alzará la voz,
no voceará por las calles;
no romperá la caña cascada
ni apagará la mecha que se extingue.
Proclamará
fielmente la salvación
y no desfallecerá ni desmayará
hasta implantarla en la tierra.
Los pueblos
lejanos
anhelan su enseñanza.
Así dice el
Señor Dios,
que creó y desplegó el cielo,
que asentó la tierra y su vegetación,
que concede aliento a sus habitantes
y vida a los que se mueven en ella:
Yo, el Señor,
te llamé
según mi plan salvador;
te tomé de la mano, te formé
e hice de ti alianza del pueblo
y luz de las naciones,
para abrir los ojos de los ciegos,
sacar de la cárcel a los cautivos
y del calabozo a los que habitan las tinieblas.
En estos días santos, se yergue ante nosotros la figura del Siervo de YHWH
silenciosa y majestuosa, para introducirnos en el misterio pascual: su elección,
misión y sufrimientos son profecía de la suerte de Cristo. Dios mismo presenta a
su Siervo. El lo ha elegido para una misión difícil y de capital importancia,
por ello le sostiene. Consagrado con el espíritu profético, el Siervo llevará el
"derecho" a todas las gentes, es decir, el conocimiento práctico de los
juicios de Dios (v. 1). Este carácter "judiciario" se ilustra con la imagen de
los vv. 2s, donde la misión del Siervo se describe teniendo en cuenta la figura
del "heraldo del gran Rey". Según las costumbres de Babilonia, el heraldo estaba
encargado de proclamar en las plazas de la ciudad los decretos de condenas a
muerte. Si al concluir el pregón no surgía ningún testimonio en defensa del
condenado, rompía la caña y apagaba la lámpara que llevaba, para indicar que la
condena era ya irrevocable.
Ahora bien, el Siervo del único verdadero Rey, Dios, no quiebra la caña cascada. Mensajero de su juicio, no viene a condenar, sino a salvar. Con la fuerza de la mansedumbre y la firmeza de la verdad, perseverará en su tarea; las regiones más remotas, los que están lejanos de Dios, atenderán a la torah, la enseñanza que nos trae (v 4). En Cristo, la figura se convierte en realidad. Cristo es a la vez verdadero Siervo doliente y verdadero libertador de la humanidad de la cárcel del pecado, elegido y enviado para la salvación. El es la luz que ha venido al mundo a iluminar a todas las gentes. El es el mediador de una nueva y eterna alianza (vv. 6s), ratificada con su cuerpo entregado y con su sangre derramada.
Evangelio:
- ¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para repartirlo entre los pobres?
Si dijo esto, no fue porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía a su cargo la bolsa del dinero común, robaba de lo que echaban en ella.
Jesús le dijo:
- ¡Déjala en paz! Esto que ha hecho anticipa el día de mi sepultura. Además, a los pobres los tenéis siempre con vosotros; a mí, en cambio, no siempre me tendréis.
Un gran número de judíos se enteró de que Jesús estaba en Betania, y fueron allá, no sólo para ver a Jesús, sino también a Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Los jefes de los sacerdotes tomaron entonces la decisión de eliminar también a Lázaro, porque, por su causa, muchos judíos se alejaban de ellos y creían en Jesús.
"Seis días antes de la fiesta judía":
Sin medias tintas, Juan nos presenta dos tipos en el seguimiento del Señor, María y Judas: el amor dilató el corazón de una; la mezquindad cerró de par en par el corazón del otro.
MEDITATIO
También se nos invita a la cena de Betania para estar con Jesús en esa atmósfera cálida de afecto y amistad. Permanecemos en esa casa acogedora para afianzar nuestro seguimiento de Jesús: un camino de salvación, de la muerte a la vida, como le sucedió a Lázaro, o de activa solicitud que se convierte en servicio cotidiano al Maestro y a los suyos, como Marta. Un camino de amor, de adoración, que dilata día tras día el corazón, o quizás de reservas, resistencias y cálculos cada vez más mezquinos que acaban ahogándonos en la avaricia: María y Judas, ambos discípulos del Señor, se nos presentan como ejemplos-límite.
El estar con Jesús, escuchar su Palabra, compartir con él la existencia, no es todavía lo que decide nuestra meta y los pasos para lograrla. Es decisivo reconocer y acoger el amor que él da, el Amor que él es. Judas no lo acogió, por eso condena el "derroche" de María, haciendo sus cuentas con el pretexto de los pobres... María ha hecho de ese amor su vida; el centro de gravedad que la saca fuera de sí misma sin cálculos, sin razonamientos; con intuición muy precisa y luminosa, se ha quedado con lo esencial: con el pobre Jesús que da todo.
