Evangelización y erradicación de la pobreza

José María Vigil

0. Introducción.

Afortunadamente, cuando la ONU habla de la erradicación de la pobreza nadie pregunta «¿qué es la pobreza?» ni «¿acaso los ricos serán los verdaderos pobres?»... Este vicio de bilingüismo o de traslación semántica parece reservado al ámbito teológico y espiritual (¡o espiritualista!). La pobreza, para los organismos internacionales mundiales es la situación de ese 20% de la población mundial que tiene un ingreso equivalente a 400 US$ anuales. La pobreza incluye a fortiori a la miseria, a esos mil millones de personas que viven con menos de «un dólar por día». La erradicación de la pobreza comienza por la erradicación de la miseria.

Pobreza y miseria no son sólo un hecho histórico crónico... sino un hecho agravado en la actualidad más que nunca antes en toda la historia1 .

El agravamiento de la pobreza y la miseria en el mundo y, por contrapartida, la concentración de la riqueza y la multiplicación de millonarios, son, sin duda, el hecho mayor de nuestro mundo actual. Es el «signo de los tiempos» más trágico, el que más contradice el plan de Dios y la dignidad humana. Una evangelización encarnada y realista deberá tenerlo en cuenta como tal. para ayudar a ello queremos ahora relacionar la propuesta de la erradicación de la pobreza con la evangelización.

I. La erradicación de la pobreza [VER, mediación sociológica]

Hay un campo previo a la reflexión propiamente teológica que es el de las llamadas mediaciones socioanalíticas. A veces, nuestras opiniones socioanalíticas actúan como mediaciones ocultas -incluso inconscientes- que nos impiden una correcta articulación entre pobreza y evangelización, con evidente perjuicio para ésta. Queremos destacar dos de las dificultades más comunes actualmente en este campo, no siempre tematizadas en la evangelización: la conceptuación misma de la pobreza y nuestras ideas respecto a la posibilidad de su erradicación.

1. ¿Una nueva conceptuación de la pobreza?

Las transformaciones de la estructura productiva que se han dado en estos últimos tiempos por obra de los avances tecnológicos e informáticos, así como por la creciente importancia del capital financiero especulativo en la creación de la riqueza, parecerían postular una revisión del concepto mismo de pobreza.

Para algunos economistas -y hasta para algunos teólogos2 - hoy sería sobre todo la tecnología quien crea riqueza, pues la mano de obra ya no es tan necesaria (por la automatización y robotización) y las materias primas son sustituidas por productos sintéticos... Estas ventajas comparativas clásicas de los países pobres perdieron su valor; el primer mundo ya no necesita explotar -ni siquiera como cliente- al tercero; de éste ahora, sencillamente, se prescinde, es tenido por sobrante, y queda excluido3 .

Según esta visión la pobreza ya no sería el fruto del empobrecimiento activo que los poderosos ejercen sobre los pobres, sino una simple fatalidad de los éstos, abandonados a sí mismos y responsables ya únicos de su propia pobreza. La «explotación» -la plusvalía obtenida sobre el trabajo humano- cede paso a la exclusión y pasaría a ser un concepto obsoleto, sin base real en la actual fase del proceso productivo.

Esto que parecería una simple constatación de los hechos socioeconómicos, encierra consecuencias muy serias, a dos niveles:

a) Socioanalíticamente, la pobreza dejaría de ser imputable a la riqueza para convertirse en una realidad autónoma. Pobreza y riqueza ya no tendrían entre sí relación causal (hay pobres «porque» hay ricos) sino casual (hay pobres «y» ricos), de simple yuxtaposición inocente. La pobreza y la miseria no serían ya la prueba de la maldad e insuficiencia radical del sistema, sino un subproducto necesario, inevitable, del que no brotaría por tanto ningún imperativo de transformación del sistema. Llegaríamos así a una nueva edición -corregida y profundizada- del análisis funcionalista de la realidad.

b) Desde una perspectiva ético-moral, la riqueza no sería ya culpable de la pobreza; ésta, a su vez, no sería en sí misma algo malo, sino una especie de fenómeno cuasinatural, no imputable a la voluntad humana, inocente, incluso permitido/querido por Dios... Pobreza y miseria serían objeto propio de la caridad, no de la justicia; no un desafío de justicia, sino una invitación a la beneficencia. Por ello mismo la erradicación de la pobreza sería un compromiso cristiano lateral, una obra de misericordia sin relación directa esencial a lo central humano y cristiano.

