Ideologías neoliberales, análisis críticos y tradiciones cristianas

Equipo teológico Justicia y Paz de la Bélgica francófona. Redactado por Gérard Fourez (coordinador), Ignace Berten, Francis Collet, André Degand, Etienne Mayance, Denise Peeters, Nicole Roose y Paul Tihon. Resumido y traducido por Judit Ri bas.

 

RELaT 115

Contenido: En un momento en el que la mayoría de la humanidad está consciente de los límites de los sistemas marxistas, podría ser útil intentar no perder de vista los límites de los sistemas capitalistas y del liberalismo. Estos sistemas no funcionan tan maravillosamente como algunos de sus defensores pretenden. Los discursos que exaltan la libertad como ideología no siempre conducen al reparto equitativo de la libertad real. Entre los discursos equilibrados que reconocen la pertinencia de los mecanismos de mercado o que rehusan un Estado tentacular, y las ideologías del liberalismo desenfrenado, hay un abismo que este artículo quiere poner en evidencia.

A. Qué creer de los discursos del capitalismo neoliberal triunfante

Es correcto decir que las únicas doctrinas económicas modernas que han mostrado su eficacia tanto en la producción y distribución de bienes como en la elevación general del nivel de vida remiten al "capitalismo liberal"?[1]

Parece que sí: se trataría de una cuestión de hecho. Para el observador de la historia reciente parece que sólo el "capitalismo" ha permitido el desarrollo material de las sociedades modernas. Los países más desarrollados (Europa occidental, América del Norte, Japón) han escogido este modelo. Lo mismo sucede con los, países que han tenido últimamente un despegue económico, tales como Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur. Por el contrario, los países que han optado por otros modelos (comunismo, socialismo, proteccionismo autárquico) han fracasado a la hora de asegurar un desarrollo sostenido a sus sociedades, incluso al precio de un totalitarismo poco compatible con el respeto a los derechos humanos.

Hay que subrayar además que el capitalismo, para tener éxito, no requiere, de sentimientos altruístas: cuando cada uno persigue su propio interés en el marco de un mercado libre se establece un equilibrio favorable para todas las partes implicadas.

Así pues, hay que suponer que el capitalismo podrá igualmente resolver los problemas materiales de las poblaciones del Tercer Mundo.

Pero, en sentido contrario, sí es indiscutible que el P.N.B. de los países mencionados parece indicar un nivel de vida más avanzado, lo es al precio del establecimiento de una sociedad dual en el propio seno de estos países y sobre todo entre estos países y los del Tercer Mundo.

Además, para enfrentar una deuda que a menudo les ha sido impuesta, muchos países del Tercer Mundo se han visto obligados a adoptar "ajustes estructurales" que tienen como efecto marginar todavía más a la mayoría de la población, obligándola a someterse a las exigencias de los capitales extranjeros.

La historia indica también que es pretencioso creer que el poder representado hoy día por las empresas multinacionales conducirá necesariamente a un equilibrio de justicia distributiva sin la organización de contrapoderes que encuentren una expresión política adecuada, como de hecho se produjo en Europa Occidental con los movimientos obreros y los sindicatos.

Además, no se acaba de ver como el resto del mundo podría alcanzar los niveles de consumo de Occidente sin una dilapidación extremadamente rápida de los recursos no renovables del planeta, de los cuales hoy se subraya fuertemente su carácter limitado. Por último, los famosos cuatro "dragones asiáticos" (Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur) que con frecuencia se citan como prototipos de desarrollo vinculados al capitalismo liberal, no demuestran gran cosa, pues se desarrollaron en unas condiciones políticas y/o geográficas totalmente particulares[2] que no pueden darse en otros países. Por otra parte este despegue se ha llevado a cabo en circunstancias bastante lejanas a las doctrinas del capitalismo liberal: se han desarrollado bajo el impulso de las políticas de un Estado fuerte que utiliza el resorte político para estimular y proteger su desarrollo.

Estas consideraciones permiten iluminar la verdad que contienen las dos tesis presentadas.

Si bien es exacto reconocer que el sistema económico que ha sostenido el desarrollo material del primer mundo, es de tipo capitalista, hay que afirmar al mismo tiempo, que la acumulación primitiva de capital sólo fue posible en un primer momento por la puesta bajo tutela de un proletariado cada vez más amplio, extendido hoy día a importantes poblaciones de los países del Tercer Mundo.