María no puede esperar, y quiere imitar, con el símbolo de un gesto, a su Maestro: derrama sobre esos pies que le han abierto el camino de una plenitud inesperada de amor -ahora en el tiempo y, lo cree firmemente, también en la eternidad- el nardo preciosísimo guardado con cuidado, imagen de una vida totalmente derramada en la caridad.
"Y toda la casa se llenó de la fragancia del perfume."
ORATIO
Señor Jesús, Hijo
de Dios, que has venido al mundo para ser el hombre más familiar de nuestra
casa, ven esta tarde y todas las tardes a compartir con nosotros la cena de los
amigos. Haz de cada uno de nosotros tu Betania perfumada de nardo, donde los
íntimos secretos de tu corazón encuentren el camino silencioso de nuestro
corazón, para que podamos vivir contigo la hora suprema del amor y decirte, con
un gesto de pura adoración, cómo queremos -porque tú mismo lo has hecho por
nosotros- vivir tu vida y morir tu muerte. Amén.
CONTEMPLATIO
Estaba yo meditando sobre la muerte del Hijo de Dios encarnado. Todo mi afán y deseo era cómo poder vaciar mejor la mente de cuanto la ocupase, para tener más viva memoria de la pasión y muerte del Hijo de Dios.
Estando ocupada con este afán, de repente oí una voz que me dijo: "Yo no te amé fingidamente". Aquella palabra me hirió con dolor de muerte, pues se me abrieron al punto los ojos del alma, viendo cuán verdadero era lo que me decía. Veía los efectos de aquel amor y lo que movido por él hizo el Hijo de Dios. Veía en mí todo lo contrario, porque yo le amaba sólo fingidamente, no de verdad. Ver esto era para mí un dolor de muerte tan insufrible que me creía morir. De pronto me fueron dichas otras palabras que aumentaron mi dolor [...].
Mientras daba vueltas a aquellas palabras, él añadió: "Soy yo más íntimo a tu alma que lo es tu alma a sí misma". Esto aumentaba mi dolor, porque cuanto más íntimo le veía a mí misma, tanto más reconocía la hipocresía de mi parte. Estas palabras suscitaron en mi alma deseos de no querer sentir, ni ver ni decir nada que pudiese ofender a Dios. Y es que eso es lo que Dios requiere a sus hijos, a los que ha llamado y escogido para sentirle, verle y hablar con él (Angela de Foligno, Libro de Vida, Salamanca 1991, 169-170, passim).
ACTIO
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
"Haced del amor la norma de vuestra vida, a imitación de Cristo, que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros" (Ef 5,2).
PARA LA LECTURA ESPIRITUAL
El ungüento que María extiende es el símbolo de la comunión nupcial con Jesús manifestado por la comunidad cristiana. Celebramos la llamada de nuestras comunidades cristianas, representadas por María de Betania, a la comunión total con Jesús, dador de vida. Es él quien transforma lo que debería haber sido un banquete fúnebre en memoria de Lázaro en un banquete gozoso. Es él quien cambia el hedor insoportable de un muerto "de cuatro días" en el perfume que inunda la casa de alegría. Es él quien contesta a todos los Judas de la tierra, que consideran un despilfarro el ungüento precioso de la intimidad con Dios y oponen Ios pobres al Señor. Es él quien rechaza la "práctica" de los que prefieren la eficiencia del dinero a cualquier éxtasis de amor y reducen maliciosamente a un valor monetario lo que no tiene precio. Es a él, en resumidas cuentas, a quien debemos buscar en la oración del abandono, en la experiencia contemplativa y en nuestro modo de vivir.
Que el Señor nos libre del error de Judas, que, insensible al perfume de nardo, sólo escucha el tintinear de las monedas, y en vez de percibir el resplandor del aceite, se deja seducir por el brillo del dinero. ¿Cuál es este perfume de ungüento con el que debemos llenar la casa, y cuál es este buen olor de Cristo que debemos difundir por el mundo? El perfume que debe llenar la casa es la comunión. Naturalmente, como el que compró María de Betania, el ungüento de la comunión tiene un precio muy elevado. Y debemos pagarlo sin rebajas, con mucha oración, ya que no se trata de un producto comercial de venta en nuestras perfumerías, ni es fruto de nuestros esfuerzos titánicos. Es un don de Dios que debemos implorar sin cansarnos. Pero lo obtendremos, estoy seguro, y su perfume llenará toda nuestra Iglesia (A. Bello, Lessico di comunione, Terlizzi 1991, 69-75, passim).