No cabe duda de que esta reconceptuación de la pobreza es funcional al sistema neoliberal por cuanto lo excusa de lo que histórica y actualmente es su efecto más clamoroso, el agravamiento de la pobreza en el mundo. Desde esta perspectiva la superación del sistema queda fuera de consideración; se trataría, simplemente, de introducir algunas mejoras o reformas, que de hecho vendrían a consolidarlo.

2. ¿Es posible la erradicación de la pobreza?

La nueva dogmática económica habla del desempleo como una crisis mundial de largo plazo, estructural, con la que nos hemos de acostumbrar a convivir, sin solución4 . La dinámica interna de los mercados lleva por sí misma a la concentración de la riqueza y a la exclusión de los débiles y pequeños, y no sería posible alterar esta dinámica, se dice. Lo que hay que hacer es acomodarse al mercado: ajustar la población del mundo a las posibilidades que el mercado da y eliminar la población sobrante...

La erradicación de la pobreza -en esta visión- no sería siquiera planteable. Los intentos por solucionar la pobreza ya se hicieron en las décadas pasadas y fracasaron -se dice-; hemos llegado al «final de la historia», y ya no hay que esperar sino «más de lo mismo»: capitalismo puro y duro, neoliberalismo triunfante. Fuera del mercado no hay salvación.

Son muchos los cristianos -también pastores- que en el fondo de sí mismos están convencidos de estas afirmaciones que el sistema quiere inculcarnos como convicciones. Muchos evangelizadores han introyectado la visión del sistema, incluso sin ser conscientes de ello. Muchos de los evangelizadores que leerán estas líneas están convencidos de que la pobreza no es tan mala como la han pintado quizá los teólogos de la liberación, y de que, efectivamente, no hay otra salida que la del actual sistema neoliberal: los intentos de los pobres ya fracasaron (incluso pensarán que «fracasaron por sí mismos», no que fueron aplastados en muchos casos). Ya no se atreverán a un discurso más radical sobre la pobreza porque, la pobreza «es una realidad tan compleja...». Hay teólogos que ya no dicen sobre la opción por los pobres la mitad de lo que decían hace diez años; impresionados por el «triunfo» del sistema, ya no están convencidos de que el mundo pueda cambiar, y la inviabilidad de un cambio -según les parece- deslegitima a la teología que lo reclama. Al quebrarse la posibilidad de la mediación socioecomómica que en las décadas pasadas orientaba las luchas de los pobres, perdieron también la pasión por la utopía a la que ella encaminaba, y se han quedado sin mediación y sin utopía.

3. Discernimiento socioanalítico

Pensar hoy que los avances de la tecnología permiten eximir a la riqueza de una relación causal con la pobreza es un espejismo acrítico. Significa ignorar que aparte de los procesos productivos creadores de riqueza, hay unas estructuras internacionales que vehiculan la explotación internacional por unos mecanismos que van más allá de los procesos productivos. El tercer mundo sigue financiando al primero. América Latina, por ejemplo, sigue siendo «exportadora neta de capital», por el servicio de los intereses de la deuda externa, por el deterioro de los términos de intercambio comerciales, por la fuga de capitales, por el mismo mercado libre5 que destruye las industrias de los pobres y los convierte en mercado cautivo de los países ricos aun en los artículos más elementales.

Junto a esto está el argumento histórico de la «acumulación primitiva»: la secular opresión histórica que está a la base de las diferencias económicas, productivas, educacionales... entre los países ricos y pobres nunca podría ser ignorada con el argumento de que hoy, supuestamente, ya no habría una relación real de explotación sino de sólo exclusión entre ricos y pobres. Aunque no la hubiera -que la hay-, la explotación histórica secular nos seguiría vinculando a unos y otros secularmente, aunque no hubiera otros motivos -que también los hay-. Los efectos y las responsabilidades de largos siglos de explotación colonial y neocolonial no pueden darse por cancelados el día en que, precisamente como fruto de toda esa historia secular, ya se dispone de medios tecnológicos que hagan innecesarios los bienes que durante tanto tiempo constituyeron la causa misma de la explotación de los pobres.