También es exacto decir que el fracaso de los modelos socialista y comunista se escribe en términos de libertad, pero hay que matizar esta afirmación con la constatación de que lograron garantizar al conjunto de su población la satisfacción de varias necesidades básicas, mientras que en el capitalismo el derecho a la vida de las personas no solventes, especialmente en el Tercer Mundo, no está ni mucho menos asegurado.

Por último, el mercado "libre" es en muchos casos una abstracción que enmascara de hecho la intervención de actores extremadamente poderosos capaces de imponer su voluntad en el cuadro de acuerdos oligopolíticos. Es pues esencial que se puedan establecer contrapoderes susceptibles de imponer otras lógicas que la del beneficio a corto plazo para unos pocos.

Hay que añadir también que la imagen según la cual el capitalismo ha funcionado según las leyes de un completo libre mercado es una fantasía. Como dice Braudel, se suelen dar varios sistemas económicos paralelos: un sistema de monopolio u oligopolio para los grandes poderes económicos, un sistema de mercado para los pequeños y medianos actores y un sistema informal para los pequeños actores y para la vida doméstica. La imagen del capitalismo de mercado que rige con eficacia la producción y la distribución de bienes aparece entonces como simplista. Haría falta, además, definir lo que se entiende por "eficacia" (¿hay que introducir como criterio de evaluación de ésta las guerras, la violencia y los sufrimientos introducidos por el capitalismo?).

En conclusión, si bien es cierto que las doctrinas capitalistas de mercado han apoyado de hecho el desarrollo material de los países más ricos, no es correcto pretender que estos resultados puedan conducir a un desarrollo armonioso del conjunto del planeta si no se establecen ciertos contrapoderes que transformen considerablemente su naturaleza.

¿Es correcto decir que una cierta izquierda -y más concretamente una izquierda cristiana- impide, con sus críticas y su praxis, una evolución favorable del capitalismo?

Por muchas de sus actitudes, la izquierda, al rechazar los elementos básicos de las doctrinas capitalistas proponiendo análisis en términos de lucha de clases, parece contribuir a tornar más rígido el sistema y a impedir su evolución flexible y natural hacia una mayor justicia. Al moralizar procesos que han de tener respuestas eminentemente técnicas, la izquierda no favorece la búsqueda de soluciones imaginativas a los problemas sociales, sino que más bien debilita la sociedad multiplicando los conflictos, e imposibilita un aumento de la producción que beneficiaría a todos.

Pero por otra parte cabe preguntarse si con frecuencia acaso no son los conflictos, manejados responsablemente, quienes impulsan lo que llamamos "progreso". ¿No es acaso bajo la presión de los sindicatos como las empresas hallaron modos de aumentar su producción? Sin la presión de los ecologistas ¿no se habrían dado otros Chernobil? ¿Se habrían promulgado las leyes sociales en el siglo XIX sin la lucha de la clase obrera? ¿Podemos mencionar muchas situaciones en las que los privilegiados hayan dado pasos importantes hacia el progreso social sin presión de los pobres? En general los derechos se conceden: se conquistan.

El reproche que a menudo se hace a la izquierda, de promover más los derechos que los deberes, obvia hasta qué punto los derechos son cruciales para los desfavorecidos. Como decía Montesquieu: entre el fuerte y el débil, la libertad oprime y la ley libera. Hay que pasar por el constreñimiento de la ley para hacer respetar los derechos de quienes son constantemente pisoteados.

No obstante, la acusación de que la izquierda moraliza indebidamente la vida socio-económica se tiene que examinar más de cerca. Por una parte, la izquierda más o menos marxista evita esta moralización en la medida en que considera que los diferentes sistemas sociales producen necesariamente ciertos efectos, independientemente de las intenciones de los actores. Sin embargo es cierto que existe una izquierda cristiana que subestima los condicionamientos sociales, económicos y técnicos (las condiciones " materiales" que según Marx se requieren para que se den ciertos cambios): esta tendencia "izquierdista" echa mano de la moral cuando lo que haría falta es entender qué ocurre.

Por de pronto digamos que dentro del funcionamiento social no se puede obviar la interpelación ética. Las instituciones, incluída la del mercado, sólo pueden funcionar a condición de que haya un cierto consenso ético acerca de qué es justo. La noción d e justicia es una noción mobilizadora importante, esencial para el funcionamiento social. En las negociaciones no hay nunca procesos puramente técnicos: todo está impregnado de intencionalidad ética.