Las relaciones entre pobreza y riqueza siguen siendo hoy fundamentalmente6 causales, por muy seductor que resulte el espejismo autojustificante de una tecnología que creara riqueza por sí misma, sin explotar a los pobres. Se puede poner en cuestión la clásica «teoría de la dependencia», pero afirmar que, al margen de ella no existe ninguna otra «dependencia» entre pobreza y riqueza en el mundo, es un error fundamental en la percepción de la realidad social. "Hemos abandonado con demasiada credulidad la teoría de la dependencia, lo que es una mayor dependencia respecto a la hegemonía de la derecha, una colonización espiritual"7 .

No es posible erradicar la pobreza si los avances de la tecnología han de ser redituados solamente en beneficio del capital y no de los trabajadores8 , si se quiere no afectar al nivel de beneficios del capital financiero transnacional. Pero esa imposibilidad es sólo fáctica, coyuntural; no es que las cosas no puedan ser de otro modo, sino que no lo pueden ser mientras nos falte voluntad política y una visión lúcida. Si superamos estas condiciones impuestas por el capital y su egoísmo, será posible erradicar la pobreza. Los cristianos debemos «ser realistas y pedir, lo imposible», porque creemos en la utopía del Evangelio y luchamos nada menos que por su Reino, en este mundo y en el otro. Y, para Dios, ya sabemos: nada es imposible (Lc 1, 37).

Si damos por supuesta la imposbilidad de la erradicación de la pobreza y/o de la superación de este sistema que tanto la genera, si pensamos que ya llegamos al final de la historia y que en el futuro sólo hemos de esperar «más de lo mismo», entonces son Dios y la Humanidad quienes han fracasado, y la obligada resignación a la pobreza sería el estigma infame que denunciaría la incapacidad de Dios para realizar el mundo nuevo que prometió. El proyecto de Jesús, la utopía de Dios (¡el Reino!) no sería ya sólo utópico, sino imposible. Creer que el sistema actual es insuperable o que hemos llegado al «final de la historia» es una negación frontal a la esperanza escatológica, una negación del Reino de Dios anunciado por Jesús y un pecado grave contra la fe, la esperanza y el amor.

Para un cristiano no hay forma de comulgar con esa rueda de molino. El cristianismo no tiene artículos de fe en materia de economía, pero puede y debe rechazar afirmaciones económicas9 (incluso supuestamente «científicas») que conllevan implicaciones cristiana y/o teológicamente inaceptables, como aquellas que no reconocen al amor fraterno la capacidad de superar las barreras económicas, o aquellas que -con frecuencia, inconfesadamente- ponen el respeto omnímodo a las exigencias del mercado -una auténtica idolatría- por encima de la obligación del ser humano de poner en acción su señorío incluso sobre ese mercado.

Así como hay filosofías (el materialismo, el determinismo, el ateísmo...) y psicologías (el conductismo puro, el determinismo freudiano...) que dificultan o imposibilitan la expresión o la vivencia de la fe, así hay sociologías o análisis de la realidad10 que impiden la realización de la justicia e inviabilizan el anuncio de la Buena Noticia. «Un error acerca del mundo redunda en un error acerca de Dios» decía santo Tomás11 . Quien piense que la pobreza es inocente, «natural» y -con ello- incluso «querida por Dios», inviabiliza la práctica de la justicia. Quien piense que hemos llegado al «final de la historia» y que el neoliberalismo es insuperable, hace imposible en la práctica una «lectura histórica» del cristianismo y, consiguientemente, niega el anuncio de la Buena Noticia. La evangelización será ineficaz o inviable -aunque se tenga buena voluntad- si está si está mediada socioanalíticamente por una percepción distorsionada de la realidad; como dice santo Tomás, el error de esa mediación determinará un error en el discernimiento de la voluntad de Dios.

El análisis social no es un asunto extrateológico ni extrateologal. No hay ninguna ciencia, análisis, ideología política... neutras. La estructura hermenéutica de toda ciencia y de todo saber es tal que el sujeto siempre entra con sus intereses en la composición de la experiencia del conocimiento de la realidad. No hay nada puramente «objetivo» que pueda imponérsenos con la fuerza de lo «científico». Todo es «según el color del cristal con que se mira», según el punto de partida, el lugar social desde el que y para el que se hacen las interpretaciones. La adopción de uno u otro análisis social incluye ya en sí misma una dimensión teológica y hasta teologal12 .