Quedaría la cuestión de saber como en una situación dada, se puede encontrar el equilibrio entre el reconocimiento de los conflictos y la cooperación, que es siempre necesaria. Hay que promover instituciones que impidan escamotear los aspectos conflict ivos de la vida social, y que permitan negociar soluciones constructivas, es decir, soluciones que favorezcan de tal modo la cooperación que el conflicto no resulte en una situación en la que todos sean perdedores.

Conviene también encontrar un equilibrio que se traduzca en estructuras institucionales, entre la tecnificación y la moralización de los problemas. La importancia positiva de las ideologías de la justicia y de las utopías sociales tiene que mezclarse c on los análisis en los que las opciones éticas se ponen provisionalmente entre paréntesis.

Finalmente, dentro de esta perspectiva, para una izquierda cristiana, el lugar de la figura de Jesucristo, identificado con los pobres y eliminado por los poderes de turno, es una interpelación decisiva que concierne a todos aquellos que de un modo u otro se estarían acomodando al desorden establecido o a la injusticia institucionalizada. Jesucristo es signo de un Dios que sin culpabilizar a los individuos, se niega a encerrar la esperanza humana en lo que a veces precipitadamente consideramos como un mal inevitable.

En conclusión, podemos afirmar que, en contra de un juicio apresurado, la existencia de ideologías y utopías en las que se enraízan reivindicaciones sociales, es importante para evitar que la sociedad -y sobretodo sus privilegiados- se conforme con un statu quo que mantendría el desorden y las injusticias establecidas.

¿Es cierto que democracia y economía de mercado van siempre de la mano?

Para muchos estos dos términos se identifican hasta tal punto que la sociedad más dictatorial será llamada "democracia" si está sometida a la economía occidental de mercado, mientras que la más participativa de las sociedades será calificada de "totalitaria" si su economía está fundada en los principios socialistas".

La consonancia entre las teorías de libre mercado (o liberalismo) y la democracia proviene sin duda de que en una economía de tipo capitalista los relaciones comerciales requieren actores libres. Históricamente, además, es en los países del liberalismo económico donde se han visto florecer las libertades democráticas. ¿No será pues legítimo asociar capitalismo liberal y democracia?

Pero, en sentido contrario, el capitalismo liberal promueve más la libertad de los más fuertes que la libertad de todos. Las sociedades de libre mercado se acomodan fácilmente a una "dualidad" en virtud de la cual sólo algunos ciudadanos pueden partici par plenamente en el juego social. El resto está compuesto de hecho por ciudadanos de segunda clase. La libertad abandonada a sí misma otorga el poder a quienes ya son los dueños del sistema económico y social. Por el contrario la democracia, así c omo los derechos humanos, son instituciones destinadas a limitar este poder.

Es cierto que los países más ricos consiguen otorgar derechos a la mayor parte de su población (pero no a toda, como lo atestiguan las capas crecientes de pobreza incluso en Estados Unidos). Pero estas islas de democracia se logran casi siempre en detrimento de otras poblaciones. Por ejemplo en Suiza, a la libertad de los ciudadanos acompaña la expulsión de los extranjeros cuando ya no se los necesita. Contrariamente a las afirmaciones apresuradas, los países capitalistas liberales son, o dictaduras (c omo buen número de los del Tercer Mundo), o países que en gran parte han logrado exportar las condiciones inhumanas de vida. En los países occidentales los derechos se han conquistado al precio de grandes luchas. Con luchas se otorgó el voto a los no prop ietarios, a los obreros y a las mujeres; e incluso hoy día, amplios fragmentos de la población (como los inmigrantes) no participan en el sistema de democracia política.

Es necesario señalar también que lo que llamamos "valores democráticos" varía según los puntos de vista. Las tendencias más liberales enfatizan la libertad de empresa, de prensa, de expresión y las elecciones libres. Hay otros valores que son tan impor tantes como estos y que forman parte de las tradiciones "republicanas" de las democracias: la participación en la vida social y política, la solidaridad, la primacía del bien común sobre los intereses individuales, etc. El primer conjunto de valores es ge neralmente tomado en cuenta en las sociedades de libre mercado, por lo menos por una parte de los ciudadanos (no necesariamente por todos). El segundo sólo suele merecer una atención secundaria.

En conclusión: no se puede demostrar que democracia para todos y capitalismo liberal van de la mano. Más bien parece que la democracia se construye a través de una lucha sin tregua para que se respeten los principios. No es por tanto el sistema de l ibre cambio lo que mantiene las libertades democráticas, sino las luchas de los ciudadanos. Sería importante, pues, evitar los grandes discursos, para tratar de considerar más en detalle cómo una organización socio-político-económica de la sociedad favore ce o no, para sus ciudadanos y para los del exterior, la difusión de los valores democráticos. Habría que desarrollar el debate político para examinar como una colectividad se sitúa de cara a estos valores que nos sirven de horizonte utópico.