Esa supuesta imposibilidad de superar el sistema o de erradicar la pobreza, no es una imposibilidad técnica o económica, sino principalmente política (voluntad política), ética (jerarquía de valores) y religiosa (en qué Dios creemos: el Dios de Jesús o el Dios Mammón, un Dios Señor de la Historia o un Dios que quiero someter a mi historia...).

Hay análisis de la realidad que encierran en sí mismos -en los valores que implican, en los supuestos que consagran, en los límites que establecen- opciones políticas, culturales, teológicas... y una adoración al Dios Baal y no al Yahvé Padre de nuestro señor Jesús13 . El drama de muchos seguidores de Jesús es que tienen introyectadas en su forma de interpretar la realidad, en el caballo de Troya de su propia mentalidad socioanalítica, las opciones propias de Baal; viven así una situación inconscientemente esquizofrénica e inevitablemente esterilizante. Bajo divergencias aparentemente sólo ideológicas, sociológicas o culturales, con frecuencia se esconde también la divergencia respecto al Dios creído. En las actitudes socioanalíticas que adoptamos -nunca neutras, nunca sólo científicas, nunca meramente «objetivas»- podemos servir a uno o a otro Dios, o quizá pretendamos servir a los dos.

II. Erradicación de la pobreza y Buena Noticia (JUZGAR)

Queremos relacionar la pobreza y la miseria -ellas, sin metáforas- con la Buena Nueva de Jesús.

•[Aspecto bíblico]

Diríamos que la pobreza (que incluye a fortiori la miseria) es en todo el Antiguo Testamento el signo principal de la ausencia de Dios, del fracaso de su proyecto. Donde hay pobreza y miseria, allí es claro que no reina Dios, se conculca su voluntad y se adora a falsos dioses. La pobreza y la miseria, es decir, la imposibilidad de satisfacer las necesidades más elementales para la susbsistencia, para el mantenimiento de la vida, son las antípodas del Dios de la Vida.

Los profetas presentarán como signo de la llegada de Dios, del cumplimiento de su voluntad, de la llegada de su Reino, el banquete, la comida y la bebida de balde, la abundancia y hartura de los bienes primarios de la vida, en una tierra que mana leche y miel... Cualquier estudio bíblico nos puede abrumar con citas sobre este aspecto.

Jesús, que ha experimentado en su propia carne habitualmente las privaciones de la pobreza y también en ocasiones14 de la miseria, se estremece de gozo vislumbrando anticipadamente la promesa de una transformación de este mundo como «tierra nueva donde habite la justicia» (como dirá después 2 Pe 3, 13), y por eso se lanza a los caminos de Palestina a predicar: «llegó la hora, Dios quiere un cambio, quiere reinar, quiere que se acabe todo este antirreino». Y también él dibuja el Reino en sus parábolas como el «banquete de bodas» al que Dios invita...

Jesús anuncia la Buena Noticia: ¡el Reino de Dios está llegando! ¡Bienaventurados pues los pobres (sin metáforas, según Lucas), porque van a dejar de serlo: en el Reinado de Dios no será posible la miseria y la injusticia. Ésa es la Noticia que esperaban los pobres. El "ev-angelio" es Buena Noticia «para los pobres»15 : con el Reino de Dios se están acercando la justicia y la plenitud del amor; se acabará pues la pobreza y la miseria, que atentan contra la supervivencia elemental; Jesús ha «venido para que tengamos vida y vida en abundancia» (Jn 10, 10).

Al anunciar el Reino -buena noticia para los pobres- Jesús anuncia con ello la erradicación de la pobreza y de la miseria. Un Reino con pobreza y miseria no sería nunca un Reino realizado. Si la miseria humana no fuera superable, el Reino sería imposible. Sólo se puede creer la Buena Noticia creyendo en la posibilidad de la superación de la pobreza y la miseria. Si el ser humano no pudiera superarlas, no estaría hecho a imagen del Dios-Amor. Si tampoco Dios puede, no es Dios.

Anunciar esa Buena Noticia es misión de Jesús. "Ev-angelizar" implica dar esa "buena noticia". Si nuestra evangelización no contiene la Buena Noticia de la superación de la pobreza y de la miseria, no es evangelización cristiana, porque sin la superación de la pobreza y la miseria no hay Reino, que es el centro mismo de la Buena Noticia de Jesús. Creer en la posibilidad de la superación de la pobreza y de la miseria no es para nosotros una opinión simplemente socioeconómica... sino una cuestión de fe en Reino anunciado por Jesús.

•[Aspecto teológico]

Para una mayor limpieza de la argumentación teológica, vamos a prescindir -metodológicamente- de la seguridad que tenemos sobre la relación causal entre pobreza y riqueza; pensemos por un momento que no existiera esa causalidad.

La pobreza16 y la miseria son siempre una realidad pecaminosa. No sólo cuando la pobreza (empobrecimiento) de unos es subproducto de la riqueza (enriquecimiento) de otros (ricos «a costa de» pobres, teoría de la dependencia), sino incluso en el supuesto de que así no fuese.

Es decir, también en el caso de una relación no causal entre pobreza y riqueza, ésta es pecaminosa. La parábola de Lázaro es clara en no atribuir al rico ninguna relación causal hacia la pobreza de Lázaro (no era su patrón ni su explotador; Lázaro simplemente co-existía junto a él, al margen suyo, marginado, excluido). Pero la parábola no duda en atribuirle una responsabilidad sobre el pobre, cuya no aceptación le acarrea la condenación divina: «se murió el rico y lo enterraron, y estando en el abismo, en medio de los tormentos...» (Lc 16, 23). Como dirá después un santo Padre explicitando esta intuición del Evangelio: es que "no pueden vivir juntos un pobre y un justo"; si es justo, compartirá sus bienes, y dejará de haber un miserable. Sólo un injusto puede convivir con la pobreza y la miseria.

La parábola ha de ser aplicada a las relaciones internacionales17 : no puede existir un primer mundo justo frente a un tercer mundo sumido en la miseria; si fuera un primer mundo "justo" compartiría y erradicaría la miseria y la pobreza.

Subrayemos:

·       primero, la pobreza y la miseria son realidades socialmente pecaminosas siempre, aunque no hubiera relación causal con la riqueza (¡cuánto más al haberla!);

·       segundo: el justo supera la pobreza del hermano con su amor-justicia siempre, aunque estuviera en un sistema socioeconómico que no encontrase fórmulas socioeconómicas técnicas para superar la pobreza; el amor y la justicia, compartiendo, siempre superan la pobreza y la miseria;

·       tercero: este principio es para nosotros místico y utópico. No lo basamos en «certezas científicas económicas», sino en opciones utópicas y evangélicas. Nos negamos a doblegar nuestra fe en Dios y en el ser humano (en su capacidad para superar la pobreza y la miseria) en base a supuestas comprobaciones científicas socioeconómicas que están a su vez embebidas de (otra) mística y de un claro componente antiutópico. No tenemos miedo de negar nuestra obediencia a los nuevos dogmas religiosos científico-económicos, al fundamentalismo religioso del mercado. Respetamos la autonomía de la ciencia; pero no nos deslumbramos ante sus afirmaciones como si estuviéramos en el iluminismo ilustrado y no hubiéramos pasado todavía por la era de la crítica y la purificación de la hermenéutica.

Así, el anuncio de la erradicación de la pobreza y la miseria no son algo lateral, un compromiso facultativo, una consecuencia de segundo grado... sino algo vinculado directamente al anuncio central de la Buena Noticia de Jesús. Sólo un cristianismo que haya desmesianizado18 a Jesús -algo por lo demás muy frecuente en el primer mundo y en muchas mentes neoliberalmente colonizadas del tercer mundo- puede pensar que la erradicación de la pobreza sea un tema simplemente ético-moral y no teológico-dogmático.

III. Evangelización y erradicación de la pobreza (ACTUAR, pastoral)

Haremos aquí simplemente algunas consideraciones asistemáticas de cara a la práctica pastoral.

•Evangelización es "eu-angelización".

Habría que sacudirnos de entrada tratando de volver al concepto original (etimológico en este caso) de «eu-angelización», «dar buenas noticias». Con demasiada frecuencia la significación de la palabra queda de hecho limitada a actividades religiosas e intraeclesiásticas: la evangelización de una comunidad cristiana parroquial típica puede reducirse a los clásicos grupos de catequesis, la predicación de la homilía y poco más.