¿Es exacto decir que el capitalismo logra que los pobres sean menos pobres y no sólo los ricos más ricos?

Parece que sí, pues toda la historia del capitalismo indica que, después de cierto tiempo, la producción de riqueza beneficia a todos. Además, hay que constatar que los países socialistas han fracasado generalmente en la producción de bienes, lo cual implica que han creado sociedades donde todos acababan siendo más pobres. Pero, en sentido contrario, constatamos que en países como Brasil, la producción de riquezas no revierte para nada sobre los más pobres.

Es correcto afirmar que en Europa y Estados Unidos con el tiempo los pobres han sido menos pobres. Sin embargo, no es evidente que esta elevación del nivel de vida de los europeos y estadounidenses tenga sólo que ver con el sistema económico capitalista. Parece que está también vinculada a una relación política de colonialismo e imperialismo de cara al Tercer Mundo. Además, tampoco en estos países la suerte de los pobres ha mejorado solamente gracias a la producción, sino también por efecto del sindicalismo y de las presiones que han conducido a la instauración de una social-democracia. Por el contrario, hay que señalar que la producción de riqueza en el capitalismo liberal se logra generalmente a través de la explotación de los más indefensos (ya sea de dentro o de fuera del país).

En conclusión, podríamos decir que el capitalismo liberal no produce, por sí mismo, un reparto justo de riquezas, sino que tiene más bien tendencia a acentuar la explotación y la desigualdad social. El reparto más justo se logra generalmente gracias a las presiones ejercidas por los movimientos reivindicativos. La ideología de la corrección del capitalismo por sí mismo apoya más bien los intereses de quienes no quieren compartir, y puede producir la revuelta social de los ignorados.

¿Es correcto decir que el sistema capitalista ha demostrado ser un sistema evolutivo y adaptable?

Parece ser que sí, en efecto: el capitalismo ha conseguido periódicamente modificar las legislaciones en un sentido más humano. Este logro se da porque hay una producción suficiente de riquezas para compartir, lo que permite que los cambios se den con cierta tranquilidad.

La paradoja del capitalismo es que engendra una sociedad más justa porque admite, reconoce y arbitra constantemente conflictos de intereses fundamentalmente egoístas. Reconociendo la realidad de los conflictos de intereses y dándoles un marco en el que puedan concurrir, el capitalismo evoluciona. Pero, en sentido contrario, constatamos que la evolución del capitalismo se ha dado y se da con violencia y enormes sufrimientos, con un gran número de episodios violentos: las guerras mundiales, las guerras c oloniales, las guerras por el mantenimiento de la ruta de las Indias o del petróleo de Oriente Medio, etc.

En conclusión la imagen de un sistema capitalista que evoluciona suavemente por sí mismo y sin choques violentos es una fantasía. Una imagen más realista de la historia integra los conflictos de intereses, cuya gestión a veces se da de manera modera da, pero más a menudo con violencia.

B. ¿Es cierto que la adhesión al sistema capitalista es totalmente compatible con la fe cristiana?

Algunos piensan que sí...

A los ojos de muchos cristianos las opciones económicas actuales inspiradas en el capitalismo parecen justificarse por razones particulares.

1.   En la opinión general, el fracaso de los regímenes "del Este" habría privado de toda credibilidad a las políticas voluntaristas encaminadas a lograr una mayor igualdad social: su ineficacia ha quedado comprobada. Los regímenes de centralismo burocrático comportan una desmotivación de los actores sociales.

2.   Además, los lastres de los regímenes de planificación estatal son lo contrario de la visión cristiana: esta favorece la libertad de los individuos y su iniciativa. La fe cristiana es un proceso esencialmente libre y personal,

3.   Este componente cristiano explica a la vez la resistencia de muchos cristianos en los regímenes del Este, y la simpatía espontánea de muchos de ellos hacia una organización de la sociedad que favorezca la iniciativa individual.

4.   Sin duda, pocos cristianos creen en la "mano invisible" que conduciría automáticamente a beneficiar el conjunto de la sociedad con los frutos del mercado libre. La mayoría admite que el sistema capitalista necesita ciertos correctivos, lo cual justifica la puesta en marcha de la doctrina social de la Iglesia. Pero para muchos de ellos hay que reducir al mínimo indispensable la intervención del Estado en la vida de los ciudadanos.