Hay que recordar: Jesús no fue párroco, ni organizó la catequesis de primera comunión, ni fue en ese sentido un agente de pastoral eclesiástico ni hizo lo que normalmente llamamos "apostolado". Jesús no hizo casi nada de lo que en muchas partes hoy se llama evangelización. Su evangelización fue más bien real y etimológicamente "eu-angelización": anuncio de una "Buena Noticia", no como concepto eclesiástico, sino como una buena noticia real, en el sentido de cambio del mundo, cambio de sociedad, el anuncio de una nueva época, una promesa de tiempos mejores inminentes... Por eso su interlocutor no fue el consumidor de los servicios pastorales del Templo o de las sinagogas, sino la sociedad como tal, con todos sus sectores e instancias, y especialmente los pobres. Jesús anunció su mensaje de esperanza en el cambio (evangelización) a la sociedad en cuanto tal, al mundo, más allá de lo eclesiástico o estrictamente religioso. La evangelización de Jesús no fue del tipo de las actividades estrictamente religiosas o eclesiásticas o pastorales.

Las actividades intraeclesiásticas, los grupos de catequesis, la vida parroquial de cada comunidad cristiana... tienen su sentido y son también -o deben ser- evangelización. Pero la evangelización en sentido profundo, como categoría mayor, tiene que ser supraeclesiástica, ha de dirigirse al mundo y dialogar con él e interpelarlo. Si hoy, cuando el mundo pasa por una de las situaciones más lacerantes de su historia en términos de pobreza y miseria, el cristianismo no dice su palabra mayor a las mayorías inmensas excluidas de la vida, y si esta palabra mayor no conlleva esencialmente en sí misma el anuncio-de y la convocatoria-a la erradicación de la pobreza y de la miseria como la gran negación de la dignidad del Creador y de la utopía del Reino, no estaría eu-angelizando cristianamente, aunque quizá estuviese haciendo una evangelización eclesiásticamente correcta.

•Lugares antievangélicos

Hay veces en las que la misma Iglesia se convierte en un lugar anti-evangélico, es decir, en una institución de hecho estructuralmente contradictoria con la buena noticia. Hay lugares donde las Iglesias cristianas han hecho una opción por los poderosos, Iglesias que están convencidas de la bondad y la insuperabilidad del neoliberalismo, Iglesias que militan activamente contra las esperanzas y las reivindicaciones de los pobres y sus movimientos y organizaciones, Iglesias que alienan a los pobres, desvían su atención de las miserias que padecen, les hacen besar el látigo neoliberal que los fustiga, los adormecen alejándolos de la realidad histórica de pobreza y de miseria en la que malviven y mueren...

Hay que recordar algo que a estas alturas es meridianamente claro y pacíficamente poseído en teología: la garantía máxima no es la Iglesia, sino el Reino. Lo que importa no es estar en la Iglesia, sino caminar hacia el Reino. Y hay veces en que una Iglesia puede estar estructuralmente -más allá de la buena voluntad de sus miembros- contra el Reino (la infalibilidad global de la Iglesia no es impecabilidad de la "casta meretriz"). No dudamos en decir que esas Iglesias o comunidades cristianas son "anti-evangélicas" en el sentido más exacto de la palabra: están estructuralmente contra la buena noticia, hacen imposible predicarla desde sus plataformas, contradicen e invalidan la evangelización que se quiera llevar a cabo desde sus púlpitos. También esas Iglesias han de ser evangelizadas; o se les debe sacudir el polvo de las sandalias.

•Una evangelización que, de hecho, por sus silencios, o por los supuestos socioanalíticos que vehicula (tales como que la pobreza no implica injusticia, o que es inevitable...), legitima religiosamente el sistema que ha producido la mayor concentración de riqueza y la mayor pobreza, miseria y exclusión de toda la historia, no es cristiana.

Más diré: no se puede ser cristiano y neoliberal. Porque el neoliberalismo es pecado19 . Se trata de una afirmación que entra en el campo socioanalítico, en el terreno de las opiniones socioeconómicas, pero no lo hace más que aquella otra afirmación clásica eclesiástica de que no se puede ser cristiano y comunista.

La evangelización cristiana, o tiene que ver con la erradicación de la pobreza (¡una buena noticia para los pobres!) o no es "ev-angelización" ni es cristiana (Lc 4, 16). Si la erradicación de la miseria y la pobreza es posible, la Iglesia no puede no hacer de ella un programa mayor de acción.