5.   Esta actitud no es necesariamente egoísta. Los cristianos se ven en la obligación de reducir al mínimo posible la injusticia inherente a todo sistema. La tradición de caridad cristiana ha estado siempre pendiente de los pobres y preocupada por ayuda rlos. La Iglesia como institución ha hecho grandes obras benéficas. Estas solidaridades tienen que ser cultivadas. Pero precisamente, estas solidaridades tienden a ser dejadas a la iniciativa individual. La experiencia muestra que son tanto más eficaces c uanto más libremente son asumidas.

..Pero en sentido contrario...

En el contexto actual, constatamos que en nombre del "libre mercado", la ideología capitalista condiciona un gran número de decisiones políticas y económicas que tienen como consecuencia el acrecentar las desigua ldades sociales y provocar el crecimiento masivo de la pobreza que afecta a la mayoría de los habitantes del planeta.

Por añadidura, se habla de "libre mercado", pero vemos como los países que hacen su apología toman medidas proteccionistas para impedir el libre acceso de los países del Tercer Mundo a su propio mercado. Constatamos también la desaparición de los princ ipios de solidaridad y de justicia a los que nos adherimos como cristianos. Contemplamos el mal causado a los miembros más frágiles del cuerpo social y tememos una ceguera que amenaza imponérsenos frente al discurso liberal triunfante.

Algunas convicciones que conviene recordar...

En el dominio de la economía, si queremos ser coherentes con el mensaje bíblico, no podemos dejar el campo libre a la pura lógica de la competición de los intereses privados, pues ésta da como resultado que un número cada día más amplio de seres humanos carezca de los bienes más elementales. No podemos aceptar, en nombre de la libre iniciativa de los individuos, una tendencia que defiende la supresión de los mecanismos de solidaridad previstos por las leyes, para caer en el único correctivo de la caridad privada. La Biblia nos propone un criterio concreto: ¿qué efecto tendrá este determinado proyecto, esta política determinada, esta corriente de opinión sobre los grupos sociales que son hoy los equivalentes del "extranjero, la viuda y el huérfano"?

...y lo que se puede contestar a los argumentos esgrimidos.

1.   La solidaridad con el "prójimo nos tiene que hacer desconfiar de políticas que en nombre de un eventual retorno a la prosperidad justifican medidas de austeridad en las que los desfavorecidos son las víctimas directas.

2.   La inspiración cristiana no tiene nada de fatalista. El mundo está confiado a nuestra responsabilidad; por lo tanto los cristianos no podemos aceptar que las "leyes de la economía" sean de una naturaleza que no podamos modificar el curso de los acontecimientos. Ceder a este sentimiento común de impotencia sería dejarse caer en la trampa de la ideología en boga, que presenta como leyes naturales lo que de hecho es una construcción humana.

3.   A pesar del egoísmo y de la indiferencia de muchos cristianos, la Iglesia no ha cesado, a lo largo de los siglos, de intentar influir en la organización social. Por lo tanto no puede uno basarse en la "doctrina de la Iglesia" para propugnar un indiv idualismo o no-intervencionismo del poder político en la economía.

4.   El realismo bíblico confirma la importancia de estas leyes sociales y por tanto reclama una cierta dosis de voluntarismo político. Recordemos, por ejemplo la ley del Jubileo, que imponía cada cincuenta años una redistribución de tierras y bienes (Lv 25, 8-17).

5.   Desde sus comienzos, las comunidades cristianas no se contentan con "hacer caridad", sino que muchos de sus miembros han percibido que la lucha contra la pobreza tiene una dimensión política, y han intentado combatirla desde sus raíces. Desde hace u n siglo, la "doctrina social" de la Iglesia procura "promover cambios estructurales en la sociedad con el fin de procurar condiciones de vida dignas a la persona humana".

Por todo ello, es difícil afirmar simple y llanamente, que la adhesión al capitalismo se concilia sin problema con una fe cristiana consecuente.

 


 

[1]   Hay que notar que a pesar de que el "capitalismo liberal" ha sido sistematizado por algunos pensadores, no podemos hablar de él como de un "sistema" en el sentido en que se habla, por ejemplo, del marxismo como un "sistema". Sin embargo, existe un conjunto de "doctrinas capitalistas liberales" que funcionan en la práctica como sistema de legitimación de políticas y de instituciones.

[2]   Como el apoyo norteamericano, por razones geopolíticas a Corea del Sur y a Taiwan y la situación completamente especial de los centros comerciales de Hong Kong y Singapur.