•La mayor parte de los pobres no perciben que la Iglesia anuncie la erradicación de la pobreza. Los «pobres con espíritu» la perciben más bien como aliada del neoliberalismo, que lleva más de una década concentrando la riqueza, aumentando la pobreza y excluyendo multitudes. El Occidente «cristiano» es el pequeño rincón del mundo de donde han partido las colonizaciones, la conquista, revoluciones, muchas esclavitudes, y desde donde ahora se hegemoniza el neoliberalismo. Estos pobres no perciben al cristianismo oficial como Buena Noticia. Todo evangelizador debe ser consciente de que está incorporado también a una institución sociológica que en buena parte representa la mayor fuerza de legitimación del sistema neoliberal; en nuestra vivencia de la fe y de la evangelización un cristiano consciente y un evangelizador coherente deberá pronunciarse ante esa legitimación y definirse frente a ella.

•Los grandes silencios cómplices de la Iglesia.

Se queda uno sobrecogido cuando imagina lo que podría ser y significar en el mundo que una institución como la Iglesia estuviera realmente convencida de su papel liberador ante la pobreza y la miseria en el mundo. Una campaña mundial por su erradicación sería lo más coherente con su fe y su mayor signo de credibilidad. Se queda uno también sobrecogido cuando piensa el tremendo efecto positivo que podría tener una tal campaña sobre la vida efectiva de las mayorías actualmente excluidas. Y se queda uno abatido cuando descubre lo lejos que estamos de la posibilidad de que la Iglesia, como un todo, se comprometa activamente y con liderazgo en una campaña mundial de ese género confrontándose abiertamente con el neoliberalismo y jugándoselo todo -incluso su propia paz unidad interna- por salvar la vida de los millones de pobres que viven y mueren excluidos.

•Más interrogantes sobre los silencios:

-¿Cómo es posible que junto a la ardua y constante batalla emprendida oficialmente contra la teología de la liberación haya un silencio oficial absoluto frente a los teólogos del imperio, los legitimadores y sacralizadores del neoliberalismo puro y duro?

-¿Por qué la Iglesia no denuncia con nombres y apellidos a las nuevas "vacas de Basán" (Am 4,1), que dejan absolutamente pequeñas y ridículas a aquellas contra las que clamó Amós? ¿Quién duda que, en un mundo de miseria y de hambre como el que vivimos, las fortunas de las 358 personas que juntas poseen el equivalente al ingreso per cápita del 45% de la población mundial son esencial y gravemente pecaminosas y escandalizadoras y merecedoras por tanto de una clara excomunión?

•Nueva misión para la vida religiosa.

La vida religiosa se caracteriza -o más profundamente se define- por la radicalidad en el intento de luchar -como Jesús, siguiéndole- por el Reino, lo que implica la construcción o acercamiento de la utopía de un mundo amorizado y fraterno, donde, desde luego, esté erradicada la pobreza.

Si en otro tiempo hubo familias religiosas -como la de los mercedarios- dedicadas a la liberación de los esclavos, y si durante tantos siglos la Iglesia ha juzgado que la enseñanza, la ciencia o la salud, por ejemplo, eran campos aptos para ejercer su misión, su ministerio, su servicio a la humanidad y al Reino, ¿por qué no podría serlo la economía -la investigación teórica, el debate ideológico, el acompañamiento a las propuestas de economía popular alternativa...-, hoy, cuando tenemos una clara percepción de lo mucho que en la economía se juega del destino de la humanidad? Conozco religiosas -mercedarias precisamente-, que para «liberar a los modernos esclavos económicos» han entrado en el campo de la economía popular, comprometiéndose en la búsqueda de soluciones alternativas a la producción de determinados productos, a su comercialización, propiciando intercambios concretos entre campesinos del sur de Asia con Centroamérica (relaciones sur-sur)...

La erradicación de la pobreza y de la miseria en el mundo es, sin duda, una "obra de misericordia" (y de justicia) de máxima actualidad, que podría bien justificar el nacimiento o la refundación de nuevas y antiguas congregaciones religiosas, así como de asociaciones laicales.

NOTAS

• 1 En la «Propuesta» de la Agenda Latinoamericana'96 (pág. 23) recogemos los datos en apretada síntesis; datos, por lo demás, muy conocidos a partir de la publicación de los informes anuales del PNUD.

• 2 «La densidad y la complejidad de los acontecimientos descartan cualquier simplificación o la caricatura en que caen a veces los dogmáticos. En efecto, contrariamente a lo que en otra época fue opinión común según la cual el desarrollo de los países del centro es una consecuencia necesaria de la explotación de los países de la periferia, los recientes estudios demuestran que con la tercera Revolución industrial, el desarrollo de los países industrializados se debe mucho más a la transformación tecnológica que al saqueo de los países pobres». Cfr. THAI-HOP, Pablo, Los excluidos, extraña creatura del nuevo paradigma tecno-científico, en «Revista Electrónica Latinoamericana de Teología, RELaT nº 120, en http://www.uca.ni/koinonia/relat/120.htm; cfr también Diakonía 76(dic 95)7, Managua.

• 3 Pablo Richard hizo célebre la frase: lo que caracteriza la nueva relación entre el tercer y el primer mundo ya no es la «dependencia» sino la «prescindencia».

• 4 OIT, El trabajo en el mundo 1994, OIT, Ginebra 1994; OIT, El empleo en el mundo 1995, OIT, Ginebra 1995.

• 5 Libre sólo en una dirección.

• 6 Aunque, ciertamente, no lo sean exclusivamente.

• 7 Pedro CASALDÁLIGA, en el prólogo a J.M.VIGIL, Aunque es de noche. Hipótesis psicoteológicas sobre la hora espiritual de América Latina en los 90, Editorial Envío, Managua, mayo 1996, pág. iv.

• 8 «No podemos aceptar que se privaticen las utilidades y se socialicen los costos», proclaman los jesuitas mexicanos en su carta pública de diciembre de 1995 «ante la situación del país». Cfr, por ejemplo, revisa CENCOS, (dic 95)37, México.

• 9 Como rechaza afirmaciones biológicas, psicológicas o médicas aunque en ese campo tampoco tenga opiniones oficiales o dogmas, en principio.

• 10 Aquí nos hemos limitado a señalar dos opiniones comunes en torno al concepto mismo de pobreza y a la posibilidad de erradicarla, pero hay otras que por los límites de este texto no podemos recoger y discernir aquí, como por ejemplo: la presentación de la acumulación de riqueza en las capas altas de la sociedad para que luego descienda a las capas pobres por el «efecto cascada» como la condición pretendidamente necesaria para el crecimiento económico, la necesidad del «derecho a la acumulación» como condición psicológica necesaria para que la economía funcione (pesimismo ético esencial al liberalismo y neoliberalismo)...

• 11 Summa contra Gentiles, II, 3.

• 12 Escribí sobre este punto en J.M.VIGIL (coord.), El Kairós en Centroamérica, Nicarao, Managua 1990, pág. 137ss. Cfr. también CASALDÁLIGA-VIGIL, Espiritualidad de la liberación, Sal Terrae, Santander 1992, pág. 173-177

• 13 El análisis de la realidad que presentan los gobiernos neoliberales de nuestros países latinoamericanos es muy distinto al Análisis crítico de la realidad que presenta Gregorio Iriarte en su libro del mismo título (CAEP, Cochabamba, Bolivia 1996; en España publicado por Verbo Divino con el título de Para conocer América Latina); ello se debe sin duda a que creen en dioses diferentes. Es sabido que el neoliberalismo más ateo tiene su dios, y es además muy religioso.

• 14 Las circunstancias de su nacimiento en Belén, aunque no fueran históricas, pueden ser tomadas como la intención de expresar esta convivencia de Jesús con la pobreza extrema, la de aquél que «no tenía dónde reclinar su cabeza» (L 9, 58) y «no encontró lugar en la posada» (Lc 2,7).

• 15 Joaquín JEREMIAS dirá más: que «el Reino pertenece únicamente a los pobres»; cfr. Teología del Nuevo Testamento, vol. 1, Sígueme, Salamanca 1980, pág. 142.

• 16 No diremos la «civilización de la pobreza», que mejor debiera llamarse «civilización de la austeridad y de la solidaridad».

• 17 También Juan Pablo II lo ha predicado varias veces: discurso ante la ONU del 02.10.1979, Redemptor Hominis 16, etc.

• 18 Jon SOBRINO, Mesías y mesianismos, Concilium 246(abril 1993)159-170; también en RELaT nº 69, en http://www.uca.ni/koinonia/relat/69.htm

• 19 Pedro CASALDÁLIGA, El neoliberalismo es muerte, RELaT nº 16, en http://www.uca.ni/koinonia/relat/16.htm